Capítulo 1

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  • Morbo Villero I

Estaba sentada en el sillón del living, con las piernas cruzadas y el culo bien hundido en el almohadón. Era viernes, ya casi entrando en la madrugada. La casa estaba en silencio total, salvo por el zumbido bajito del ventilador del living. La tele estaba encendida en un programa de chimentos que ni miraba, solo era ruido de fondo.

Carlos, mi marido, estaba de guardia nocturna, como casi todos los fines de semana, y mi hijo Matías estaba en la casa de su novia, así que tenía la casa para mí sola.

Abrí Instagram. Mi cuenta personal. La que uso para ver las historias de mis familiares, recetas y las fotos de todas mis amigas. Pero hacía rato que ya no entraba ahí por eso. Bajé despacio por el feed, buscando. Sabía exactamente qué estaba buscando.

Pendejos villeros.

Primero pasé por las historias de siempre: publicaciones de pendejas en tanga con RKT de fondo, pendejos vestidos de deportivo, gorrita, llenos de tatuajes, motos tuneadas.

“¿Todas robadas quizás?”. Sentí ese cosquilleo entre las piernas.

No daba likes a nadie, obvio. No era tan boluda. Pero guardaba fotos. Muchas fotos. Ya tenía como 60 en «Guardados».

“¿Cómo carajo llegué a esto?”, me pregunté en voz baja, casi riéndome de mí misma.

Todo empezó hace unos meses. Carlos llegó una noche de la comisaría, con cara de orto como de costumbre. Había hecho un procedimiento grande en una villa. Me mostró fotos de un detenido. “Mirá esta lacra”, me decía mientras se sacaba su uniforme. “Este tenía 21 años y ya tenía nueve causas por robo”.

Esa mirada desafiante, ese aire de peligro que solo tienen los que no tienen nada que perder. Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. No era el robo, no era la ley. Era algo en su cara, en su actitud. Feroz. Salvaje. Sentí un calor que me hizo temblar el cuerpo. Así, sin más. Delante de mi marido.

Al principio pensé que era solo curiosidad. Pero esa misma noche, mientras Carlos me cogía de forma rutinaria como siempre, yo cerré los ojos y me imaginé a un villero en vez de él. Uno flaco, tatuado, con mirada de loco. Y acabé como nunca.

Desde ahí no paré. Es como un veneno que me corre por las venas.

Suspiré y me acomodé mejor en el sillón, separando un poco las piernas. Llevaba puesta una remera gris vieja, de esas finitas que se me pegan al cuerpo. Sin corpiño. No me lo puse hoy porque ¡Un calor!

La tanga ya se me había clavado entre los labios. Deslicé dos dedos por encima de la tela, presionando justo en mi clítoris, haciendo circulitos lentos. Gemí bajito.

“Son tan… diferentes”, pensé. “Carlos es bueno, es policía, es responsable. Pero es aburrido. Predecible. Me coge siempre igual, en la misma posición, cinco minutos y listo. Estos pibes… se nota que son salvajes. Que te agarran fuerte, que te tiran del pelo, que te dicen cosas sucias al oído mientras te cogen”.

¿Será verdad el mito? ¿Son unas bestias en la cama?

Me mordí el labio y metí más presión con los dedos. Recordé la primera foto que me había marcado fuerte. Un pibe morocho, pelo corto, ojos verdes claros, tatuajes en el cuello. Estaba sin remera, mostrando un cuerpo flaco pero fibroso, con una cicatriz en la panza. Miraba a la cámara como si te estuviera cogiendo con los ojos. Se me escapó un suspiro. Guardé esa foto. Después empecé a buscar más. Y más.

“¿Qué pensaría Carlos si supiera que su mujer se toca pensando en los mismos tipos que él detiene?”, me pregunté con una mezcla de culpa y excitación. La culpa me duraba dos segundos. La excitación me duraba horas.

A veces me pregunto si no soy demasiado para esos pendejos.

Soy una “gordibuena” como dicen. Tengo 37 y siempre fui culona, desde joven ya sabía el efecto que causaba. Después de tener a mi hijo pensé que mi culo se iba a ir. Nada que ver. Se me puso más grande, más redondo, más jugoso.

¿Van a poder manejar todo esto y seguirme el ritmo? ¿O será que yo no voy a poder con ellos?.

Busqué hashtags. #Villa #PibesDeBarrio #Cumbia #RKT. Horas mirando perfiles. Me ponía caliente ver cómo se mostraban, sin vergüenza. Esa masculinidad bruta, esa falta de filtro. Todo lo contrario a Carlos, que es correcto, organizado, policía hasta en la cama.

Me mordí el labio inferior cuando vi un video de un villero, como de 22 o 23 años, sin remera, sudado, bailando con un vaso de fernet en la mano.

Me lo imaginé entrando a mi casa de noche. Sin pedir permiso. Agarrándome del pelo y tirándome contra el sillón. Bajándome la tanga. Metiéndomela de una sola vez, sin cuidado, como si yo fuera una más de la villa. Diciéndome “¡Callate, puta!” mientras me cogía fuerte.

Me incorporé un poco en el sillón, abrí más las piernas y empecé a mover la mano más rápido por encima de la tanga. El ruido húmedo se escuchaba clarito en el silencio de la casa. Estaba chorreando.

¿Qué carajo estoy haciendo fantaseando con pendejos que podrían tener la edad de mi hijo?”. Pero eso mismo me ponía más loca. El contraste. La prohibición.

Dejé de tocarme un segundo para no correrme todavía. Quería alargar esto. Agarré el celular de nuevo y abrí una foto nueva. Un pibe con el jogging caído, se le veía la marca de la pija dura debajo. La cara tapada con una bandana. Comentaban las minas: “Dame una noche papi”, “Vení que te como entero”, “A pelo”. Yo nunca comentaba. Solo guardaba.

Pero esta noche… algo me picó más fuerte.

Me senté mejor en el sillón. La tanga estaba destruida de lo mojada que estaba. Me pasé los dedos por el borde, sintiendo mi concha hinchada.

Miré la hora: las 3:47 am. Nadie iba a venir. Carlos no venía hasta las 7:00hs. Y Matías se quedaba a dormir en lo de su novia.

Y entonces lo pensé.

—¿Y si…?

El corazón me empezó a latir más fuerte.

—¿Y si me hago un perfil falso?

La idea me dio miedo y excitación al mismo tiempo. Un perfil donde pudiera seguirlos, comentar, hablarles. Sacar la puta que tengo en mi cabeza.

Abrí la configuración de Instagram. Toqué “Crear cuenta nueva”. Me temblaban un poco las manos. Puse un nombre falso: “Lau_cali38”. Foto de perfil… Busco en mi galería una foto vieja, una donde solo se vean mis labios y una parte de mi escote. No se me ve la cara, no se me reconoce. Es perfecto.

Empecé a seguir cuentas. Una, dos, diez. Perfiles de pibes de distintas villas. Uno por uno. Los que más me gustaban. Puse corazoncitos en algunas historias. Después empecé a comentar.

En una historia de un pibe que estaba fumando en una terraza de chapa, comenté: “Se ve rico el ambiente”. En otra donde mostraba el torso: “Dios mío…”. Me sentía una adolescente. Una puta adolescente de 37 años.

Mientras comentaba, volví a tocarme. Esta vez metí los dedos por debajo de la tanga. Estaba empapada. Dos dedos entraron fácil. Empecé a masturbarme más rápido, con la palma pegada al clítoris.

—Ay, la puta madre… —gemí más fuerte. Imaginé que uno de ellos me contestaba el comentario «te voy a reventar ese culo, puta». Mientras fantaseaba con que uno de esos pibes me agarre de las caderas y me tirara del pelo mientras me coge por el orto, haciendo que mis nalgas choquen fuerte contra él.

Acabé pensando en eso. Fuerte. Las piernas me temblaron, apreté los dedos adentro mío y sentí cómo me contraía. Solté un gemido largo, ahogado, mordiéndome la remera.

Cuando bajé un poco, todavía con los dedos adentro, miré el celular. Ya tenía varios seguidores. Algunos ya me habían seguido de vuelta. Sonreí, todavía exhausta.

Seguí scrolleando con una mano mientras la otra volvía lento a mi concha, suave ahora, disfrutando del orgasmo que me dieron estos villeros.

Seguí creando el perfil. Puse bio: «Solo por diversión 🔥». Empecé a seguir más. Veinte, treinta cuentas.

Algunos ya me seguían de vuelta. Uno me mandó mensaje directo: «Qué hacés tan tarde mamita?»

Me mordí el labio con fuerza.

No contesté todavía. Pero guardé la conversación.

Apagué el celular, respirando agitada. Miré el techo oscuro del living. La casa tan ordenada, tan de familia… y yo ahí, con las tetas afuera casi, la tanga corrida, mojada como una adolescente, creando un perfil falso para seguir pendejos villeros.

Me reí bajito, nerviosa.

—Estás loca, Roxana. Completamente loca.

Pero no me arrepentía.

El morbo me estaba comiendo viva.

Me quedé ahí, tocándome despacio otra vez, mirando perfiles, guardando todo, creando la Roxana secreta que siempre había querido dejar salir. La que no era la esposa correcta del policía. La que quería saber si el mito era verdad.

Quizás esta fantasía se convierta en algo más que solo fotos guardadas.