Julia, una chica dominante IX

Julia, una chica dominante IX

La experiencia con las dos chicas marcó a Paula.

Desde ese día su coño fue mío.

Ya aceptaba que la atara cuando deseaba amarla.

La había convertido en una sumisa.

Además, su boca era solícita a provocarme los orgasmos que yo deseara.

Las noches, las tardes en soledad se convirtieron con asiduidad en noches de sexo y placer.

Mis padres nunca nos pillaron.

No podían ni imaginar que detrás de aquellas ansias recientes por estudiar de noche estuviera el deseo mío por atar a mi hermana con sus propias medias y hacerme dueña de su vagina, y su sumisa actitud.

De todas formas, había dos cosas que tenían que conseguir de Paula que aún se me escapaban.

La primera era hacerme el dueño del agujero que ni el ahora desacreditado Luis había explorado.

Por otra, el penetrarla como habían hecho las dos chicas.

Con Eva, las cosas se empeoraron bruscamente. La culpa fue mía.

Una mañana, haciendo la cama, Eva descubrió dos bragas en la cama de Paula.

Naturalmente, le costó creerlo al principio, incluso puede ser que se olvidara, pero la verdad es que constantemente me dejaba las bragas en la cama de Paula.

Un día me llamó para quedar el sábado.

Me imaginaba de nuevo peleando por someter a Eva, que al final, se sometería igualmente a la fuerza o por voluntad propia. Fuimos a una discoteca.

Era una de su barrio y tardé en comprender su actitud.

Se puso a bailar en medio de la pista.

Se rodeó de chicos de todos los tipos.

Entonces ella cogió a uno de la mano y mirándome con desprecio se alejó.

La ví darse el lote en un apartado enfrente de mí y luego, marcharse fuera de la discoteca.

Me sentí contrariada e incluso celosa.

A la hora de esperarla, volvió a aparecer y volvió de nuevo a bailar, y de nuevo, eligió a un nuevo chico y no tardó en enrollarse y volverse a marchar.

Pero esta vez no tardó tanto en volver. Vino a donde estaba yo, con las lágrimas a punto de saltarme y me dijo que si la acompañaba al baño y yo, naturalmente acepté.

Se bajó las bragas para orinar.

Pude ver sus bragas mojadas.

La muy puta se estaba tirando a todo el que pillaba sin mi consentimiento.

La besé. Nos besamos apasionadamente y toqué su sexo húmedo, caliente, pero ella se separó de mí, con rencor y salimos y de nuevo se puso a bailar y de ahí a darse el filetazo y de ahí al coche del chico, o al de un amigo o al de cualquiera.

Y vino de nuevo a bailar y yo, tragándome la dignidad bailaba a su lado.

Ella no me despreciaba pero tampoco me hacía demasiado caso y al final, volví a la barra, donde me tenía que quitar los moscones a manotazos.

Al final, Eva vino con un chico.

Un chico guapo, pero paleto y me dijo que no hacía falta que la llevara, pues ese chico, sonriente, con dientes de castor, la iba a acompañar.

Y por supuesto, se la follaría.

La llamé el domingo, desde una cabina.

Me explicó hablando de manera indirecta, con frases entrecortadas que desde luego, el que yo lo hiciera con Paula no le había gustado y que se pasaría mucho tiempo antes de que se volviera a prestar a mis juegos.

Y todo ello después del trabajo que me había tomado en proporcionarle aquellas experiencias.

El punto de inflexión del invierno, sin duda lo constituyó el viaje que organizó el instituto, de un par de días, un fin de semana, para ir a ver un museo.

Era un viaje de salida de sábado por la mañana y vuelta el domingo por la tarde. Pasaríamos la noche en la ciudad. El precio era muy barato y quise que viniera Paula, pero no había plaza.

Me llamó la atención que la escurridiza Rosa, aquella chica de la clase que tanto me gustaba se sentara a mi lado.

La verdad es que desde aquella fiesta de instituto en que la vi darse le lote con un chico que no era ni el que le gustaba, nos alejamos un poco.

Ahora, en esta excursión, se me acercaba. Lo notaba, era como si algo quisiera de mí.

Lo mejor del viaje no era ni el museo ni la ciudad, sino la sensación de libertad que te da dormir en un hotel lejos de tus padres.

Pasamos la noche de bares y de copas. Rosa se juntó a mí, que me junté a los chicos y chicas con los que siempre estaba, que eran los mismos que los que frecuentaba ella, por otra parte.

En el cuarto nos habían metido a las dos.

La verdad es que yo ya me había desanimado de tenerla a ella, aunque no pueda negar que por unos instantes se me pasara por mi cabeza que quizás era una oportunidad. Fuimos al hotel y nos recogimos. Rosa estaba extraña.

Esperaba algo.

Yo me desnudé. No me daba corte quedarme en bragas, Al revés, que se diera cuenta de lo que se perdía, pero la verdad es que tropecé con su mirada descarada. Me metí en bragas entre las blancas sábanas.

Quería provocarla, aunque pensara que en el fondo era inútil. Rosa comenzó a desnudarse. Se puso el camisón, translúcido al quitarse la camisa. Luego se quitó el sujetador, con un hábil movimiento y se bajó los pantalones.

Al cabo del rato, después de apagar la luz y de estar hablando de diversos temas y de los chicos y chicas de la clase, Rosa sacó el puntilloso tema de Claudia, aquella chica a la que masturbé en el coche de su padre, metidas en su garaje.

Le dije que no sabía por que se había enfadado. Rosa guardó silencio hasta que al fín me soltó.- Claudia me lo contó todo.-

Pedí que me tragara la tierra .-¿Todo de qué?..-

-Todo de todo.-

Yo estaba callada. Sentía en la oscuridad mi cara arder, mis muslos, mi vientre sudar. Sólo una frase que Rosa pronunció me hizo pasar del negro al rosa en un segundo.- Yo quiero probarlo.-

Me quité las bragas y me metí en la cama de Rosa. Busqué en la oscuridad su boca y me la encontré apasionada, solícita, deseosa.

Su camisón saltó de su cuerpo, encontramos nuestros pechos acariciamos nuestros pezones y cruzamos nuestros muslos.

Yo tenía más experiencia. Me puse sobre ella y sus bragas no fueron impedimento para que mi mano acariciara su sexo.

Tenía los vellos suaves, la piel fina. Me hincaba el muslo y yo le lamía los pezones, jugaba con ellos, los mordisqueaba. Introduje un dedo en su rajita húmeda.

Mi sorpresa fue sentir la mía penetrada por aquel dedo inexperto pero atrevido. Era una relación de igual a igual. Rosa no se sometía y aquello me gustaba por el momento.

Mis movimientos, mis caricias sobre ella, o mis actos de dominio, de posesión encontraban rápidamente un simétrico. Sentí sus labios sobre mis pechos y cómo me introducía un segundo dedo cuando yo le metí a ella el dedo corazón acompañando al índice.

Los muslos se nos hincaban, nuestros pezones se tropezaban, nuestras bocas disputaban cada milímetro de la boca de la otra.

Decidí cambiar de estrategia y provocarle sensaciones muy sensuales a las que sin duda se abandonaría y mis dedos salieron de su sexo para acariciar su clítoris, rozándolo suavemente y mis labios comenzaron a lamer la aureola de los pezones . La estrategia dio su efecto.

Su agresividad cesó y se entregó a mis caricias.

Apartó su mano de mi sexo y dejó su boca abierta mientras le lamía la oreja y luego le introducía la lengua entre los labios.

Sus pezones se endurecieron bajo mis dedos delicados, que sugerían un roce.

Su cuerpo comenzó a estremecerse y en ese momento fue cuando mis caricias empezaron a tomar presión y a conseguir que Rosa se moviera, clavando su sexo contra mi muslo, casi en mi rodilla, haciendo que la chica de mis sueños se corriera.

Como quería dejarme en buen lugar, proporcionarle una experiencia para repetir, encendí la luz y busqué algo con lo que poderla penetrar, como habían hecho el par de amazonas con mi hermana.

No se me ocurría nada así que miré en mi bolso mientras ella estaba ya recuperada de su orgasmo superficial. Sólo pude encontrar un stick de desodorante, de unos seis dedos de largo.

Lo bueno era que el frasco tenía su tapa enrollada y la forma que se estrechaba en el centro para volverse a ensanchar en la base, junto lo contrario de una coca-cola.

Rosa miraba curiosa el frasco que llevaba y al sentirlo entre sus piernas se limitó a respirar hondo y a callar y apoyada en los codos veía como la penetraba con el frío frasco, que rápidamente se lubricó y se templó.

Sus labios se abrían para recibir al frasco y la cabeza y el cuerpo del improvisado consolador desaparecían dentro del sexo de mi amante, cuyo pubis conservaba una bella pelusa de suavísimo pelo

Rosa se tiró hacia detrás para distraerse momentáneamente de sus turbación.

Se acariciaba los pechos y se llevaba las manos a la frente como indicando que aquello era mejor de lo esperado, que no tenía nada que ver con lo contado con Claudia.

Yo seguía con mi tarea y pronto noté el movimiento de las caderas de Rosa, su suave balanceo, su sexo titilar, su humedad pringarme y finalmente, la sentí correrse.

Su pasión la desbordaba de manera que tuve que agarrar el frasco con fuerza para que no se lo tragara.

Acabé de provocarle el orgasmo cuando comencé de nuevo, mientras le metía y sacaba el stick, a lamerle los pezones, y la chica se puso como una loca, intentando no gritar demasiado, lo que hacía mordiéndose un dedo mientras se meneaba desinhibida y libremente, tensionado su cuerpo a lo largo de la cama y con la mirada perdida en el abismo de su placer.

Pasamos la noche acariciándonos. Una vez que yo demostré ser la que más sabía, la jefa, me dio igual, y hasta le agradecí que me comiera el sexo, en un sesenta y nueve de mutuo placer.

Lo mejor es que aquella estúpida de Claudia, en lugar de hacerme la pascua cotilleando de mí, me había entregado a Rosa en bandeja, y a la mañana siguiente, parecía más amiga y complaciente conmigo que el día anterior.

Incluso nos regalamos un pequeño regalo de recuerdo.

Estos viajes cortos suelen ser muy efectivos.

Sirven para hacerla a una reflexionar y me daba cuenta de que la cosa con Eva estaba chunga. Lo único que se me ocurría era hacerla partícipe de mi relación con Paula. Pero Paula aceptaría.

Hasta ahora había pasado por todo, claro, que Eva había pasado pro todo menos por consentir que me acostara con Paula.

En realidad, entre ellas no había habido nunca buena química.

Mi hermana la despreciaba, y Eva odiaba a Paula, por su desprecio, a pesar de su secreta admiración por sus cosas, secreto que yo hacía tiempo había desvelado. ¿Y si le ofrecía a Paula?. Eva disfrutaría de lo lindo y Paula sería más sumisa aún.

La idea era buena, pero a cambio, Eva tendría que entregarme algo a cambio. Ya se me ocurriría.

Un día, Paula salió de su habitación muy enfadada. Se topó con Eva y le regañó de una manera muy dura por que se había encontrado su diario abierto.

No me echen la culpa. Yo no fui. Evidentemente Paula lo escondió y Eva lo encontró. No sabía yo entonces si lo leyó o no, pero lo cierto es que Paula debió dejar unas marcas que no estaban.

Mi madre no estaba, y por eso Paula se podía permitir tratarla de aquella forma, de lo contrario, mi madre le hubiera dicho»¿Y que tenía escrito tu diario, niña, que no se pudiera leer?». Evidentemente. Si los secretos que Paula escribía ahora se parecían a los que yo leí eran para temblar.

Eva lloró y yo la calmé. Me aseguraba que ella no había leído el diario. Me bebí sus lágrimas a pesar de su cara de reproche.

Al aceptó que lo había encontrado pero que no lo había leído, pero a los pocos días, a solas ambas, como ya no me dejaba que le metiera mano, la sonsaqué.

Me contó algunas de las fantasías de Luis, mediocres. No sabía más que exhibirla. Su sentido posesivo le impedía hacerla participar en orgías según opinaba Paula. En cambio, según Eva, tenía muy buen concepto de mí.

Así que una mañana del sábado, de esos fines de semana que mis padres aprovechaban para viajar, encontré su diario mientras ella iba a comprar.

Efectivamente, Eva casi había repetido lo que mi hermana había escrito. Lo guardé en su sitio, dejando aquel pelo rubio en la última página.

Mi hermana dormía la siesta.

Había convencido a Eva para que se quedara unas horas más. Le había puesto un dinero y le había dicho que lo había dejado mi madre para que limpiara el salón, al otro lado de la casa.

La desperté, después de haberle atado las manos a la espalda con sus propias medias, como a mi me gustaba. Paula había venido tarde y se había despertado temprano, así que estaba bastante dormida, y al verse atada se quedó desperezándose.

Le puse la otra media alrededor de la cabeza, tapando sus ojos y no le pareció importar. La senté en la cama y le subí el suéter y desabroché su camisa.

Luego le desabroché el sujetador. Sus pechos aparecieron limitados por los cuatro flancos: el suéter, arriba, el sujetador debajo y a los lado, la camisa. Le saqué el jersey por el cuello aunque quedó enrollado a sus brazos y quité la camisa de sus hombros. Con el sujetador hice lo mismo que con el suéter.

Luego le desabroché y la bajé los pantalones.

Cerré la luz de la habitación y bajé las persianas.

Paula aparecía como en la penumbra. Fui a buscar a Eva. No sabía nada de lo que estaba haciendo con Paula.

Y Paula no sabía que Eva estaba en la casa. Eva recorrió detrás mía el pasillo, desconfiada.

Al asomarse al cuarto nuestro se asustó de primeras pero luego divisó a mi hermana, atada, enseñando sus pechos, con las bragas tan sólo puestas.

Le dije en voz muy baja que era suya y Eva, después de pensarlo unos instante se acercó y se puso entre los muslos de mi hermana y comenzó a lamer los pechos de Paula. No la besó por que sin duda, la hubiera descubierto.

Paula estaba confiada, pensaba que de nuevo su amante hermana la obsequiaba con unas sesiones de dominación y sexo.

Me sorprendió el ímpetu de Eva, su agresividad, sus ganas de mamar de Paula.

Y luego su dedo, con la palma de la mano hacia arriba, había puesto su mano como una higa y el dedo corazón penetraba el sexo de Paula. Deseaba que Paula se estremeciera.

Que se revolucionara, así que me acerqué a ella y casi sin tocarle el cuerpo comencé a lamer el otro pezón. Paula chilló, no paraba de preguntar que quién era.

Al final tiré de su media hacia debajo y al ver a Eva comenzó a maldecirme y a insultarnos.

No me anduve con contemplaciones y le puse la media alrededor de la boca, con lo que se cayó.

Pero no podíamos evitar que pataleara, así que Eva, muy tranquila, se quitó un calcetín de lana, largo, pero no tanto como una media y entre las dos conseguimos atar los tobillos de Paula.

La pusimos de pie y le bajamos las bragas y luego, la tumbamos sobre el suelo, sobre la esterilla de la cama y tomándola por las piernas, tiramos de ella y la sacamos a rastras por el pasillo, montada en la esterilla.

La llevamos al salón recientemente arreglado por Eva.

Dejamos a Paula sobre la esterilla, tirada en el suelo de espaldas a la pared. Tenía un culo rico. Eva comenzó a desnudarse. –Me la voy a follar.- Me dijo sin más explicaciones.

Después, cuando ya estaba desnuda, tomó la cabeza de Paula tirando de los pelos hacia arriba y la besó. Ya no le importaba ser reconocida. Paula se dio la vuelta.

Nos miraba a las dos y sobre todo a Eva, que ya empezaba a comerse sus pechos, puesta a cuatro patas sobre su víctima.

Mientras lamía y devoraba los pezones de Paula, le meneaba las tetas en la cara.

Si hubiera sido más buena, le habría desamordazado, pero no sabéis qué insultos nos había lanzado.

Así que no podía corresponder a los lamidos de Eva.

Eva avanzaba en sentido apuesto, desde la cabeza de Paula hacia su sexo. Atrapó sus pies atados y le obligó a flexionar las rodillas y sus muslos se separaron.

Eva colocó su cara entre los muslos de Paula, mientras la agarraba de los pies.

Su lengua devoraba pelos, clítoris y todo lo que se ponía por delante y Paula se esforzaba en no correrse.

Eva se levantó, se le vino a la cabeza el que Paula me comiera el coño.

Me lo dijo y yo me desabroché los vaqueros y me los quité, igual que las bragas.

Eva volvió a tomar a Paula por los pelos y me la trajo a cuatro patas y le puso la cabeza entre mis muslos abiertos.

Le quité la media de la boca pero la pasé por debajo de sus costillas y puse los pies sobre sus hombros.

Estaba inmovilizada y Eva comenzó a meterle el dedo en su sexo, colocada de rodillas junto a ella, aprovechando para pellizcarle los pezones y estimularle el clítoris con aspereza.

La media que tenía Paula en su abdomen pasó por sus pechos hasta frenarse a la altura de los sobacos.

Me daba mucho calor

Paula se rindió al fin y comenzó a comerme el conejo y a mí me faltaba el canto de un duro para correrme.

De repente Paula dejó de lamer, puso la cabeza sobre mi vientre. Sentí su oreja caliente en mi clítoris y la oí gemir de placer y la sentí correrse suavemente.

La cogí del pelo y puse su cara en mi sexo, sentí su nariz en mi crestita y me arqueé cuanto pude para sentir sus labios en la boca de mi sexo y yo también me corrí.

Después, Eva se sentó y le dimos la vuelta a Paula, soltándole los pies.

Sus piernas se entrelazaron. La espalda de Paula tropezaban con mis piernas, ya que estaba sentada en un sillón.

Eva avanzaba y al final sus coños se fundieron. Eva tomó una pierna de Paula y la puso sobre su hombro, así que sus sexos no tenían más remedio que estar en contacto , que follarse uno con otro, y Eva comenzó a moverse.

Yo sostenía a Paula, tomando sus pechos en mis manos y aprovechando para, doblando la cintura, buscar su boca al tomarla por la barbilla y obligarla a girar la cabeza. Eva se apoyaba con las manos en el suelo y hacía fuerza y conseguía movimientos más agresivos, mientras lamía con su lengua la pantorrilla.

Eva se esforzaba.

Cada vez que movía la cintura se oía sus grititos -¡Hiaccc Hiaccc Hiaccc!.- Hasta que por fín, sus gritos empezaron a aumentar en frecuencia, como sus movimientos y luego ya no se esforzaba en moverse, sino en restregar sus flujos por el sexo de Paula y llenarse de los de ella.

Eva, tras correrse, hizo un hábil movimiento y se puso de rodillas. Bajé mi mano hasta el sexo de Paula y le apreté los labios consiguiendo que apareciera su clítoris más grande aún.

Le apretaba el pecho mientras Eva bajaba la cabeza y le lamía la crestita con lengua de gato y luego le metió el dedo hasta que al final, Paula se corrió entre nuestros brazos.

Mi hermana no tardó ni un día en perdonarme, pero no lo olvidaba y me tenía rencor.

Desde aquel día se sentiría mucho más sumisa. La había dado en su orgullo clasista.

Eva estaba más segura. Las veía como se miraban.

Eva le sostenía la mirada y Paula se avergonzaba. No era justo. Debía hacer algo para recobrar el equilibrio y demostrarle a Eva aquel a jefa era únicamente yo y que ella debía ser tan sumisa como Paula.

Paula me aceptaba en la cama pero Eva todavía era rebelde, aún a pesar de haber compartido a mi hermana con ella, debía de domarla.

La idea me vino al pasar por la sesión de charcutería del supermercado. Había una longaniza, blanca, flexible, larga, gorda- Medía como dos palmos de larga y dos dedos y medio de gorda. Era de aspecto suave y lo único que pensé es que allí había polla para las dos. Me costó 5 euros.

La mantuve escondida durante unos días en el frigorífico. Por suerte pasó desapercibida y nadie le cortó un trozo.

Por suerte ese fin de semana mis padres volvía a viajar y por suerte, esta vez no hubo que inventarse historias para que Eva se quedara unas horas.

A mitad de la mañana llamé a Paula que vino un poco escamada. Eva andaba por ahí de limpieza. Le ordené que se quedara en el cuarto. Al rato apareció Eva, a la cual había llamado. Fui clara. Me marqué un farol y ellas me hicieron caso, un poco boquiabiertas.

-He decidido que hoy haremos algo especial. Os quiero desnudas ya.- Las chicas comenzaron a desnudarse , vigilándose una a la otra, especialmente Paula, que era la que había recibido la peor parte la vez anterior. Las dos quedaron entonces desnudas frente a mí. Observé las diferencias tan marcadas entre una y otra. Eva, morena, algo más baja y más ancha y sobre todo, exuberante. Paula, larga, delgada y elegante.

-Ahora os pondréis las dos a cuatro patas.

Quiero que vuestras nalgas se choquen entre sí, así que poneos la una contra la otra..- Me obedecieron sin comprender aquella extraña postura.

Las chicas mezclaban sus piernas y estaban las dos de rodillas, sintiendo sus espaldas juntas. La ordené que se pusieran a cuatro patas. Unían la parte posterior de sus muslos. Sus sexos debían sentir el calor el uno del otro. Las obligué a restregarse la una contra la otra, metiendo sus nalgas contra las de la otra.

Cuando las vi dispuestas a participar le dije a Eva que se tumbara de cara hacia arriba y luego ordené lo propio a Paula.

Me acerqué y puse la pierna de Paula entre las de Eva y las chicas volvieron a aproximarse, a juntarse, poniendo en contacto sus sexos. Puse el pie de Paula bajo el hombro de Eva y viceversa.

Cogí las tan socorridas medias de Paula y les até a cada una el pie al brazo y al hombro de la otra. Ahora no se podían casi separarse.

Cogí otro pares de medias y até las muñecas de Paula a la respectiva muñeca de Eva. Paula agarró los brazos de Eva y Eva hizo lo mismo. Las chicas sólo podían mover una pierna. Entonces se llevaron la sorpresa.

Saqué aquella butifarra blanca, aquella longaniza de aspecto delicioso, a la que había quitado cordones y cierres y al verla, las chicas se asustaron. -¿Qué vas a hacer?.-

Puse un par de preservativos a ambos lados de la butifarra. Los extendí y monté el filo de uno cobré el otro.

Me dirigí hacia ellas, me puse de rodillas adonde estaban sus sexo casi unidos e intenté meterla, pero no me dejaban. Ambas se movían, juntaban sus coños para impedir que las penetrara. Les pedía que se estuvieran quietas. Después de unos minutos de lucha las amenacé.- ¡Tal vez por el culo tenga menos problemas en metérosla!.-

Las dos sabían que era muy capaz de cumplir mi amenaza. Paula separó la pierna que tenía suelta y su sexo se me abrió. Metí lentamente una de las cabezas de la longaniza.

Luego, introduje la otra cabeza en el sexo de Eva.

Fui metiendo ambas cabezas de manera equilibrada, procurando que la longaniza no se doblara demasiado, aunque fue lo suficientemente elástica para ponerla, ya recta, insertada en ambos sexos.

El resto, los seis dedos que quedaban por introducirse se los fueron introduciendo solas.

Las chicas, moviendo sus cuerpos, ayudándose con la pierna que les quedaba suelta, lucharon entre ellas, por empujarse, como si de esa forma, le fueran a ceder a su amante forzada una porción extra de longaniza. Sus sexos se separaban y se unían y yo veía entre medias el fiambre aparecer y desaparecer. Eva aprovechó la cercanía del pie de Paula para morderlo de lado.

Las chicas se agitaban de una manera salvaje, como gatas en celo, procurando derrotar a la adversaria en una lucha en que no sabía si la que ganaba era la que antes se corría era la que perdía o la que ganaba.

Paula se corrió la primera. Creo que fue una circunstancias que conformó a ambas, aunque al poco tiempo Eva la siguió.

Se quedaron, o las obligué a estar, un rato insertadas la una contra la otra, y aunque pretendieron separarse, la realidad es que por lo menos le quedaban cuatro dedos en cada vagina.

Al cabo de unos minutos las separé, pero no acabé con ellas. Conforme les solté de las manos até las de Eva y las de Paula.

Luego las solté de los pies, pero las obligué a ponerse como al principio, con el culo la una contra la otra. Ahora seguro que sentirían algo más que el calor del sexo contrario. Até sus muslos, casi a la altura de las rodillas y volví a coger la longaniza y a introducirla en ambos sexo, de manera equilibrada.

Estaban de nuevo insertadas y de nuevo se movían la una contra la otra. Se follaban mutuamente, aunque esta vez sin verse las caras. Se follaban la una a la otra y se follaban ellas mismas y se corrieron de nuevo.

Yo me lo estaba pasando muy bien. Me pajeé mientras las observé y cuando acabaron, las solté de los muslos y sin atarlas de las manos, masturbé a Eva primero, y luego a Paula.

Le quité los preservativos a la longaniza.

Estaba pringosa por la crema lubricante.

El caso es que la limpié bien y me la fui comiendo a trocitos, después de pelarla, y cada vez que me la comía me acordaba de las culetadas que se pegaban la una contra la otra.

Paula, cuando me veía me decía que comerse aquella longaniza era como una especie de canibalismo.

Me hacía gracia, No era para tanto.

Jorge era un chico tímido de mi clase con el que me tocó hacer un trabajo en el segundo trimestre.

Hubiera deseado hacerlo con Rosa, pero el profesor decidió que para evitar que unos amigos le hicieran el trabajo a otros era mejor forzar las parejas.

Jorge era de lo más normal que había. Un chico delgaducho, enclenque, con algunas espinillas.

La verdad es que además estaba muy atontado. Quedamos una tarde para empezar el trabajo y le pedí que viniera a casa. No sé, era lo mejor.

Nos pusimos en la mesa del salón, Eva pasó delante de nosotros y me dí cuenta de que el muchacho no le quitaba ojo.

Después pasó mi hermana, y el chico es que, cuando mi hermana me dijo que se iba a la facultad a estudiar, se le pusieron los ojos como platos, se puso colorado y casi tartamudeó durante media hora.

Al chico se ve que le gustaban las mujeres. Se me ocurrió una idea para no hacer el trabajo.

Mientras estudiábamos, le puse la mano en el muslo. Pegó un respingo, luego le toqué el miembro, y lo encontré duro, recto, debajo del pantalón.

Miraba al chico que no se atrevía a mirar a otra parte que no fuera hacia delante.

-¡Uy! ¡Te han gustado las chicas de esta casa! ¿No?.- Comencé a desabrocharle la cremallera y le saqué el prepucio, que acaricié como acariciaba el clítoris de mis dos chicas.

-Si te portas bien y me haces este trabajito te daré una agradable sorpresa.- Le solté el prepucio. Le dejé a medio gas. El chico lo pasó fatal, durante ese rato y después, intentando concentrarse. Se marchó a la media hora, convenciéndole para que viniera dentro de tres días con una parte del trabajo hecho. Ese día no estaría Eva y hablé con Paula para que hiciera lo que yo le dijera.

Efectivamente, a los tres días, después de pasar todo el fín de semana trabajando, el chico vino a casa con una parte importante del trabajo realizado. Llamé a Paula, que apareció con una camiseta solamente.

-Mira, Paula, Jorge se está portando muy bien. A ver, enséñale las tetitas que te vea.-

Paula se subió la camiseta, mostrándole sus bragas minúsculas, su vientre liso, con aquel ombligo perfecto y sus pechos delicados, dulces, libres de ropa.

Le ordené a Paula que se diera la vuelta para mostrarle el resto del pastel que obtendría si me hacía el trabajo. Jorge no me creía. Entonces ordené a Paula que viniera con las manos detrás.

-Verás, Jorge. Esta hembra es mía y no se va a gastar por que la monte un enclenque como tú.- Me ti la mano entre sus muslos y atrapé las dos manos de Paula y tirando de ellas la obligué a acercarse hasta mí. Lamí entonces sus pezones para que Jorge me viera. Después le invité a que el mismo se uniera al festín, lamiendo cada uno, una de las tetas de Paula. Con la otra mano desabroché el pantalón de Jorge y le saqué el muy excitado miembro y me puse a cascársela. Tenía curiosidad por saber si sentiría el mismo placer masturbando a un tío que a una tía. Es distinto, pero no mejor y la verdad es que no me gustó tanto. AL final, aquel muchacho se corrió, impulsando su semen unos decímetros en el suelo del salón, mojando ligeramente los muslos de Paula y sus rodillas.

No tardó en traerme la segunda entrega.

Cada vez que traía una nueva parte del trabajo la guardaba en mi ordenador y llamaba a Paula, que de nuevo vino sumisa y dócil, con la camiseta. Esta vez le dije que le enseñara a Jorge el coñito tan rico que se iba a comer.

Paula subió la camiseta y le enseñó no sólo las tetas, sino su sexo sin pelo, pues le había ordenado que esta vez se quitara las bragas.

Se dió la vuelta y le enseñó las nalgas desnudas.

-Ahora, Paula, muéstrate cariñosa con Jorge. Enséñale lo que te enseñado a hacer.- Paula se puso de rodillas frente a Jorge y le abrió la bragueta y le sacó el pene y comenzó a lamerlo. El chico la acariciaba y subió su camiseta para descubrir su espalda larga, elegante y buscar por debajo, sus pechos que caían para ordeñar la leche de Paula, igual que ella le ordeñaba a él su lechecita. Paula obedientemente le hacía una felación que sin duda, en otro momento hubiera dedicado a su novio, Luisito, pues era una mamada de primera categoría. Debió pensar que era justo que si el chico le había mamado la leche de su pecho, ella debía probar toda la lechecita, por que al sentir eyacular al muchacho, al sentir que el bomboncito se abría para dejar pasar la crema del interior, ella no apartó su boca y sólo después de un rato lo escupió.

Entonces le dije a Paula, que se quedó sentada poniendo la cabeza sobre las rodillas del muchacho con el miembro en la mano, acariciándolo, que se pusiera de pié y al hacerlo, le dije a Jorge que le tocara el sexo. El chico parecía tenerle miedo.

Le cogí los dedos con mi mano y se los pasé por el clítoris y por la raja, llenándolos de su humedad.

Jorge aprendió rápidamente, pero no se atrevió a hundirlos dentro de la raja de Paula, así que nuevamente le tomé los dedos y se los hundí.

Y Paula comenzó a revelar las muestras del placer que aquellos dedos le ocasionaban. Jorge entonces se animó a seguir acariciando el sexo de Paula, a penetrarla, ya tan entusiasmado que no se dio cuenta del orgasmo que Paula comenzaba a sentir y se vió sorprendido por los movimientos, los gemidos el ansia de Paula por rozarse con él.

Paula se abrazó a su cabeza, que colocó entre sus brazos y sus pechos mientras corría, cabalgando sobre aquellos dedos inexpertos pero ahora decididos a todo.

El caso es que al tercer día, Jorge me trajo el trabajo hecho. Llamé a Paula. No estaba. Eva me lo dijo desde la cocina. Había calculado mal.

No era viernes, sino jueves y Paula tenía que ir a la autoescuela, aunque eso era lo de menos, porque tampoco hubiera podido hacer gran cosa con Eva. Le expliqué a Jorge la situación. Se mostró decepcionado y al fin, se me ocurrió una solución. Aunque había engolosinado a Jorge con Paula, Eva no sería mala sustituta.

Así que fui a hablar con Eva. La abracé por la espalda, haciéndole la pelota, besándola en el cuello y acurrucándola entre mis brazos. Le conté lo que quería de ella. Estaba remisa pero tampoco me decía que no -¡Anda! ¡Si tiene una pirula muy rica!.-

Poco a poco la fui haciendo a la idea y la llevaba estirándola de la mano hacia el salón.

Eva se hacía la remolona pero en su cara se esbozaba una sonrisa delatora Al verla aparecer, a Jorge se le pusieron los ojos como platos.

Se la entregué a él y la besó de manera muy inexperta, a lo que Eva respondió con un beso apasionado y lo devoró con sus labios.

El muchacho no debía de dar crédito a lo que estaba sucediendo y comenzó a responder con la misma pasión. Eva le desabrochaba la camisa y cuando la tuvo desabrochada arañó ficticiamente su pecho y le mordió en el cuello, luego, lo empujó tirándolo sobre el sofá.

El chico se quitó la camisa mientras observaba como Eva se bajaba los tirantes del uniforme y quedaba sólo con una camisa blanca corta que apenas si le cubría.

Eva se puso de rodillas, con las piernas a ambos lados de las piernas del muchacho y le quitó los botones del pantalón y la cremallera y se los bajó hasta los tobillos y luego, hizo lo mismo con los calzoncillos, apareciendo ante nosotros su mástil medio levantado. Eva le dio dos meneos y luego le estrujó los testículos con suavidad.

Entonces, la sirvienta se puso de pié y se deshizo de su camisa y del sujetador y se bajó las bragas. La chica comenzó a menear sus pechos delante de la cara del chico, que intentaba atraparlos con la boca, mamar de ellos mientras lo que si atrapaba, y con fuerza eran las nalgas de Eva.

Eva entonces exigió que el muchacho se pusiera un preservativo.

El chico se había traído uno , pues venía pensando que se iba a follar a Paula.

Se lo pusimos en el pene entre las dos y Eva comenzó a meterse el pene engabardinado en su sexo.

Estaba de rodillas encima del chico y seguía restregando los pechos en la cara de Jorge, que se esforzaba por controlar la situación, aunque Eva era la que llevaba la voz cantante.

En realidad era ella la que se follaba a Jorge y no al contrario.

Botaba en el sofá sobre el vientre de Jorge y la picha del chica salía y entraba del sexo de Eva con soltura, sin problemas, perfectamente lubricada.

EL chico intentaba meter los riñones para aumentar su penetración.

Los metía tanto que se escurría. Se movía intentando llegar con su pene al cielo, aunque Eva lo cubría.

No tardó el muchacho en eyacular, pero aquello no parecía poner fin al polvo, pues Eva se movió enfurecida durante unos minutos más hasta obtener del chico la satisfacción del orgasmo.

Cuando Eva paró, el chico lo único que pudo decir fue

-¡¡Guau!!.- Nos pusieron muy buena nota en el trabajo. Suerte que ya no tuvimos que hacer más trabajitos, si no, me lo veo pegado a mí otra vez.

Continúa la serie

¿Qué te ha parecido el relato?