Capítulo 7

Pasaron unos días después de esa noche con María. El ambiente en casa cambió un poco. Ella ya no me miraba con la misma sospecha de antes. Al contrario, a veces me lanzaba miradas cargadas, como si estuviéramos compartiendo un secreto sucio. El trato estaba hecho, aunque nunca lo mencionamos abiertamente delante de Dariana. Yo tampoco le había mencionado nada.

Esa tarde María salió temprano al bar. Dariana y yo nos quedamos solos otra vez.

Ella estaba en su recámara cuando entré sin tocar. Cerré la puerta detrás de mí y me quedé mirándola. Llevaba una falda de mezclilla muy corta que dejaba ver un poco justo donde iniciaban sus nalgas, y una playera ajustada. En cuanto me vio, por encima del hombro, interrumpiendo su sesión con el espejo, sonrió traviesamente. Se giro y se quedó parada, mirándome con una mezcla de nervios y ganas. Sus ojos miraron col descarada lascivia el bulto que estaba creciendo en mi pantalón.

—Daniel… —dijo bajito.

No le contesté con palabras. Me acerqué, la agarré por la cintura y la besé apasionadamente, apretando su cintura y pegando su delicioso cuerpo al mio. Ella respondió de inmediato, pero cuando intenté ser más gentil, me mordió el labio y me susurró contra la boca:

—No… hoy no quiero que seas bueno conmigo. Quiero que me cojas como la puta que soy, la puta en la que me has convertido. Quiero que me duela. Me fascina ese dolor que me provocas.

Eso fue todo lo que necesitaba escuchar.

La empujé contra la pared y le subí la playera de un tirón. Le subí la pequeña falda hasta la cintura y bajé con maestría sus bragas hasta los tobillos y la giré, dejándola de espaldas contra la pared. Le abrí las piernas con la rodilla y me bajé el pantalón. Mi verga ya estaba completamente dura.

Toqué su coño con mis dedos, comprobando lo mojada que estaba. Estaba empapada.

—Estás chorreando… —le dije al oído mientras le movía los dedos con fuerza.

—Porque te estaba esperando… —gimió ella.

No esperé más. Le agarré la cadera con una mano y con la otra le sujeté el hombro. Le metí la verga de un solo empujón hasta el fondo. Dariana soltó un grito ahogado y se puso de puntitas.

—¡Aaaaaaah! —gritó, con una mueca entre dolor y gozo y con sus hermosas manos sobre mis hombros y mi cuello comenzó apretar con fuerza mi piel.

Empecé a cogérmela contra la pared, sin piedad. Cada embestida era fuerte y profunda. El sonido de mi cuerpo chocando contra el suyo llenaba la recámara. Ella intentaba no gritar tan fuerte, pero no podía. Sus dos pies de cuando en cuando apenas rosaban el suelo. La tenía volando, bien empalada y volando a ojos cerrados, sintiendo como mi verga la embestía.

—¡Me estás rompiendo! —sollozaba, con la voz entrecortada—. ¡Me la estás metiendo muy adentro!

Le agarré el cabello con una mano y tiré de su cabeza hacia atrás mientras le daba más fuerte.

—Esto es lo que querías, ¿no? —le dije entre dientes—. Que te coja como puta.

—¡Sí! —gritó ella, llorando ya—. ¡Sí, así! ¡Más fuerte!

La saqué de golpe, la giré y la tiré sobre la cama. Antes de que pudiera acomodarse, me subí detrás de ella y la puse en cuatro. Le metí la verga otra vez de un solo golpe y seguí penetrándola sin parar. Cada vez que entraba hasta el fondo, ella soltaba un grito y más lágrimas le caían por la cara.

Le di tan fuerte que en un momento empezó a llorar de verdad, pero seguía moviendo el culo hacia atrás, pidiendo más.

—Duele… me duele rico… —repetía entre sollozos—. No pares… por favor no pares…

Le agarré las caderas con fuerza y seguí dándole sin compasión. El sonido de mi verga entrando y saliendo de su vagina mojada era obsceno. En un momento le metí dos dedos en la boca mientras la cogía por detrás, con la mayor desesperación que había sentido en mi vida. Ella resistía llorando, gritando y gimiendo.

—Chúpamelos —le ordené—. Mientras te rompo toda por dentro.

Dariana obedeció, chupando mis dedos con desesperación mientras lloraba y gemía al mismo tiempo. En un punto ya no podía ni sostenerse y se dejó caer sobre el pecho, con el culo todavía en alto. Yo seguí follándola en esa posición, más profundo que nunca.

Cuando por fin me vine, lo hice adentro, empujando hasta el fondo mientras ella gritaba contra la almohada. Me quedé dentro de ella un buen rato, sintiendo cómo temblaba su cuerpo debajo de mí y mi verga seguía palpitando dentro suyo.

Dariana estaba llorando bajito. No de tristeza, sino de lo intenso que había sido. Tenía la cara completamente mojada y el cuerpo todavía tembloroso.

Me acosté a su lado y la abracé. Ella se pegó inmediatamente a mí, escondiendo la cara en mi cuello.

—Por Dios, Daniel… —susurró con la voz rota—. Me rompiste de verdad esta vez…

Le besé la frente y le contesté:

—Y todavía no termino contigo hoy.

Dariana levantó la cara y me miró con los ojos hinchados y rojos. Aun así, sonrió con picardía.

—Entonces… ¿me vas a follar otra vez?

La besé. Suave. Con ternura. Besé sus ojos hinchados, sus mejillas mojadas, sus labios entreabiertos. Ella se quedó quieta al principio, como si no esperara ese cambio tan repentino.

—Perdón… —le susurré contra los labios—. Perdón por ser tan brusco. Perdón por hacerte llorar.

Dariana abrió los ojos y me miró. Durante unos segundos no dijo nada. Luego negó suavemente con la cabeza.

—No… no pidas perdón —contestó con la voz ronca—. Me gustó. Me gustó mucho.

Me quedé callado, esperando que siguiera.

Ella bajó la mirada un momento, como si le costara decirlo, pero al final lo soltó:

—Me fascina cuando me coges así… cuando me usas. Cuando me sientes como un objeto. Cuando me follas como si no te importara nada más que usarme. Me gusta sentirme… ultrajada. Usada. Como tu puta.

Esas palabras me golpearon directo en la verga. Volvió a endurecerse contra su muslo.

Dariana continuó, ahora más bajito, casi avergonzada pero excitada al mismo tiempo:

—También me gusta cuando eres tierno… como ahora. Cuando me besas despacio, cuando me tratas con delicadeza. Me gusta que puedas ser las dos cosas. Que un momento me rompas y al siguiente me consueles. Me vuelve loca.

Le pasé la mano por el cabello, apartándoselo de la cara.

—¿Entonces quieres ser mi puta? —le pregunté directamente.

Dariana me miró a los ojos sin dudar esta vez.

—Sí, ¿a caso no lo soy?—contestó—. Quiero ser tu puta. Quiero que me uses cuando quieras. Quiero que me cojas todos los días cuando mi mamá no esté. Quiero que me hagas lo que se te antoje… aunque me duela, aunque llore. Me encanta sentirme así contigo.

Me acerqué más y la besé otra vez, esta vez más apasionado, pero todavía con ternura. Ella respondió pasando una pierna por encima de mí.

—Quiero que me cojas otra vez —susurró contra mi boca—. Pero más despacio esta vez… con más pasión. Quiero sentir que me amas, no solo que me deseas y me usas, aunque tampoco me molesta.

Me puse encima de ella y la penetré de nuevo, pero esta vez entré lento. Muy lento. La miré a los ojos mientras me hundía centímetro a centímetro su de su vagina hinchada y sensible. Dariana abrió la boca en un gemido largo y suave. Le dolía mucho por lo sensible que quedó.

—Así… —suspiró—. Me gusta así también…

Empecé a moverme con un ritmo más profundo y pausado. Cada embestida era completa, pero sin la brutalidad de antes. Le besaba el cuello, las tetas, los labios. Le decía cosas suaves al oído mientras la follaba.

—Eres mía —le decía entre besos—. Mi puta… pero también mía de esta forma.

Dariana gemía bajito, envolviéndome con las piernas. Sus uñas me recorrían la espalda con más suavidad esta vez.

—Quiero que me cojas todos los días… —confesó entre gemidos—. Aunque sea rápido, aunque sea fuerte, aunque sea suave… pero siempre. Quiero que uses mi cuerpo cuando te dé la gana.

La besé con más hambre y aceleré un poco el ritmo, pero sin llegar a ser brutal. Ella respondió arqueando la espalda y clavándome las uñas. Seguía sintiendo dolor con placer por la tremenda cojida de hacia un rato.

—Dime que soy tu puta —me pidió.

—Eres mi puta —respondí contra su boca—. Mi objeto sexual. Mi coño personal. Y también eres mía cuando te beso así… cuando te hago el amor.

Dariana se corrió de nuevo, pero esta vez fue diferente. Fue más largo, más profundo. Gimió mi nombre contra mi boca mientras se contraía alrededor de mi verga. Su hermoso rostro se deformaba en decenas de expresiones en un instante. Era un panorama que mis ojos disfrutaron al máximo. Yo me vine poco después, despacio, llenándola otra vez mientras la besaba.

Nos quedamos abrazados, respirando juntos. Yo todavía dentro de ella.

Dariana me acarició la espalda con lentitud y me habló bajito al oído:

—Mi mamá ni siquiera sospecha… Cree que estás trabajando o que sales. Nunca imaginaría que todos los días, cuando ella no está, su hija se está dejando coger por su pareja, su padrastro… como su puta personal.

Le besé el hombro y le contesté:

—Y eso me pone más cachondo todavía.

Ella sonrió contra mi piel.

—A mí también.

Con el paso de los días Dariana seguía cambiando.

Ya no era solo la chica que se dejaba coger a escondidas. Ahora parecía estar permanentemente de buen humor. Sonreía más, hablaba más, y se notaba una felicidad tranquila en ella que antes no existía. María lo comentaba a veces:

—Mi hija anda muy contenta últimamente —decía mientras preparaba café—. No sé qué le pasó, pero hasta me da abrazos sin que yo se los pida.

Lo que María no sabía era que esa felicidad tenía nombre y apellido.

Dariana empezó a vestirse diferente cuando estábamos en casa. Ya no usaba shorts holgados ni playeras anchas. Ahora se ponía faldas cortas, blusas ajustadas, escotes que dejaban ver el inicio de sus tetas. Cuando María no estaba, se atrevía más: a veces solo con una de mis playeras y nada debajo. Me gustaba que lo hiciera. Me gustaba que se sintiera mía.

Una tarde, mientras María estaba en la cocina, Dariana pasó por mi lado y me rozó la verga con la mano disimuladamente. Me miró de reojo y me susurró tan bajito que casi no la escuché:

—Hoy quiero que me uses otra vez… aunque sea rápido. Mi panocha ya está lista.

Esa misma noche, mientras yo estaba follando a María en nuestra recámara, escuché pasos suaves en el pasillo. La puerta de la recámara de Dariana estaba entreabierta. Sabía que estaba escuchando. María gemía fuerte, como siempre cuando se la metía profundo. Yo también gruñía, dándole duro.

Al día siguiente, cuando nos quedamos solos, Dariana me buscó en la sala. Se sentó a horcajadas sobre mí sin decir nada y me besó dulcemente.

—¿Te gusta cogerte a mi mamá? —me preguntó bajito, moviendo las caderas contra mi verga aún vestida.

Le agarré la cintura.

—¿Te molesta? —contesté.

Ella negó con la cabeza y sonrió con picardía.

—No. Me prende. Me gusta saber que tienes dos mujeres en esta casa… y que una de ellas es tu esposa y la otra tu puta.

Esa noche la cogí en el sillón. Fue rápido y fuerte, como a ella le gustaba. La dejé con las piernas temblando y el short empapado de semen. Antes de que María regresara, se levantó, me besó suavemente y me dijo:

—Gracias por usarme.

Dariana se estaba enamorando.

Se notaba en las pequeñas cosas. Me traía agua sin que se lo pidiera. Me masajeaba los hombros cuando yo estaba cansado. Me mandaba mensajes aunque estuviéramos en la misma casa. Y cuando María no nos veía, me miraba como si yo fuera lo más importante del mundo.

Una noche, mientras veíamos una película los tres, Dariana se sentó en el sillón individual. María estaba recostada sobre mí, acariciándome el pecho distraídamente. En un momento, Dariana me miró y se mordió el labio. Yo le sostuve la mirada unos segundos más de lo normal. María se dio cuenta.

—¿Qué pasa entre ustedes dos? —preguntó de repente, medio en broma.

Dariana se rio y contestó rápido:

—Nada, mamá. Es que a veces me cae bien tu marido.

María rio también, pero noté que se quedó pensativa un rato.

Dariana, en cambio, parecía disfrutar del riesgo. Cuanto más cerca estábamos los tres, más se atrevía ella. Una mañana, mientras María se duchaba, Dariana entró a la recámara, se arrodilló frente a mí y me sacó la verga. Me la chupó rápido, con ganas, mirándome a los ojos. Cuando terminó y se limpió los labios, me susurró:

—Quiero que me cojas todos los días… aunque sea cinco minutos. Quiero que uses mi boca, mi vagina, lo que quieras. Quiero ser tu puta favorita.

Esa misma tarde, cuando María salió, la cogí en la cocina. La subí a la mesa y le di fuerte. Los jugos de María todavía estaban frescos en la recamara y yo ya estaba penetrando a su hija en la cocinacon.

Dariana lloró de placer otra vez, cuando sentía tanto placer lloraba, ya no de dolor, sino de todas las sensaciones que tenía en su cuerpo y su ser. Esta vez me abrazó fuerte después y me dijo algo que me dejó pensando toda la noche:

—Estoy enamorada de ti… y no me importa si eso está mal. Quiero seguir siendo tuya aunque tú seas de mi mamá.

La hija de mi mujer

La hija de mi mujer VI