Capítulo 1
Llevo casi tres años con María. No es una relación perfecta, pero es cómoda. Nos conocemos bien, nos llevamos bien la mayor parte del tiempo y, aunque ya no tenemos esa pasión de los primeros meses, hay respeto y cariño. Ella tiene 38 años, yo 45. Soy maestro de bachillerato, pero como estamos en vacaciones de verano, tengo las mañanas y las tardes libres. Vivimos juntos en un departamento de dos recámaras desde hace año y medio.
María trabaja de mesera en un bar que se llama El Refugio. Es un lugar que abre hasta las 3 de la mañana, a veces más tarde los fines de semana. Su turno es de jueves a domingo, de 8 de la noche a 3 o 4 de la mañana. Los otros días descansa o hace turnos cortos. El sueldo no es gran cosa, pero las propinas ayudan bastante, y ella dice que le gusta el ambiente. A mí nunca me ha gustado del todo que trabaje hasta tan tarde, pero aprendí a no decir nada. Es su decisión.
Lo que sí me gusta es que, cuando ella sale por las noches, la casa se queda en silencio. Y en ese silencio aparece Dariana.
Dariana tiene 22 años. Es hija de María de una relación anterior. Vive con nosotros desde hace casi dos años, desde que terminó la universidad y no encontraba trabajo estable. Es delgada, de piel blanca, con el cabello largo y oscuro que siempre lleva suelto o en una coleta baja. Tiene una forma de hablar que a veces parece más de niña que de mujer adulta: rápida, un poco ansiosa, como si le costara quedarse callada. Y tiene insomnio grave. Casi todas las noches se queda despierta hasta las 3 o 4 de la mañana.
Al principio, cuando empezó a quedarse despierta, yo intentaba dormir. Pero un día, como a las 2 de la mañana, la escuché en la cocina. Fui a ver qué pasaba y la encontré preparando té. Desde entonces, casi todas las noches que María trabaja, Dariana y yo terminamos sentados en la sala o en la cocina, hablando hasta tarde.
Esa noche era jueves. María ya se había ido a las 7:40, como siempre. Yo estaba viendo televisión sin prestarle mucha atención cuando escuché pasos suaves detrás de mí.
—¿Ya se fue mi mamá? —preguntó Dariana desde el pasillo.
Volteé. Traía puesto un short corto de algodón y una playera holgada que le llegaba a mitad del muslo. El cabello lo tenía suelto y un poco revuelto, como si hubiera estado tratando de dormir sin éxito. Su piel se veía pálida bajo la luz tenue de la sala.
—Sí, salió hace rato —contesté—. ¿Otra vez no puedes dormir?
Negó con la cabeza y se rascó la pierna con el pie.
—Llevo como dos horas dando vueltas en la cama. Ya me harté.
Se acercó y se dejó caer en el sillón de enfrente, cruzando las piernas. Yo apagué la televisión con el control.
—¿Quieres té? —le ofrecí.
—Nah. Ya me lo tomé hace rato. Solo… no sé. Me aburro.
Sonreí un poco.
—Pues aquí andamos los dos aburridos entonces.
Dariana rio bajito y se recargó en el respaldo del sillón. Se quedó callada unos segundos, mirando el techo.
—¿Sabes qué es lo más cabrón del insomnio? —dijo de repente—. Que tienes mucho tiempo para pensar en cosas que no quieres pensar.
—¿Como qué?
Se encogió de hombros.
—No sé. En todo. En que no tengo trabajo estable, en que todavía vivo con mi mamá y su novio, en que no sé qué estoy haciendo con mi vida… cosas así.
La miré. Tenía la cara seria, pero no triste exactamente. Más como resignada.
—Todavía eres muy joven —le dije—. Tienes tiempo de sobra para resolver todo eso.
Dariana volteó a verme y sonrió de lado.
—Dices eso porque ya eres viejo.
Me reí.
—Tengo 45, no 70.
—Para mí ya eres viejo —dijo, todavía sonriendo—. Pero bueno, viejo sabio, ¿tú qué harías si tuvieras 22 años otra vez y no supieras qué chingados hacer con tu vida?
Pensé un momento.
—Probablemente cometería los mismos errores que cometí a los 22 —contesté—. A veces hay que equivocarse para aprender.
Dariana se quedó callada, mirándome. Tenía una forma de sostener la mirada que a veces me ponía un poco nervioso. No era coqueta, no exactamente. Era solo… directa. Como si estuviera tratando de leer algo en mi cara.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Te equivocaste mucho cuando tenías mi edad?
—Bastante —admití.
—¿Y ahora estás bien?
La pregunta me tomó un poco desprevenido. Me recargué en el sillón y suspiré.
—Estoy… cómodo —respondí después de unos segundos—. No es una vida emocionante, pero es estable. Y estabilidad no es algo que se deba despreciar.
Dariana asintió despacio, como si estuviera procesando mis palabras.
—Mi mamá dice que tú eres de los hombres que no se complican —comentó—. Que eres tranquilo.
Sonreí sin ganas.
—Tu mamá me conoce bien.
Se hizo otro silencio. Esta vez más largo. Dariana jugaba con un hilo suelto de su short, enrollándolo en el dedo.
—Oye… —dijo de pronto, sin levantar la vista—. ¿Tú crees que mi mamá es feliz?
La pregunta me sorprendió. La miré, tratando de leer su expresión, pero tenía la cara baja.
—¿Por qué me preguntas eso? —dije con cuidado.
Dariana se encogió de hombros.
—No sé. A veces la veo cansada. O distraída. Como si estuviera en otro lado aunque esté aquí. Y como ahora sale casi todas las noches…
—Es su trabajo —contesté, quizás un poco más seco de lo que pretendía.
—Lo sé —dijo ella rápido—. No estoy diciendo nada malo. Solo… a veces me pregunto si es lo que realmente quiere o si lo hace porque necesita el dinero.
No supe qué contestar. Porque yo también me había hecho esa pregunta varias veces.
Dariana levantó la vista y me miró directamente.
—Perdón. A lo mejor no debería preguntarte eso.
—No pasa nada —le dije—. Es normal que te preocupes por tu mamá.
Volvió a quedarse callada, pero esta vez su mirada se quedó un poco más tiempo en mí. Después sonrió, como queriendo cambiar el tema.
—Cambiemos de conversación antes de que me pongas a llorar de la depresión —bromeó—. Cuéntame algo bueno. ¿Qué hacías cuando tenías 22 años y eras libre?
Me reí bajito.
—Trabajaba en una constructora y salía mucho de fiesta. Muy cliché.
—¿Y tenías muchas novias?
—Algunas.
Dariana arqueó una ceja, divertida.
—¿Algunas o muchas?
—Suficientes —contesté, sonriendo.
Ella rio y negó con la cabeza.
—Los hombres siempre dicen “suficientes” cuando en realidad fueron un chingo.
Nos quedamos platicando casi dos horas más. De todo y de nada. De música, de series, de lo mucho que odiaba su antiguo trabajo en una cafetería, de lo que quería estudiar después. Dariana hablaba mucho cuando se sentía cómoda, y esa noche parecía especialmente hablador.
Cerca de las 3:40 de la mañana, bostezó por tercera vez seguida y se levantó del sillón.
—Ya me voy a rendir —dijo—. A lo mejor si me acuesto ahora sí logro dormir un rato.
—Descansa —le contesté.
Dariana caminó hacia el pasillo, pero antes de entrar a su cuarto se detuvo y volteó.
—Oye, Daniel…
—¿Qué?
—Gracias por platicar conmigo. En serio. A veces me siento bien sola en las noches y… bueno. Gracias.
—No hay de qué —respondí.
Ella sonrió, suave, y desapareció por el pasillo.
Me quedé solo en la sala un rato más, con la televisión apagada y la casa en silencio. Pensé en María, que probablemente todavía estaba sirviendo mesas en el bar. Pensé en lo cansado que se veía a veces cuando llegaba a las 4 de la mañana. Y luego, sin querer, pensé en Dariana. En cómo se había sentado, en cómo me había mirado mientras hablaba, en esa forma que tenía de quedarse callada de repente y sostenerme la mirada como si estuviera esperando algo.
Me levanté, apagué la luz y me fui a la recámara.
María llegaría en una hora más o menos. Yo ya estaría dormido, o fingiendo estarlo.
Y Dariana, probablemente, seguiría despierta en su cuarto, dando vueltas en la cama.
Pasaron tres días sin que volviéramos a quedarnos solos hasta tarde.
María tuvo dos días libres seguidos, y aunque me gustaba tenerla en casa, extrañaba un poco el silencio de la noche y las pláticas con Dariana. El viernes por la mañana, mientras desayunábamos los tres, María anunció que le habían cambiado el turno y que ese día le tocaba trabajar. Dariana y yo nos miramos de reojo por encima de la mesa, pero ninguno dijo nada.
Esa noche, como a las 11:40, escuché que la puerta de la recámara de Dariana se abría. Salí de la mía y la encontré en la cocina, otra vez con la misma playera holgada y el short corto. Esta vez traía los pies descalzos y el cabello recogido en una cola alta que le dejaba el cuello descubierto.
—¿Otra vez? —pregunté desde la puerta.
Ella volteó y sonrió. Tenía ojeras, pero no parecía cansada. Más bien parecía… contenta de verme.
—Otra vez —contestó—. Ya ni me molesto en intentar dormir. ¿Quieres té?
—Pásame uno.
Nos sentamos en la sala, cada quien en su sillón de siempre. Esta vez, sin embargo, Dariana no se quedó en el suyo mucho tiempo. Después de unos minutos, se levantó y se vino a sentar en el mismo sillón que yo, aunque dejando un espacio respetable entre los dos. El sillón era grande, pero no tanto.
—Tu mamá ya se fue —dije, más por decir algo.
—Ajá. Salió hace rato. Dijo que hoy había mucho movimiento en el bar.
Asentí. Me quedé callado un momento, mirando la televisión apagada.
—¿Y tú? —preguntó ella después de un rato—. ¿Cómo llevas las vacaciones? ¿Ya te estás aburriendo de no hacer nada?
Sonreí de lado.
—Un poco. Estoy acostumbrado a levantarme temprano todos los días. Ahora me despierto a las 10 y no sé qué hacer con tanto tiempo libre.
Dariana giró un poco el cuerpo hacia mí, apoyando el codo en el respaldo del sillón.
—Podrías aprovechar para hacer cosas que siempre quisiste hacer y nunca tenías tiempo —dijo.
—¿Como qué?
—No sé… viajar, leer, aprender algo nuevo, salir con alguien… lo que sea.
La miré. Tenía la cara seria, pero había algo en su tono que no era casual.
—No estoy en edad de “salir con alguien” como si fuera fácil —contesté, tratando de sonar relajado.
Dariana arqueó una ceja.
—¿Por qué no? Tienes 45, no 80. Y no estás feo.
Me reí, un poco incómodo.
—Gracias por el cumplido, pero no es tan simple.
—¿Por qué no? —insistió ella, mirándome directo a los ojos—. ¿Porque estás con mi mamá?
La pregunta quedó flotando en el aire. Me quedé callado unos segundos. Dariana no apartó la mirada.
—Sí —respondí por fin—. Porque estoy con tu mamá.
Ella asintió despacio, pero no se veía convencida.
—Y si no estuvieras con ella… —dijo bajito—, ¿te gustaría salir con alguien?
Tragué saliva. El ambiente había cambiado. Ya no era una plática casual de insomnio.
—Depende de con quién —contesté, también en voz baja.
Dariana se mordió el labio inferior un segundo, como si estuviera decidiendo si seguir o no. Después sonrió, pero esta vez la sonrisa fue más pequeña, más íntima.
—Qué respuesta tan de maestro —bromeó, pero su voz salió más suave de lo normal.
Nos quedamos callados. Esta vez el silencio pesaba diferente. Yo podía sentir el calor de su pierna cerca de la mía, aunque no nos tocábamos. Su perfume —algo dulce y fresco— llegaba hasta mí cada vez que se movía.
Dariana bajó la vista un momento y luego la levantó otra vez.
—Oye… ¿puedo preguntarte algo personal?
—Depende de qué tan personal sea.
Ella dudó un segundo.
—¿Tú y mi mamá… todavía tienen sexo?
La pregunta me tomó completamente desprevenido. Me quedé congelado unos segundos.
—Dariana… —empecé, incómodo.
—Perdón —dijo rápido, poniéndose roja—. Fue muy metiche. Olvídalo.
—No, está bien —contesté después de un momento—. Solo me sorprendió. ¿Por qué me preguntas eso?
Se encogió de hombros, todavía un poco avergonzada.
—No sé. A veces escucho cosas. Otras veces… no escucho nada. Y como ella sale tanto… no sé. Curiosidad tonta.
Suspiré.
—Las cosas entre tu mamá y yo están… estables. No es como antes, pero seguimos juntos.
Dariana asintió. Se quedó callada otro rato, jugando con la manga de su playera.
—Yo nunca he tenido novio de verdad —dijo de repente, sin mirarme—. Solo cosas tontas en la universidad. Nada serio.
—¿Por qué me cuentas eso?
—Porque a veces siento que me estoy quedando atrás. Todas mis amigas ya han tenido relaciones largas, han viajado con sus novios, han vivido cosas… y yo sigo aquí, en la casa de mi mamá, sin poder dormir y platicando con su novio a las 3 de la mañana.
La miré. Por primera vez desde que la conocía, parecía realmente vulnerable.
—No estás atrás de nadie —le dije con suavidad—. Cada quien tiene su ritmo.
Dariana levantó la vista. Esta vez su mirada se quedó en la mía más tiempo del necesario. Demasiado tiempo. Sentí cómo el aire se ponía más denso entre los dos.
—Daniel… —dijo mi nombre bajito, casi como probándolo.
—¿Qué?
—¿Tú alguna vez has deseado a alguien que no deberías desear?
Mi corazón se aceleró. Sabía exactamente a qué se refería. Y ella también lo sabía.
Tragué saliva.
—Todos hemos deseado algo que no deberíamos en algún momento —contesté con cuidado.
Dariana inclinó un poco la cabeza. Su mirada bajó un segundo a mis labios y luego volvió a mis ojos. El movimiento fue tan sutil que casi no lo noté, pero lo noté.
—Y… ¿qué hiciste cuando te pasó? —preguntó.
—Traté de controlarlo —respondí—. De no hacer nada.
Ella asintió muy despacio. Por un segundo pensé que se iba a acercar más. Pensé que iba a pasar algo. Mi cuerpo se tensó entero.
Pero Dariana solo sonrió, suave, y se recargó hacia atrás en el sillón, rompiendo el momento.
—Eres muy bueno siendo correcto —dijo, casi en un susurro.
No supe qué contestar. Porque en ese momento, lo último que quería ser era correcto.
Se levantó del sillón y se estiró. La playera se le subió un poco y dejó ver un pedazo de piel blanca en su cintura.
—Ya me voy a mi cuarto —anunció—. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
Se quedó parada frente a mí un segundo más. Me miró de arriba abajo, sin disimulo. Luego sonrió de nuevo, esta vez con algo de picardía.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Dariana.
Se dio la vuelta y caminó hacia el pasillo. Antes de entrar a su recámara, se detuvo y volteó una última vez.
—Oye… mañana mi mamá también trabaja.
Lo dijo como si fuera un dato cualquiera. Pero ambos sabíamos que no lo era.
Desapareció por el pasillo.
Me quedé solo en la sala, con el corazón latiéndome fuerte y la verga medio dura dentro del pantalón del pijama. Me pasé las manos por la cara y solté el aire que había estado conteniendo.
“Traté de controlarlo”, le había dicho.
Pero en ese momento, controlarme era lo último que quería hacer.