Capítulo 6

Esa noche María llegó del trabajo como a las 4:20 de la mañana. Estaba cansada, pero se notaba algo raro en su cara. Se quitó los zapatos en la entrada, me miró un segundo y se fue directo a la recámara sin decir mucho. Yo ya estaba acostado, fingiendo que dormía, aunque el corazón me latía fuerte. Todavía olía a sexo en el aire de la casa. El olor de Dariana y el mío estaba fresco en las sábanas.

María se cambió en silencio, se metió a la cama y se quedó quieta un buen rato. Luego se movió. La escuché oler las sábanas cerca de donde yo estaba. Después volvió a oler, más abajo, cerca de mi cintura. Se quedó callada otro momento y finalmente habló bajito:

—Daniel… despierta. Tenemos que hablar.

Me di la vuelta. Ella estaba sentada en la cama, solo con el sostén y las bragas puestas. Me miró directo a los ojos.

—Llevo días oliendo algo en la cama —dijo sin rodeos—. Anoche cuando llegué olí sexo. Fresco. No era solo mío. Y hoy… otra vez. No soy tonta. Sé que me estás engañando.

Mi estómago se apretó. Intenté decir algo, pero ella levantó la mano.

—No me mientas. Lo sé. Y no vine a pelear. Vine a ser sincera también.

Se quedó callada un segundo, mirando sus manos.

—En el bar me pasa algo —continuó—. Hay clientes que me ofrecen dinero. Bastante. Me dicen que visto provocativa, que les gusto, que si quiero pasar la noche con ellos después del turno. He estado tentada, la verdad. El dinero ayudaría mucho y… a veces me imagino cómo sería. Pero nunca lo he aceptado. Por respeto a ti, a lo nuestro.

Me miró otra vez.

—Ahora que sé que me estás engañando… ya no quiero seguir fingiendo. Estoy dispuesta a soportarlo. A no hacerte drama. Pero a cambio quiero algo: dame permiso para aceptar cuando un cliente me guste. Si me ofrece dinero y me prende, quiero poder coger con él. Al fin y al cabo es un bar, yo siempre me visto así de provocativa… y tú ya estás haciendo lo tuyo. Es justo, ¿no?

Me quedé en shock. Ella no estaba enojada. Estaba… calmada. Casi práctica.

—¿Estás segura de lo que estás diciendo? —pregunté con la voz ronca.

—Totalmente —contestó. Se acercó más—. No quiero que dejes de hacer lo tuyo. Solo quiero el mismo derecho. ¿Trato?

Tragué saliva. La idea me estaba prendiendo de una forma que no esperaba.

—Trato —dije.

Una sonrisa lenta apareció en su cara. Se levantó, me tomó de la mano y me llevó a la cama.

—Entonces esta noche vamos a sellar el trato —susurró.

Nos besamos con hambre. Ella me empujó sobre la cama, se quitó el sostén y se montó encima de mí. Empezamos a quitarnos la ropa rápido. Cuando me bajó el pantalón y vio mi verga dura, pasó la mano por ella despacio.

—Imagínate que estás cogiendo a esa perra que te estás cogiendo —me dijo mientras me acariciaba—. La que te gusta tanto. Imagínate que le estás metiendo la verga mientras me estás dando a mí.

Se subió encima, se bajó las bragas y se sentó sobre mi verga. Estaba mojada. Muy mojada. Se dejó caer despacio, gimiendo cuando me sintió entrar en su vagina.

—Joder… así… —gimió—. Ahora imagínatela. Imagínate que le estás dando duro a esa perra en nuestra cama… en la misma cama donde duermo yo. ¿Te prende cogértela donde yo pongo la cabeza todas las noches?

—Sí… —respondí entre dientes.

María empezó a moverse arriba y abajo, despacio al principio. Sus tetas rozaban mi pecho y me miraba fijo.

—Me molesta que lo hagas aquí —dijo con la voz entre ronca y seria—. Me da rabia pensar que otra mujer está ocupando mi lugar en nuestra casa, en nuestra cama. No sé por qué Dariana no se da cuenta… o si está solapando lo que estás haciendo. Pero también… joder, también me prende. Me prende mucho imaginar que cuando yo no estoy, otra mujer te está calentando la cama.

Se inclinó más hacia mí y siguió moviéndose, cada vez más rápido.

—Dime cómo le das a esa perra —exigió, mirándome con los ojos entrecerrados—. ¿La pones en cuatro como a mí? ¿Le metes la verga hasta el fondo y le haces venir gritando?

—Sí… la pongo en cuatro… le doy hasta que se le doblan las piernas…

María gimió más fuerte y se apretó alrededor de mi verga.

—Imagínatela ahora mismo… imagínate que esa perra está aquí, en nuestra cama, y tú le estás rompiendo la vagina mientras yo te estoy montando. ¿Te gusta? ¿Te prende cogerte a otra mientras me coges a mí?

—Sí… me prende un chingo —admití, agarrándola fuerte de las caderas.

Ella se bajó del todo y empezó a hablar más sucio, más rápido:

—Piensa en ella… en cómo le estás dando… en cómo le estás llenando la vagina de leche mientras me estás llenando a mí. Imagínate que esa perra está gozando en mi cama… que está oliendo mis sábanas mientras tú le metes la verga.

Me estaba volviendo loco. Cada palabra suya me prendía más. Ella lo notó y siguió:

—No sé quién carajos es esa perra… pero me excita imaginar que te la estás cogiendo cuando yo no estoy. Que ocupa mi lugar. Me molesta… pero también me moja la vagina solo de pensarlo.

Se inclinó hasta que su boca quedó pegada a mi oído y susurró con voz sucia:

—Ahora córrete… acábate adentro de mí mientras imaginas que le estás dando a esa perra. Imagínate que estás vaciando toda tu leche en su vagina… pero en realidad me la estás dando a mí.

No aguanté más. La agarré fuerte de las caderas y empecé a subir y bajar con fuerza, follandola desde abajo mientras ella seguía susurrándome al oído:

—Imagínatela… imagínatela gozando… imagínatela ocupando mi lugar… córrete pensando en esa perra que te estás cogiendo a mis espaldas…

Me vine con todo, empujando hasta el fondo, llenando su vagina mientras ella se contraía y se venía conmigo, gimiendo fuerte contra mi cuello.

Nos quedamos así un rato, pegados, sudados, respirando agitados. María todavía me tenía clavado dentro y seguía moviendo las caderas despacio.

Después de un momento me miró a los ojos y sonrió con esa misma mezcla de molestia y excitación.

—Ahora sí… el trato está sellado —susurró, todavía con la respiración agitada—. Tú haces lo tuyo… y yo hago lo mío. Sin dramas.

Me quedé callado, abrazándola. Mi verga todavía dentro de ella, sintiendo cómo se le escapaba un poco de mi semen.

Esa noche nos dormimos así. Ella con una sonrisa tranquila en la cara. Yo con la cabeza llena de imágenes que ella misma había puesto ahí… y con la sensación de que algo había cambiado para siempre.

La hija de mi mujer

La hija de mi mujer V