Capítulo 4

No estaba completamente dormido cuando escuché la llave en la puerta.

Habíamos terminado hacía menos de una hora. Dariana se había quedado un rato conmigo, abrazada, todavía con el vestido blanco arrugado y los tacones puestos. Después se levantó, me dio un beso largo y se fue a su recámara. Yo me quedé acostado un rato más, con el cuerpo todavía caliente y el olor a sexo todavía en el aire.

Me dormí a medias. Hasta que escuché que la puerta principal se abría.

María llegó como siempre, en silencio. La escuché dejar las llaves, quitarse los zapatos y caminar descalza por el pasillo. La puerta de nuestra recámara se abrió despacio. Entró, cerró detrás de ella y se quedó parada un momento en la oscuridad.

Yo fingí que seguía dormido. Tenía la espalda vuelta hacia ella.

La escuché quitarse la ropa. El sonido de la blusa y la falda cayendo al suelo. Luego sentí cómo se metía a la cama, despacio, con cuidado de no despertarme.

En cuanto se acostó, noté el cambio.

Se quedó completamente quieta. Demasiado quieta.

Pasaron varios segundos. Luego la sentí moverse un poco. Escuché cómo olía las sábanas, cerca de donde yo estaba. Un movimiento sutil, como si estuviera buscando algo. Después volvió a oler, más cerca de la almohada.

Mi corazón empezó a latir más fuerte.

“Se dio cuenta”, pensé.

María se quedó callada otro rato. Luego la sentí girarse hacia mí. Noté cómo se acercaba un poco más y volvía a oler las sábanas, esta vez más cerca de mi cintura. El movimiento fue lento, casi disimulado.

Me quedé completamente inmóvil. Respirando como si estuviera dormido.

Ella se recostó de nuevo. Escuché su respiración. Estaba más agitada de lo normal. No decía nada, pero podía sentir la tensión en su cuerpo, aunque no nos estuviéramos tocando.

Pasaron varios minutos así. En silencio.

En un momento, extendió la mano y me tocó la espalda. Fue un toque suave, casi inseguro. Se quedó así un rato, con la mano sobre mí, como si estuviera pensando.

Yo seguía con los ojos cerrados, pero por dentro estaba completamente alerta.

“¿Se habrá dado cuenta de verdad?”, me preguntaba. “¿O solo le parece raro el olor?”

María retiró la mano. Volvió a moverse un poco en la cama. Escuché cómo olía de nuevo las sábanas, esta vez más abajo, cerca de donde habíamos estado. El movimiento fue más evidente esta vez.

Mi estómago se apretó.

Sabía que el olor estaba ahí. El de Dariana y el mío. El de sudor, de piel, de semen. No era un olor sutil. Y María lo estaba buscando.

Se quedó callada otro largo rato. Podía sentir que no se había dormido. Su respiración no era la de alguien que está relajado.

En un momento, volvió a tocarme la espalda. Esta vez su mano se quedó ahí más tiempo. No era un caricia normal. Era… distinta. Como si estuviera tratando de confirmar algo.

Yo no me moví. No abrí los ojos. Solo respiré lento, como si estuviera profundamente dormido.

María se quedó así varios minutos más. En un momento retiró la mano y se dio la vuelta, dándome la espalda. Pero noté que no se acomodó del todo. Seguía inquieta.

Escuché cómo suspiraba bajito. Un suspiro largo, pesado.

Me quedé quieto, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho. Sabía que ella había notado algo. No sabía cuánto, pero algo había sentido. El olor estaba demasiado fresco, demasiado presente.

Dariana estaba en su recámara. Probablemente tampoco dormida. Seguramente también estaba pensando en lo que acababa de pasar.

Y María, a mi lado, seguía sin dormirse. Podía sentir su tensión. Podía sentir cómo de vez en cuando movía las sábanas, como si siguiera oliendo.

No dijo nada. No me despertó. No preguntó.

Pero yo sabía que algo había cambiado.

Y lo que más me preocupaba… era no saber si lo que ella había sentido le había parecido solo raro… o si le había parecido algo más.

La hija de mi mujer

El vestido blanco