Capítulo 1
- El mirón y mi familia incestuosa II
- El mirón y mi familia incestuosa I
Capítulo 2: Confesiones y Primeros Besos
La mañana después de la sesión de fotos desperté con el cuerpo pesado y la mente nublada. Había dormido mal, atormentado por imágenes de mi madre desnuda, de mi hermana masturbándose frente a mí, de mi padre parado con su verga semierecta frente a la mía. Me levanté y me di una ducha fría, tratando de bajar la erección matutina que parecía más intensa que de costumbre. El agua helada ayudó un poco, pero no pudo lavar la sensación de que algo fundamental había cambiado.
Bajé a desayunar. Mi madre ya estaba en la cocina, preparando café. Llevaba un camisón de seda corto que le llegaba a mitad de los muslos. Cuando se inclinó para sacar pan de la tostadora, el camisón se subió un poco, mostrando la curva de sus nalgas. Me senté a la mesa, tratando de no mirar.
—Buenos días, mijo —dijo, sin voltear.
—Buenos días, mamá —respondí, mi voz ronca por la falta de sueño.
—¿Durmió bien? —preguntó, sirviéndome una taza de café.
—Más o menos.
—Yo tampoco —confesó, sentándose frente a mí con su propia taza—. Fue una noche rara.
La miré. Su cabello castaño estaba desordenado, sus ojos verdes tenían sombras ligeras. Pero se veía hermosa, de una manera vulnerable que nunca antes le había notado.
—¿Por qué rara? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Por lo de ayer —dijo, tomando un sorbo de café—. Por las fotos. Por vernos todos… así.
—¿Te arrepientes?
Ella pensó un momento, sus dedos acariciando el borde de la taza. —No. No me arrepiento. Solo me siento… expuesta. Y excitada. Es raro admitirlo, pero es la verdad.
Sus palabras me golpearon directamente en el bajo vientre. Mi madre estaba admitiendo que estaba excitada por la sesión de fotos. Por vernos desnudos. Por verme a mí desnudo.
—Yo también —admití, bajando la voz—. Estaba nervioso, pero también… prendido.
Ella me miró, sus ojos verdes fijos en los míos. —¿De verdad?
—Sí.
Hubo un silencio cargado. El aire entre nosotros parecía espeso, eléctrico. Podía escuchar el tic-tac del reloj de la cocina, el zumbido lejano del refrigerador.
—Renata quiere hacer otra sesión hoy —dijo mi madre finalmente—. Dice que tiene ideas nuevas.
—¿Y papá?
—Él dice que sí. Que mientras sea arte, no hay problema. —Hizo una pausa—. Pero creo que a él también le gustó. Lo vi mirándote ayer. Mirándote de una manera diferente.
—¿Cómo?
—Como hombre. No como su hijo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era lo mismo que yo había sentido. Mi padre me había mirado como un igual, como otro hombre. Y a mi madre como una mujer. A Renata como… bueno, como Renata.
—¿Y eso te gusta? —pregunté, atreviéndome a ir más allá.
Mi madre sonrió, un gesto lento y cargado. —Sí. Me gusta. Me hace sentir… deseada. Por los tres.
Antes de que pudiera responder, entró Renata a la cocina. Venía con un short ajustado y un top sin mangas, su cabello negro recogido en una cola alta. Se veía fresca, energética, como si hubiera dormido diez horas.
—Buenos días, familia —dijo, yendo directamente a la cafetera—. ¿Hablando de la próxima sesión?
—Sí —dijo mi madre—. ¿Qué tienes planeado?
Renata se sirvió café y se sentó con nosotros. —Tengo varias ideas. Pero quiero que sea colaborativo. Que todos propongan. No solo yo.
—¿Propongan qué? —pregunté.
—Poses. Situaciones. Lo que les gustaría explorar —dijo, mirándonos alternativamente—. Esto es arte, pero también puede ser… placer. Si todos estamos de acuerdo.
Mi madre y yo intercambiamos una mirada. Estábamos pensando lo mismo: esto ya no era solo arte. Era algo más.
—Yo tengo una idea —dijo mi madre, su voz más firme de lo que esperaba—. Quiero una foto donde Gael esté debajo de mí. No como ayer, sino más… íntimo. Quiero que mi panocha quede cerca de su boca. Como si fuera a besarla.
Las palabras salieron de su boca con una naturalidad que me dejó sin aliento. Mi madre estaba proponiendo una pose donde su sexo estuviera cerca de mi boca. Y lo decía con calma, como si estuviera pidiendo más café.
Renata sonrió, sus ojos brillando. —Me encanta. ¿Y tú, Gael? ¿Te gustaría?
Todos me miraron. Mi verga ya estaba endureciéndose dentro del pantalón de mi pijama. Tragué saliva.
—Sí —dije—. Me gustaría.
—Perfecto —dijo Renata—. Y yo tengo otra. Quiero una donde papá esté detrás de ti, mamá. Muy cerca. Como si fuera a penetrarte por detrás. Pero sin hacerlo, claro.
Mi madre asintió, sin inmutarse. —Está bien. Rodrigo estará de acuerdo.
—¿Y tú, Gael? ¿Tienes alguna propuesta? —preguntó Renata, volviéndose hacia mí.
Pensé un momento. Las imágenes de la noche anterior volvieron a mi mente: mi hermana masturbándose, mi padre parado frente a mí. Una idea se formó.
—Quiero una foto donde papá y yo estemos parados uno al lado del otro, mirando hacia la cámara, con nuestras vergas… tocándose. O casi.
Hubo un silencio. Mi madre contuvo la respiración. Renata sonrió ampliamente.
—Eso es atrevido —dijo Renata—. Me encanta. ¿Mamá?
Mi madre me miró, sus ojos verdes escudriñándome. —¿De verdad quieres eso, Gael?
—Sí —confirmé, sintiendo una excitación retorcida en el estómago—. Quiero ver cómo se ve.
—Entonces está bien —dijo mi madre—. Pero tenemos que preguntarle a Rodrigo.
—Él dirá que sí —aseguró Renata—. Lo conozco.
Terminamos el desayuno en un silencio cargado de anticipación. Las propuestas estaban sobre la mesa. Esto ya no era pasivo; éramos activos participantes, co-creadores de nuestra propia transgresión.
Mi padre bajó media hora después, vestido para ir al gimnasio. Le contamos las ideas durante el desayuno. Él escuchó en silencio, masticando su pan tostado, su expresión inescrutable.
Cuando terminamos, tomó un sorbo de café y nos miró a cada uno.
—Están todas bien —dijo finalmente—. Pero con una condición: si en algún momento alguien se siente incómodo, paramos. No hay presión.
—Claro —dijo Renata.
—Y otra cosa —agregó mi padre, dirigiéndose a mí—. La pose donde nuestras vergas se tocan… tiene que ser natural. Sin forzar. Si no se da, no se da.
—Entendido —dije.
—Bien —dijo mi padre, levantándose—. Entonces a las cuatro en punto. Yo estaré listo.
Se fue al gimnasio, dejándonos a los tres en la cocina. Mi madre suspiró.
—Esto se está poniendo intenso —dijo, pero había una sonrisa en sus labios.
—Esa es la idea —dijo Renata, limpiando su taza—. Ahora, si me disculpan, tengo que preparar el equipo.
Se fue, dejándome a solas con mi madre. El silencio volvió, pero ahora era diferente. Habíamos cruzado una línea al hacer esas propuestas. Ya no éramos solo modelos; éramos colaboradores en algo que claramente tenía un componente sexual.
—Gael —dijo mi madre, su voz suave—. ¿Estás seguro de querer hacer esto? No tienes que hacerlo solo por complacernos.
—Estoy seguro —dije, y era verdad—. Quiero hacerlo.
—¿Por qué?
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Por qué? Porque me excitaba. Porque quería ver a mi madre desnuda otra vez. Porque quería sentir la verga de mi padre cerca de la mía. Porque quería explorar este territorio prohibido con las personas que más amaba.
—Porque me hace sentir vivo —dije, repitiendo las palabras de Renata—. Y porque… te deseo, mamá. Y a papá también. Y a Renata. Es confuso, pero es la verdad.
Mi madre me miró largamente. Luego se levantó, se acercó a mí y puso una mano en mi mejilla. Su tacto era suave, cálido.
—Yo también te deseo, mijo —susurró—. Desde hace tiempo. Y a tu hermana. Y a tu padre, por supuesto. Pero de una manera nueva. Más… carnal.
Inclinó su cabeza y me besó en la frente. Fue un beso maternal, pero duró un segundo más de lo normal. Sus labios estaban suaves, y sentí su aliento cálido en mi piel.
—Nos vemos a las cuatro —dijo, y se fue de la cocina.
Me quedé sentado, con el corazón latiendo fuerte. Mi madre me había dicho que me deseaba. Carnalmente. Y yo le había dicho lo mismo. Esto ya no era subtexto; era texto. Y estábamos todos leyendo la misma página.
Pasé el resto de la mañana en mi cuarto, tratando de trabajar pero sin poder concentrarme. A medio día, Renata tocó mi puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó desde el otro lado.
—Sí.
Entró y cerró la puerta. Venía con el mismo short y top, pero ahora traía una carpeta bajo el brazo.
—Quiero mostrarte algo —dijo, sentándose en mi cama.
—¿Qué?
—Las fotos de ayer. Las edité un poco. Quiero tu opinión.
Abrió la carpeta y sacó una serie de impresiones a color. Las puso sobre la cama, una por una. Eran las fotos de la sesión, pero en alta resolución, con el color ajustado para darles un tono más cálido, más íntimo.
La primera era la de nosotros sentados en círculo, espalda contra espalda. Se veía nuestra piel, el contacto, la tensión en nuestros hombros. La segunda era la de nosotros acostados, con mi madre sobre mí. En la foto, se veía claramente cómo mi verga estaba dura, apuntando hacia su panocha. Y se veía la humedad entre sus piernas.
—Mira esta —dijo Renata, señalando otra foto.
Era la de mi padre y yo parados frente a frente. Nuestras vergas se veían con detalle: la de él, gruesa y semierecta; la mía, más larga y completamente dura. Nuestras manos en los hombros del otro, nuestros ojos mirando a la cámara con una intensidad que me sorprendió. Parecíamos dos amantes, no padre e hijo.
—Son increíbles —dije, mi voz apenas un susurro.
—Sí —asintió Renata—. Y hoy vamos a hacer mejores. —Hizo una pausa—. ¿Sabes lo que me prende más de todo esto?
—¿Qué?
—Que estamos todos en esto juntos —dijo, su voz baja—. Que no hay juicio. Solo deseo y curiosidad. Es… liberador.
—¿Siempre has tenido estas fantasías? —pregunté, mirándola directamente.
—Sí —admitió sin vacilar—. Desde la adolescencia. Soñaba con que papá me tocara. Con que mamá me besara. Contigo… bueno, contigo siempre ha sido más directo. Me atraes, Gael. Siempre me has atraído.
—Eso es incesto —dije, probando la palabra en voz alta.
—Sí —dijo ella—. ¿Y qué? Si todos somos adultos y consentimos, ¿qué tiene de malo? El amor no tiene fronteras. Y el deseo tampoco.
Se acercó a mí, poniendo una mano en mi rodilla. —¿Y tú? ¿Siempre has fantaseado con mamá?
—Sí —confesé—. Y con papá también, últimamente. Y contigo, claro.
—Me gusta eso —dijo, sonriendo—. Que seas honesto. —Su mano subió por mi muslo—. ¿Y si hacemos algo ahora? Solo nosotros dos. Para calentar motores.
Mi verga respondió al instante, endureciéndose contra el pantalón. Renata lo sintió y sonrió.
—Quiero que me beses —dijo—. Como hermano y hermana, pero también como amantes.
No lo pensé dos veces. Me incliné y besé sus labios. Fue un beso suave al principio, exploratorio. Luego se intensificó. Ella abrió la boca, su lengua encontró la mía. Besamos con hambre, con años de deseo reprimido saliendo a la superficie. Sus manos se enredaron en mi cabello, las mías recorrieron su espalda, bajaron a sus nalgas, apretándolas.
—Así —murmuró entre besos—. Así me gusta.
Nos tumbamos en la cama, yo encima de ella. Sentí sus tetas presionando contra mi pecho a través de la tela. Su entrepierna contra mi verga dura. Nos frotamos, jadeando, besándonos como si fuera la última vez.
—Quiero que me toques —susurró ella, tomando mi mano y llevándola bajo su top, hacia sus tetas.
Sus pechos eran firmes, sus pezones duros como piedritas. Los pellizqué suavemente, y ella gimió contra mi boca.
—Sí… así…
Bajé mi mano hacia su short, metiéndola por la cintura. Su panocha estaba caliente, mojada. Mis dedos encontraron su clítoris hinchado. Empecé a masajearlo en círculos.
—Oh, dios… —jadeó ella, arqueando la espalda.
La masturbé con los dedos, sintiendo cómo se mojaba más con cada movimiento. Ella se movía debajo de mí, sus caderas empujando contra mi mano. Sus gemidos se hacían más fuertes.
—Vas a hacer que me venga —susurró—. Aquí, en tu cama…
—Vente —dije, besando su cuello—. Quiero verte y sentirte venir.
Sus movimientos se aceleraron. Su respiración se volvió irregular. De repente, su cuerpo se tensó, un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios, y sentí su panocha palpitar contra mis dedos. Se había venido.
Quedó debajo de mí, jadeando, su rostro sonrojado.
—Eso estuvo… increíble —dijo, recuperando el aliento.
—Sí —asentí, mi verga palpitando con necesidad.
—Tu turno —dijo ella, y antes de que pudiera responder, ya estaba desabrochando mi pantalón.
Sacó mi verga, ya dura y goteando. La miró, impresionada.
—Siempre me ha gustado tu verga —dijo, y sin más preámbulos, se la llevó a la boca.
La sensación fue electrizante. Su boca caliente, su lengua jugando con la cabeza, sus labios apretándose alrededor de mi longitud. Me chupó con habilidad, como si hubiera practicado en su imaginación muchas veces. Una mano jugaba con mis bolas, la otra se masturbaba a sí misma mientras me hacía sexo oral.
—Renata… —gemí, mis manos enredándose en su cabello.
Ella me miró con los ojos arriba, su mirada llena de lujuria y complicidad. Siguió chupando, más rápido, más profundo. Sentí que me acercaba al orgasmo.
—Voy a… —advertí, pero ella no se detuvo.
Un momento después, exploté en su boca. Mi cuerpo se convulsionó, mi leche salió a chorros, y ella tragó cada gota, sin dejar de succionar hasta que estuve completamente vacío.
Se separó, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Buen sabor —comentó, sonriendo.
—Eres una loca —dije, todavía jadeando.
—Sí —asintió—. Y tú también. Y mamá y papá también. Por eso esto funciona.
Se vistió rápidamente, yo hice lo mismo. Habíamos cruzado otra línea. Ya no solo habíamos hablado de sexo incestuoso; lo habíamos practicado. Y había sido increíble.
—Esto queda entre nosotros por ahora —dijo Renata—. Hoy en la sesión, actuemos normal. Después veremos.
—De acuerdo.
Se fue de mi cuarto, dejándome con el sabor de sus labios en los míos y el olor de su sexo en mis dedos. Esto se estaba acelerando más rápido de lo que había anticipado, pero no podía negar que me encantaba.
A las cuatro en punto, estábamos todos en la sala. Renata había preparado el set de nuevo, pero esta vez había agregado más luces, creando un ambiente más dramático. Mi padre y mi madre ya estaban allí, vestidos con ropa casual. Yo llevaba unos jeans y una playera.
—Bien —dijo Renata, frotándose las manos—. Empezaremos con las poses que propusieron. Primero, la de mamá y Gael.
Mi madre me miró y sonrió nerviosamente. Se desvistió primero, quitándose su vestido y su ropa interior con movimientos calmados. Yo hice lo mismo. Mi padre y Renata se desvistieron también, quedando todos desnudos otra vez. Esta vez, la desnudez no era tan chocante. Era casi… natural.
—Gael, tú acuéstate aquí —indicó Renata, señalando un tapete blanco en el piso—. Boca arriba.
Me acosté. El tapete era suave bajo mi espalda.
—Mamá, tú ponte sobre él, a horcajadas, pero apoyando tus manos a los lados de su cabeza. Quiero que tu panocha quede justo sobre su boca. Casi tocándolo.
Mi madre se acercó. Se puso a horcajadas sobre mi cara, sus piernas a cada lado de mi cabeza. Se agachó, apoyando sus manos a los lados de mi cabeza. Su panocha quedó a centímetros de mis labios. Podía ver cada detalle: los labios carnosos, rosados, brillantes de humedad. Olía a ella, a un aroma dulce y terroso que me hizo la boca agua.
—Perfecto —dijo Renata, tomando fotos—. Gael, levanta un poco la cabeza, como si fueras a besarla.
Hice lo que dijo. Mi rostro estaba tan cerca de su sexo que podía sentir el calor que emanaba. Mi aliento le llegó directamente, y vi cómo sus labios vaginales se estremecían ligeramente.
—Muy sensual —comentó mi padre, que observaba desde un lado. Su verga ya estaba semierecta.
Renata tomó varias fotos desde diferentes ángulos. Luego dijo: —Ahora la siguiente. Mamá, quédate en esa posición. Papá, tú ponte detrás de ella. Muy cerca. Como si fueras a penetrarla por detrás.
Mi padre se acercó. Se puso detrás de mi madre, agachándose. Su cuerpo enmarcó el de ella. Su pecho presionó contra su espalda. Su verga, ahora completamente dura, se posó entre las nalgas de mi madre, justo en la entrada de su culo.
—Papá, pon tus manos en sus caderas —indicó Renata—. Como si la fueras a guiar.
Mi padre obedeció. Sus manos grandes cubrieron las caderas de mi madre. Ella gimió suavemente, empujando su culo contra la verga de él.
—Excelente —dijo Renata, disparando rápidamente—. Esta es poderosa.
La escena era increíblemente erótica: yo debajo, con la panocha de mi madre sobre mi boca; mi padre detrás de ella, su verga en su culo; los dos sobre mí. Podía sentir el calor de ambos cuerpos, oler sus aromas mezclados. Mi verga estaba tan dura que dolía.
—Ahora, la tercera pose —dijo Renata—. Gael y papá, parados uno al lado del otro. Quiero que se miren, que sonrían. Y quiero que sus vergas se toquen.
Mi padre y yo nos separamos de mi madre. Nos paramos uno al lado del otro, frente a la cámara. Nuestras vergas colgaban entre nuestras piernas, la de él gruesa y dura, la mía larga y erecta.
—Acérquense más —pidió Renata—. Que se rocen.
Nos acercamos. Nuestros muslos se tocaron. Luego, nuestras vergas se encontraron. La sensación fue eléctrica: su verga caliente y dura presionando contra la mía. Era íntimo, tabú, excitante. Mi padre me miró, y en sus ojos vi la misma mezcla de turbación y deseo que debía haber en los míos.
—Pongan una mano en el hombro del otro —dijo Renata.
Mi padre puso su mano izquierda en mi hombro derecho. Yo puse mi derecha en su hombro izquierdo. El contacto piel con piel, sumado al de nuestras vergas, era abrumador.
—Perfecto —susurró Renata, tomando foto tras foto—. No se muevan.
Permanecimos así por lo que pareció una eternidad, nuestras vergas presionándose una contra la otra, nuestras miradas fijas en la cámara, pero conscientes del contacto entre nosotros. Sentí una gota de pre-semen salir de mi verga, mezclándose con una gota similar de la de mi padre.
—Bien —dijo Renata finalmente—. Pueden separarse.
Lo hicimos lentamente. Nuestras vergas se separaron con un leve sonido húmedo. Mi padre me dio una palmada en el hombro, un gesto que podía ser de camaradería o de algo más.
—Eso fue… interesante —comentó mi madre, que había estado observando todo. Su rostro estaba sonrojado, sus ojos brillantes.
—Muy interesante —asintió mi padre—. Las fotos van a quedar impresionantes.
—Sí —dijo Renata, revisando las imágenes en la pantalla de su cámara—. Esto supera todo lo que había imaginado.
Después de la sesión, nos vestimos en silencio. La tensión sexual en la habitación era palpable, como una neblina espesa que todos respirábamos pero nadie mencionaba. Mi padre se fue a su estudio a trabajar. Renata se encerró en su cuarto a editar las fotos. Yo me quedé en la sala con mi madre.
—Necesito hablar contigo —dijo ella, su voz seria.
—¿Qué pasa, mamá?
—Ven a mi estudio —dijo, y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y subió las escaleras.
La seguí. Su estudio era una habitación pequeña en el segundo piso, llena de libros de psicología, un escritorio desordenado y un sillón cómodo. Entré y cerré la puerta detrás de mí.
—Siéntate —indicó, señalando el sillón.
Me senté. Ella se quedó de pie frente a mí, cruzando los brazos sobre su pecho. Llevaba un vestido ligero, pero podía ver la forma de sus tetas bajo la tela, el pezón derecho endurecido.
—Lo de hoy fue muy intenso —dijo—. Más de lo que anticipé.
—Sí —asentí.
—Cuando estaba sobre ti, con tu boca tan cerca de mi… de mi panocha —dijo, probando la palabra—, sentí un deseo tan fuerte que casi no pudo contenerme. Quería bajarme y sentarme en tu cara. Quería que me lamieras hasta que me viniera.
Sus palabras eran directas, obscenas. Me excitaron inmediatamente.
—Yo también quería —confesé—. Quería besarte allí. Chuparte. Hacerte venir.
Ella respiró hondo. —¿De verdad?
—Sí.
—Ven aquí —ordenó, su voz baja pero firme.
Me levanté y me acerqué a ella. Nos quedamos frente a frente, a menos de un metro de distancia. Podía ver el latido en su cuello, el brillo en sus ojos.
—Bésame —dijo—. Pero no como mi hijo. Bésame como un hombre besa a una mujer.
No lo pensé dos veces. Incliné mi cabeza y besé sus labios. Fue un beso suave al principio, exploratorio. Luego se intensificó. Ella abrió la boca, su lengua encontró la mía. Besamos con hambre, con años de deseo reprimido saliendo a la superficie. Sus manos se enredaron en mi cabello, las mías recorrieron su espalda, bajaron a sus nalgas, apretándolas a través del vestido.
—Así —murmuró entre besos—. Así me gusta.
Mis manos subieron, buscando los botones de su vestido. Los desabroché uno por uno, hasta que la tela se abrió, revelando su cuerpo desnudo debajo. No traía ropa interior. Sus tetas cayeron libres, sus pezones duros y oscuros. Su vientre suave, sus caderas curvas. Su panocha, con su vello castaño, humedecida y lista.
—Estás hermosa —susurré, separándome un momento para mirarla.
—Y tú estás muy guapo —dijo ella, sus manos desabrochando mi pantalón.
Lo bajó junto con mi ropa interior. Mi verga saltó libre, dura y palpitante. Ella la agarró, sus dedos cerrando alrededor de mi longitud.
—Siempre supe que tenías una verga hermosa —dijo, mirándola con admiración—. Desde que eras adolescente, a veces te veía a través del pantalón y me preguntaba cómo sería.
—¿Y? —pregunté, jadeando por su tacto.
—Es mejor de lo que imaginaba —dijo, y empezó a masturbarme lentamente.
Sus dedos eran expertos, sabían exactamente cómo apretar, cómo mover. Me masturbó mientras me besaba, su lengua jugando con la mía, sus tetas presionando contra mi pecho.
—Yo también quiero tocarte —dije, y bajé mi mano hacia su panocha.
Estaba empapada. Mis dedos se deslizaron fácilmente entre sus labios, encontrando su clítoris hinchado. Empecé a masajearlo en círculos.
—Oh, Gael… —gimió, apoyando la frente en mi hombro—. Así… no pares…
La masturbé mientras ella me masturbaba a mí. Era un intercambio íntimo, sensual, prohibido. Madre e hijo, tocándose sexualmente en su estudio, con la puerta cerrada.
—Voy a venirme —advertí, sintiendo la presión acumulándose en mis bolas.
—No todavía —dijo ella, deteniéndose—. Quiero hacerte algo primero.
Se arrodilló frente a mí. Miró mi verga, luego me miró a los ojos.
—Siempre quise hacer esto —confesó, y sin más preámbulos, se llevó mi verga a la boca.
La sensación fue abrumadora. La boca de mi madre, caliente y húmeda, envolviendo mi verga. Su lengua lamiendo la cabeza, sus labios apretándose alrededor de mi longitud. Me chupó con una habilidad que demostraba experiencia, pero había un entusiasmo nuevo, como si siempre hubiera querido hacerlo y finalmente tuviera permiso.
—Mamá… —gemí, mis manos enredándose en su cabello.
Ella me miró con los ojos arriba, su mirada llena de lujuria y amor. Siguió chupando, más rápido, más profundo. Sentí que me acercaba al borde.
—Voy a… —intenté advertir, pero ella no se detuvo.
En cambio, se llevó una mano a su propia panocha y empezó a masturbarse mientras me hacía sexo oral. El espectáculo era increíblemente erótico: mi madre, arrodillada, chupándome la verga mientras se tocaba a sí misma.
No pude aguantar más. Exploté en su boca, mi cuerpo convulsionándose, mi leche saliendo a chorros. Ella tragó, sin dejar de succionar hasta que estuve completamente vacío.
Se separó, limpiándose los labios. Luego se levantó, su rostro sonrojado, sus ojos brillantes.
—Tu sabor es delicioso —dijo, sonriendo.
—Tú… —empecé, pero no supe qué decir.
—Ahora mi turno —dijo, y se recostó sobre el escritorio, abriendo las piernas—. Quiero que me comas, Gael. Quiero que pongas esa boca en mi panocha y me hagas venir como nunca antes.
No necesité que me lo pidiera dos veces. Me arrodillé entre sus piernas. Su panocha estaba frente a mí, abierta, humedecida, oliendo a deseo. Me acerqué y lamí su clítoris.
Ella gimió, sus manos agarrando mi cabello. —Sí… así…
La comí con entusiasmo, mi lengua explorando cada pliegue, cada rincón de su sexo. Sabía a mujer, a mi madre, a algo prohibido y excitante. Ella se movía debajo de mí, empujando su panocha contra mi boca.
—Más duro —pidió—. Chúpame el clítoris.
Obedecí, succionando su clítoris entre mis labios, jugando con él con mi lengua. Sus gemidos se hicieron más fuertes, más urgentes.
—Voy a… voy a… —jadeó, y entonces su cuerpo se tensó, un grito ahogado escapó de sus labios, y sentí su panocha palpitar contra mi boca. Se había venido, intensamente, su jugo llenando mi boca. Tragué, saboreando su esencia.
Quedó recostada en el escritorio, jadeando, su cuerpo cubierto de un sudor ligero.
—Dios mío —susurró—. Eso fue… increíble.
Me levanté, limpiándome la boca. Mi verga ya se estaba endureciendo de nuevo.
—Sí —asentí—. Lo fue.
Ella se sentó, mirándome con una expresión seria. —Esto no puede quedar solo entre nosotros. Tenemos que decirle a tu padre. Y a Renata.
—¿Crees que estarán de acuerdo?
—Sí —dijo con seguridad—. Pero tenemos que hacerlo juntos. Los cuatro. Esta noche.
—De acuerdo.
—Por ahora —dijo, poniéndose de pie y abrochándose el vestido—, vístete. Y actúa normal. Esta noche hablamos.
Me vestí, todavía temblando por la intensidad de lo que acababa de pasar. Mi madre me había hecho sexo oral. Yo le había hecho sexo oral a ella. Y había sido la experiencia más excitante de mi vida.
El resto de la tarde transcurrió con una normalidad forzada. Cenamos juntos, hablamos de cosas triviales, pero la tensión sexual flotaba en el aire como una presencia tangible. Mi padre parecía pensativo, como si estuviera considerando algo. Renata no dejaba de sonreír, como si supiera un secreto.
Después de cenar, mi madre limpió la mesa y dijo: —Tenemos que hablar. Los cuatro. En la sala.
Todos asentimos. Sabíamos de qué se trataba.
Nos reunimos en la sala. Mi padre y mi madre se sentaron en el sofá. Renata y yo en sillones separados. El silencio era denso.
—Bueno —dijo mi padre finalmente—. ¿De qué se trata?
Mi madre respiró hondo. —Hoy, después de la sesión de fotos, Gael y yo… tuvimos un encuentro sexual. En mi estudio.
No hubo sorpresa en los rostros de mi padre o Renata. Solo interés.
—¿Qué hicieron? —preguntó mi padre, su tono neutral.
—Me hizo sexo oral —dijo mi madre, sin rodeos—. Y yo se lo hice a él.
—Yo también tuve un encuentro con Gael hoy —dijo Renata—. En su cuarto. Nos besamos, me tocó, me hizo venir. Y yo le hice sexo oral.
Mi padre asintió lentamente. —Yo lo sospechaba. —Nos miró a los tres—. ¿Y cómo se sintieron?
—Increíble —dijo Renata.
—Liberador —dijo mi madre.
—Como algo que siempre debió pasar —dije yo.
Mi padre sonrió, un gesto lento. —A mí también me excita. Verlos a ustedes tres, desnudos, excitados. Y hoy, cuando Gael y yo estábamos parados con nuestras vergas tocándose… sentí un deseo que no había sentido antes. Por él. Por ustedes.
—Entonces ¿qué hacemos? —preguntó mi madre.
—Propongo algo —dijo mi padre, poniéndose de pie—. Que exploremos esto. Todos juntos. Con reglas, por supuesto. Consentimiento siempre. Respeto. Y que el amor familiar sea la base.
—¿Explorar cómo? —pregunté.
—Sexualmente —dijo mi padre directamente—. Entre nosotros. Todos con todos. Si todos estamos de acuerdo.
Miré a mi madre. Ella asintió. Miré a Renata. Ella sonrió y dijo: —Por supuesto.
—Entonces está decidido —dijo mi padre—. Pero hoy no. Hoy necesito procesar esto. Mañana… mañana empezamos.
—¿Cómo? —preguntó Renata.
—Con un intercambio —propuso mi padre—. Gael se queda con Claudia. Yo con Renata. En la misma habitación. Para empezar.
Mi madre me miró, sus ojos verdes brillando. —¿Te parece bien, Gael?
—Sí —dije, mi corazón latiendo fuerte.
—Entonces mañana —dijo mi padre—. Después del desayuno.
La reunión terminó. Cada uno se fue a su cuarto, pero la energía en la casa había cambiado. Ya no era tensión sexual reprimida, sino anticipación deliberada. Mañana cruzaríamos la línea final. Mañana tendríamos sexo como familia.
Esa noche, no pude dormir otra vez. Pero esta vez no era por ansiedad, sino por excitación. A la una de la mañana, escuché un golpe suave en mi puerta.
—¿Gael? —era la voz de mi padre.
—Pasa —dije, sentándome en la cama.
Entró. Venía solo en pantalón de pijama, sin camisa. Su torso era imponente a la luz de la luna que entraba por la ventana.
—No podía dormir —dijo, sentándose al borde de mi cama.
—Yo tampoco.
—Quería hablar contigo —dijo, su voz seria—. De hombre a hombre. No de padre a hijo.
—Dime.
—Lo de mañana… —empezó—. Quiero que sepas que no hay presión. Si en algún momento no quieres hacer algo, lo dices. Lo mismo para tu madre y tu hermana.
—Lo sé —dije—. Y lo mismo aplica para ti.
Él asintió. Luego me miró directamente. —Hoy, cuando nuestras vergas se tocaron… sentí algo. Algo que no había sentido antes. ¿Tú también?
—Sí —confesé—. Fue… excitante.
—Sí —asintió él—. Lo fue. —Hizo una pausa—. ¿Alguna vez has estado con un hombre?
—No —dije—. ¿Y tú?
—Una vez, en la universidad. Fue una experiencia, pero no la repetí. Hasta ahora.
—¿Hasta ahora? —pregunté, mi corazón acelerándose.
—Sí —dijo, y su mano se posó en mi muslo—. Porque contigo es diferente. Eres mi hijo, pero también eres un hombre atractivo. Y después de hoy, no puedo negar que te deseo.
Su mano estaba caliente a través de la tela de mi pijama. Sentí mi verga endurecerse.
—Yo también te deseo, papá —dije, probando las palabras.
Él sonrió, un gesto lento y cargado. Luego se inclinó y me besó en la boca.
Fue un beso suave al principio, exploratorio. Luego se intensificó. Su barba rozó mi piel, su lengua entró en mi boca. Besamos como dos amantes, no como padre e hijo. Sus manos recorrieron mi pecho, mis abdominales, bajaron a mi entrepierna, donde mi verga estaba dura y palpitante.
—Quiero hacerte algo —susurró entre besos—. ¿Me permites?
—Sí —gemí.
Él se deslizó hacia abajo en la cama, bajando mi pijama. Mi verga saltó libre. La miró, impresionado.
—Hermosa —murmuró, y luego, sin más preámbulos, se la llevó a la boca.
La sensación fue abrumadora. La boca de mi padre, caliente y experta, envolviendo mi verga. Me chupó con determinación, sus manos jugando con mis bolas. Era tabú, era prohibido, era increíblemente excitante.
—Papá… —gemí, mis manos enredándose en su cabello canoso.
Él me miró con los ojos arriba, su mirada llena de lujuria y posesión. Siguió chupando, más rápido, más profundo. Sentí que me acercaba al orgasmo.
—Voy a… —advertí.
Él no se detuvo. En cambio, se llevó una mano a su propia verga, que estaba dura dentro de su pijama, y empezó a masturbarse mientras me hacía sexo oral.
No pude aguantar más. Exploté en su boca, mi cuerpo convulsionándose, mi leche saliendo a chorros. Él la recibió, pero sin tragar y sin dejar de succionar hasta que estuve completamente vacío.
Se separó, limpiándose los labios. Luego se levantó, su verga todavía dura y marcándose a través de la pijama.
—Mañana —dijo, su voz ronca—. Mañana continuamos. Con tu madre y tu hermana presentes.
—Sí —asentí, todavía jadeando.
—Duerme bien, hijo —dijo, y salió de mi cuarto, cerrando la puerta suavemente detrás de él.
Me quedé en la cama, temblando, con el sabor de mi propio semen en el aire y la sensación de la boca de mi padre todavía en mi verga. Mañana sería el día. Mañana, los cuatro juntos. Y ahora, después de lo que acababa de pasar con mi padre, ya no tenía dudas. Estaba listo.
………………………….. Continúa en capítulo 3 ………………………………..