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Historia de la Literatura Erótica III: La literatura erótica de los siglos XVIII y XIX

Desde Oct, 2024

Literatura erótica

Del libertinaje ilustrado al naturalismo victoriano: cómo la escritura del cuerpo y la pasión transformó la cultura occidental.

Antes de que existiera el concepto moderno de «pornografía» —término acuñado en la segunda mitad del siglo XIX—, la escritura erótica era un territorio literario tan legítimo como la épica o la poesía mística. Durante los siglos XVIII y XIX, la literatura que exploró el deseo sexual no sólo constituyó un fenómeno editorial clandestino de primera magnitud, sino también un espacio de reflexión filosófica, crítica social y experimentación formal sin precedentes. Prohibida y perseguida, copiada y releída a escondidas, esta literatura sobrevivió como testimonio de las tensiones más profundas de la modernidad occidental: entre razón y pasión, libertad individual e hipocresía social, cuerpo y alma.

Este artículo ofrece un recorrido riguroso por las principales corrientes, autores, obras y contextos de la literatura erótica producida entre 1700 y 1900 aproximadamente, con especial atención al mundo francés —epicentro indiscutible del género—, pero también a las aportaciones inglesas, alemanas e italianas. Un análisis que nos permite entender por qué estas obras no son meras curiosidades históricas, sino documentos esenciales para comprender la cultura, la política y la subjetividad de la época.

I. El contexto histórico: cuerpo, razón y transgresión en la Ilustración

El siglo XVIII europeo fue, ante todo, el siglo de la Razón. Pero fue también, paradójicamente, el siglo en que el cuerpo y sus placeres adquirieron una centralidad filosófica inédita. El materialismo ilustrado —de La Mettrie, Helvétius, D’Holbach— postulaba que el ser humano era, en esencia, un organismo sensorial, un sistema de percepciones y apetencias cuya satisfacción constituía la base misma de la felicidad. Si los sentidos eran la puerta del conocimiento, el placer sexual dejaba de ser un pecado para convertirse en un dato filosófico.

Este desplazamiento conceptual tuvo consecuencias literarias inmediatas. La escritura erótica del siglo XVIII no fue simplemente obscena en el sentido moderno del término: fue, en muchos casos, deliberadamente filosófica, política y subversiva. Atacar la moralidad sexual de la Iglesia y la aristocracia era, a la vez, atacar el orden político que esas instituciones sostenían. Las novelas libertinas francesas —el género dominante del período— son inseparables de la crítica al Antiguo Régimen.

«La novela libertina no es un simple pasatiempo lujurioso: es un laboratorio donde se ensayan, con el cuerpo como instrumento, las grandes preguntas de la filosofía materialista del siglo.»

— Robert Darnton, The Forbidden Best-Sellers of Pre-Revolutionary France (1995)

El historiador Robert Darnton, en sus investigaciones sobre el mercado editorial clandestino de la Francia del siglo XVIII, mostró que las obras más vendidas y perseguidas por la censura no eran únicamente las políticas o las religiosas: eran las que combinaban los tres registros —filosófico, político y erótico— en una misma obra. Títulos como Thérèse philosophe (1748) o L’École des filles (1655, pero ampliamente difundido durante todo el siglo XVIII) circulaban de mano en mano en las mismas redes clandestinas que los panfletos anticlericales y los libros prohibidos de Voltaire.

La censura como acelerador cultural

La paradoja de la censura es que raramente suprimió lo que pretendía suprimir. En la Francia prerrevolucionaria, la Policía del Libro y la Bastilla funcionaban como un sistema de represión que, al mismo tiempo, creaba la infraestructura misma del mercado clandestino. Los libreros suizos de Neuchâtel, Ginebra y Lausana abastecían a París de las obras prohibidas con una eficiencia notable. Los editores de Ámsterdam, ciudad con mayor tolerancia editorial, se especializaron en la producción de lo que eufemísticamente se denominaba «livres philosophiques», categoría que englobaba desde las obras de Rousseau hasta las más explícitas novelas libertinas.

En Inglaterra, el régimen de censura era diferente pero igualmente generador de clandestinidad. La Ley de Obscenidad de 1857 (Obscene Publications Act) codificó por primera vez en el derecho anglosajón la persecución de las obras eróticas, pero durante todo el siglo XVIII había funcionado un mercado floreciente de literatura «galante» en los alrededores de Covent Garden y Fleet Street en Londres.

CiudadPapel en el mercado clandestino
Ámsterdam y Países BajosMáxima tolerancia editorial; sede de los grandes impresores clandestinos
Ginebra y Neuchâtel (Suiza)Exportación masiva a Francia de «livres philosophiques»
Londres (Covent Garden)Mercado de literatura «galante» y grabados eróticos
París (clandestino)Consumo interno; obras en copias manuscritas o sin pie de imprenta
NápolesProducción italiana y traducción de obras francesas para el Mediterráneo
Centros editoriales de la literatura erótica clandestina en el siglo XVIII

II. La novela libertina francesa: filosofía del placer y crítica social

Si la literatura erótica de los siglos XVIII y XIX tiene un centro de gravedad, ese centro es indudablemente la novela libertina francesa. Nacida en los salones y en las imprentas clandestinas del París de la Regencia y el reinado de Luis XV, alcanzó su apogeo en el período que va de aproximadamente 1740 a 1800, produciendo algunas de las obras más influyentes, discutidas y malentendidas de toda la historia literaria occidental.

Los precursores: del galantismo cortesano al libertinismo filosófico

El género tiene sus raíces en la tradición galante del siglo XVII, cuyo equivalente francés son los contes galants y las obras de autores como Nicolas Chorier, cuya Satyra Sotadica (también conocida como L’Académie des dames, c. 1660) estableció el formato del diálogo erótico femenino que tendría larga descendencia. La obra, escrita en latín y atribuida falsamente a la poeta española Luisa Sigea de Velasco para dotarla de un halo de exotismo ibérico, narra en forma de conversaciones la iniciación sexual de una joven por parte de su prima más experimentada.

El paso decisivo al libertinismo filosófico lo da el siglo XVIII con obras como Thérèse philosophe, publicada anónimamente en 1748 y atribuida durante largo tiempo al Marqués d’Argens o al propio Diderot. La novela combina contenido explícito con reflexión filosófica materialista: su protagonista elabora a través de sus experiencias eróticas una epistemología del placer que remite directamente a los debates filosóficos de la época sobre sensación, conocimiento y naturaleza humana.

Cronología esencial del género

AñoHito
1748Publicación simultánea de Fanny Hill (Cleland) en Londres y Thérèse philosophe en París
1782Les Liaisons dangereuses de Laclos: el libertinismo en su expresión más sofisticada
1787–1797Período de máxima producción de Sade: Justine, Juliette, Les 120 journées de Sodome
1836Aparición del término «pornografía» en el vocabulario académico francés
1857Proceso a Flaubert por Madame Bovary en Francia; Obscene Publications Act en Inglaterra
1880–1900Auge del decadentismo: À rebours (Huysmans), The Picture of Dorian Gray (Wilde)
Cronología de la literatura erótica europea, siglos XVIII-XIX

Crébillon fils y la novela del deseo refinado

Claude Prosper Jolyot de Crébillon, conocido como Crébillon fils, fue quizás el autor más influyente de la primera mitad del siglo XVIII en el terreno del erotismo literario refinado. Sus obras —Le Sopha (1742), Les Égarements du cœur et de l’esprit (1736–1738)— no son explícitas en sentido moderno: su erotismo es oblicuo, implícito, construido a través del diálogo ingenioso, la elipsis y la alusión. El placer, en Crébillon, es principalmente verbal y social: la seducción como arte y como juego de poder en el mundo cerrado de la aristocracia parisina.

Esta estrategia anticipa en muchos aspectos la de Les Liaisons dangereuses de Laclos (1782), donde el deseo se expresa y se instrumentaliza fundamentalmente a través del lenguaje epistolar. La novela de Laclos trasciende el mero libertinismo para convertirse en un análisis despiadado del poder, la manipulación y la destrucción que el juego libertino desencadena.

El Marqués de Sade: la transgresión como sistema filosófico

Ningún otro nombre es más central —y más problemático— en la historia de la literatura erótica occidental que el del Marqués de Sade (Donatien Alphonse François de Sade, 1740–1814). Aristócrata, militar, dramaturgo y novelista, Sade pasó la mayor parte de su vida adulta entre la prisión y el manicomio, y es en esas condiciones de reclusión donde produjo la mayor parte de su obra literaria.

La obra de Sade es inconmensurable con cualquier otra producción erótica de su tiempo porque no es, en sentido estricto, literatura erótica destinada al placer del lector: es filosofía del mal, meditación sistemática sobre la naturaleza humana, la moral y la violencia. Les 120 journées de Sodome (escrita en 1785, publicada póstumamente), Justine ou les malheurs de la vertu (1787) y L’Histoire de Juliette (1797–1801) son las obras capitales de esta cosmología.

«En Sade, el cuerpo no es un lugar de placer sino un campo de batalla filosófico. La violencia sexual es el argumento definitivo del materialismo ateo: si Dios no existe, todo está permitido, y la naturaleza no conoce otra ley que la fuerza.»

— Simone de Beauvoir, Faut-il brûler Sade? (1955)

A partir del siglo XX, filósofos y críticos de primera magnitud —Simone de Beauvoir, Georges Bataille, Michel Foucault, Roland Barthes, Angela Davis— han leído su obra como un espejo en que se reflejan, amplificadas hasta la monstruosidad, las contradicciones del proyecto ilustrado. Sade sería, en esta lectura, el pensador más radical y más perturbador de la Ilustración, precisamente porque lleva sus premisas hasta conclusiones que los ilustrados moderados no podían aceptar.

III. La tradición inglesa: de Cleland al Victorian Underground

John Cleland y Fanny Hill: la primera novela erótica moderna en inglés

Memoirs of a Woman of Pleasure, conocida universalmente como Fanny Hill (1748–1749), del escritor John Cleland (1709–1789), es probablemente la obra en lengua inglesa más influyente de todo el género. Escrita mientras su autor se encontraba encarcelado en la prisión de Fleet por deudas, la novela narra en primera persona la historia de una joven procedente de Lancashire que, tras quedar huérfana, llega a Londres y se convierte en cortesana de alto rango.

Lo que distingue a Fanny Hill de otras obras contemporáneas no es sólo su notable calidad literaria —su prosa es elegante, irónica y rica en imágenes—, sino también su particular tratamiento moral: Fanny es un personaje con agencia propia, que reflexiona sobre sus experiencias con inteligencia y que, al final, alcanza una vida respetable y feliz. Este final «virtuoso» forma parte integral de la reflexión sobre la relación entre placer, libertad y sociedad que la novela despliega.

La doble moral victoriana y el underground erótico

La era victoriana (1837–1901) presenta uno de los fenómenos culturales más fascinantes de la historia de la sexualidad: la coexistencia de una moral pública extraordinariamente represiva con una industria clandestina de literatura erótica de gran volumen y sofisticación. El término «underground victoriano» fue acuñado por el estudioso Steven Marcus en The Other Victorians (1966) para describir este submundo.

Marcus analizó en particular la autobiografía sexual anónima conocida como My Secret Life (publicada clandestinamente hacia 1890 en once volúmenes), que narra con detalle exhaustivo las aventuras sexuales de un caballero victoriano adinerado a lo largo de décadas. La obra es al mismo tiempo un documento extraordinariamente revelador sobre la realidad sexual de la época y un texto marcado por las contradicciones de clase y género propias de su tiempo.

ObraFechaCaracterísticas
Fanny Hill (Cleland)1748Primera novela erótica de alta calidad en inglés; voz narrativa femenina
The Pearl (anónimo)1879–1881Revista clandestina londinense con 18 números; mezcla de relatos, poesía y novela
My Secret Life (anónimo)c. 1890Autobiografía sexual de 11 volúmenes; documento antropológico del período
Venus in Furs (Sacher-Masoch)1870Exploración del erotismo de dominación; dio nombre al «masoquismo»
Obras representativas de la tradición anglófona y centroeuropea

IV. La literatura erótica y la cuestión del género: voces femeninas y representación

Uno de los debates más importantes en los estudios contemporáneos sobre la literatura erótica histórica concierne a la cuestión del género: ¿quién escribe estas obras, desde qué posición, para qué audiencia, y qué imagen de la sexualidad femenina construyen? Tradicionalmente, se asumía que la literatura erótica histórica era producida casi exclusivamente por hombres y dirigida a audiencias masculinas. Esta visión es incompleta.

En primer lugar, porque algunas de las obras más influyentes del género adoptaron la voz narrativa femenina en primera persona: Fanny Hill, Thérèse philosophe, L’École des filles. En segundo lugar, porque hay evidencia de que las mujeres también leían estas obras, y en algunos casos las escribían, aunque bajo el obligado anonimato.

La «mujer lasciva» como figura literaria

La representación de la sexualidad femenina en la literatura erótica del período es un territorio de gran complejidad. Por un lado, encontramos la figura de la mujer activamente deseante y experimentada —la femme galante, la cortesana ilustrada, la libertina filosófica— que el género elaboró con notable frecuencia. Fanny Hill, Thérèse, Juliette son personajes que gozan activamente y que reflexionan sobre su goce.

Por otro lado, la mayoría de estas representaciones son construcciones masculinas del deseo femenino: proyecciones de lo que los autores hombres fantasean sobre la sexualidad de las mujeres, más que testimonios de la experiencia subjetiva femenina real. La distinción entre la voz femenina utilizada como dispositivo narrativo y la expresión auténtica de la experiencia de las mujeres es fundamental, aunque difícil de trazar en obras que circulaban anónimamente.

V. La transición al siglo XIX: naturalismo, decadentismo y la nueva censura

El siglo XIX transformó profundamente el panorama de la literatura erótica en Europa. Tres procesos simultáneos configuraron este paisaje: la codificación legal de la obscenidad, el auge del naturalismo literario y el surgimiento del decadentismo y el simbolismo.

El naturalismo y el cuerpo como dato social

La escuela naturalista francesa, liderada por Émile Zola, incorporó la sexualidad al proyecto literario del realismo con una energía nueva. Para Zola, la sexualidad no era un territorio de transgresión ni de filosofía: era un dato determinante de la vida social, un factor biológico y económico que condicionaba las vidas de los personajes. Sus novelas —Nana (1880), La Terre (1887), La Bête humaine (1890)— fueron acusadas de obscenidad, pero la calidad de su escritura y la seriedad de su proyecto social las salvaron de la persecución legal.

«Nana es la mosca de oro volada de la miseria, fermentando entre el estiércol que podría verse en los arrabales de la ciudad. Sus alas brillan como joyas, lleva la podredumbre que ha recogido en las cloacas de París.»

— Émile Zola, Nana (1880)

El proceso a Flaubert por Madame Bovary en 1857 —finalmente absuelto— y las repetidas polémicas sobre las novelas de Zola ilustran la posición incómoda del naturalismo ante la censura: obras que describían la sexualidad con franqueza eran potencialmente obscenas según la ley, pero su seriedad literaria y su función crítica las diferenciaba de la literatura puramente erótica.

El decadentismo y la estetización del deseo

Mientras el naturalismo arraigaba el erotismo en la realidad social y biológica, el decadentismo emprendió el camino opuesto: la estetización radical del deseo, su transformación en objeto de arte puro. La figura central de esta corriente es la del dandy del fin de siglo —Baudelaire, Huysmans, Wilde, D’Annunzio—, para quien el placer estético y el placer sensual son manifestaciones del mismo principio.

À rebours de Joris-Karl Huysmans (1884) es el texto emblemático de esta estetización. Su protagonista, Des Esseintes, ha agotado todos los placeres convencionales y busca sensaciones cada vez más refinadas y artificiales. La novela no contiene escenas explícitas: su erotismo es abstracto, perverso en el sentido etimológico de «desviado de su curso natural», y esa misma abstracción es su proposición filosófica.

Oscar Wilde, en The Picture of Dorian Gray (1890), elaboró una de las meditaciones más sutiles sobre la relación entre belleza, deseo, corrupción y arte. La novela, acusada de inmoralidad en su época, no describe actos sexuales: su transgresión es filosófica —la afirmación de que la belleza es el valor supremo, más allá del bien y del mal— y veladamente homosexual, en una época en que la homosexualidad era delito en Gran Bretaña.

CorrienteAutores representativosCaracterísticas del erotismo
Libertinismo clásico (continuación)Sade (ediciones póstumas), NerciatTransgresión filosófica; placer como argumento materialista
NaturalismoZola, Maupassant, GoncourtSexualidad como dato social y biológico; realismo descarnado
Decadentismo y simbolismoHuysmans, Wilde, D’Annunzio, VerlaineEstetización del deseo; perversión como arte
Underground victorianoAnónimos inglesesPornografía clandestina; novelas de flagelación; The Pearl
Grandes corrientes de la literatura erótica en el siglo XIX

VI. La literatura erótica y el poder: política, clase y colonialismo

Erotismo y política: el libelo libertino

En la Francia prerrevolucionaria, la literatura erótica y el libelo político formaban una continuidad natural. Los libelles que circulaban atacando a la familia real eran con frecuencia de contenido sexual explícito: la representación de María Antonieta como mujer lasciva e inmoral era, al mismo tiempo, un ataque político a la legitimidad de la monarquía. El sexo era el argumento más eficaz para la destrucción de la reputación, y la reputación era el fundamento mismo del orden social aristocrático.

El «orientalismo erótico» y la fantasía colonial

Edward Said mostró en Orientalism (1978) cómo la cultura europea construyó el «Oriente» como un espacio de proyección de las fantasías que no podía satisfacer en casa. En ningún terreno esto es más evidente que en la literatura erótica. Desde las Mille et une nuits de Antoine Galland (1704–1717) —traducción que inmediatamente se convirtió en referencia para los escritores libertinos— hasta las descripciones de harenes, baños turcos y odaliscas que pueblan la literatura del período, el «Oriente» funcionó como un espacio imaginario donde todo lo prohibido por la moral europea podía ser proyectado y deseado.

Esta fantasía orientalista tiene consecuencias directas sobre la representación de la sexualidad no europea: reduce a las mujeres orientales a objetos del deseo masculino europeo, y construye una imagen de la sexualidad «oriental» como fundamentalmente más libre, más violenta o más decadente que la occidental. La literatura erótica es, en este sentido, uno de los vectores más eficaces del imaginario colonial.

VII. Legado e influencia: la literatura erótica histórica en el pensamiento moderno

La literatura erótica de los siglos XVIII y XIX no es un capítulo cerrado de la historia literaria: sus influencias atraviesan el siglo XX y llegan hasta el presente en formas múltiples. Tres líneas de influencia merecen ser destacadas.

En primer lugar, la influencia directa sobre la literatura y la filosofía del siglo XX. La obra de Sade fue fundamental para el surrealismo (André Breton, Guillaume Apollinaire), para la Escuela de Frankfurt (Adorno y Horkheimer la analizaron en Dialéctica de la Ilustración, 1944) y para el posestructuralismo francés (Foucault, Barthes, Bataille). La Historia del ojo de Georges Bataille (1928) es impensable sin la tradición libertina francesa.

En segundo lugar, la influencia sobre el pensamiento feminista. La literatura erótica histórica ha sido objeto de debates fundamentales en el feminismo de los siglos XX y XXI: ¿es posible una literatura erótica que no reproduzca las estructuras de dominación masculina? Las respuestas divergentes de Andrea Dworkin, Catharine MacKinnon, Gayle Rubin o Judith Butler al legado sadiano tienen sus raíces en esta discusión histórica.

En tercer lugar, la influencia sobre la teoría literaria y los estudios culturales. La obra pionera de Robert Darnton sobre el mercado editorial clandestino del siglo XVIII abrió un campo de investigación que ha transformado nuestra comprensión de la cultura del Ancien Régime. Los trabajos de Lynn Hunt sobre la pornografía como instrumento político deben algo decisivo a la atención prestada a esta literatura que durante siglos fue ignorada por la crítica «seria».

El cuerpo como archivo de la modernidad

La literatura erótica de los siglos XVIII y XIX no es un género menor ni una curiosidad de coleccionista. Es, antes bien, uno de los archivos más ricos y más desatendidos de la experiencia moderna: un espacio donde se negociaron, con una libertad que el discurso público no permitía, las grandes preguntas de la filosofía y la política ilustradas, las tensiones de la sociedad burguesa, las ansiedades de la identidad sexual y de género, y las fantasías y horrores del orden colonial europeo.

Leer estas obras hoy —con la distancia crítica que permite la historia y la conciencia de las estructuras de poder que las atraviesan— no es un ejercicio de voyeurismo retrospectivo, sino un acto de comprensión de la complejidad del pasado. Y tal vez, también, un modo de entender mejor cómo el deseo, el lenguaje y el poder se entrelazan en el presente.

La historia de la literatura erótica no ha terminado. Pero sus raíces más profundas —sus preguntas más fundamentales sobre el cuerpo, la libertad y la representación— fueron sembradas en esos dos siglos decisivos que van del libertinismo filosófico ilustrado al decadentismo de fin de siglo. Leerlos es, en el más pleno sentido, leer la modernidad.



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