Querido diario

Querido diario

1 de septiembre de 2001.

Hoy he conocido a una pareja encantadora, en la fiesta de Ana.

Yo no quería ir, pero ella insistió mucho; y a pesar de que le he dicho en todos los tonos que mi historia con Álvaro está olvidada, y que mi depresión de los primeros días después de romper con él la tengo superada, ella porfía en buscarme compañía masculina.

«La mancha de la mora con otra verde se quita», me dice.

Fue él quien tomó la iniciativa.

Yo estaba sentada -como casi toda la noche- mirando cómo varias parejas bailaban.

Varios hombres me habían solicitado pero, independientemente de mi desgana, los que estaban «de buen ver» tenían todos compañía, y los que habían venido solos, pues no estaban tan bien.

Pero José Luis era otra cosa.

Alto y de anchas espaldas, tiene el cabello castaño muy corto, unos ojos expresivos de color gris, y facciones varoniles, que serían duras si no fuera por un hoyuelo en su barbilla perfectamente rasurada.

Brazos y piernas fuertes, y vientre plano.

Y viste muy bien. Incluso en aquel ambiente, en el que casi todos llevaban ropa informal, él lucía un traje gris, y corbata.

Me encantan los hombres bien vestidos.

Casi sin darme cuenta, me encontré enlazada con él en la pista, bailando una pieza lenta.

Se mantuvo todo el rato muy formal, manteniendo una distancia adecuada entre nosotros.

Cuando me cogió la mano, noté el roce de un anillo, que resultó ser una alianza.

Eso no me gustó nada.

Pero a mis preguntas, confesó tranquilamente que efectivamente, estaba casado, y que Olga -su mujer- también estaba en la fiesta.

Cuando acabó la pieza, me la presentó.

Yo estaba muy «cortada», porque en similares circunstancias a mí probablemente no me habría parecido ni medio bien que mi marido sacara a bailar a una chica que ni siquiera conocíamos.

Pero ella lo tomó como lo más natural del mundo.

No me considero poco agraciada; antes al contrario, siempre he tenido mucho éxito, y todos dicen que estoy muy bien.

Pero Olga me hizo sentirme como «el patito feo»: casi tan alta como José Luis, rubia natural con los ojos de un azul muy claro, tiene un cuerpo perfecto, con unos pechos altos y bien formados.

Vamos que, como dijo una vez una amiga, refiriéndose a otra chica «me gustaría ser lesbiana para poder follarme a esa».

Claro que yo, puesta a follarme a alguien, mejor se lo haría a su marido.

A partir de ese momento, estuvieron conmigo todo el tiempo.

Además de atractivos, los dos tienen una conversación muy amena, e hicieron que la fiesta -hasta entonces para mí muy aburrida- tomará otro «color».

Parecen muy compenetrados; se gastan bromas continuamente, pero en buen «plan».

Se nota a la legua que están muy enamorados.

Nos intercambiamos nuestros teléfonos, pero no creo que me llamen, y yo tampoco lo haré, porque no sé que puedo «pintar» entre los dos.

Es una pena, porque me sentí muy a gusto con ellos.

3 de septiembre de 2001.

Esta mañana me llamó Olga, para preguntarme la dirección de la «boutique» donde compré el vestido que llevaba puesto el día de la fiesta.

Y no sé cómo, hablando, hablando, quedamos para ir de compras juntas.

Ella no trabaja, pero yo sí, así es que nos citamos a las seis.

Estuvo probándose varios vestidos -dijo que tenían que asistir a una boda la semana próxima- y finalmente eligió uno blanco, sin tirantes, y largo por debajo de la rodilla.

Una maravilla, que además sienta como un guante a su cuerpo de modelo.

Luego, fuimos a buscar un sujetador apropiado en una tienda de lencería cercana.

Ella se empeñó en que pasará también al probador para darle mi opinión.

Bueno, yo ya he visto algunas mujeres desnudas, en los vestuarios de las piscinas, o en la ducha. Pero en el espacio reducido del probador, fue otra cosa.

Ella se bajó las braguitas hasta los tobillos, porque dijo que «estropeaban el efecto».

Me sorprendí a mí misma admirando sus formas sin un gramo de grasa, y su piel tostada sin señal alguna de bañador.

Tiene unos pechos perfectos, y el trasero más bonito que he tenido ocasión de ver.

Luego se empeñó en que yo también me probara un sujetador del que no quedaba su talla, y a pesar de que al principio me daba mucho reparo, me encontré desnuda de cintura arriba, probándome sostenes.

Nuestra imagen reflejada en el espejo, Olga desnuda y yo sólo con las braguitas, me produjo una sensación que no puedo describir, porque es nueva para mí.

Era como calor, acompañado de un ansia inexplicable.

Llevo mucho tiempo sin un hombre.

Ya va siendo hora de buscarme a alguien para echar un «polvo»…

He quedado en ir a su casa a tomar café el próximo sábado.

8 de septiembre de 2001.

¡Vaya mansión!. Olga y José Luis viven en un chalet de ensueño, a 30 kilómetros de la ciudad.

Sólo el salón es tan grande como mi casa.

Y, aunque viven solos, tienen no sé cuántos dormitorios.

Y una piscina cubierta, y un «solarium» en la terraza -lo que explica su piel morena por igual-.

Me abrió la puerta José Luis.

Esta vez vestía de modo informal, con una camisa polo y un pantalón.

Está buenísimo, aunque no lleve traje.

Me plantó dos besos en las mejillas, con sus manos puestas sobre mis hombros.

Nada sexual, pero sentí que se me doblaban las rodillas.

Olga apareció al poco.

Acababa de ducharse, y vestía solo un albornoz corto, que además tenía dos aberturas a los lados.

Nos sentamos en dos sofás, ellos dos frente a mí.

Olga no tenía ninguna razón para cuidarse de no enseñar más de la cuenta -al fin y al cabo sólo estábamos su marido y yo- así es que tenía las piernas abiertas mostrándome su sexo, y uno de sus pechos asomaba por el escote.

Debió ser el hecho de contemplar sus encantos más íntimos en presencia de su marido, seguramente.

Pero el caso es que noté que se me humedecía la braguita.

Luego ella insistió en que la acompañara a vestirse.

Se quitó el albornoz con toda naturalidad.

Luego, recordó que aún no había enseñado a José Luis el sujetador que compró, así es que salió sólo con el sostén puesto, y estuvo exhibiéndose ante su marido.

Noté perfectamente el deseo de él, lo que, curiosamente, no me produjo ninguna vergüenza, sino una mayor humedad en la entrepierna.

Después, dijeron de bañarse en la piscina.

Como yo no había traído bañador, insistió en que me pusiera uno de los suyos.

Y otra vez se reprodujo la escena del probador.

Pero esta vez, ella y yo completamente desnudas en su vestidor.

La braguita – por cierto, la más pequeña que yo había visto- me estaba razonablemente bien, pero el sujetador, un poco escaso.

Ella me ayudó a ajustarlo, metiendo sus dedos entre las copas y mis pechos, lo que me produjo mil extrañas sensaciones.

Casi como si hubiera sido José Luis quien me tocara, pero tuvo que ser otra cosa, porque yo no soy lesbiana.

Estuvimos bañándonos hasta que oscureció. José Luis llevaba un bañador mínimo, en el que abultaban escandalosamente sus genitales.

Cada vez que le miraba, no podía evitar que mi vista fuera a su «paquete».

Luego estuvimos jugando los tres en el agua, como críos.

Y terminé excitada a más no poder, porque con el juego, me vi abrazada en varias ocasiones por los dos, que intentaban sumergirme.

Y las manos que acariciaron mis nalgas, y las que estrujan mis pechos, no podría decir si eran de Olga, de José Luis, o de ambos.

De seguro, lo hicieron inocentemente.

Luego, me invitaron a una merienda, y después tuve que despedirme, porque había quedado en cenar en casa de mi madre.

He aceptado su invitación de pasar con ellos el próximo fin de semana.

Y la idea me tiene inquieta, y me produce emociones inexplicables.

Y no dejo de pensar en lo extraño que resulta que una pareja así tenga conmigo esas atenciones.

14 de septiembre de 2001.

Yo nunca había…

Pero será mejor que lo explique tal y como ocurrió.

Llegué a casa de Olga y José Luis como a las siete de la tarde.

José Luis tenía un compromiso de trabajo, así es que estaba Olga sola en casa.

A esa hora, aún hace sol, y el día era muy caluroso, por lo que acepté aliviada la invitación de Olga a bañarme en su piscina.

Esta vez había traído bañador, así es que fui a cambiarme al dormitorio que me habían destinado.

Charlábamos animadamente, así es que me pareció de lo más natural que ella entrara conmigo.

Cuando estuve completamente desnuda, ella me dijo que tenía un cuerpo muy bonito, y que la permitiera mirarme.

Yo notaba mis mejillas encendidas, pero no me resistí cuando me hizo dar una vuelta ante ella, mostrándole todo mi cuerpo.

Luego, ella me dijo que, puesto que no estaba José Luis, podríamos bañarnos sin ropa.

A mí la idea me producía sensaciones contradictorias.

Por una parte, me daba algo de reparo, pero también me excitaba el pensar en la caricia del agua sobre mi piel.

Se desnudó también, y dejó a su vez que yo la contemplara.

Salimos vestidas con dos de sus albornoces, y sin nada debajo.

Ella corrió las mamparas del lado que mira a la casa del vecino.

Por delante está la suya, y los cristales son opacos, así es que nadie nos podía ver.

Se desprendió del albornoz y se lanzó a la piscina.

Yo la imité, y gocé intensamente con la sensación de estar desnuda en el agua.

En un momento determinado, volvió a los juegos de la vez anterior.

Y se abrazó a mí, intentando aparentemente sumergirme, sus pechos pegados a los míos, nuestros vientres y muslos en contacto.

Y sus manos que primeramente me tenían cogida por la cintura y la espalda, pasaron a acariciar mis nalgas, mientras me miraba con los ojos muy brillantes, y una expresión en su cara que no supe descifrar entonces.

Lejos de resultarme desagradable el abrazo, me sorprendí a mí misma sintiendo la misma excitación que si en lugar de ella, hubiera sido su marido el que me abrazara.

Pero esto me confundió totalmente, por lo que me desasí, advirtiendo que un intenso rubor inundaba mi cara.

Después de un rato, después de secarnos, nos sentamos en dos tumbonas.

Ella, descuidada por el hecho de que estuviéramos las dos solas -al menos eso pensé en aquel momento- estaba con las piernas encogidas y separadas, mostrándome su sexo sin ningún rubor.

Después, se ofreció a extenderme crema protectora.

Se puso detrás de mí, y acarició toda mi espalda con las manos embadurnadas.

El contacto de sus dedos recorriendo mi piel, me producía como pequeñas descargas eléctricas que irradiaban hasta mi vientre.

Y otra vez, como ya me había pasado en anteriores ocasiones con ella, noté una inexplicable y cálida humedad en la vulva.

Ya he dicho antes que no creo ser lesbiana.

Nunca en mi vida había tenido una relación íntima con una mujer, y la idea siempre me había producido rechazo.

He visto algunas películas X protagonizadas por mujeres solas -le encantaban a Álvaro, mi anterior novio- que no me hicieron ninguna sensación.

Pero las manos de Olga en la cara interior de mis muslos, me excitaron como pocas veces lo había estado en mi vida.

Y quería sentirlas en mi sexo, que notaba hinchado y húmedo.

Luego, cuando empezaron a acariciar mis pechos, noté mis pezones casi dolorosamente erectos bajo ellas, y gemí inconteniblemente.

Su lengua recorriendo mi sexo no me causó desagrado alguno.

Y cuando sus labios tomaron suavemente mi clítoris entre ellos, tuve mi primer orgasmo producido por otra mujer.

Estaba intentando recuperar el ritmo normal de mi respiración, mientras me asombraba de nuevo deseando ardientemente devolver el placer que Olga me había proporcionado, cuando oí el motor del coche de José Luis entrando en el garaje.

Absolutamente avergonzada, temí la reacción de él si se enteraba de que Olga le había engañado conmigo.

Por primera vez consciente de mi desnudez, me cubrí a toda prisa con el albornoz, mientras veía con extrañeza que ella, por el contrario, estaba absolutamente tranquila y sonriente.

Él tardó algún tiempo en aparecer.

Se había puesto un bañador que, de nuevo, estaba enormemente abultado en la entrepierna.

Besó en la boca a su mujer, y luego se acercó a mí y puso los labios sobre mis mejillas.

Yo, murmurando una excusa, fui al dormitorio que me habían asignado, y me vestí completamente.

Estuve mucho tiempo dudando qué hacer, pero finalmente me pareció que sería mejor volver a la piscina.

No llegué a entrar.

Desde una ventana del salón, pude observar a Olga sentada sobre el pubis de José Luis, que se había despojado del bañador, su sexo subiendo y bajando sobre el pene de su marido, mientras se acariciaba furiosamente los pechos, y gemía en el paroxismo del goce.

Y asistí al orgasmo de ambos, que finalmente se derrumbaron sobre la tumbona, besándose apasionadamente, mientras notaba mi entrepierna otra vez húmeda.

Pasé el resto de la tarde como en un sueño.

No podía mirar a José Luis a la cara, y me ruborizaba cada dos por tres, cuando mi mente recreaba la escena que había presenciado.

Me ofrecí a ayudar a Olga a preparar la cena, pero eso fue casi peor.

Olga, absolutamente tranquila como si no hubiera pasado nada, aprovechaba cualquier ocasión para meter su mano bajo mi falda, y acariciar mi vulva por encima de las braguitas.

Y sus caricias, no me producían rechazo, sino sólo el temor de que José Luis entrara en la cocina y nos viera en tal situación.

Finalmente, después de cenar, me vi sola en mi dormitorio.

Estuve pensando largo rato sobre la extraña situación en que me había visto envuelta. Y mi mente pasaba del deseo a la confusión.

Hasta que, algún tiempo después, me quedé dormida.

15 de septiembre de 2001.

Por fin, todo es claro y diáfano.

Ahora comprendo el por qué del interés de Olga y José Luis.

Y, lejos de sentirme utilizada, me he entregado completamente a una relación que ya sé que no puede durar demasiado, pero que pienso disfrutar intensamente mientras tanto.

Desperté muy pronto.

La casa estaba silenciosa, y no me atreví a levantarme, por temor a despertarlos.

Hube de hacerlo al final, porque mi mente volvía una y otra vez a la escena de mis anfitriones haciendo el amor con absoluto desenfado, y la evocación de la escena me producía una gran excitación.

Y lo peor, era que estaba deseando de nuevo sentir las manos y la boca de Olga en mi cuerpo.

Como el pijama con el que había dormido -de pantalón muy corto y semitransparente- me pareció inadecuado para mostrarme ante ellos, me lo quité.

Y como no quería ponerme ropa limpia antes de ducharme, simplemente me puse un vestido suelto encima de mi cuerpo desnudo.

Cuando estaba trasteando en la cocina desconocida, tratando de encontrar lo necesario para hacer café, entró José Luis.

Llevaba sólo el pantalón corto de un pijama, en cuya entrepierna se distinguía perfectamente el abultamiento de sus genitales.

Me besó en las mejillas, como si llevara tiempo sin verme:

– Buenos días. ¿Qué tal has dormido? -me preguntó-.

– Muy bien -respondí yo-. Perdona si os he despertado…

– No te preocupes -me interrumpió-. Yo suelo madrugar, y Olga no se despierta antes de las nueve aunque ocurra un terremoto.

Se fijó en que yo estaba buscando en los armarios:

– Espera, que te ayudaré.

Se colocó detrás de mí, y abrió uno de los cajones.

Yo intenté retirarme, pero tropecé con su cuerpo, notando perfectamente su pene entre mis nalgas.

Debí ponerme encarnada como un tomate.

Y en mi confusión, derribé las cucharillas que yo misma había puesto sobre el mostrador. Me incliné a recogerlas, sin recordar que no llevaba nada debajo del vestido.

Y cuando me levanté, él me estaba mirando con expresión de claro deseo.

Sin decir nada, metió su mano bajo mi falda, y me acarició el sexo.

Sentí que me derretía al contacto de sus dedos. Protesté débilmente:

– Pero Olga…

– No te preocupes de nada más que de tu placer -respondió, mientras me abrazaba-.

Levantó la prenda por detrás, y acarició mis nalgas, mientras su boca comía literalmente mis labios.

Yo estaba ya fuera de mí.

Sentía pánico ante la idea de que su mujer pudiera sorprendernos, pero estaba como paralizada.

Sin saber que hacía, respondí a su beso, mientras mis manos se posaban en sus fuertes espaldas.

Tras un tiempo interminable, él me quitó el vestido, dejándome completamente desnuda, y se despojó de la breve prenda que le cubría.

Su pene erecto surgió, totalmente horizontal.

Y sus manos acariciaron mis pechos, sensibles hasta el máximo por mi deseo.

Y pellizcó suavemente mis pezones, mientras su boca recorría mi cuello y mis hombros con pequeños besos.

Y yo ya no me acordaba de Olga, ni podía pensar en nada más que en mi enorme excitación.

Me sentó sobre el mostrador.

Se acercó a mí con su falo en la mano, y estuvo mucho tiempo acariciando mi sexo con su glande.

De vez en cuando lo introducía apenas unos centímetros en mi abertura, y lo movía circularmente, para después recorrer arriba y abajo mi rajita húmeda por sus caricias.

En un momento dado, perdí completamente la cabeza.

Yo misma tomé su verga entre mis manos, introduciéndola profundamente dentro de mí.

Y me corrí interminablemente, después de unas pocas embestidas del hombre.

Y no reparé para nada en el hecho de que mis gemidos de placer podían ser escuchados probablemente en toda la casa.

Cuando abrí los ojos, advertí que Olga estaba tras su marido, besándole la espalda.

Las manos de la mujer pasaron en torno a la cintura de él, y empezaron a acariciar simultáneamente su pene y mi vulva.

Después de unos segundos, apartó a su marido suavemente, mientras me decía:

– No te muevas. Quiero paladear el sabor de la polla de José Luis en tu coñito.

Se arrodilló, introduciendo la cabeza entre mis piernas, y comenzó a lamerme muy lentamente la totalidad de mi rajita.

Su lengua encontró rápidamente mi clítoris hinchado, y se dedicó en exclusiva a pasar una y otra vez sobre él, mientras sus manos estrujaban mis pechos.

Y no tardé mucho en sentir de nuevo los estremecimientos de un increíble orgasmo.

Después, me condujeron entre ambos a su dormitorio.

Me tumbaron boca arriba sobre la cama, y se pusieron uno de ellos a cada lado de mí.

Durante mucho tiempo, estuve sintiendo sus dos lenguas humedeciendo todo mi cuerpo, sensibilizado al máximo por mi deseo.

Y no sé cuál de ellas se introdujo ligeramente en mi vagina, moviéndose despacio dentro de ella, hasta producir un nuevo orgasmo.

Olga entonces se sentó en la cabecera, con las piernas muy abiertas.

José Luis me levantó dulcemente, y me colocó de rodillas, obligándome después a inclinarme entre los muslos de ella.

Yo nunca había tenido la experiencia de poner mi boca en la vulva de una mujer.

Pero estaba ansiosa por darle a ella al menos una parte del placer que me había proporcionado.

De forma natural, mi lengua encontró sus pliegues, que yo había descubierto previamente con mis dedos.

Me sentí nuevamente penetrada desde atrás por José Luis.

Y sus movimientos dentro de mí, me llevaron al paroxismo de la excitación, que me hizo dar suaves mordiscos al coñito de Olga, abierto ante mi cara.

Y cuando la mujer se estremeció con los estertores de un inmenso orgasmo, yo noté a mi vez oleadas de placer inundando mi cuerpo.

Unos segundos después, mi vientre fue colmado por el cálido semen del hombre, que descargó su pasión en mi interior.

16 de septiembre de 2001.

José Luis y Olga me confesaron ser una pareja ávida de sensaciones nuevas, que busca la compañía de otros para incrementar aún más su placer.

Fue ella la que incitó a su marido a acercarse a mí, porque -dijo- quería ofrecerme como regalo a él.

Como expliqué hace unas páginas, no es el momento de pensar en nada más que el inmenso placer que me están proporcionando.

Sobre todo, recordando como después, tumbada boca arriba en la cama, con la lengua de ella en mi vulva, veía el pene de José Luis acometiendo a su mujer, y sentía uno de los orgasmos más intensos que he experimentado en mi vida.

Un comentario

  • bns dias ese relato es demaciado largoi y puras mentiras k sea mas corto y notantas mentiras fantacias no ciertas malo muy malo es tu relato y cuentashistorias malas mas corto y no tantas mentiras es mi opinion ok ok y ok

¿Qué te ha parecido el relato?