Julia, una chica dominante VII

Julia, una chica dominante VII

En fín, se acercaban las navidades y mi plan para que Paula se volviera mi putita lesbiana y para que Eva probara «el palo» en toda su extensión fue tomando forma. Me familiaricé con las páginas de contactos sexuales y decidí responder a un anuncio de un chico en que buscaba un encuentro esporádico con una chica. No es fácil, no creáis. Tienen que ser de tu ciudad o de una cercana, y con posibilidad de desplazamiento. Lo más seguro es que tú recibas al invitado, pero una opción buena es quedar en un hotel, pero en ese caso. ¿Quién paga la habitación?. Y luego que el chico sea agradable. Total, que, después de aclarar todos los preliminares, con gran desconfianza por la otra parte, también. Pues dudaba que Eva no fuera un profesional, contacté con un chico con el que me cité en una cafetería.

De primeras el muchacho se llevó una sorpresa al ver que la chica de la foto no era yo. Desconfió y a mi no me gustó. Si tenía que seleccionar un semental para Eva, que fuera eso, un chico por lo menos abierto, extrovertido. Así que repetí la operación y quedé con un chico que parecía realmente agradable. Quedé con él y le expliqué que el encuentro sería con una amiga. Le enseñé algunas fotos de Eva, que había realizado en la casa, mientras realizaba sus labores. El muchacho no pareció muy convencido.

-Mira, lo que hacemos es que salimos los tres y la conoces y si te gusta, lo hacemos. Te la llevas a la cama mientras yo os veo.-

-¿ y tú como estás segura que ella aceptará acostarse conmigo sin conocerme?- Me dijo el muchacho.

Efectivamente, aquel hombre de unos veintiocho años, muchos años mayor que Eva y que yo tenía razón, pero mi respuesta fue rápida y muy segura de mi misma le contesté.- Por que es mi esclava.-

Le enseñé una fotocopia del DNI de Eva y mi propio documento para que viera que éramos mayores de edad y quedamos para el fín de semana siguiente.

Llamé a Eva el sábado por la mañana, en un momento en el que ni mi madre ni Paula se dieran cuenta de que hablaba con nuestra criada y la convencí para que viniera ella sóla conmigo a una fiesta que le había preparado. Eva aceptó y quedamos a las siete de la tarde. A las siete y media se presentó el chico. Se lo presenté a Eva como un amigo. Fuimos a un hotel a alquilar una habitación doble para nosotras y una individual para el. Llevaba el dos macutos. Uno nos lo dejó a nosotras, de manera que pasamos como tres amigos que visitaban la ciudad.

Nos fuimos de bares, de cena y de copas. Entramos en una discoteca. Se ve que el chico tenía planificado un presupuesto para estas cosas, y a una hora determinada, que no era ni pronto no tarde, nos sugirió que nos recogiéramos.

Cuando el chico no nos escuchaba, Eva me hacía un montón de preguntas sobre el muchacho como «que dónde lo había conocido», «qué chico más educado». Sonreí cuando me dijo que estaba para «follárselo».

Le hice un guiño al muchacho para tranquilizarlo, en el sentido de que Eva iba directa al picadero. Al llegar al hotel, con la excusa de que teníamos que irnos muy temprano, a coger un avión que salía a las tantas de la mañana pagó las dos habitaciones y para sorpresa de Eva, mientras subíamos al ascensor, el muchacho la abrazó.

La estrechó entre sus brazos mientras sellaban sus labios. El chico era mucho más alto que Eva. Tomó sus nalgas con la mano y tiró de ella hacia arriba, obligándola a ponerse de puntillas. Eva me miraba de reojo, a través del reflejo de los cristales. Yo le sonreía y entonces volvía a cerrar los ojos.

Salimos los tres del ascensor. El chico se puso entre las dos, agarrándonos de la cintura, aunque yo ya le dejé muy claro que yo estaba exclusivamente de «observadora». Entró con nosotras en nuestro cuarto. La cara de Eva me hacía presumir que ya había adivinado que aquel magnífico semental estaba destinado a ella.

Me senté en la silla y los dejé a ellos, que se abrazaran y que comenzaran los prolegómenos amorosos. Observaba a los amantes abrazarse, besarse y magrearse, especialmente el chico a Eva. Tomó sus nalgas entre sus manos y comenzó a subirle lentamente la falda, recogiéndola en su palma de la mano y consiguiendo por fin el contacto con su trasero, cubierto por unas bragas que metió entre ,los cachetes de Eva , venciendo el último impedimento para alcanzar su piel suave. Eva lo besaba desvergonzadamente. Abría la camisa y ponía la cara sobre su pecho cubierto de pelos.

El chico comenzó a desabrochar los botones de la falda de Eva que cayó al suelo, mientras mi esclava desabrochaba los pantalones del muchacho, que empezó a mostrarnos unos modernos calzoncillos, muy picarones, en el que se podía adivinar un miembro extraordinariamente desarrollado que empezaba a despertar. Eva metió su mano en los calzoncillos y lo sacó y estuvo tocándolo hasta que el muchacho, presionándola sobre los hombros la obligó a agacharse.

Eva dobló su cintura y se llevó el trasto del chico a la boca, lo lamía despacio, como apreciando lo que tenía entre las manos. El muchacho tomó los bordes inferiores del suéter, que le llegaba a Eva por el ombligo, y tiró de ellos hacia arriba, de forma que durante unos segundos, no veía la cabeza de Eva, que seguía dale que te pego al pene del chico.

Luego el suéter salió del cuerpo de Eva y el chico desabrochó el sujetador de la espalda de Eva y dejando caer Eva el suéter por sus brazos, mientras seguía lamiendo, el muchacho le magreó los pechos. El pene crecía de tamaño y de fuerza por momentos. Eva paró de chupar cuando el muchacho la cogió de la barbilla para besarla de nuevo. Los dos acabaron de desnudarse y el muchacho empujó lentamente y con ternura a Eva hacia la cama. Luego el chico se puso un preservativo.

Eva se abrió de piernas y el muchacho se puso encima de ella. La escena era muy natural. La cabeza del muchacho sobrepasaba a la de Eva,, que cruzaba sus piernas por detrás de su semental. Se abrazaba a él como si no quisiera separarse de él nunca. Desde donde estaba veía aquel culo, fuerte, musculoso, aquellas espaldas anchas, como se esforzaban en meter el órgano dentro de la flor de Eva. Veía sus testículos caer entre las piernas, debajo del culo. Eva lo acariciaba, Le pasaba ambas manos por el lomo, la espalda, por el culo, mientras el muchacho comenzaba a moverse como el émbolo de un motor, despacio, armoniosamente.

Me gustaba ver aquella escena, en la que Eva parecía tan dócil, Tan complacida. Sintiendo en su vagina la magia de aquella varita, de la que saldría antes o después los polvos mágicos del placer. La maquinaria del muchacho empezó a funcionar al cien por cien.

El chico comenzó a menearse con fuerza, más rápido, como un toro en un rodeo. Eva movía la cabeza de un sitio a otro como si fuera a enloquecer por el placer. Sus piernas se abrieron, abandonando la espalda de su amante y apoyando la punta de los pies sobre el colchón. El sudor apareció en la espalda del semental. Las manos de Eva ya no acariciaban, se esforzaban por aferrarse al chico, que se ensañaba en pegar tirones desde atrás, moviendo la cintura rápidamente hacia delante para retroceder con más lentitud hasta que finalmente comenzó a exclamar con voz sorda -¡Aaaahhhhggg!.- mientras Eva se movía a la par que él.

Entonces los movimientos se volvieron más lentos y su cuerpo fue perdiendo tensión, cediendo ante el esfuerzo, mientras Eva comenzaba una carrera particular, moviéndose exageradamente hasta conseguir correrse un poco tarde pero con un orgasmo duradero.

Después de follarse a Eva, el muchacho cogió su ropa y se vistió. Eva lo miró entristecida.- ¿Te volveré a ver?-

El chico le dio vagas esperanzas aunque yo sabía que no. Intuí que era un follador itinerante, uno de esos hombres que se enorgullecen de haber hecho el amor con una cifra astronómica de mujeres. Eva era una mueca en su revolver.

Aún eran la una de la madrugada, así que pensé que las dos podíamos rematar la noche. Me fui desnudando ante Eva, que aunque saciada , me quería recompensar de alguna forma por la experiencia que le había hecho vivir. Yo estaba muy caliente. Me fui andando por el colchón hacia Eva como una gata cariñosa y metí una pierna debajo de la suya. Nuestras piernas se entrelazaron como dos tijeras abiertas y nos fuimos acercando la una a la otra hasta que sentí en mis muslos y mi vientre, la piel suave de los suyos y los pinchacitos de los vellos del pubis que le asomaban ya. «Tengo que afeitarla otra vez». Pensé.

Luego sentí la humedad de su sexo lubricado inundar mi sexo y comenzamos a pelear la una contra la otra, a presionar nuestros sexos , a empujar mujer contra mujer hasta que un nuevo orgasmo nos recorrió a ella y a mí, tras lo cual y después de abrazarnos y besarnos, comenzamos a prepararnos para salir del hotel y volver a casa.

Haciendo un repaso a la noche, la experiencia me había parecido gratificante. Pero más tarde, en días posteriores pensé que Eva aceptaría complacida experiencias más excitantes. Y a los pocos días me vino la inspiración al ver el festival de tunas que se produciría dentro de unas semanas..

Mi otra esclava era Paula. Mi hermana estaba un poco más proclive a aceptar caricias que antes de la fiesta de disfraces, pero siempre que no fueran más allá de simples magreos cariñosos y besos en la boca cortos y sin meter la lengua, no mucho menos. En alguna ocasión había intentado cogerle el sexo y se escabullía. La hubiera podida secuestrar, como a veces había hecho con Eva, pero a Eva le iban unas cosas y a Paula otras.

A Eva le gustaba el sexo directo, salvaje. Un secuestro era una forma de seducción. En definitiva, a Eva se la podía secuestrar para ponerla caliente. En cambio, Paula aceptaría cualquier cosa, incluso un secuestro, siempre después de estar excitada, de haberla recreado en el morbo de las situaciones. Si yo ataba a Eva por la fuerza, sabía que cuando la soltara estaría saciada, mientras que si ataba a Paula a la fuerza nunca la saciaría. En cambio, si la calentaba, con tal de llegar hasta el final era capaz de dejarse atar y de lo que fuera.

Me conecté a Internet una tarde en que las dos estábamos solas en casa. Sabría que cuando Paula me viera entrando en estas páginas de contactos se me pondría al lado. Se me colocó al lado. Vimos primero las páginas de chicos. Estaban llenas de señores gorditos que querían sexo espóradico, muy aceptables para mis planes con Eva, pero no para mis propósitos con Paula. De los chicos pasamos a las parejas. La miraba para ver su reacción cada vez que una pareja o una chica casada reclamaba los favores de un jovencita. Tenía los ojos abiertos como platos. Puse mi mano sobre su muslo, alzando la falda que lo tapaba. Me dejaba acariciarla.

Le leía los mensajes y le acariciaba el muslo lentamente mientras ella los releía en silencio, viendo en algunos casos las fotos, generalmente de las mujeres, exhibidas como mercancías que se vendieran.

Pasamos a los anuncios de chicas, de profesionales que pedían contactar con caballeros, de chicas dispuestas a formar tríos y también de mujeres que buscaban novia. Tenía mi mano puesta en la parte más alta de su muslo, sintiendo en el canto de mi mano el calor de su sexo. La besé en la cara, y luego, reclamé su boca, consiguiendo el primer beso profundo desde hacía muchas semanas. Seleccioné una de aquellas chicas, de las que me parecían que podían tener más experiencia y ser menos románticas. Esas eran, sin duda las profesionales o las lesbianas consagradas. Yo, para lo que quería, que era ver cómo Paula era seducida por una mujer, me parecían más fácil las primeras, aunque lo ideal eran las primeras.

Una de ellas, de las lesbianas decididas, me pareció hermosa y joven. Pinché para mandar un mensaje y le escribí una carta apasionada, adjuntando el archivo de una foto de Paula escaneada previamente. Paula callaba, pero se excitaba viéndose casi forzada a tener sexo con una desconocida con más experiencia que ella.

Recibimos la respuesta a los pocos días. Era otro mensaje apasionado, con una foto de dos lesbianas, pero no de las amateurs, sino de las otras. Escribí concertando una cita una tarde de entre semana. Un miércoles, para ir al cine. Nos encontramos las tres en la puerta del cine. Las reconocimos a distancia, en cambio ella se extrañó de vernos a las dos. No entramos en el cine. Nos fuimos a tomar café donde pudiéramos aclarar las cosas. Paula callaba mientras yo discutía con aquella chica de fuerte carácter.

-Te la follarás sin problemas. Pero yo tengo que estar presente.- esas fueron mis últimas palabras, y la hermosa lesbiana se levantó y se marchó pagando su café.

Repetimos la búsqueda, pero esta vez decidí ser sincera desde el principio. Explicaba que Paula era mi novia y que deseaba verla hacer el amor con una mujer, lo que no decía es que era una chica. Tardé algunos días en encontrar a la persona adecuada. No era la belleza de la otra vez, pero tenía un cuerpo más delgado y era más fina. Quedamos y aunque se extrañó de que fuera una chica, aceptó encantada, casi le pareció mejor.

Nos metimos a ver una película en la que aparecían algunas, no muchas, escenas eróticas. Paula estaba entre las dos y desde casi el principio posamos nuestras manos sobre sus muslos. Aquellas faldas anchas que tanto gustaban a Paula nos facilitaban mucho el trabajo. Metimos cada una de nosotras nuestra mano en la falda. Los amplios vuelos disimulaban la intrusión. Fui a poner mi mano sobre el sexo de Paula, pero me encontré el sitio ocupado por la mano de la invitada.

Veía a Paula aguantar, morderse los labios, abrir y cerrar las piernas, doblar ligeramente la espalda, arqueándola sobre el respaldo. Meter un dedo entre sus labios y morderselo y mover la cabeza a un lado y otro para finalmente comenzar a correrse, silenciosamente, restregando todo su cuerpo lentamente contra el respaldo y el asiento de su sillón.

Al poco rato, la chica nos indicó que no deseaba perder más tiempo viendo aquella película y que era mejor ir ahora a su estudio. Sí, era una aparejadora o arquitecta, a juzgar por los planos que encontramos sobre las mesas de dibujo.

Yo cumplí mi parte del trato. Me senté en un cómodo sillón, algo distante, mientras la chica, sentada en un blando sofá tapizado de cuero, ordenaba a Paula que se quitara la ropa. Mi hermana obedeció mostrando su cuerpo fresco cubierto con aquella lencería que había seleccionado para ella de entre la que su novio, Luis, le compraba para ofrecerla a sus amigos. El sujetador cayó finalmente al suelo, quedándose con las minúsculas bragas.

La mujer atrajo a mi hermana hacia sí y le devoró los pechos mientras le magreaba el culo. Yo me metí la mano dentro del pantalón y me comencé a acariciar, para disfrutar al cien por cien del espectáculo. Ya iba bastante caliente del cine y ver a Paula consentir dócilmente que aquellas desconocida le comiera las tetas me ponía a cien.

Ahora Paula se veía obligada a darse la vuelta y ofrecer sus nalgas a la mujer, que tirando desde delante, de sus bragas hacia arriba, hizo que las nalgas de mi hermana aparecieran ante ella, deliciosamente redondas. Pasó su lengua por ellas mientras introducía la mano entre sus muslos. Veía a mi hermana excitada recibir la mano en su sexo.

La mujer, pues nunca supimos su nombre, bajó las bragas de Paula y la obligó a doblarse hacia delante manteniendo las piernas rectas. Vi su cara hundida en la parte baja de las nalgas mientras Paula parecía complacida, agradada y excitada. Ahora la mujer movía la cabeza, hundiéndola y sacándola de las piernas de Paula cada vez más rápido de lo que deduje que se la estaba follando con la lengua. Los pechos de Paula eran manoseados por aquella mujer hasta que arrancó un nuevo orgasmo a Paula, que estaba tan doblada que se sostenía poniendo sus manos en la parte baja de la pierna. Me miró unos momentos y le demostré mi satisfacción.

La mujer comenzó a desnudarse. Le decía a mi hermana cosas tiernas, como «pichoncito», «amor». Ahora «le tocaba a la tortolita darle un poquito de azúcar a ella». Llevaba unas bragas de muchos encajes, no enseñaban mucho fuera de las bragas, pero dentro se adivinaba todo. De todas formas, las bragas duraron muy poco en su cuerpo.

Obligó a mi hermana a ponerse de rodillas mientras ella abría sus piernas y le enseñó todo su sexo humedecido y con los pelos recortados y cuidados. Mi hermana tenía poca experiencia en comer coños. Lo hizo todo lo bien que supo. La mujer la veía entre sus piernas y le acariciaba el pelo, dándole instrucciones, sugiriéndole lo que debía hacer y Paula obedecía dócilmente.

-No sabes comer coños. Yo te enseñaré.- La mujer se tumbó levantando su cabeza con un cojín e indicó a Paula que pusiera sus muslos en su cara y su cara entre sus muslos.

-¡Sólo repite lo que te voy a hacer!.- Paula repitió las caricias de la mujer, lamiendo su clítoris y luego toda la raja, lentamente, deteniéndose en cada trocito de piel. Tomó sus labios y besó la parte baja de su nalgas y entre los muslos y el sexo, y los ingles y el clítoris y en una de esas tomó el clítoris entre los labios y lo movió de un lado a otro, de adelanta hacia detrás, de arriba hacia abajo. Aguantaba los labios de la mujer, lo mismo que la mujer aguantaba sus labios.

La mujer separó las nalgas de Paula que hizo lo mismo, y contempló la parte más superficial de su sexo, donde introdujo su lengua poniéndola como un pequeño y húmedo pene que se introducía unos centímetros en el interior de Paula, que hacía lo mismo.

Finalmente, Paula fue insertada profundamente por un dedo, y luego por dos y ella intentó repetirlo, pero no lo hacía tan contundentemente. Sólo el hecho de que ella se hubiera corrido dos veces evitó que ella se corriera antes que la desconocida, que atrapó la cara de mi hermana cruzando la pierna por detrás de su nuca.

Entonces la mujer hizo una maniobra para tender a Paula en el sofá y ella se puso encima. La mujer puso sus pechos alternativamente sobre la cara de Paula, que se restregaba contra ellos, pero sin atreverse a besarlos. Luego bajó y movió sus pechos contra los pechos de Paula, mientras hincaba su rodilla entre las piernas de Paula, llenándose de la humedad de su sexo.

Bajó más y comenzó a frotar sus pechos contra el vientre plano de Paula y luego, contra el sexo con los pelos ya bastantes crecidos del sexo de mi hermana. Paula comenzó a moverse por tercera vez. La mujer se percató del nuevo estado de excitación de su amante y colocó su pubis a la altura del pubis de Paula y se comenzó a mover como un chico, frotando su sexo contra el sexo de Paula, que la esperaba con las piernas muy abiertas, hasta que las dos comenzaron a correrse chillando de una forma escandalosa.

Desde esa tarde, mi hermana se abrió un poco a mí. Volvió a permitir que visitara su cama de noche y desabrochara su parte de arriba del pijama o alzara su camisón para comerle los pechos. También me permitía que le cogiera el conejo, pero por encima de las bragas, sin meterle el dedito.

Me costaba mucho coincidir con Eva y más quedarme a solas. Cuando esto sucedía, daba por descontado que ese día teníamos momentos de sexo. Me presentaba donde ella estuviera e influida por la escena de la desconocida con Paula, la ponía de espaldas a la pared, le obligaba a subirse la falda y separarse las nalgas y descorriendo sus bragas, metía mi cara entre sus nalgas, hasta percibir el aroma de su sexo, embriagándome, y ya no paraba hasta conseguir que se corriera, a veces a la vez que yo, que me acariciaba mientras hundía mi lengua entre sus nalgas, entre sus muslos, para alcanzar su sexo por detrás.

A Paula le gustaba, o al menos no le importaba que cuando ella estaba tumbada, me pusiera sobre sus muslo y fortara mi sexo contra él hasta conseguir obtener un orgasmo.

No fue difícil conseguir la dirección de la tuna de empresariales de una de las universidades que acudían al certamen de tunas del otoño. Me respondieron a mi e-mail, que efectivamente, les gustaría conocer a una chica como Eva, dispuesta a hacer el amor con tres de ellos mientras los demás se masturbaban y la embarduñaban de semen. Al menos eran veinte. Con una buena participación vendrían doce. No había problemas de lugar de encuentro, pues seguro que se las apañaban para que entráramos en el hotel.

El día del certamen, un sábado, llamé a Eva para que se vistiera con una falda corta y un suéter escotado. La llevé a ver la tuna. Antes de actuar me dí a conocer y los chicos se mostraron entusiasmados. Eva no sabía nada y alucinaba, no cabía en sí de gozo cuando los chicos la hicieron la reina de su actuación, hasta sacándola al escenario. Luego nos fuimos con ellos de copas. Pregunté a Horacio, que era con quien me había relacionado y me dijo que se lo habían jugado a los dados y estaba establecido ya el orden de los tres que se la iban tirar y de los que se iban a masturbar. En total eran catorce tunos. Los otros seis no querían participar.

Fuimos al hotel y sobornamos al conserje, con simpatía y un poco de dinero. Nos fuimos a la habitación. Eva, según avanzaba por los pasillos se daba cuenta de que iba al picadero, pues los chicos perdieron de golpe la vergüenza y le tocaban el culo y los pechos. Yo era respetada, pro que Horacio había puesto las cosas muy claras a los demás y aunque me hacían proposiciones, yo las rechazaba.

Al entrar en la habitación, entre todos desnudaron a Eva. Le quitaron la ropa. La dejaron sólo en bragas. Eva se callaba y aguantaba. Luego nos metieron a las dos en le baño.

– ¿Qué me has preparado hoy?.- Me preguntó con desconfianza

-La noche de tu vida. ¿No querías polla? Pues hoy vas a tener unas pocas.-

Esperamos unos minutos y al fin se abrió la puerta. Los chicos estaban tapados con sus capas de tunos, aunque debajo de ellas se les veían los pelos de las piernas. Cogieron a Eva. Habían colocado la mesita de escribir que suele haber en las habitaciones en el medio de la suit, corriendo las camas contra la pared. En cada cama había seis chicos. Los dos que estaban de pié colocaron a Eva sobre la mesa. La mitad del culo quedaba fuera y la cabeza colgaba por el otro extremo.

Me cercioré de que todos los que la iban a montar tuvieran preservativos. Entonces se acercó un tuno y se puso a la altura de su cara. Se quitó la bata y apareció desnudo, con el pene comenzando a ponerse duro. Lo acercó a la boca de Eva, que lo rechazó. El primero de los tunos fornicadores se acercó y se puso entre sus piernas. Eva estaba tensa y poco excitada. El chico esperó restregando su pene por su vientre y por debajo de las nalgas. Un tercer tuno se acercó y comenzó a tocarle los pechos, compitiendo con el tuno que pretendía ser el beneficiario de la felación, por poner los pezones tiesos antes.

Decidí actuar.- ¡dejádmela a mí!.-

Los tunos se apartaron y me coloqué justo frente a Eva, vestida. Puse mi vientre cubierto en el sexo de Eva y comencé a empujarla rítmicamente. Su cuerpo se movía entero y sus pechos botaban. Luego le acaricié el sexo hasta obtener las primeras humedades. Los tres tunos volvieron a su sitio cuando me aparté. El fornicador se atrevió a insertarla. El que pretendía ser recompensado con una felación encontró la boca abierta y dispuesta y el que acariciaba sus pechos siguió haciéndolo, pero obteniendo como recompensa el que Eva le acariciara los testículos y el pene.

Un nuevo tuno se acercó por la derecha y consiguió que Eva le agarrara la minga. El fornicador se movía y al moverse provocaba casi el que Eva masturbara a los otros tres sin esfuerzo.

El primero que se corrió fue el de la felación. Eva debió sentir estallar el pene y volcar el primer chorro en su garganta. Apartó la cara. El chico puso el pene sobre la mejilla de Eva, y los testículos en la parte de atrás de su cabeza, que se protegía dándose la vuelta de esa manera. El chorro de semen salió entre aplausos de sus compañeras, cruzando la mejilla de Eva y cayendo sobre su nariz e incluso los labios.

Un nuevo chico, el cuarto, se acercó a la boca de Eva, que rechazó su prepucio, aunque aceptó lamer y chupar el escroto. El chico rozaba la parte baja de su prepucio contra la barbilla de Eva. En ese momento, uno de los chicos que eran masturbados con las manos de Eva, se acercó, virando su cuerpo hacia la cara de mi esclava y el chorro de semen impactó plenamente en la mejilla y de nuevo en su boca. Eva soltó el escroto del cuarto tuno. Luego, el tuno eyaculante roció el cuello y los hombros de Eva, y finalmente, la canal del pecho. El cuarto tuno se fue al hombre de Eva y reclinándose ligeramente consiguió llegar a uno de los pechos de Eva. Su prepucio no llegaba a los pezones, pero se incrustaba contra la ternura de su seno.

Eva aprovechó para extender el semen que le había caído en el pecho. Un quinto chico se acercó por el costado de la mano libre y se puso justo a su seno. Un sexto chico se puso junto a éste, obteniendo la ayuda de la mano de Eva. Me tuve que acercar para ver. El chico que llegó el segundo al que Eva llevaba haciéndole una paja tanto rato, se acercó a su cuerpo, rozando sus testículos con sus rodillas. El fornicador parecía que estaba llegando a su momento. Tomé uno de los piés de Eva que quedaban colgando y comencé a devorar sus deditos.

El chico segundo, el que apoyaba su escroto en las costillas empezó a bombear, haciendo que su semen saliera sobre el vientre de Eva y cayera, casi irremisiblemente hacia su ombligo. Eva lo soltó tras un rato de acaricarlo ya sin ningún efecto. El primer fornicador, después de vaciarse dentro de Eva, fue sustituido por el segundo fornicador y nada más introducir su pene, consiguió que Eva se corriera.

Aquello produjo que otros se corrieran. El muchacho al que Eva le comía el escroto, que ahora pinchaba su pene en lso senos de Eva, y aguantaba los bocados de eva en su cachete, se corrió, haciendo salir su semen como un volcán que se extendiera por la teta follada de Eva. Su semen se curzó con el del otro chico, que estaba en el costado y sí rozaba con su prepucio el pezón de Eva. Su semen se depositó en el canal del pecho de Eva. Eran cuatro los chicos que se habían masturbado en Eva, y uno que se la había follado.

Su cuerpo era poseido por dos penes que tenía Eva en ambas manos y un tuno fornicador. El noveno tuno fue hacia la boca de Eva. Esta vez la chica aceptó, pues el muchacho se puso algo alejado, de manera que sólo el prepucio entró en su boca.

Mientras me comía los piececitos de la puta, metí mi mano entre los muslos del chico y froté el escroto del muchacho en el sexo de Eva, luego, yo misma acaricié el ano de mi esclava. De nuevo fue el chico de la boca el que se corrió antes a pesar de llegar después. Tomó la nuca de Eva y la agarró, hundiendo su pene un par de dedos en su garganta. Eva se quejó -¡Uhhmm uhmm!.- Pero recibió el pene de el chico con gratitud, saboreando su cabecita cuando lo sacó, a pesar de que luego lo escupiera.

El décimo chico cogió uno de sus pies, y después de besarlo, como yo hacía, se lo puso en los huevos. El piececito delicado frotaba el pene los testículos. Uno de los chicos que estaban siendo masturbado, al sentir su pene en las caderas de Eva y el muslo aprisionándolo, se corrió, haciendo que su semen se deslizara hacia el vientre de la chica aunque una buena parte de el se le pegó al muslo. Un onceavo chico se puso detrás de su cabeza y tomó sus brazos poniéndolos a la altura de sus orejas. La cabeza de Eva cayó y frente a sus ojos vió el cipote que se dirigió de nuevo, directo a su boca. Cerró los ojos y se lo comió.

El segundo fornicador acabó con su cometido, empujándola vigorosamente mientras eyaculaba. Se puso entre las piernas el tercer follador. El chico que se comía sus pies comenzó a restregar su pene por una de las tetas, que aún estaba limpia por su parte de abajo. El otro chico que era masturbado por Eva se vació acercándose al cuerpo de la esclava y recibiendo en sus costillas, vientre y caderas el elixir del placer.

Veía que Eva se quedaba vacía, así que me puse detrás del tercer tuno follador y yo misma le empujaba con la pelvis, transmitiendo mi deseo de follarme a Eva. El chico la metía y la sacaba y yo, en contacto con su espalda imitaba su movimiento.

El muchacho que metía su pene en la boca de Eva le sostenía la cabeza y al sentirse eyacular, sacó su picha y la colocó en la barbilla de Eva y el semen cayó a lo largo del cuello y en el frente del pecho.

Sólo quedaba el el cuerpo de Eva el chico que había comenzado a masturbarse con los pies de Eva. Ponía su pene en los pechos de Eva y se entretenía en rozar su prepucio con los pezones, hasta que estalló en un río de lava. Eva comenzó a correrse otra vez y tras ella, el tercer semental.

Eva estaba llenita de leche y muy bien follada. Estaba agotada y descansaba. Pero no había llevado la cuenta. Un chico se acercó a la cabeza y le obligó a darse la vuelta, quedándose de espaldas.

Otro se puso en su culo. Poniendo el escroto en sus nalgas, separándolas y pasando sus testículos por el ano. Entonces, ví que le poco a poco le hincaba la cabecita del pene entre las nalgas. Eva levantó la cabeza. Me debí de oponer, pero sinceramente, pensé que si me oponía corría el riesgo de seguir la misma suerte.

El pene entraba y salía del culo de Eva mientras ella agarraba con las dos manos el pene del otro muchacho y le relamía el prepucio.

Por suerte, el cabrón no tardó en correrse, sacando el pene en el momento justo en que su semen salía. Cayó entre las nalgas, pero él se encargó de separar sus nalgas para hacérselo sentir en el agujero. El otro chico se soltó de su mano y su boca y poniendo sus testículos en el hombro, le recogió el pelo de la nuca y su semen salpicó su espalda y su columna vertebral.

Los chicos tuvieron el detalle de marcharse y dejarnos a solas en la habitación. La acompañé a la bañera y le quité el semen de su cuerpo. Ella callaba. Se vistió. Nadie había en el pasillo del hotel. Salimos y la acompañé a casa. Me pregunté si me odiaba o me amaba. Al despedirse me besó en la boca con pasión.

Después de esta experiencia tan fuerte, decidí no exponer tanto a mis esclavas. Ahora le tocaba a Paula. El primer polvo con una desconocida había tenido su efecto.

Ahora procuraba una experiencia mas tierna. Había un anuncio de una mujer casada, de treinta y cuatro años, que me parecía tierna y cálida. Sin duda, sería menos pasional o pujante que aquella aparejadora, pero sería más dulce.

Nos pusimos en contacto con ella, pues al contrario que Eva, Paula participaba en la preparación de sus experiencias. Aquello la excitaba, como notaba por las noches, cuando me pasaba a su cama y la masturbaba rozando incesantemente su clítoris por encima de sus bragas mientras le besaba los pechos, hasta que se corría.

Fue Paula le que escribía el e-mail que yo le iba dictando. Recibimos una cálida respuesta. Paula entonces pidió concretar una cita.

La ama de casa era una mujer entrada en años pero que conservaba sus encantas al cien por cien, incluso se la veía tan tranquila, tan convencida. Se extrañó de verme allí, junto a Paula. Le dijimos que Paula no tenía carnet y como habíamos quedado en la cafetería de un hipermercado, la había llevado.

La mujer nos contó la poca experiencia que tenía, pero que quería probar algo distinto, algo nuevo. Le pregunté, por qué enseguida me convertí en la interlocutora de las dos, si no sería que quería hacer el amor con una chica delante de su marido. Me lo quitó de la cabeza. Era una experiencia íntima y personal. Dí mi consentimiento por Paula.

-Pero ¿Ella no opina?.-

-No, cielo, yo soy su manager.-

-Entonces te tendré que pagar a ti.-

Aquello no me lo esperaba. Paula estuvo a punto de meter la pata. Le dí un pisotón. -¡Efectivamente!.-

-¿Cuánto?.-

-Quince mil.-

-¡Joder, que caro!.-

-¡Sí!. Pero esta hembra tiene el coño muy poco tocado aún..-

-¡Si!. Pero yo el dinero lo saco del que me da mi marido para la plaza.-

– Te la dejo por doce mil y no bajamos más.-

-Diez mil.-

-Ocho mil si me dejas que os mire.-

Nos fuimos de la cafetería directamente a lo dijo ser el piso de una amiga. Su amiga estaba fuera y le dejaba las llaves para regar las macetas. Era un piso de una mujer solitaria.

Pensé si tal vez, después de la experiencia que se aproximaba no le haría alguna visita nuestra mujer a su amiga, buscando el cariño que le encontraba en el matrimonio y si no lo encontraría a la postre.

La mujer lo había calculado todo, incluso había traído sus propias sábanas que luego lavaría en la lavadora de su amiga. Después de servirse un combinado, puso música. Era una situación un poco fría y intentaba dar el primer paso, pero no se atrevía. Yo ordené a Paula que se sentara al lado de la mujer.

Paula hacía lo que yo, con voz tierna le sugería, como alzarse un poco más la falda, quitarse el suéter y desabrocharse tres botones de la camisa, de forma que se veían los copas del sujetador.

La mujer empezó a sobar la pierna de Paula y al ver a la chica dócil y solícita, le estampó un beso en la cara y luego en la boca, y luego un beso largo y retorcido de nuevo en la boca, sellando de esta forma el comienzo de su experiencia. Las veía besarse abrazadas. Paula tan juvenil y la mujer, hecha, femenina, hembra.

Paula se debió de acordar de lo bien que se lo pasó con la lesbiana por que se puso a desabrocharle la camisa a su amante madura, y finalmente ambas se desprendieron de las camisas y luego, se quitaron el sujetador.

La mujer tomó el pecho de Paula como quien decide probar una fruta desconocida. Y le debió de gustar el sabor de aquella fruta, pues parecía delirar con él pechos en sus manos, con el pezón en su boca. Eva tocaba los pechos enormes de la mujer, enormes pero bellos, bien puestos y mejor formados.

La falda de la mujer parecía a punto de reventar. Las dos se levantaron. La mujer, ya animada, se desabrochó la falda que cayó, dejando ver las nalgas anchas de la mujer. Tenía unas bragas que debían duplicar en talla a las de Paula. La celulitis hacía acto de presencia en sus piernas y su vientre estaba ligeramente hinchado, Una mujer de treinta y tantos, en definitiva.

Alzó la falda de Paula y metió sus manos dentro, agarrando sus nalgas al parecer, que debió sentir tan distintas a las suyas. Pero no se entretuvo mucho y bajando sus brazos apareció con sus bragas en la mano, después de obligar a Paula a dar un saltito. En ese momento, la mujer volvió a coger los pechos de Paula y a saborearlos durante un rato después del cuál, ambas se fueron a la cama de matrimonio de la solitaria mujer que había cedido el piso.

Se tumbaron ambas en la cama, pero la mujer madura era más activa. Le bajó a mi hermana la falda, dejándola ya totalmente desnuda, pues también le quitó los zapatos, igual que ella misma se había descalzado y enrollado sus medias, que eran dos prendas de fibra, transparentes y suaves.

Tomé una de las medias como si de un fetiche se tratara y las deslié para jugar con ellas mientras me sentaba en una butaca desde la que podía observar discretamente.

La mujer había hecho suyo el cuerpo de mi hermana, aunque lo obsequiaba deliciosamente, pasando sus pechos generosos por la cara de Paula, por su boca y luego por los menuditos y no por eso menos deliciosos de Paula, estrellando sus pezones mientras Paula dejaba que la señora casada le tomara las manos con las suyas y cruzaran sus dedos, sintiendo el calor de la palma de la mano de una en la palma de la otra.

Paula abrió sus piernas y la mujer, tumbada pero casi a cuatro patas, introdujo una de sus piernas entre los muslos de Paula, y buscó el contacto entre sus muslos de la pierna de Paula. Los sexo sintieron ambos el contacto de los muslos de sus respectivas amantes. Ambas sintieron la una en la otra la sensación cálida y húmeda del amor de una mujer.

La mujer ya no se conformó con frotar sus pechos contra los de Paula, sino que buscó con su lengua la excitación del pecho de la doncella, el candor de sus jóvenes pechos, mientras ella misma colocaba los suyos sobre el vientre plano de Paula, jugando a introducir sus grandes pezones en el ombliguito de mi hermana.

Luego la mujer bajó hasta el sexo de Paula y lo lamió tímidamente, para lamer su ombligo y dejar, descuidadamente, sus pechos sobre el sexo de la doncella, y al sentir la turbación de Paula, comenzar a mover sus pechos entre los muslos de mi hermana con descaro, con intenciones.

Paula se retorcía de placer, se sentía embriagada por los roces suaves de aquella mujer madura y le respondía con su docilidad, con la dulzura de las caricias de sus manos sobre su espalda.

Al final, la mujer se tumbó y comenzaron a mover ambas, sus muslos entre los muslos de su amante respectiva y ambas se abrazaban mientras sus piernas luchaban por obtener la una de la otra un victorioso orgasmo. La mujer perdió en un principio, y comenzó a hacer movimientos que rayaban lo obsceno Frotaba su sexo contra el muslo de mi hermana, impregnando su muslo con sus dulces jugos del amor.

Pero aquella mujer, con más experiencia en los lances amorosos, aunque no fueran entre mujeres, no cejó en su empeño y al poco tiempo obtuvo su premio al hincar la rodilla entre los muslos y el sexo de mi hermana, a la que mantenía inmovilizada sosteniendo sus manos por las muñecas, con sus propias manos. La mujer fijó su mirada en Paula, que la rehuía mientras se frotaba ahora ella, su almeja contra la rodilla de la mujer madura

Si hubieran sido un par de estudiantes universitarias, seguramente la historia hubiera acabado aquí, pero aquella ama de casa se mostraba incombustible. Ahora se quitaba las bragas y se arrodillaba ante las piernas abiertas de Paula y comenzaba a lamer su coñito mojado.

Me ofrecía, además, la imagen magnífica de su culo en pompa, enorme , desbordante, así que me acerqué y me puse de pié delante de ella y comencé a rozar mi pubis por su culo y luego, mientras divisaba como ensayaba las técnicas que debía de haber aprendido a fuerza de conectar con los canales porno de la tele, metí mi mano entre sus nalgas para encontrar su almeja cubierta de pelos y en medio de ellos, su indescriptible suavidad.

Le introduje un dedo en su vagina profunda, mientras ella proseguía, sin importarle demasiado la intromisión. Seguía lamiendo el sexo de Paula, que estiraba de su pelo como queriendo atraer la cabeza de la mujer hacia su vientre, hacia el punto de donde partía aquel renaciente cosquilleo, aquel calor que de nuevo le turbaba. Introduje el segundo dedo

La mujer permanecía allí, sin inmutarse, sin responder ni negativa ni positivamente. Seguía con su boca sobre el sexo de Paula y ahora ella parecía querer obtener un poco de la melaza del sexo de Paula introduciendo ella su dedo en el conejo de Paula.

Comencé a meter el tercer dedo, el anular, y a mover mi mano, metiendo y sacando mis dedos mojados por los jugos de su vagina. Se dio la vuelta para mirar mi cuerpo junto al suyo, queriendo ver los dedos que la penetraban y dejó de lamer a Paula unos segundos para percatarse de su excitación.

En ese momento decidió que debía comerse el coño de Paula y provocar su orgasmo antes que el que le venía, así que ella introdujo un segundo dedo en la vaguna de la doncella y los movió como yo los estaba moviendo

Paula no aguantó demasiado y comenzó a correrse, esta vez , ronroneando como una gata, susurrando gruñiditos que le servían para acompañar toda liberación que acompaña al orgasmo. La mujer, al ver a Paula correrse, puso su mejilla sobre el sexo de Paula, y ella misma comenzó a respirar, a jadear lentamente, suave y armoniosamente, moviendo sus caderas con suavidad contra mi mano.

Nos tumbamos las tres en la cama. Yo me desnudé y me uní al juego de caricias que las dos mujeres, la joven y la mayor se propiciaban. Me coloqué al otro lado de Paula y tan pronto acariciaba uno de los cuerpos como el otro.

Estuvimos largo rato acariciándonos. En ese momento sentí una mano pasar entre las piernas de Paula. Eran las manos de aquella mujer que se posaban sobre mi sexo y comenzaba a masturbarme.

No iba a tomar una actitud pasiva, así que yo hice lo mismo y tomé , pasando sus manos por entre los mulos de Paula y rozando el brazo de la mujer, el sexo de aquella dama y de paso, con la otra mano, rodeé el muslo de Paula y comencé a masturbar a mi hermana.

Sentí que mi hermana quería participar en el juego al notar que su mano se disputaba un sitio con la mía en el sexo de la mujer. Le hice sitio y desplacé mi mano un poco más allá y metí mi dedo levemente en el culo de la mujer. Al notarse poseída de aquella manera. La dama hizo lo propio, pero en el ano de Paula.

Paula miraba hacia la mujer y nos fuimos acercando de manera que ellas se besaban y frotaban sus pechos y su vientre, mientras sus piernas se entrelazaban, mientras yo me conformaba con rozar la espalda de Paula con mis senos y poner mi pierna sobre sus caderas. Y al cabo de un rato, las tres nos deleitábamos con nuestros mutuos placeres y mezclábamos un una canción los susurros de nuestro amor y el movimientos de nuestras cinturas.

No se nos olvidó el dinero cuando nos marchamos, que repartimos a partes iguales.

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