Julia, una chica dominante VI

Julia, una chica dominante VI

El beso de despedida de la tita Gloria fue especialmente cálido. El primo Joaquín parecía malhumorado.

Nos miraba enojado, intentando disimular sus auténticos sentimientos.

El viaje se hizo corto. Llegamos a casa. Un piso siempre es más cómodo que una casa, aunque carezca de su encanto.

El piso estaba muy ordenado y limpio. Se notaba la presencia de Eva. Pensé en ella y sólo con hacerlo se me erizaban los pezones. De repente pasó de estar casi en un tercer plano, entretenida como estaba yo en la seducción de Paula, a presentarme en primer plano, a desear verla, a sentirla cerca de mí.

Al recorrer la casa miré con fatalidad que mis padres habían cumplido una de las aspiraciones de Paula, la de darle una habitación.

Era la habitación de la cocina. Una habitación pensada en principio para una asistenta y que en realidad se usaba para la plancha.

Aquello suponía una dificultad añadida a cualquier intento de seducir a Paula de nuevo, pero también era cierto que la habitación estaba apartada. Esa misma noche hice la prueba, pues en realidad todo dependía de la voluntad de Paula . Al ir al servicio me desvié a la cocina y al intentar abrir la puerta, estaba cerrada. Paula parecía dispuesta a olvidarse de mí una vez que sentía cercana la presencia de su novio, Luis.

Vi a Eva al día siguiente. Estaba preciosa, más de cómo la dejé, más hermosa, más hembra. De repente, al verla con su delantal o babero que utilizaba para limpiar ahora y debajo del cual no debía de llevar sino la ropa interior, me acordé si tendría el sexo rasurado aún.

Los días previos al comienzo del instituto se me hacían eternos. Mi madre pululaba por la casa junto con Paula, que parecía quererse resarcir de lo ocurrido en el pueblo acosándome en todo lo que hacía. Yo lo único que quería era que me dejaran a solas con Eva, que me rehuía cuando me acercaba a ella. Parecía enfadada. Ni Paula ni Eva aceptaban mis roces, mis manos sobre sus traseros. Sentía que tendrá que volver a empezar desde cero.

El primer día que empezó el instituto, conocí chicos y chicas nuevas. Desde el primer momento había una, Rosa, de la que me enamoré.

Mi hermana salía de nuevo con Luis. Lo sabía por que aunque no podía encontrar su diario, podía oler el rastro de su excitación por el perfume que su sexo dejaba marcado en sus bragas, cuando al venir de la calle las dejaba en el cubo de la ropa sucia. Unas bragas que eran la expresión mínima de lo que debía ser.

Intenté seducir a Eva en la soledad momentánea de apartadas habitaciones. -¿Por qué me huyes?.-

– ¡Déjame! ¡Eres una guarra!.-

– ¿Yo? ¿Por qué?.-

No te has acordado de mi en todo el verano –

Eva me reprochaba el que no hubiera ni una carta, ni una llamada de teléfono. Ciertamente tenía razón. Incluso siendo mi esclava tendría que haber tenido ese detalle con ella.

Eva suponía que me habría echado novio y en parte había sufrido. Ahora había decidido pasar de mí.

No sirvió de nada que le suplicara que me perdonase. Ahora era yo la que se humillaba ante ella, pero ella no parecía ceder.

Me pidió que la dejara en paz y se alejó de mí visiblemente enfadada moviendo el trasero con gracia y salero, despertando aún más mi deseo por ella.

Mi ,madre nos anunció que durante las próximas semanas iría por la tarde a un curso por lo que nos quedaríamos solas las tres.

Eso quería decir que Paula saldría también a zorrear con Luis. Eva sería mía por las buenas o por las malas. No tardó en llegar el día en que Yo y Eva estábamos solas en el piso.

Eva llevaba ese estúpido delantal o babero que dejaban ver sus muslos depilados y sus piernas ligeramente abiertas. Pensé en su sexo mientras la contemplaba menear el trasero mientras terminaba de fregar el suelo de la cocina.

Me acerqué por la espalda y me pegué a ella hasta sentir su culo en mi vientre. Cogí sus manos . En ese momento sólo hizo un esfuerzo testimonial por librarse de mí.

-¿Qué pasa? ¿Es que ya no te acuerdas de esto?.-

-¡Déjame en paz!.- Eva intentó soltarse y como yo le cogía con fuerza, me dio una culetada y me hizo un poco de daño. La solté, pero aquello me llenó de rabia. Entonces pasé al plan B.

Tenía un cordón en el bolsillo de los vaqueros. Lo saqué y volvía acercarme por la espalda. Agarré rápidamente las manos que asían la escoba.- ¿Qué haces?-

Le até las manos con rapidez, casi no reaccionó. De nuevo descubrí en su cara la expresión de calentona a la que le gustaba que la excitaran. Pero no me fiaba, por que no parecía, por la forma de alzarme la voz que me fuera a ser fácil seducirla. Cogí una servilleta y le tapé la boca, atándosela a la nuca.

Eva empezó a defenderse con las piernas y me propinó alguna patada, pero yo la conseguí sentar en una silla a empujones y comencé a atarla con una larga cuerda verde de plástico que había en el cajón de la mesita de la cocina. Le daba vueltas a los brazos y luego la cintura, consiguiendo que ella y la silla formaran un mismo cuerpo. Luego até cada pierna a una pata de la silla.

Eva ya era mía. La conocía muy bien y sabía que si al calentaba, la haría mía de nuevo, asíq ue empecé por desabrocharle los botones del delantal y fue apareciendo su piel canela bajo el traje, y un precioso sostén de encajes.

Desabroché los botones de abajo y pude contemplar el final de sus muslos y el comienzo de unas bragas que eran tan hermosamente blancas como el sostén.

Tiré de las bragas hacia abajo a horcajadas. Le salieron hasta la altura de los tobillos. Allí al final se veía su sexo cubierto por un vello incipiente. Extendí mi mano. Los pelos producían una sensación extraña. Acaricié su sexo y luego bajé los tirantes de su sostén para acariciar también sus pechos, suaves y hermosos, duros. Tomé sus pezones entre los dedos de las manos y los estiré. La cara de Eva reflejaban una mueca de resignación.

-¿Te vas a dejar?.- Le dije. Eva asintió con la cabeza. Empecé a quitarle la cuerda verde y luego le solté las manos y le destapé la boca, aunque sólo lo hice para terminar de desnudarla. Tan pronto como se deshizo del babero y el sostén, le volví a atar las manos, pero esta vez, y para sorpresa de Eva, detrás, a su espalda. La metí en el cercano cuarto de Paula y miré en la cómoda de este cuarto para descubrir una cuchilla desechable utilizada ya por Paula.

A los cinco minutos el sexo de Eva estaba afeitado. Tirada sobre la cama aguantó estoicamente la sensación de la maquinilla, endulzada de vez en cuando por mis dedos, que la recorrían astutamente, pretendiendo excitarla, y la agradable sensación de un paño templado al final del afeitado. Percibí sus primeras humedades y tras dejarlo limpio, comencé a acariciar su clítoris, y ví una minúscula gotita de sangre, hecha por el afeitado de algún bello rebelde, en sus ingles. Puse mi boca sobre ella y la limpié con mis labios.

-¡Vaya!¡ Parece que la chica rebelde va a ser domada! Dime… ¿Es que no te excita todo esto?-

-¡ Me excita más algo que tu no me puedes dar!.-

– ¿Ah sí? ¿El qué?.-

-¡Una buena polla!-

Al oírla decir aquello, con esa cara de rebeldía, a pesar de que ella y yo sabíamos lo que le excitaba todo aquello, me entraron ganas de tener realmente un buen nabo. -¡Te vas a enterrar! ¡So zorra!.- Le dije. Y inserté el dedo corazón en su sexo tan profundamente como pude, sintiendo la estrechez de su vagina.

Estiré de su cabellera hacia detrás mientras mi dedo la penetraba sin miramientos. Se estremecía bajo mis manos. Su maquinaria sexual comenzó a funcionar, su sexo se humedecía, sus pezones de ponían puntiagudos y aquello me provocaba y hacía que moviera mi lengua sobre la aureola de sus pezones. Ella cada vez se agitaba más, pero no para soltarse, sino para sentir su placer y yo movía mi dedo hasta que conseguí arrancarle el orgasmo de la conquista, del devolver las cosas a donde estaban.

Seguí moviendo mi dedo lentamente, arrastrando a Eva a un profundo orgasmo que se fue desvaneciendo mientras recibía mi boca en la suya, mi lengua en su lengua. Eva se vistió Volvía a ser mi perrita sumisa, obediente y calentona

Pero lo de la polla me había llegado al alma. ¿Quería polla? ¡Yo se la daría! ¡Le daría polla hasta hartarse!.

Eva ya consentía que tuviera con ella los pequeños devaneos de otra época. En las habitaciones solitarias, me huía coquetamente, pero se reía al sentir mi mano deslizarse por su falda. Yo le decía cosas como que ya vería cuando la cogiera y cosas así. A los pocos días, volvió a surgir la ocasión.

Me fijé en el cajón de mi hermana. ¡Ah! ¡Había una de aquellas diminutas bragas. Las tomé mientras sentía como Paula abandonaba la casa y nos dejaba a solas a Eva y a mí. Paula se portaba con Eva de una forma estúpida y clasista, despótica, aborrecible. Conmigo estaba muy tiesa. Se ve que como ya no le faltaba polla, no quería ni hablarme.

Llamé a Eva y ni corta ni perezosa le extendí las bragas de Paula. -¡Póntelas!-

A Eva le debieron gustar las bragas. Las observaba divertida y yo, para darle a entender que en el juego, yo era la parte fuerte, hice ademán de meter la mano bajo su delantal y bajarle las bragas. Eva reaccionó. Se quitó sus bragas baratas y discretas y se puso aquella tira trasera con un triangulito delante.

¡Déjate sólo las bragas!.-

Eva estaba exquisita con aquellas bragas que dejaban ver sus nalgas, redondas y desbordantes, por el contrario de Paula, de nalgas alargadas. Su vientre aparecía desnudo por la parte delantera y sus pezones denotaban la excitación que provocaba mi mirada sobre sus pechos liberados. Eva recogía la mesa.

Tomé sus manos y siguiendo la costumbre, Eva me permitió que se las atara a la espalda con una cuerdedita. La empujé hasta el socorrido cuarto de Paula.

Las nalgas de Eva me habían excitado, así que metí mi cara bajo sus nalgas, prácticamente desnudas, sintiendo en mi frente y mis mejillas sus nalgas Apreté la cara contra ella.

Su sexo me llegaba justo a la altura de mi lengua extendida. Separé sus nalgas y aparté la tirita con un dedo. Sus dos agujeros quedaron al descubierto. Por el momento sólo me interesaba su sexo y mi lengua tocó su piel suave y mojada y separando sus nalgas, la lengua la penetró ligeramente.

Eva dobló su espalda y me ofreció el sexo de lleno. Mi lengua se convirtió en un ariete que profanaba su sexo levemente una y otra vez. Aquello ponía a Eva a cien: La sentía mojada y excitadísima. La tiré de un empujón sobre la cama. Fui a la despensa y allí estaba algo en lo que me había fijado antes. Era un calabacín hermoso, más grande que un pepino, pero más liso. ¿Quería nabo? ¿No?.

Escondí el calabacín detrás de los pantalones y al verla tumbada en la cama, le quité las bragas. Ella cooperó moviendo sus piernas hasta conseguir desembarazarse de ellas. Había dejado sus rastro en ellas. Luego le cogí una pierna y con una cinta, se la até a la pata de una cama.

Luego la otra. La quería engañar, haciéndola suponer que le comería el coñito. Así que me puse de rodillas y fui hacia su sexo con un recorrido en el que la lengua hacía de exploradora, y en el que se percibía el olor a su sexo, como el mar en una localidad costera.

Lamí varias veces su coño y cuando parecía entregada, saqué el calabacín y lo puse entre sus piernas

-¡Qué vas a hacer?.-

-¿no querías polla? ¡Pues toma polla!.-

-¡No No….Noooooo!,-

El calabacín, de dos dedos y pico de ancho, penetraba en su sexo, y Eva venciendo los primeros impulsos, se relajaba y dilataba sus caderas para permitir ser follada.

Me quité las bragas. Estaba muy caliente. Yo no era virgen, pero tampoco me había acostado muchas veces. No sabía lo que hacía. Me coloqué justo encima del calabacín medio hincado en Eva y manipulé el otro extremo hasta colocarlo bajo mí, la cabeza presionaba contra mí. Se abría paso pero lo tenía controlado. Bueno, eso pensaba

Eva comenzó a agitarse y yo procuraba moverme a su compás. Quería llevar la voz cantante. El calabacín nos insertaba a ambas y yo pretendía controlar su movimiento para sentirme responsable del placer de Eva.

Eva, en una de esas se movió demasiado brusca. Me dolió pero no le dí mayor importancia, aunque la bruta sequía hasta conseguir que el dolor me volviera, Eva se corría a su aire sin pensar en mi placer y yo me quedé a dos velas, aunque me llenaba de orgullo verla correrse por el efecto de la penetración del largo calabacín.

A Eva parecía que de verdad le gustaba ser follada. Pensé que debía de buscarle machos para que la montaran. Yo , por mi parte, pensaba que me divertiría y excitaría mucho verla montada por un semental. Entre tanto, todo con Paula no era pasotismo hacia mí.

Una tarde, Las dos hermanas estábamos vestidas de manera informal. Me desperté de la siesta. Eva no estaba y Paula estaba delante de la mesita, enseñando sus piernas largas y deliciosas. Una camiseta cubría su torso y unas zapatillas me permitían ver la planta de sus pies.

-¿Y papá?-

– Se ha ido- ,

– ¿Y mamá.-

– También.-

– Entonces…estamos solas.-

Me acerqué a Paula y ya cerca , le toqué el cuello y le desnudé un hombro lentamente, proponiéndole volver a jugar al juego del verano..

– ¿Otra vez?- Me dijo Paula un poco cansada.

La cogí de la mandíbula atrayendo hacia mí su boca y la besé profundamente mientras le acaricié su pecho, desnudo bajo la camiseta. Su pecho tierno y caliente . Paula se entregó al beso.

Desnudé a Paula, quitándole la camiseta y luego los pantaloncitos, hasta observar unas bragas que me decepcionaron. Se ve que las bragas interesantes las guardaba para su Luisito. Lamí a pesar de todo cada trocito de su piel. Paula permanecía inmóvil ,dejándose seducir.

Incluso obedeció dócilmente la orden de cruzar sus manos en la espalda y colocarse tendida encima de la mesa, para que posara mi boca sobre su sexo, después de quitarle las bragas y con cada vez más pasión y ardor le devorara el sexo, moviendo mi boca contra su coñito depilado, apretando con mi boca, tomando su clítoris entre mis labios. Paula se corrió.

Entonces, con el calor aún en su carne, después de pasar unos instantes besándome, se quiso incorporar. Estaba tumbada en la mesa. La cogí del cabello hacia detrás y puse mi boca sobre sus pezones.

Su pecho temblaba como un flan debajo de mí. Mi mano se deslizó entre sus piernas, y tras acariciar la caliente piel de sus labios sexuales, se introdujo donde no había llegado la lengua. Paula respiraba acelerada y profundamente y abría sus piernas para recibir mi dedo. Sentía su excitación en sus pezones erizados, surgentes.

Comencé a hundir mi dedo y sacarlo con movimientos sensuales, acompasados, rozando a veces y otros rascando, hasta que Paula volvió a correrse.

Estaba muy caliente. Mi hermana, por el contrario debía estar saciada. Le dí la vuelta a su cuerpo extenuado, poniéndola de espaldas.

Me ofrecía sus nalgas. Acerqué mi vientre a sus nalgas. Me levanté cuanto pude y me comencé a mover contra ella. Mi clítoris se excitaba con el roce, aunque estuve mucho tiempo embistiéndola, con tal fuerza que la mesa se movía y se deslizaba haciendo un ruido aparatoso antes de correrme y quedar sobre ella, empapando mi camiseta con los sudores de ambas.

Lo bueno de esta experiencia era que Paula aceptaría, al parecer, ser novia de Luis y mía a la vez.

Quedé con Eva para salir un sábado. Yo esperaba, la verdad, que sería una salida romántica, de enamoradas. Pensé que iríamos al cine y nos besaríamos en el barullo de una escena de terror o algo así.

La verdad es que yo le pedí salir por estar con ella fuera de la presión de la casa, donde no sólo amarnos, sino un poco más de confianza de lo habitual sería severamente interpretado.

Me llevé una sorpresa al ver que Eva venía con unas chicas del barrio, gordas, vulgares, horribles. Eva quería mostrarme a sus amigas. Aquellas chicas, más o menos de mi edad, sólo hablaban de lo buenos que estaban los tíos. Pensé que de seguir con ellas, Eva se echaría novio en unas semanas y Eva tenía que ser mía.

No me divertí esa noche y pero no quería decepcionar a Eva, que de conocer mis auténticas intenciones se habría cerrado en banda. Así que puse en todo momento buena cara y me distraje pensando en escenas en las que las distintas amigas de Eva la obligaban a hace el amor con ellas.

Ala semana siguiente se celebraban los pequeños carnavales en la ciudad. Es una fiesta que realmente no tiene mucha importancia pero a mi hermana y a mí nos gusta disfrazarnos.

Al gilipollas del novio no le van los disfraces y como era una de las pocas cosas en las que no había conseguido influir en Paula yo ya había decidido causar una situación con el suficiente morbo como para que mi hermana Paula cayera en mis garras de nuevo

Mi hermana iba disfrazada de mariposa. Era un disfraz en el que ella aparecía con un body de cuerpo entero ajustado al cuerpo, de color azul grisáceo, eran unos leotardos y un jersey de lana cuyo color era casi idéntico. Detrás suya llevaba, hechas de papel celofán y alambre unas alas realmente primorosas.

Unas antenitas y los carrillos pintados de colorado la hacían muy graciosa. Yo decidí vestirme de mosca, el disfraz era casi igual, solo que mi body era negro y llevaba puesto en el culo como unos postizos que simulaban el cuerpo de la mosca. Mis alas eran transparente y toscas y llevaba unas gafas de sol y un matasuegras en la boca.

No sabía si ponerme unas patas para completar los tres pares o prescindir de ellas. Al probarnos una vez más los trajes miré el culo delicioso de mi hermana. Se me ocurrió que con seis patas atraparía mejor a la mariposita que con sólo cuatro patas.

Llegó el gran día. El carnaval nos invitaba a coger nuestros disfraces y salir a la calle. Habíamos quedado con sus amigos. Fuimos por remolinos de personas disfrazadas.

Era difícil avanzar sin que te tocaran el culo. Yo sentía manos desconocidas magrearme y veía como Paula también se movía a un lado y otro para evitar que la sobaran, y eso que las alas nos resguardaban. Y eso sin contar con los cuerpos que aprovechaban la estrechez para rozarse con nuestros pechos,

Finalmente llegamos al bar donde quedamos con sus amigos. Efectivamente, tal como había previsto, Luisito, el novio de Paula no estaba, por que el tío sería todo lo morbosos que fuera, pero era un soso de narices. Paula estaba decepcionada. Pensó que vendría a pesar de todo.

Sus amigos la animaban. En general me parecieron muy simpáticos. La tonta de mi hermana se puso a beber una cerveza detrás de otra. Al cabo del rato estaba trompa, muy animada, haciendo un montón de payasadas. Eso es pasarlo bien cuando bebes demasiado.

Además perdía la vergüenza, cosa propia del carnaval y comenzó a bailar con unos y otros muy próximos, muy mezclando los cuerpos a cada paso. Fue vergonzosamente caliente la manera en que bailaba la lambada. Paula no tenía ritmo.

Si la hubiera bailado Eva, hubiera sido otra cosa. Fue caliente, pero no sensual. Finalmente, llegó la hora de recogernos. Estábamos cerca de la casa y aunque mi hermana estaba bebida, la corta distancia hacía innecesario el que nos acompañaran, Además, mi disfraz era más discreto pero el de Paula, con tanta lambada, se había desecho. Las alas se habían ido a tomar por …

Así que la larva de esa preciosa mariposa y yo nos dirigimos por la calle, directos hacia casa. Había un oscuro y desierto callejón. Se me ocurrió de repente. -¡Ay! ¡Paula! ¡Vamos a mear!.-

Yo no tenía ni chispa de ganas de mear pero sabía que ella sí tendría y en otro carnaval la había visto meterse en el callejón, así que ella se metió y se bajó los pantis. Oí en la oscuridad el caer del chorrito -¿Y tú? ¿No meas?.- Me dijo tras levantarse.

-Espera, vamos a meternos un poco más..un poco más.- Cuando estaba en el fondo, en lo más oscuro, se dio la vuelta. No quería verme, pero entonces la abracé,, de forma que me até a ella con mi par de patas postizas, y comencé a besarle el cuello y la nuca mientras le acariciaba los pechos. Tenía puesto un sostén. Tiré de los tirante con fuerza y se los rompí.- ¡Ay,!¡Bruta!.-

Toqué sus pechos suaves y libres, tiernos y a la vez duros, con los pezones que me rozaban en la palma de la mano. Bajé la mano hasta el borde de sus pantis y la introduje dentro de ellos, y luego de las bragas. Sentía sus nalgas en mi vientre.

Me enderecé para sentirlas más abajo, en las ingles. Seguí bajando mi mano hasta tocar su sexo depilado y su rajita húmeda. Paula ya estaba tan caliente que no se podía negar a nada, así que proseguí metiéndole el dedo y tocándole los pechos. Sólo un ruido sospechoso hizo que nos separáramos precipitadamente. Era un gato pero nos dio un susto de muerte.

Me la llevé todavía borracha hasta la casa y en el trayecto de subida al piso en el ascensor volví a magrearla, para que no se enfriara. Esta vez nos besamos.

Mis padres dormían. Paula se desnudaba como podía. El efecto del alcohol no pasaba. Yo debía de haber auxiliado a Paula en el sentido de que una buena cena, una aspirina, hubieran mitigado su resaca. Pero el coño no tiene corazón, así que conforme se desnudaba yo la besaba y la calentaba para que viera que el sentido normal de su acción no era otro más que acostarse conmigo esa noche.

El sujetador de Paula quedó en el callejón. Yo le mío me lo quitaba y después de él, me quité las bragas. Paula era remisa a pesar de todo, así que le ayudé a quitarselas y la tumbé sobre la cama. Ante mí estaba Paula, de nuevo, desnuda y a mi merced.

Empecé por comerme sus pechos, lamiendolos lentamente, muy lentamente, hasta que su cuerpo se levantaba, se pegaba a mi lengua deseando prolongar el contacto. Luego lamí sus ingles, sin llegar a su sexo, la parte baja de sus nalgas, y más aún, entre la parte interior de sus muslos y sus labios.

Paula se ponía muy cachonda y yo deseaba que ella me hiciera algo a mí, así que coloqué mi vientre a la altura de su cara, en la posición del sesenta y nueve y lo bajé poco a poco, hasta que su nariz se me clavó casi en el clítoris. Bajé mi cara y puse mi lengua directamente en la raja, clavándola profundamente. A cambio sólo recibía lametones inocentes. Mucho tenían que cambiar las cosas para hacer de Paula mi puta lesbiana.

Moví mi lengua con toda la imaginación que se me ocurría, en sentido circular y de izquierda a derecha, moviendo la cabeza rápidamente. Paula no era capaz de responderme.

La sabia excitada, concentrada. De repente le metí un dedo en su sexo tan profundamente como pude. La sentí estremecerse, jadear. Moví mi dedo dentro de ella y susurraba calladamente palabras como «amor, cariño,» y otras horteradas. De repente ya no hubo lugar para más palabras y Paula comenzó a correrse bajo mi cuerpo.

Cuando acabó de correrse, Me abracé a ella. Dormí pegada a ella, las dos desnudas. Solas tapadas con una

Sábana. Al sentir sus nalgas en mis ingles, hice lo posible por restregarme, por masturbarme. No sabía si ella estaba consciente, semiconsciente o inconsciente. Lo cierto es que yo no paré de restregar mi raja sobre su lomo hasta que dejé marcado sobre él el brillo de mis flujos y la pasión de mi orgasmo.

Un rato después sentí que mi padre se levantaba y al vernos le aseguró a mi madre que nos lo teníamos que haber pasado muy bien en la fiesta. Lo que no sabía es que la fiesta había tenido lugar hacía unos minutos en la propia casa.

No se me ocurría como conseguir que a Eva se la follaran hombres bien dotados, pero que no depositaran ningún tipo de sentimiento. Hombre que la usaran para saciar sus necesidades. Para mantener con ella relaciones esporádicas. Muchos hombres en su cama, muchos penes en su sexo la alejarían de sus amigas y de las ganas de novio

Con Paula el problema era menor, pues no habían de faltar lesbianas a las que ofrecer una noche con ella y no creía que Paula se fuera a enamorar de ninguna. Buceando en internet se me ocurrió una idea. Un anuncio de ambas, una buscando chico y otro buscando chica atraería a los candidatos y a las candidatas como la miel a las moscas.

Entre tanto les voy a contar lo que sucedió en una fiesta de instituto a la que asistí. Yo desde hacía mucho tiempo lo que deseaba era acercarme a Rosa, una chica preciosa de la clase, y realmente me había acercado poco a poco a ella, pero sin obtener nada que pudiera identificarse más allá que una buena amistad. Había puesto muchas esperanzas en la fiesta.

Bailábamos y nos divertíamos, sin embargo, a mitad de la fiesta me hizo una confidencia que me partió el corazón, al señalarme cuál era el chico que le gustaba. Disimulé a pesar de todo. Pero lo pagué con Claudia.

Claudia era una chica rubia, bastante guapa, aunque un poco gordita. Nada del otro mundo. Era muy pesada y tonta. La chica no se me separaba de mí. Para colmo bebía y hablaba sin parar. Me fijé en su cuerpo. Estaba rellenita pero esa ropa ceñida no le sentaba mal.

La volví a mirar. No, no estaba mal. En realidad lo que pasaba es que era bastante anchas de caderas. Su vientre hacía una curvita graciosa y tenía dos pechos realmente generosos. Así que decidí cortejarla y seducirla. Bailé con ella. Me convertí durante unas horas en una colega inseparable y bebimos juntas hasta estar con un puntillo muy bien cogido.

Yo sabía que Claudia tenía muy poca personalidad, así que, eso, unido al puntillo que llevaba la haría especialmente vulnerable. Nos movíamos por el recinto cerrado y lleno de humo. Saludábamos a unos y otros y divisé la zona oscura donde se amontonaban las parejas dándose el filete.

Me llevé a Claudia con una excusa hacia aquella zona y cuando preguntó que es lo que se nos había perdido allí, la besé en la boca, con un beso tierno y profundo. Claudia debió de sentirse muy confundida, pero fue incapaz de reaccionar. La sensualidad venció sobre los prejuicios.

La tomé de la mano y la intenté arrastrar hacia el interior de la zona, pero ella renegaba, sin soltarme de la mano. Comprendí que realmente era una temeridad, y que quizás fuera posible que alguien nos viera, así que disimulé y me la llevé a los servicios. Era una hora avanzada, así que no estaban muy saturados. Nos metimos las dos en uno de los apartados. Claudia creía que realmente habíamos ido a mear. Se bajó las bragas y todo, y sin tocar la tapa con los muslos, se agachó ligeramente haciendo punterías.

Cuando fue a ponerse recta la cogí de la barbilla y atraje su boca hacia la mía. La volví a besar, abrazando sus nalgas desnudas. Claudia llevaba una falda. La sentía en el interior de los antebrazos. Levanté la pierna y pisé las bragas que tenía a la altura de las rodillas, de forma que rozaron en el suelo y se llenaron de manera que era imposible ponérselas.

-¡Jo! ¡Mira lo que has hecho!.-

-¡Ay! ¡Lo siento!.-

A Claudia no le quedaba más remedio que quitarse la bragas y dejarlas tirados por ahí. La falda era lo suficientemente larga como para disimular la ausencia. AL salir del servicio vi a Rosa besarse con el chico de sus sueños. ¿O era con otro?. Efectivamente, era con otro.

Seguí bailando con Claudia, tendiendo la tela de araña, haciendo que la presa cayera en la trampa. Eras tarde y había que recogerse. Me había puesto caliente bailando unos ritmos que habían hecho a los chicos aplaudir. Claudia me imitaba y seguro que aquellos movimientos de pelvis, sin bragas, le debían haber causado algún efecto.

Me ofrecí a acompañarla a casa, paseando, las dos. –Eres lesbiana?.- Me preguntó.

-Creo que me van las dos cosas:- Era mentira. Lo que me iba eran las chicas y su dominación, pero pensaba que era mejor ocultar la realidad.

Comenzó una conversación en la que le convencía a Claudia que lo tenía que probar. Aquella bobalicona me sacaba cuatro dedos. Tenía una cintura y unas caderas que deseaba ver, tener entre mis manos, así que a la vuelta de una esquina, cuando su inteligencia fue incapaz de ofrecerme ningún argumento, cuando ya la había tentado en dos ocasiones, a la vuelta de una esquina, la volví a abrazar y a besar, y esta vez fue un beso profundo, largo, salivoso y posesivo.

-Vamos a probarlo, te gustará.-

Cogí a Claudia con determinación de la mano. Ella no me soltaba pero la notaba indecisa. Llegamos al portar de su casa. Iba a llamar, le dije que no lo hiciera. Su casa era un chalecito que tenía dos puertas, una de ellas era la del garaje. Llamó para decirles a sus padres que estaba en la calle con una amiga. Me decepcionó. Su padre la abrió. Nos dijo que pasáramos a la casa. Ella dijo que pasaríamos a la cochera. Vi a su padre asomarse en camiseta a la ventana para comprobar que no era un chico la que acompañaba. En la cochera había un par de coches. El grande era del padre y el chico era de la madre. El coche del padre estaba abierto, así que me monté detrás y Claudia conmigo.

La volví a besar y subí su falda en busca de su sexo desnudo, que encontré al fin. La besaba en el cuello mientras la acariciaba y luego, en el escote que dejaba asomar la canal deliciosa de sus blancos pechos. Al bajarle el tirante del vestido y luego el de el sujetador apareció su pecho, sus pezones de color rosado que mordí con los labios, mientras frotaba su sexo con la palma de mi mano y con los dedos.

Claudia comenzó rápidamente a excitarse. La sentía respirar aceleradamente y sentí sus pezones endurecerse en mis labios. Un color rosa recorría el canal de su pecho y tenía la cara encendida. Al verla así, acaricié su sexo con mayor presión y cuando la ví húmeda hundí los dedos corazón e índice en su raja y luego también el anular. La chica estaba a punto de reventar de placer. Aguantaba sus gemidos de placer y se movía lentamente contra mi mano, apoyándose contra el respaldo del asiento.

Abría sus piernas y parecía querer separar sus piernas, aumentar la apertura de su sexo, que yo penetraba con los tres dedo una y otra vez. Mordía su boca y sus pechos, sus hombros y su cuello y empecé a sentirla jadear lentamente, despacio. Ella misma pasó su mano por detrás de su muslo y se lo extendió hasta el sexo para acariciarse, poniendo su otra mano sobre mí, para ayudarla a hundirse más dentro de su sexo.

Al final, Claudia comenzó a correrse. Desaté dentro de ella una hola de placer y de pasión que duraron bastantes segundos, haciéndola vibrar, moverse alocadamente, acalorarse, sentir que de repente sufría un liberación, como si la sensación tirante de los pechos se compensara con el de la vagina, hasta que finalmente emitió unos gemidos, apoyando su cabeza sobre mi hombro, que acabaron con algún chillido que intenté evitar con un muerdo profundo.

Al acabar de correrse, la noté triste, compungida. No estaba preparada, desde luego. No cabía duda de que le había gustado y sin embargo, se sentía mal. No me cabía ninguna duda, sobre todo después de oírla

.¡Vete! ¡No te quiero ver nunca más!-

Eso iba a ser difícil, por que estaba en mi clase, pero desde luego, no volvería a hablar con ella. Tenía, sin embargo, asegurado su silencio. Si delataba mi condición, se delataba ella misma. Desde luego, a partir de entonces Claudia no se acercó más a mí.

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