Capítulo 2
- La madrastra infiltrada
- La madrastra infiltrada II: El privilegio del Coordi
La madrastra infiltrada II: El privilegio del Coordi
«El silencio en la camioneta solo se rompía por el crujido del motor enfriándose. Martha no esperó a que yo rompiera el hielo; se desabrochó el cinturón y se lanzó sobre la consola central, invadiendo mi espacio con su perfume floral y ese calor corporal que me indicaba que la ‘infiltrada’ ya no quería esconderse más. Sin decir una palabra, sus manos expertas bajaron mi cierre y me liberaron, dándome unas chupadas rápidas que me dejaron sin aliento antes de volver a arrancar. —’Vamos a un lugar más privado’, sentenció.»
«Martha me confesó, mientras su mano apretaba mi muslo con fuerza atlética, que William no era un santo. En la penumbra de la sacristía, ella lo obligaba a arrodillarse, pero no para orar. Lo que ella buscaba en ese hombre de Dios era la misma oscuridad que ahora veía en mí. Pero William tenía miedo; se conformaba con poco. Ella necesitaba a alguien que no temiera profanar lo que San Roque consideraba sagrado.»
El Confesionario de la Camioneta
Mientras avanzábamos hacia la casa de muros altos, Martha soltó una confesión que me dejó helado. Me contó que sus visitas al confesionario con William no eran para pedir perdón. Con una sonrisa cínica, me describió cómo se sentaba tras la rejilla y, con voz susurrante, le detallaba al cura cada una de las fantasías que «soñaba» cumplir con él.
—»Le decía que me imaginaba entregándole mi retaguardia, Fer… que quería sentir su autoridad de hombre de Dios rompiendo mi última barrera» —me susurró mientras su mano apretaba mi muslo—. «Lo torturaba. Le decía que se lo daría todo, pero nunca dejé que me tocara ahí. Quería tener el control absoluto de su desesperación. Le hacía pajas rusas en la sacristía, envolviendo su miembro con mis pechos hasta que él perdía el sentido, pero el premio mayor siempre se lo negué».
Aunque Martha no era tan exuberante como Liss, sus pechos tenían la firmeza y el tamaño perfecto para envolver un pene con una suavidad envidiable. Era una maestra de la seducción técnica.
El Dominio de Martha
—»Él estaba loco de pasión al llegar a la habitación» —continuó Martha, con una chispa de malicia en los ojos mientras seguíamos avanzando—. «Se abalanzó sobre mí en cuanto cerramos la puerta, pero lo detuve en seco. William tenía un cuerpo delgado, fácil de manejar, así que lo tiré sobre una silla y tomé el mando. Le di la mamada de su vida mientras envolvía su miembro con mis pechos; ver cómo se le ponían los ojos en blanco me daba un subidón de poder increíble. No dejaba que tuviera ni una pizca de autoridad. En ese momento, si le hubiera ordenado que bailara de cabeza, lo habría hecho sin dudar. Mi control era total».
Hizo una pausa, recordando la intensidad de aquellos encuentros prohibidos.
—»Debo admitir que daba unas buenas cogidas, quizá por todo lo que tenía reprimido tras años de celibato. Pero aquí viene la mejor parte, Fer… la verdadera tortura. Yo me ponía en cuatro, le pedía que me follara el culo y, justo cuando sentía su miembro rozando mi anillo, me quitaba. Le ponía cualquier excusa, lo dejaba con la miel en los labios solo para ver cómo se desesperaba. Quería que supiera que esa puerta estaba cerrada para él, que su fe no era suficiente para abrirla».
El Altar de la Infiltrada
dejando un silencio denso que solo era interrumpido por el latir de mi propio corazón. Martha bajó del vehículo con una seguridad felina, y yo la seguí, sintiendo que cruzaba un umbral del que no habría retorno. Entramos en una habitación donde la luz era tenue, cálida, filtrada por unas pantallas de pergamino que bañaban todo de un tono ambarino.
Esa habitación tan acogedora y silenciosa, parecía que podías gritar y desahogarte ahí y nadie escucharía nada
Al entrar en la casa de muros altos, el ambiente cambió. Martha dejó de ser la señora respetable de San Roque. Se movía con una agilidad felina que, según me confesó, había pulido en sus jornadas en la Pista Militar. Resulta que el pobre William, tratando de huir de sus tentaciones, iba a trotar allí todas las mañanas, y ella lo acechaba entre la multitud, disfrutando de cómo él intentaba no desviar la mirada hacia sus piernas.
—»Lo tenía medido, Fer. Sabía a qué hora aceleraba el paso y cuándo se quedaba sin aire» —me dijo mientras me empujaba hacia una silla de madera tallada—. «En la pista era un hombre intentando ser santo, pero en la habitación que yo pagaba, era mi juguete».
-vaya joyita que tienes aquí Martha eh, debo decir que me has sorprendido girándome para apreciar todo el lugar.
El Dejavu de la Infiltrada
Al entrar en la habitación, Martha no perdió ni un segundo. Se movió con una seguridad que me dejó paralizado por un instante. Se colocó en el centro de la habitación, justo donde la luz incidía con más fuerza sobre ella. Se quitó los lentes de sol y los dejó sobre una mesa auxiliar con un clic seco. Por primera vez, la vi sin barreras.
Comenzó el ritual. Cada botón que cedía era una palabra más en la confesión de Liss que se hacía realidad. Cuando la blusa finalmente se deslizó por sus hombros, revelando su espalda y sus brazos, entendí por qué Liz hablaba tanto de su disciplina en el gimnasio. Sus hombros tenían una definición atlética, una curva elegante que delataba una fuerza que no era común en las mujeres de su edad. Su piel era de un tono canela uniforme, lisa y brillante bajo la luz ámbar.
Llevaba un sujetador de encaje negro, una pieza de lencería fina que contrastaba violentamente con su piel morena. Mis ojos, entrenados para los detalles técnicos de la consola de sonido, se perdieron en la arquitectura de su cuerpo. Sus pechos, aquellos que habían sido la perdición del Padre William, eran medianos, pero de una firmeza desafiante. No necesitaban de gran volumen para impresionar; su forma era perfecta, alta, y el encaje apenas lograba contener el ímpetu de su respiración agitada.
—»Liss te dijo que eran medianos, ¿verdad?», preguntó ella con una sonrisa cómplice, notando mi fijación. «Pero lo que ella no te pudo decir es cómo se sienten. Ella solo ve la superficie en los camerinos o el gimnasio. Vos vas a conocer la profundidad».
Martha llevó sus manos a la cintura, desabrochando el denim ajustado de sus jeans. El sonido de la cremallera bajando pareció resonar en toda la habitación. Al deslizar el pantalón, quedó a la vista su abdomen: plano, con esa línea sutil que marca la musculatura trabajada, sin un gramo de grasa. Sus caderas eran sólidas, flanqueadas por unos muslos potentes, torneados, por miles de sentadillas, que prometían una fuerza capaz de inmovilizar a cualquier hombre, yo parado inmóvil sin ningún movimiento parecía una estatua
Me acerqué a ella, casi hipnotizado. La «infiltrada» estaba allí, despojada de su disfraz de señora respetable de la San Roque. Cada centímetro de ella era un testimonio de autocontrol y deseo. Su trasero, firme y elevado, completaba una silueta que no tenía nada que envidiarle a la de una mujer de veinte años. Era la madurez en su punto más peligroso: una mujer que conocía su cuerpo y sabía exactamente el poder que ejercía sobre mí.
Me tomó de las manos y las guio hacia su cintura, permitiéndome sentir por primera vez la textura real de su piel: firme, cálida y vibrante. En ese momento, la imagen de la soprano Liz y sus advertencias se desdibujaron. Solo existía Martha, la luz ámbar y el abismo que se abría ante mis pies. Deslice mis manos hacia sus pechos, pero ella las detuvo
«Martha me detuvo en seco, me tiró sobre la silla y comenzó a mamar… parecía una repetición, un dejavu de lo que tantas veces le hizo al pobre William, pero ahora conmigo ocupando su lugar».
Verla ahí, arrodillada y entregada con esa destreza que había perfeccionado para torturar al cura, me dio un subidón de adrenalina puro. Ella usaba sus pechos para envolverme en esa paja rusa que era su especialidad, pero la mirada que me lanzaba no era de sumisión, sino de una victoria compartida. Estábamos profanando el recuerdo de sus encuentros en la sacristía. Ella ya no estaba dominando a un hombre de Dios que temblaba de culpa; estaba disfrutando con un hombre que, como ella, no le tenía miedo al infierno de San Roque.
—»Él se quedaba en esta silla, rogando por un poco de lo que vos vas a tener hoy» —susurró sin soltarme, marcando la diferencia definitiva entre el pasado y esté presente de pura lujuria de mi rostro.
—»Olvídate de las teorías sobre Liss», ordenó, tomándome del cabello con suavidad, pero con una fuerza que no permitía réplica. «Ahora vas a entender por qué el altar de William era este… y por qué hoy vas a ser vos el que pida clemencia».
Fue entonces cuando inició el famoso «homenaje». Martha no fue suave. Usó su propio cuerpo como una herramienta de asedio, rodeando mi rostro con su busto, tal como los rumores describían. La sensación de su piel cálida, el aroma de su perfume mezclado con el sudor incipiente y la presión de sus manos guiándome, me hicieron entender que el «agua mansa» finalmente había encontrado la tormenta que la iba a desbordar.
Martha me obligó a reclinarme, manteniendo el control total de la situación. Sus ojos brillaban con una intensidad casi religiosa, como si estuviera a punto de realizar un sacrificio. Se inclinó sobre mí, dejando que su busto, libre de toda atadura, rozara mis labios con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus manos sujetando mis hombros.
—»¿Así que piensas que soy predecible, Fernando?», susurró, y sentí su aliento cálido mezclándose con el mío. «¿De verdad quieres saber por qué William se volvió loco con mis pechos? ¿Por qué un hombre que leía las escrituras todas las mañanas terminó adorando esta piel cada noche?».
No esperó mi respuesta. Con un movimiento fluido, me atrapó entre su busto, presionando con esa firmeza atlética que Liss me había descrito con tanto detalle. El mundo exterior —el coro, la parroquia, incluso Liss— desapareció. Solo existía el aroma a gardenias de su piel y la presión asfixiante y deliciosa de su cuerpo
—»William decía que aquí encontraba el cielo que la iglesia le negaba», continuó ella, con una voz que vibraba contra mi pecho. «Él se perdía acá adentro, Fernando. Lloraba, gemía y olvidaba sus votos porque descubrió que no hay oración más poderosa que el contacto de un hombre con una mujer que sabe exactamente cómo usar su cuerpo. Él se obsesionó con la forma en que yo lo envolvía, con cómo lo obligaba a reconocer que antes que sacerdote, era un hombre de carne y hueso».
Martha se separó apenas unos milímetros para mirarme a los ojos, con una sonrisa de triunfo absoluto.
—»Y ahora te toca a vos’. Vas a entender por qué el pobre cura no pudo resistirse. Vas a descubrir que después de esto, cada vez que me veas en el ensayo con mi blusa cerrada y mis lentes puestos, vas a estar recordando este momento… y vas a desear que el ensayo termine rápido solo para volver a este altar»
entonces comprendí y viví aquel rumor que se convirtió en relato y ahora se convirtió en realidad.
Martha con movimientos firmes envolvía mi pene con sus pechos cada vez más rápido y fuerte. «Debo admitir que Martha era una artista de la seducción técnica. A pesar de que sus senos no tenían ni la mitad del volumen exuberante de los de Liss, poseían una firmeza atlética que los hacía perfectos para su propósito. Los juntaba con una presión experta, envolviendo mi miembro en un canal de carne tibia y suave que no dejaba ni un milímetro de piel sin contacto. La sensación era eléctrica; Martha sabía compensar la falta de tamaño con una fricción rítmica y calculada, demostrándome que lo que le sobraba era experiencia para llevar a cualquier hombre al límite sin necesidad de grandes curvas.»
El Fin del Control de Martha
«…Martha terminó de frotar sus senos contra mi miembro, recorriendo cada centímetro con esa técnica que había dejado al Padre William reducido a nada. Ella esperaba que yo, al igual que el cura, me quedara ahí pasivo, hipnotizado por su carne y su manipulación. Intentó mantenerme sentado, presionando sus manos contra mis hombros para prolongar su dominio, pero fracasó rotundamente.
-estoy siendo muy ruda!
-para nada Martha yo soy un tipo rudo también
– ¿veamos qué tan rudo eres?
En ese instante, me levanté de golpe. El peso de mi cuerpo y mi determinación la tomaron por sorpresa; ya no era el joven tímido que ella creía manejar. La tomé firmemente de los brazos, obligándola a sostener mi mirada, y la besé con una intensidad que le robó el aliento. Fue un beso de posesión, no de súplica. Su intento de control había llegado a su fin; ahora era mi momento.
Sin darle tiempo a reaccionar, la cargué con facilidad y la llevé hacia la cama. Martha, que siempre había dictado las reglas, guardó silencio ante mi fuerza. La puse en cuatro, dejando que su figura resaltara contra las sábanas blancas, y me preparé para reclamar el territorio que ella tanto había usado como arma de tortura…»
Con una gran agilidad Martha cambia de posición con una agilidad felina para unas penetraciones tan profundas que solo se logran en ciertos ángulos
Martha se acuesta boca abajo con las rodillas ligeramente dobladas y las caderas ligeramente levantadas mientras yo la tomaba por las caderas. Quería cambiar de postura cada minuto con sus piernas en mis hombros, la tome por la cintura y la levante penetrándola sin ningún apoyo la sostenía solo con mis brazos
-vaya, vaya veo que tienes tus sorpresas fernando me encanta esta posición siente que me entra toda
Martha siempre quería tener el dominio así que con su agilidad se soltó de mis brazos me empujó hacia una silla se sentó de espaldas a mí y con unos sentones divinos parecía que la silla iba romperse mientras acariciaba sus pechos
-ah Fer que bien se siente que me revientes follame más duro papi
Yo literalmente sin aire no podía decir palabra alguna debo admitir que Martha estaba acabando conmigo, pero mi orgullo me impedía pedir tregua.
El Error de la Infiltrada
Martha se puso en cuatro, ofreciéndome su retaguardia con esa seguridad de quien ya conoce el final de la historia. Era la misma posición con la que torturaba a William, el mismo ángulo con el que lo dejaba con la miel en los labios. Ella esperaba que yo embistiera con desesperación, pero cometió un error fatal: me había revelado su modo operandi.
Lo que funcionaba con el cura no iba a funcionar conmigo.
En lugar de dirigir mi miembro a su anillo como ella esperaba, la sorprendí por completo. Usé mi lengua con una determinación que la dejó sin defensas, mientras con una mano abrazaba sus caderas y con la otra sostenía su pierna izquierda con fuerza, impidiendo cualquier intento de escape o de retomar su juego de «quitarse» en el último segundo.
Martha soltó un gemido que no era de control, sino de desconcierto. Ya no era ella la que dictaba el ritmo; yo la tenía anclada a la cama, neutralizando su agilidad felina con mi peso y mi carácter fuerte. En ese momento, la «madrastra» comprendió que ya no estaba jugando con un hombre manejable, sino con alguien que sabía leer sus trucos antes de que ella los ejecutara.
El Sello del Pacto
Tras los lengüetazos estratégicos, sentí cómo la tensión en su cuerpo cedía; Martha finalmente había aflojado. La tumbé boca abajo, abriendo sus piernas con una firmeza que no admitía réplicas, y comencé a presionar la punta de mi miembro contra su entrada. El contacto frío y estrecho le sacó un grito de sorpresa.
—»¡Así no! Déjame ponerme en cuatro…» —exclamó, con la respiración entrecortada.
Se acomodó con agilidad, posando su rostro sobre las sábanas blancas en una postura de entrega total. Con ambas manos, ella misma abrió su retaguardia, exponiendo su intimidad con una honestidad que nunca tuvo con William.
—»Tú te lo has ganado… follame el culo, papi» —susurró, y esa fue la señal definitiva.
Entré poco a poco, disfrutando de la calidez y la presión que solo ese ángulo permitía. No fue un acto de fuerza bruta, sino una penetración apasionada, rítmica, donde cada centímetro ganado se sentía como una conquista sobre el puritanismo de San Roque. Martha hundía los dedos en el colchón, soltando gemidos profundos que vibraban en toda la habitación. Era una danza de cuerpos que se conocían en la transgresión; yo la sostenía por la cintura, sintiendo cómo su piel madura ardía bajo mi tacto, mientras ella se movía buscando más, aceptando por fin que el control absoluto ahora me pertenecía a mí.
—»No te corras adentro, Fer… quiero que me veas hacerlo» —susurró Martha con la voz quebrada por el esfuerzo.
Respeté su pedido. Me puse de pie frente a ella mientras Martha, aun recuperando el aliento tras la intensidad del encuentro anal, se arrodilló con esa agilidad que la caracterizaba. Tomó el mando con sus manos y comenzó a masturbarme con una mirada fija, desafiante, hasta que finalmente me corrí sobre su pecho. El blanco de mi entrega contrastaba con su piel cálida, marcando el fin de nuestra batalla en esa habitación de muros altos.
«La presión en su ano era algo fuera de este mundo, una resistencia estrecha que me obligaba a avanzar con una lentitud casi dolorosa. Cada vez que lograba hundirme un poco más, sentía cómo sus paredes me abrazaban con una fuerza desesperada, como si su cuerpo intentara retener cada centímetro de mi masculinidad. Esa presión constante, sumada al calor interno de su rendición, me generaba una urgencia salvaje de correrme ahí mismo; era un combate de resistencia donde mi voluntad flaqueaba ante la fricción perfecta de su ‘anillo’. Martha gemía contra la almohada, y yo apretaba los dientes, luchando por no perder el control ante la sensación más apretada y prohibida que había experimentado en todo San Roque.»
Martha se limpió con una parsimonia casi ritual y luego, buscando entre sus ropas, sacó una prenda pequeña y oscura.
—»Aquí tienes» —dijo, lanzándome la tanga que había estado usando durante todo el día—. «Para que te quedes con mi olor. Es para marcar mi territorio… ahora eres mío».
Me vio con una autoridad renovada, recordándome que, aunque yo había tomado el control físico, ella seguía siendo la dueña de los hilos en San Roque. Me guardé la prenda en el bolsillo, sintiendo el aroma que me acompañaría todo el camino de regreso, sabiendo que este pacto de silencio apenas estaba comenzando
«Me quedé observando la pequeña prenda entre mis manos, aún tibia por el calor de su cuerpo. Martha no solo me estaba entregando un pedazo de tela; me estaba dando la prueba física de su derrota y, al mismo tiempo, un grillete sensorial. El aroma que desprendía era una mezcla embriagadora de su perfume caro y la esencia cruda de nuestro encuentro anal. Lo guardé en el bolsillo de mi pantalón, sintiendo cómo esa presencia secreta quemaba contra mi muslo. Ella me miraba desde la cama, recuperando esa pose de ‘madrastra’ perfecta, pero ambos sabíamos que bajo ese vestido que estaba por ponerse, San Roque guardaría una cicatriz de placer que el Padre William nunca se atrevió a causar.»
Salimos de la casa y el trayecto de regreso fue un intercambio de silencios cómplices. Al dejarme cerca de mi auto, frente a la casa de Liss, Martha aceleró su camioneta sin mirar atrás, perdiéndose en las sombras de San Roque. Me quedé allí, solo, con el aroma de su perfume pegado a mi piel y la certeza de que mi vida en la parroquia jamás volvería a ser una partitura lineal. Había probado el fruto prohibido de la infiltrada, y ahora, cada nota del coro sonaría a pecado.
Cada paso me recordaba la intensidad de lo que acababa de vivir. Martha era una maestra del juego mental, una infiltrada que había intentado devorarme, pero que terminó saciada por mi propia voluntad. Sin embargo, mientras el motor de mi auto cobraba vida, la imagen de Martha comenzó a desvanecerse para dar paso a una figura mucho más imponente. Pensé en los ensayos del coro, en las camisas blancas que apenas contienen el busto de Liss y en cómo sus ojos me buscaban con una promesa de fuego mucho más animal y menos calculada que la de Martha. La tanga en mi bolsillo era el trofeo de hoy, pero mañana… mañana el premio sería la soprano.»
Antes de abandonar la habitación, mientras Martha terminaba de acomodar su ropa con esa elegancia gélida, se acercó a mí con una sonrisa cargada de intención.
—»Mañana en el ensayo, no me quites la vista de encima, Fernando» —susurró, mientras se acomodaba los lentes de sol a pesar de la penumbra—. «Quiero ver si puedes seguir siendo el ‘coordinador serio’ después de haber adorado en el mismo altar que el Padre William. Liz te estará esperando con su sonrisa dulce, pero ambos sabemos que ahora llevas mi marca bajo esa camisa».
Salimos de la casa y el trayecto de regreso fue un intercambio de silencios cómplices. Pero al día siguiente, en el salón parroquial, la realidad golpeó distinto. Martha cumplió su palabra; se sentó en las últimas filas, observándome con una atención quirúrgica, analizando cada uno de mis gestos para ver si nuestro encuentro anal había logrado desplazar a su rival. Era su modo de marcar territorio, una vigilancia silenciosa pero constante.
Sin embargo, Martha no contaba con la esencia de la soprano. Mientras ella intentaba captar mi atención con su mirada de dueña, Liss se movía por el salón con esa naturalidad que me desarmaba. Ella no necesitaba vigilarme.
Liss tenía ese imán… o más bien, dos enormes imanes de carne que desafiaban cualquier intento de concentración. Por mucho que Martha me hubiera marcado la noche anterior, era imposible desviar mi atención de Liss por mucho tiempo. Cada vez que la soprano tomaba aire para cantar, resaltando su busto monumental, el recuerdo de la madrastra se convertía en una sombra lejana frente al incendio presente de la mujer que, con un solo movimiento de cadera, borraba cualquier otro mapa de mi mente.
Epílogo: Las Crónicas de San Roque
Mientras el aroma de Martha aún persistía en la cabina de mi auto, mi mente no podía evitar viajar hacia atrás, al origen de todo este laberinto de secretos. San Roque no empezó con la infiltrada; empezó con una voz que parecía bajada del cielo y un cuerpo que desafiaba cualquier ley de castidad.
Liss (La Belleza Monumental) Para entender lo que viene, deben conocer a Liss. Ella es el paraíso frente al riesgo que representaba Martha. Una mujer de 40 años que parece haber sido esculpida para el deseo, poseedora de los senos más descomunales que mis ojos han visto jamás, pero su figura se equilibra con un trasero de respeto. Sus nalgas son grandes, firmes, el tipo de curvas que te obligan a detener el ensayo solo para verla caminar hacia su asiento. Fue ese contraste entre su sonrisa de señora suculenta y su imponente físico lo que generó un «clic» instantáneo el primer día en el salón parroquial.
Orden de los Hechos Para mis lectores, es importante aclarar que los eventos con Liss comenzaron antes de que Martha apareciera en escena. Este es el mapa para no perderse:
- Capítulo 1: La Soprano de San Roque (El Origen). Donde nos conocemos, la tensión estalla por primera vez. (Cronológicamente, el inicio de todo).
- La Madrastra Infiltrada (Partes I y II). El encuentro con Martha que acabas de leer.
- Próximamente: El Juego del Silencio. El esperado encuentro en el motel a una pared de distancia.