Capítulo 2
Su teléfono empezó a vibrar, pero por obvias razones fue ignorado. Cerré la puerta de la recámara con el pie y la recargué contra ella. Dariana me rodeó el cuello con los brazos y me besó con hambre, como si llevara años conteniéndose. El vestido blanco ya estaba completamente subido hasta su cintura. Mis manos bajaron directo a su culo y la apreté contra mí mientras mi lengua se metía en su boca.
—Daniel… —gimió contra mis labios.
La cargué hasta la cama y la dejé caer sobre el colchón. Ella se quedó ahí, respirando agitada, con las piernas abiertas y los tacones blancos todavía puestos. El vestido se le había subido tanto que se le veía el calzón blanco de encaje.
Me arrodillé al borde de la cama, le agarré las piernas y se las abrí más. Dariana se mordió el labio inferior, mirándome con los ojos brillantes.
—Quítamelo… —suplicó bajito.
Le bajé el calzón despacio, pasando la tela por sus muslos blancos y por los tacones. Cuando se lo saqué, lo tiré al suelo. Y entonces la vi.
Su vagina estaba completamente depilada. Rosadita, hinchada, brillando de lo mojada que ya estaba. Los labios se le veían suaves y perfectos, y su clítoris asomaba un poco, hinchado.
—Joder, Dariana… —susurré, casi sin voz.
Me incliné y le di un beso directo en la cosita. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Empecé a lamerla despacio, con la lengua plana, subiendo desde abajo hasta su clítoris. Su sabor era dulce, limpio, y estaba tan mojada que mi barbilla se humedeció rápido.
—Ahhh… Daniel… —gimió, agarrándome el cabello con las dos manos.
Le abrí más los labios con los dedos y le metí la lengua dentro. Dariana soltó un gritito y apretó mis mechones. La lamí con ganas, lento pero profundo, saboreándola. Luego subí y empecé a chuparle el clítoris, suave al principio, después con más fuerza.
—Joder… así… no pares… —rogó, con la voz entrecortada.
Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba tan apretada y tan caliente que casi me vengo solo de sentirla. Empecé a mover los dedos dentro de ella, curvándolos, buscando ese punto que la hiciera perderse. Dariana empezó a mover las caderas contra mi cara, cogiéndose mi lengua y mis dedos.
—Daniel… me voy a venir… me voy a venir… —advirtió, casi llorando de placer.
Aceleré los movimientos de mi lengua y de mis dedos. Dariana se arqueó violentamente en la cama, abrió la boca en un grito silencioso y se vino. Su sexo se contrajo alrededor de mis dedos y un chorro caliente me salpicó la barbilla. Siguió viniéndose, temblando, mientras yo seguía lamiéndola sin parar.
Cuando por fin se relajó, estaba respirando como si hubiera corrido una maratón. La miré desde abajo. Tenía las mejillas rojas, los labios entreabiertos y los ojos vidriosos.
—Ven aquí… —me pidió con la voz ronca.
Me levanté, me quité la playera y el pantalón. Mi verga saltó dura, gruesa y con la cabeza brillante de precum. Dariana me miró y se lamió los labios.
—Quiero sentirte adentro… sin nada —dijo.
Me subí a la cama, me coloqué entre sus piernas y restregué la cabeza de mi verga contra su entrepierna mojada. Estaba tan resbaladiza que casi me resbalo dentro.
—Dariana… —advertí una última vez.
—Cógeme —me cortó, mirándome directo a los ojos—. Cógeme y acábate adentro. Quiero sentirte todo.
No esperé más.
Empujé despacio. Su vagina era increíblemente apretada y caliente. Centímetro a centímetro fui entrando hasta que estuve completamente dentro. Dariana echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y gutural.
—Estás tan grande… —susurró, con la voz rota.
Empezé a moverme. Al principio despacio, profundo, disfrutando de cómo se sentía su sexo apretándome. Luego fui subiendo el ritmo. Dariana me rodeó la cintura con las piernas (los tacones todavía puestos) y me jaló más contra ella.
—Más fuerte… —pidió—. Cógeme más fuerte.
Le di más duro. El sonido de piel contra piel llenaba la recámara. Cada embestida la hacía gemir más alto. En un momento la volteé en cuatro, le levanté el vestido blanco hasta la cintura y volví a metérsela de un solo empujón. Dariana gritó contra la almohada.
La cogí así un rato, agarrándola fuerte de las caderas, viendo cómo mi verga entraba y salía de su cosita rosadita y brillante. Luego la volteé de nuevo, la puse boca arriba y seguí dándole, mirándola a la cara.
—Te voy a hacer venirte otra vez —le dije entre embestidas.
—Sí… hazme venir… —rogó ella.
Le metí la mano entre los dos y empecé a frotarle el clítoris mientras la cogía. Dariana se vino otra vez, más fuerte que la primera. Su vagina se apretó tanto alrededor de mi verga que casi me saca. Siguió viniéndose, temblando, mientras yo no paraba de cogérsela.
La puse de lado, me acurruqué detrás de ella y volví a metérsela. En esta posición podía besarle el cuello y tocarle los pechos al mismo tiempo. Dariana gemía sin control, empujando su culo contra mí para que le diera más profundo.
—Daniel… me voy a venir otra vez… no pares… por favor no pares…
Se vino por tercera vez. Esta vez casi gritando. Yo ya no podía más. Su sexo me estaba exprimiendo, caliente, mojada, apretada. Sentí cómo se me subían las ganas.
—Voy a acabar… —advertí, mordiéndole el hombro.
—Adentro… acábate adentro… —me suplicó.
Empujé hasta el fondo y me vine. Fuerte. Sentí cómo salían chorros y chorros de semen directo dentro de su vagina. Dariana se apretó alrededor de mí, como queriendo sacarme hasta la última gota. Me quedé dentro de ella, temblando, vaciándome completamente.
Cuando por fin me salí, un hilo blanco de semen se le escapó de la entrepierna y le bajó por el muslo blanco.
Dariana se dio la vuelta, me miró y me besó lento, profundo. Tenía la cara roja, el cabello revuelto y los ojos brillantes.
—Llevaba tanto tiempo queriendo esto… —susurró contra mis labios.
La abracé contra mí. Su vestido blanco estaba arrugado hasta la cintura, los tacones todavía puestos, y mi semen se le seguía saliendo lentamente de su sexo.
Nos quedamos así, respirando agitados, sudados, en silencio.