—Oye… mañana mi mamá también trabaja.
Lo dijo como si fuera un dato cualquiera. Pero ambos sabíamos que no lo era.
La levanté del suelo. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, con los tacones blancos todavía puestos. La cargué hacia el pasillo, besándola sin parar, mientras el vestido blanco se le subía hasta la cadera.
Cuando se lo saqué, lo tiré al suelo. Y entonces la vi.
Su vagina estaba completamente depilada. Rosadita, hinchada, brillando de lo mojada que ya estaba. Los labios se le veían suaves y perfectos, y su clítoris asomaba un poco, hinchado.