Capítulo 1
Capítulo 1: El Proyecto
El calor de junio en Monterrey era un animal pesado que se te subía a la espalda y no soltaba. Aunque dentro de la casa el aire acondicionado zumbaba, la idea de moverme me daba flojera. Estaba en mi cuarto, frente a la laptop, tratando de escribir un correo para un cliente, cuando Renata entró sin tocar.
—Oye, Gael, necesito hablar contigo —dijo, cerrando la puerta.
La miré. Traía unos shorts diminutos y un top deportivo que dejaba ver la línea de su vientre. Mi hermana siempre ha sido atrevida, pero últimamente algo en su manera de mirarme me hacía sentir observado, como si estuviera evaluando algo más que mi ropa.
—¿Qué pasa? —pregunté, minimizando la ventana del correo.
—Tengo una idea para mi portafolio —empezó, sentándose en el borde de mi cama. Sus piernas, largas y tonificadas del yoga, quedaron a la vista—. Y necesito que me ayudes.
—¿De qué se trata?
—Es un proyecto sobre la intimidad familiar —dijo, sus ojos oscuros fijos en los míos—. Sobre cómo los lazos de sangre pueden ser más intensos, más… físicos, de lo que la gente cree.
Me quedé callado. No era la primera vez que Renata hablaba de cosas así. Desde que empezó la carrera de diseño, sus conversaciones se llenaron de conceptos como “tabú”, “transgresión” y “deseo oculto”. Pero esto sonaba distinto.
—¿A qué te refieres con ‘físicos’? —pregunté, tratando de que mi voz sonara normal.
Ella se acomodó en la cama, cruzando las piernas. Su pie descalzo se balanceaba en el aire. —A que quiero hacer una serie de fotos de la familia. Desnudos. No posando como estatuas, sino interactuando, tocándose, mostrando la cercanía real que tenemos.
Sentí un golpe bajo en el estómago. No de disgusto, sino de algo más primitivo. Una curiosidad inmediata, mezclada con el miedo a que ella notara mi reacción. Debajo del escritorio, mis piernas se tensaron.
—¿Desnudos? ¿Todos? —dije, aclarándome la garganta.
—Todos. Tú, yo, mamá, papá —confirmó, una sonrisa pequeña jugando en sus labios—. Sería arte, Gael. Nada de pornografía. Pero tiene que ser honesto. Tiene que haber confianza.
—¿Y papá y mamá qué dicen?
—Todavía no les he propuesto la idea completa. Quería hablarlo primero contigo —dijo, y se levantó, acercándose a mi escritorio—. Porque sé que tú me entiendes. Siempre hemos sido los más cercanos, ¿no?
Asentí. Era verdad. De niños, éramos cómplices. De adolescentes, compartíamos secretos. Ahora, adultos, esa complicidad se había transformado en una familiaridad que a veces rozaba lo incómodo. Me había pillado viendo porno más de una vez, y en vez de hacer drama, solo se reía y preguntaba si la actriz le gustaba a papá. Una vez, después de una fiesta, llegó borracha y se acostó en mi cama a dormir, con solo una playera y tanga. Me desperté con su culo pegado a mi espalda. Me levanté y me fui al sillón, pero esa imagen se me quedó grabada por días.
—¿Y si dicen que no? —pregunté, buscando una salida.
—Entonces no se hace —encogió los hombros—. Pero tengo un presentimiento de que no dirán que no. Mamá siempre ha sido liberal con el cuerpo. ¿Recuerdas cuando nos llevaba a playas nudistas de vacaciones? A ella nunca le dio pena. Y papá… bueno, papá es más reservado, pero le gusta el arte. Y le gusta vernos felices. Además —agregó, bajando la voz—, creo que a él también le gusta vernos. A ti y a mí. ¿No te has fijado cómo a veces nos mira cuando estamos en traje de baño?
Sí me había fijado. Rodrigo, mi papá, tenía una manera de observar que no era paternal. Era más… apreciativa. Como si evaluara un buen trabajo. Nunca lo había pensado en términos sexuales, pero ahora, con las palabras de Renata, la idea se instaló en mi cabeza y empezó a echar raíces.
—¿Y tú crees que esto nos haría felices? —la pregunta me salió más seria de lo que pretendía.
Renata se inclinó hacia mí, apoyando las manos en mis hombros. Su perfume, algo dulce y herbal, me envolvió. Su escote quedaba a la altura de mis ojos. Pude ver la curva de sus tetas dentro del top deportivo.
—Creo que nos haría sentir vivos —susurró—. Y además, sería divertido. ¿No te ha pasado que a veces, cuando estamos todos juntos abrazados en el sofá, sientes que la energía es… diferente? Como si hubiera electricidad en el aire. Como si todos quisiéramos algo más, pero nadie se atreve a decirlo.
Sí me había pasado. En las reuniones familiares, cuando Claudia, mi mamá, se recostaba contra mi padre y yo estaba a su lado, o cuando Renata se sentaba en el piso con la cabeza recostada en mi pierna, había una calidez que iba más allá de lo normal. Una sensación de piel y aliento compartido que me ponía alerta. A veces, en esas noches de película, cuando mamá se quedaba dormida con la cabeza en el hombro de papá y Renata se acurrucaba contra mí, yo sentía una erección incipiente y me movía disimuladamente para que no notaran. Nunca lo había nombrado, pero Renata lo estaba haciendo ahora.
—Puede ser —admití, mi voz apenas un hilo.
—Entonces piénsalo —dijo, soltándome—. Esta noche en la cena les propongo la idea general. Si tú me respaldas, es más probable que accedan.
Se fue de mi cuarto dejando la puerta entreabierta. Me quedé mirando la pantalla en blanco de la laptop, pero ya no veía correos. Veía imágenes: la piel pálida de mamá, sus curvas, la espalda ancha de mi padre. Todas desnudas. Y yo entre ellas. Mi verga empezó a hincharse dentro del pantalón. Maldije en silencio y me ajusté incómodo. Esto ya se estaba saliendo de control, y ni siquiera habíamos empezado.
La cena fue ligera: ensalada y pescado. Mi madre, había llegado cansada de su consultorio, pero se veía relajada. Mi papá, comentaba sobre un proyecto en el trabajo mientras servía vino tinto para todos. El ambiente era el de siempre, pero yo no podía dejar de notar cada detalle: la manera en que mamá se pasaba la mano por el cuello, el modo en que papá le acariciaba el hombro al pasar detrás de su silla, la sonrisa cómplice de Renata cada vez que me miraba.
Renata esperó a que termináramos de comer para soltar la bomba.
—Tengo una propuesta para un proyecto de la escuela —anunció, poniendo su tenedor sobre el plato—. Necesito modelos. Y quiero que sean ustedes.
Claudia sonrió, interesada. —¿De qué se trata, hija?
—Es una serie fotográfica sobre la intimidad familiar —explicó Renata, usando las mismas palabras que conmigo—. Quiero explorar cómo el amor de familia se expresa a través del contacto físico, la confianza, la vulnerabilidad.
Rodrigo arqueó una ceja. —¿Contacto físico? ¿En qué sentido?
—En el sentido de que necesito que posen juntos, abrazados, enredados. Y para que sea honesto… necesito que sea con poca ropa. O sin ropa.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con cuchillo. Mamá dejó su copa de vino. Mi padre se reclinó en la silla, cruzando los brazos. Yo me quedé mirando mi plato, sintiendo el latido en mis sienes.
—Desnudos —dijo papá, no como pregunta, sino como confirmación.
—Desnudos artísticos —aclaró Renata, su voz firme—. No es para exhibicionismo. Es para captar la esencia de lo que somos cuando no hay barreras. Literalmente. Sería en la casa, con mi equipo, nadie más. Las fotos serían solo para mi portafolio, para mostrar en la escuela y tal vez en alguna exposición pequeña. Nada comercial.
Mamá tomó un sorbo de vino. La vi tragar, su cuello largo y elegante en movimiento. Sus ojos verdes se encontraron con los míos, buscando mi reacción. —¿Y qué piensas tú, Gael? —me preguntó, su tono neutral, pero con una curiosidad genuina.
Todos me miraron. Sentí el peso de la expectativa. Si decía que no, el proyecto moría ahí. Si decía que sí, estábamos abriendo una puerta que quizá no podríamos cerrar. Pero también sentí una excitación retorcida en el fondo del estómago. Quería ver. Quería participar. Quería saber qué pasaría.
—Creo… —empecé, buscando las palabras—. Creo que Renata tiene talento. Y si es algo serio, artístico, y todos estamos cómodos… no veo por qué no intentarlo. Podría ser una experiencia interesante.
Renata me lanzó una mirada de gratitud. Mamá asintió lentamente, como pensándolo. Papá suspiró, pasándose una mano por el cabello canoso.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero con condiciones. Nosotros decidimos las poses. Si en algún momento alguien se siente incómodo, paramos. Y las fotos son solo para tu portafolio, no se publican en redes sociales sin nuestro permiso explícito. Y nada de copias para nadie más.
—¡Claro! —aceptó Renata, radiante—. ¡Gracias, papá! ¡Gracias, mamá! ¡No se van a arrepentir!
—Bueno —dijo mamá, una sonrisa tímida asomando—. Será una experiencia, supongo. Algo para contar cuando seamos viejos. —Su mirada se posó en mí de nuevo, y creí ver un brillo de complicidad, como si supiera que yo estaba más nervioso de lo que aparentaba.
Papá se sirvió más vino. —¿Cuándo quieres hacerlo?
—Este sábado por la tarde —respondió Renata inmediatamente—. Tengo el equipo listo. Solo necesitamos un espacio en la sala.
—El sábado entonces —asintió papá.
El resto de la cena transcurrió con conversaciones normales, pero la tensión flotaba en el aire. Cada vez que mamá se reía y se tocaba el cabello, o cuando papá le ponía la mano en el brazo a Renata, yo lo veía con nuevos ojos. ¿Era solo cariño familiar? ¿O había algo más táctil, más consciente? Me sentía como si hubiera tomado una pastilla que me hiciera ver capas ocultas en cada gesto.
Los días previos al sábado fueron extraños. Evitaba estar a solas con Renata porque sabía que me haría preguntas incómodas. Con mi mamá, me sentía más observador. Noté cómo se vestía: blusas más ajustadas, faldas un poco más cortas. ¿Siempre lo había hecho? ¿O era mi imaginación? Mi papá parecía el más normal, pero una vez lo sorprendí mirando a Renata mientras ella hacía yoga en el jardín. Su expresión era seria, pensativa. No era la mirada de un padre.
El sábado llegó con un sol abrasador. Renata pasó la mañana limpiando un espacio en la sala, moviendo los muebles para dejar un fondo blanco contra la pared. Trajo sus luces de estudio, un reflector grande, y su cámara profesional con varios lentes. El set parecía sacado de un estudio de verdad.
A las cuatro en punto, nos reunimos todos. El aire acondicionado estaba al máximo, pero aun así sentía calor. Llevaba unos jeans y una playera negra. Mamá traía un vestido ligero de algodón. Papá, pantalón de mezclilla y camisa de manga corta. Renata ya estaba en modo trabajo, con ropa cómoda y el cabello recogido.
—Okay —dijo, frotándose las manos—. Antes de empezar, quiero que recordemos que esto es arte. No hay nada de qué avergonzarse. Vamos a comenzar con ropa, luego poco a poco. Si en algún momento alguien quiere parar, levanta la mano. No hay presión.
Asentimos. Mis palmas sudaban.
—Primera pose: siéntense todos en el piso, formando un círculo, espalda contra espalda —indicó Renata.
Nos acomodamos en el piso de madera. Yo quedé entre mamá y papá. Renata se sentó frente a nosotros, pero no para posar, sino para dirigir.
—Bien. Ahora inclínense hacia atrás, apoyándose unos en otros —instruyó.
Hicimos lo que dijo. Mi espalda presionó contra la de papá, sólida y ancha. El hombro de mamá se apoyó en el mío. Sentí el calor de sus cuerpos a través de la ropa. El contacto era íntimo, pero aún seguro.
—Cierren los ojos —dijo Renata—. Respiren. Sientan el contacto. No piensen en la cámara.
El silencio era total, solo el leve zumbido del aire acondicionado. Con los ojos cerrados, los otros sentidos se agudizaron. Olía a perfume de mamá, algo floral y suave; a jabón de papá, limpio y masculino; a la loción de coco de Renata. Sentí la presión de papá contra mí, la suavidad del brazo de mamá. Podía escuchar la respiración de cada uno: la de mamá, calmada; la de papá, un poco más profunda; la mía, acelerándose.
—Ahora abran los ojos y mírense entre ustedes —ordenó Renata.
Abrí los ojos. Mamá me miró a mí, su expresión serena, pero con una chispa de curiosidad. Papá miraba a Renata. Renata nos observaba a todos a través del visor de la cámara.
—Bien —dijo, y el clic de la cámara rompió el momento—. Muy natural. Ahora, para la siguiente, quiero que se quiten las playeras o blusas. Solo la parte de arriba.
Nadie se movió al principio. Luego, papá tomó la iniciativa. Se levantó, se agarró la camisa por la nuca y se la quitó de un tirón. Su torso, a los cincuenta y dos, todavía era impresionante: ancho de hombros, con músculo definido y un vello pectoral grisáceo que se extendía hacia su abdomen. No tenía vergüenza. Se paró ahí, con los brazos ligeramente abiertos, como desafiando a la cámara.
Mamá lo siguió. Con un movimiento elegante, se quitó su vestido por la cabeza, dejando al descubierto un sostén de encaje negro que contrastaba con su piel clara. Sus tetas, siempre generosas, se levantaban con cada respiración. El encaje apenas contenía su volumen. Se sentó de nuevo, pero ahora su espalda desnuda tocaba la mía directamente. Su piel era suave como terciopelo.
Renata y yo nos miramos. Ella se quitó su top, dejando solo un brasier deportivo. Sus pechos eran más pequeños pero firmes, los pezones marcándose contra la tela.
Me tocaba a mí. Me levanté y me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi piel. Sabía que estaba en forma, pero de pronto me sentí expuesto, no por los extraños, sino por mi propia familia. Me senté de nuevo. Ahora, el contacto era piel con piel. La espalda de papá era caliente, su musculatura palpable contra mis omóplatos. El hombro de mamá era suave, su piel como seda. Sentí un escalofrío que no tenía que ver con el frío.
Renata tomó varias fotos. El clic de la cámara era el único sonido.
—Ahora, acuéstense de lado, formando una línea —propuso—. Gael, tú en medio.
Nos acostamos en el piso duro. Yo quedé en medio, boca arriba. Papá se acostó a mi izquierda, de lado, apoyando su brazo sobre mi pecho. Mamá se acostó a mi derecha, también de lado, su pierna cruzada sobre mis muslos. Su rostro quedó cerca del mío, su aliento cálido en mi mejilla. Podía ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, el color de sus labios sin pintar. Olía a mujer, a sudor ligero y a ese perfume floral.
—Papá, pon tu mano en el hombro de mamá —indicó Renata—. Mamá, toca el brazo de Gael.
Sus manos se movieron. La mano de papá, grande y callosa, cubrió el hombro desnudo de mamá. Los dedos de Claudia acariciaron mi bícep. El peso de sus cuerpos sobre el mío era abrumador, pero no incómodo. Era… íntimo. Mi verga empezó a responder, hinchándose lentamente dentro del jeans. Traté de pensar en cosas aburridas, pero el calor de mamá sobre mi pierna, la presión del brazo de papá sobre mi pecho, todo conspiraba contra mí.
Renata se movió alrededor nuestro, tomando fotos desde distintos ángulos. Yo podía ver su expresión concentrada, pero también noté cómo su mirada se detenía a veces en el torso de papá, en las curvas de mamá, en mi abdomen. Su lengua salió un instante a humedecerse los labios. Estaba excitada. Lo vi claramente.
—Muy bien —dijo después de un rato—. Ahora, la siguiente fase. Se quitan todo.
Esta vez, el silencio fue más pesado. Quitarse la ropa interior frente a los demás era el salto final. Mi madre respiró hondo.
—¿Estamos seguros? —preguntó, su voz un susurro.
—Solo si todos están de acuerdo —dijo Renata, bajando la cámara—. Podemos parar si quieren.
Mi papá miró a mamá, luego a mí, luego a Renata. —Yo estoy dentro —dijo, su tono decidido—. Pero vamos paso a paso. Mujeres primero, si les parece.
Mamá asintió. Con movimientos deliberados, se desabrochó el sostén y lo dejó caer al piso. Sus tetas cayeron libres, pesadas, con pezones grandes y oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. No hizo intento por cubrirse. Se quedó así un momento, dejando que todos la vieran. Luego, se bajó la falda y las bragas juntos, dejándolas a un lado. Su vello púbico era castaño y bien cuidado, pero abundante. Se quedó de pie, completamente desnuda, con una dignidad que me dejó sin aliento. Su cuerpo era el de una mujer madura, con curvas suaves, algunas estrías en las caderas, pero hermoso. Me costaba reconciliar esa imagen con la de mi madre. En ese momento, era solo Claudia, una mujer desnuda.
Renata sonrió, orgullosa. Luego, sin ceremonia, se quitó el brasier deportivo y los shorts. Su cuerpo era una versión más joven y atlética del de Claudia: tetas pequeñas y firmes, cintura estrecha, caderas pronunciadas. Su panocha estaba afeitada, completamente lisa. Se paró junto a mamá, como dos versiones de la misma belleza. Madre e hija, desnudas, mostrándose sin pudor.
—Nos toca —dijo papá, poniéndose de pie.
Yo me levanté también, mis piernas temblorosas. Papá se bajó el pantalón y los boxers de un solo movimiento. Su verga colgaba flácida, pero gruesa, con un buen tamaño incluso en reposo. Sus bolas pesadas colgaban entre sus piernas musculosas. Tenía un cuerpo poderoso, de hombre que había trabajado duro toda su vida.
Todos miraron hacia mí. Sentí la sangre corriendo hacia mi cara, y hacia otra parte. Me bajé el pantalón y los calzoncillos. Mi verga, a diferencia de la de papá, ya estaba semierecta, hinchada por la adrenalina y la vista de mamá y Renata desnudas. No pude evitarlo. Me paré allí, tratando de no cubrirme, sintiendo el aire en mi piel desnuda.
Nadie comentó al respecto. Renata solo asintió, como si fuera lo más natural del mundo. Claudia nos observaba a los tres, su mirada recorriendo nuestros cuerpos. No parecía avergonzada, sino… interesada.
—Bien —dijo Renata—. Ahora, vamos a una pose más atrevida. Gael, tú acuéstate boca arriba. Mamá, tú ponte a horcajadas sobre sus piernas, pero sin sentarte. Solo agáchate, apoyando tus manos en su pecho.
Mamá me miró, sus ojos verdes brillando con algo que no pude descifrar. —¿Estás bien con eso, Gael? —preguntó.
—Sí —logré decir, aunque mi garganta estaba seca.
Me acosté boca arriba en el piso. La madera estaba fría contra mi espalda. Mamá se acercó, sus pies a cada lado de mis caderas. Se agachó, colocando sus manos a los lados de mi pecho. Su cuerpo quedó sobre el mío, su panocha a solo unos centímetros de mi verga, que ahora estaba completamente dura, apuntando hacia ella. El calor que emanaba de entre sus piernas era palpable. Podía ver cada detalle de su sexo: los labios carnosos, ligeramente separados, brillantes de humedad. No era solo sudor. Ella estaba excitada. Lo supe de inmediato. El aire olía a ella, a un aroma dulce y musgoso que nunca antes había asociado con mi madre.
Renata tomó fotos rápidamente, el clic sonando como latidos.
—Papá —llamó Renata—. Ponte detrás de mamá. Agáchate tú también, como si fueras a abrazarla por detrás, y mira hacia la cámara.
Rodrigo se movió. Se puso detrás de Claudia, agachándose. Su cuerpo grande enmarcó el de ella. Su pecho presionó contra su espalda. Su rostro quedó cerca del cuello de Claudia. Y su verga, que ahora también se estaba endureciendo, quedó presionada contra el culo de Claudia, justo en la hendidura. Vi cómo se ponía dura contra las nalgas de ella.
La imagen era intensamente erótica: yo debajo, con mi madre a centímetros de mi verga, y mi padre detrás de ella, su verga rozándole el culo. Todos desnudos. Todos respirando agitadamente. Yo podía sentir el calor de mi mamá, ver cómo sus pezones se endurecían. Papá tenía los ojos cerrados, como saboreando el momento.
Renata seguía tomando fotos, pero noté que su respiración también se había acelerado. Su mirada iba de la verga de papá a la mía, al cuerpo de mamá.
—Muy bien —dijo, su voz un poco ronca—. Ahora quiero una de Gael y papá. Parados uno frente al otro, muy cerca. Brazos a los lados.
Papá se enderezó, su verga ahora con una semierección evidente. Yo me levanté con cuidado, tratando de no rozar a mamá, quien se apartó lentamente, sus pechos balanceándose con el movimiento. Nos paramos frente a frente, a menos de medio metro de distancia. Estábamos a la misma altura, aunque él era más ancho. Nuestras vergas, las dos en distintos estados de excitación, colgaban entre nosotros. Era imposible no mirar. La de él era más gruesa, la mía más larga. Ambos teníamos el vello púbico recortado. Sentí una extraña camaradería en ese momento, como dos hombres comparando armas.
—Ahora pongan una mano en el hombro del otro —ordenó Renata.
Papá puso su mano izquierda en mi hombro derecho. Yo puse mi mano derecha en su hombro izquierdo. Nuestros brazos se cruzaron. El contacto fue eléctrico. Su piel era caliente, su músculo duro bajo mis dedos. Su mirada era intensa, pero no hostil. Era evaluadora, curiosa. Como si me viera por primera vez como un hombre, no como su hijo.
Renata tomó la foto. Luego bajó la cámara y nos miró directamente.
—Se ven bien juntos —comentó, y su tono tenía una carga que no era solo artística. Era personal, casi celosa.
Mamá, que se había apartado, observaba la escena con los brazos cruzados sobre sus tetas. No parecía avergonzada. Parecía… pensativa. Sus ojos iban de papá a mí, y luego a nuestras vergas. Vi cómo se mordía el labio inferior.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo Renata finalmente, apagando las luces—. Tenemos material increíble. Mucho más de lo que esperaba.
El alivio fue palpable, pero también una extraña decepción. Como si hubiéramos estado a punto de algo y lo hubiéramos interrumpido. Nos quedamos ahí parados, desnudos, sin saber qué hacer.
—Bueno —dijo papá, rompiendo el silencio—. Pues a vestirse.
Cada uno recogió su ropa. Nos vestimos en silencio, cada uno evitando mirar a los otros directamente. Pero el aire estaba cargado. Podía sentir la energía sexual flotando como humo. Mamá se puso su vestido rápido, pero noté que sus manos temblaban un poco. Mi padre se vistió con calma, como si nada hubiera pasado. Renata guardaba su equipo, pero cada tanto me lanzaba una mirada que me hacía sentir desnudo otra vez.
Después de la sesión, nos reunimos en la cocina. Mamá preparó café. Nadie hablaba. El ruido de la cafetera era el único sonido.
—Bueno —dijo mamá finalmente, sirviendo las tazas—. Eso fue… interesante.
—Sí —asintió papá, tomando su taza—. No pensé que sería tan… intenso.
—Las fotos van a quedar increíbles —dijo Renata, apoyándose en la barra—. La luz era perfecta. Y ustedes fueron muy profesionales.
—Profesionales —repetí, y sonó a chiste. Todos soltaron una risa nerviosa.
—¿Y cómo se sintieron? —preguntó Renata, mirándonos a cada uno.
Mi mamá tomó un sorbo de café. —Rara, al principio. Pero después… liberadora. Es raro decirlo, pero sentí que estaba bien. Que estábamos todos bien.
Mi papá asintió. —Sí. Fue raro, pero no malo. —Me miró—. Tú parecías nervioso, Gael.
—Estaba nervioso —admití—. Pero también… interesado.
Renata sonrió. —Interesado es bueno. Significa que hay material para explorar.
Mamá nos miró a papá y a mí. —¿Y ustedes dos? ¿Cómo se sintieron posando juntos?
Mi padre y yo intercambiamos una mirada. Fue la primera vez que nos miramos directamente desde que nos habíamos parado desnudos frente a frente. Había algo nuevo entre nosotros, un reconocimiento.
—Fue extraño —dijo papá—. Pero también… natural. Como si siempre hubiera sido así.
—Sí —dije yo, y era verdad. En ese momento, parados desnudos, no éramos padre e hijo. Éramos dos hombres, mostrándonos sin barreras.
Renata observaba el intercambio con una sonrisa satisfecha. —Bueno, esto es solo el comienzo. Tengo ideas para más sesiones. Más… atrevidas.
—¿Más atrevidas cómo? —preguntó mamá, arqueando una ceja.
—Ya veremos —dijo Renata, evasiva—. Por ahora, disfruten el café.
Terminamos el café en silencio, pero la tensión no se disipó. Era como si una línea hubiera sido cruzada, y ahora estábamos en un territorio nuevo, sin mapa.
Esa noche, no pude dormir. Las imágenes se repetían en mi cabeza: las tetas de mamá cayendo libres, la panocha lisa de Renata, la verga gruesa de papá rozando el culo de mi madre. Y mi propia verga, dura como piedra, anhelando un contacto que no se había dado. Me masturbé dos veces en mi cuarto, pensando en mamá sobre mí, en Renata mirándome, en papá parado frente a mí. Cada vez que me venía, la sensación era intensa pero insatisfactoria. Quería más.
Después de la segunda vez, todavía agitado, bajé a la cocina por un vaso de agua. La casa estaba en silencio, solo la luz de la luna entraba por las ventanas. Eran las tres de la mañana.
Al pasar por la sala, vi un movimiento. Había alguien en el sillón.
Era Renata. Estaba sentada, con las piernas abiertas, la espalda recostada. Y tenía una mano entre sus piernas, moviéndose con suavidad, pero con determinación. Se estaba masturbando. A la luz de la luna, su cuerpo parecía de porcelana. Solo traía una playera larga que le llegaba a mitad de los muslos. La tela estaba subida, y pude ver su entrepierna desnuda. Sus tetas se levantaban con cada respiración, sus pezones duros marcando la tela de la playera. Su otra mano acariciaba su propio cuello.
Me detuve en seco, escondido en la sombra del pasillo. No podía apartar la vista. Ella gimió suavemente, un sonido que me llegó directo a la entrepierna. Mi verga, ya sensible de antes, se puso dura al instante, presionando contra el pantalón de la pijama.
Renata abrió los ojos y me miró directamente. No se detuvo. No se cubrió. Sus dedos siguieron moviéndose sobre su panocha, que brillaba húmeda a la luz de la luna. Su mirada me sostenía, desafiante, provocadora.
—¿Te gusta ver cómo me toco, hermano? —preguntó, su voz baja pero clara en el silencio. La palabra “hermano” la pronunció con una cadencia deliberada, como un recordatorio y una provocación al mismo tiempo.
Me quedé paralizado, sin saber si avanzar, retroceder o decir algo. Mi corazón latía tan fuerte que temía que ella lo escuchara.
Ella sonrió, un gesto lento y cargado. Sus dedos se movían más rápido ahora, haciendo ruidos húmedos que llenaban el silencio.
—¿Y si en la próxima sesión, te tomo fotos a ti y a mamá en una pose más… íntima? —propuso, sin dejar de tocarse—. A ver qué pasa. Podría ser… ella sentada en tu cara, y tú debajo, lamiéndola. O tú detrás de ella, metiéndosela por el culo. ¿Qué te parece?
Sus palabras eran obscenas, directas. Me sacudieron. Mi verga palpitó. Tragué saliva.
—Renata… —logré decir, pero mi voz sonó quebrada.
—¿Sí? —respondió ella, jadeando un poco—. ¿No te gusta la idea? Porque a mí me encantaría ver eso. Y estoy segura de que a mamá también. Y a papá… bueno, a él le gusta mirar. Lo noté hoy.
Sus dedos se aceleraron. Su cuerpo se tensó. Sus piernas se estiraron, los dedos de los pies se crisparon. Un gemido más fuerte escapó de sus labios, y luego un suspiro largo y tembloroso. Se había venido. Justo frente a mí, sin avergonzarse.
Quedó recostada en el sillón, respirando pesadamente, sus ojos aún fijos en mí. Su panocha seguía brillando, abierta, expuesta.
—Bueno —dijo, recuperando el aliento—. Entonces piénsalo bien. Porque esto apenas empieza. Y la próxima sesión… va a ser mucho más caliente.
Se levantó, se bajó la playera para cubrirse, y pasó junto a mí en el pasillo. Al pasar, su mano rozó mi verga dura a través de mi pijama. Fue un roce deliberado, ligero pero eléctrico.
—Buenas noches, hermano —susurró, y subió las escaleras hacia su cuarto.
Yo me quedé ahí, temblando, con mi verga palpitando y mi mente en caos. Miré hacia la sala vacía, luego hacia las escaleras por donde había desaparecido Renata. El silencio de la casa ahora parecía cargado de promesas sucias, de posibilidades que antes eran impensables.
Y supe, con una certeza que me heló y me calentó al mismo tiempo, que nada volvería a ser igual.
………………………….. Continúa en capítulo 2 ………………………………..