Ese lunes, estaba nuevamente sin clientes y de pronto entra al estudio fotográfico una señora cuarentona, más cercana a los cincuenta, vistiendo un ajustado vestido tubo de color verde oliva, de escote redondo y sin mangas. Un cinturón ancho a juego, también verde oliva, ciñe la cintura, con un detalle de peplum que se ensancha ligeramente a la altura de la cadera. El vestido llegaba hasta la mitad del muslo.
Unos grandes pendientes de aro dorados, un reloj dorado en la muñeca izquierda y una delicada pulsera dorada en la derecha. Lleva un bolso de piel negra con cortas y un pequeño pompón negro colgando del tirador de la cremallera y, coronando su presencia, un sombrero pamela negro de ala ancha.
Gritaba elegancia, pero, sobre todo: Tengo mucho dinero.
Su cuerpo era curvilíneo, como un reloj de arena; se notaba que lo había cuidado toda su vida, o había invertido en muchas cirugías, unos pechos que, sin ser experto, calculé no bajaban de una copa doble D.
Ella miró a todos lados y tímidamente preguntó:
—¿Aquí es el lugar del fotógrafo que cumple deseos?
Supe de inmediato lo que quería.
—Supongo que don Fermín le habló de mí, ¿cierto?
Ella asintió con la cabeza.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarla? —le dije con una sonrisa y apuntando con mi palma abierta al sofá.
—Bueno, yo, o sea… lo que pasa… —no lograba hilar palabras.
—Primero que todo —la ayudé—, ¿cuál es tu nombre?
—Camila Irarrázaval, mucho gusto —me dijo estirando su mano; la estreché diciendo mi nombre con una sonrisa.
—Camila —le dije tuteándola, algo que no suelo hacer, pero sé que eso da una pizca de cercanía y la ayudaría a relajarse—. Primero que todo, debes saber que esto es de total confidencialidad; soy un profesional, no importa cuál sea tu deseo, haré mi mejor esfuerzo por cumplirlo con mucha discreción.
Ella suspiró para tranquilizarse y me dijo:
—Mira por la ventana.
Miré y afuera había un Mercedes-Benz Clase S del año y, junto a él, un muchacho que no llegaba a los 20 años; vestía de negro, camisa blanca y corbata negra, usando un gorro de chofer, de esos típicos de las películas. El muchacho no era muy alto, pero era muy guapo, hermoso rostro, de esos que las mujeres no pueden dejar de mirar y a los hombres heteros como yo, nos hacen dudar de nuestra sexualidad.
—Comprendo —le dije—, quiere algo similar a lo de don Fermín.
—Exactamente —me dijo sonrojándose.
La señora Camila es la típica mujer rica que lo tiene todo y, por eso, se obsesiona con lo que no puede obtener.
Las musas no habían pasado de mí; se me ocurrió algo muy rápido.
—Primero —le dije— haremos una sesión de fotos ahora mismo, te sacaré un par de fotos delante de él, así podré saber algo del muchacho para ver cómo proceder, ¿te parece?
—Pero este vestido no es muy lindo, y solo tengo un abrigo dentro del auto.
—Es una sesión falsa —le dije— y es perfecto que tengas un abrigo, ve a buscarlo e invita a pasar al muchacho —y brevemente le expliqué el plan.
Ella salió y entró junto con el muchacho; era más bajito de lo que había visto. Si bien la señora Camila llevaba zapatos de taco alto, el chico le llegaba apenas al hombro.
—Él es Luis, mi chofer —presentó la señora Camila.
—Mucho gusto —dijo él.
—Eres muy joven —le dije—. ¿Qué edad tienes?
—Dieciocho, pero he manejado desde chico, así que tengo mucha experiencia para mi trabajo —dijo como justificándose.
Al rato estaba sacándole fotos a la señora Camila, nada especial, pero en un instante me acerqué a ella y le susurré disimuladamente algo al oído; ella se ruborizó, pero asintió.
—Luis, no puedes decirle a nadie que vine acá y me he tomado fotos, ¿está claro? —dijo ella, sin soberbia, casi como pidiendo un favor.
—Sí, señora Camila —dijo él con ademán de reverencia.
—Será nuestro secreto, ¿ya? —le dijo guiñándole un ojo.
Continue con las fotos y al rato me detuve y le dije a la señora Camila que fuera a cambiarse; ella tomó su abrigo y entró a la habitación de muda de ropa. Le indiqué unos cajones y ella asintió. Yo regresé con Luis.
—¿Aburrido? —le pregunté.
—Para nada, es muy entretenido esto de las fotos —respondió Luis.
—Es muy guapa tu jefa.
—Guapísima —dijo él—, además me trata muy bien.
—¿Y? —le dije pícaramente—. ¿Nunca te le has insinuado?
—Estás loco —me dijo—. Llevo pocos meses en este trabajo, pero no quiero perderlo por nada; la paga es buenísima y puedo manejar autazos. Me las doy de galán y lo pierdo todo.
—¿Y si es al revés, si ella se te insinúa? —insistí.
—Eso es otra cosa —y levantando las cejas dijo—, pero ella está casada; además, yo tengo la edad de sus hijos, jamás pasaría algo.
El trabajo está hecho, pensé; ella quiere, él no dijo que no, solo hay que armar el «cómo».
En ese instante regresó la señora Camila con su abrigo puesto y abrochado.
—¿Está lista? —le pregunté.
Ella se desabrochó su abrigo y lo abrió; lucía lencería sexy, medias con liguero negro, una tanguita negra y un brasier push-up que parecía que iba a explotar. Definitivamente, sus años estaban demasiado bien cuidados. Me disculpé para mis adentros con la señora Camila; no había signo alguno de cirugía, todo era de ella. Hay personas así, nacieron bendecidas, que, con un poco de cuidado, su figura varía poco con los años.
Sus piernas eran largas, gruesas y firmes, con pantorrillas de bilaterales armónicas, caderas muy anchas y una cintura angosta, su vientre plano, con algunas arruguitas, culpa solo de la elastina, tórax angosto y unas tetas enormes, D no sé cuánto, no me atreví a adivinar, cuello largo; era una MILF de esas que solo una IA podría inventar. Le hubiese dado con todas mis fuerzas, pero soy un profesional.
Detrás de mí, oí a Luis carraspear al atragantarse con un sorbo de agua. Le guiñé un ojo a la señora Camila.
—Recuerda, Luis —dijo ella—. No puedes decirle a nadie de estas fotos; será nuestro secreto, ¿ya?
—ss, sí —dijo él un poco sobresaltado.
Ella posó sexy con su lencería y yo de reojo miraba a Luis, que estaba embobado; él sabía que su jefa estaba buena, pero no a ese nivel.
Al terminar, le dije que me gustaría que posara para mí para un proyecto personal que tenía; ella aceptó encantada, obviamente estaba planificado entre nosotros, y quedamos de acuerdo en que vendría el sábado.
En esos días le expliqué en detalle el plan a la señora Camila y cuánto saldría cumplir su deseo; ella me hizo una transacción sin regatear el precio, y hasta me prometió un bono si todo salía bien.
El día llegó, ellos entraron y quedaron fascinados con la escenografía; había transformado la zona de tomas del estudio en una cocina vintage de los años 1950.
—Son fotos pin-up —le dije—, ideal para su figura.
—Interesante —dijo, aunque ella ya lo sabía; su peinado retro la delataba.
—Se ve increíble —dijo Luis.
—Aunque tenemos un problema —les dije—, el modelo masculino me falló. Luis, ¿tendrías algún problema en reemplazarlo?
—¿Yo? —preguntó ladeando la cabeza.
—¿Por qué no? —dijo la señora Camila—. Eres muy guapo; además, me sentiré más en confianza contigo.
Él se sonrojó y aceptó, más por complacer a su jefa que por ganas, aunque esas ganas cambiarían dentro de poco.
Ellos se cambiaron; ella vestía un vestido rojo con lunares blancos muy ajustado a su figura, un delantal de cocina blanco transparente y zapatos rosas; él, jean, unas Converse rojas y una camiseta blanca, y le hice un copo con gel.
Y así, comenzamos. Para disipar, aunque sea un poco la distancia jefa y chofer, los nombraba como «Vecina y joven».
—Vecina, sostenga la bandeja —ordenaba, y ella sostenía una bandeja con cupcakes.
—Joven, mire a su vecina fingiendo sorpresa. —Y él, con sus manos en la cabeza, simulaba mirarla con asombro, aunque de disimulo había poco; ella paraba su culo con clara intención y a él se le iban los ojos.
Luego, ella posaba con poses sugerentes, y él simulaba una mirada de asombro, todo simple, para distender el ambiente… hasta que pasamos a la acción.
—A partir de ahora, les dije, tomaré fotos en secuencia, es como filmar, así todo será más fluido —ellos asintieron—. Haremos algo más sugerente —les dije—. Probemos una cosa: Vecina, ponga las manos sobre la cocina —ella lo hizo—. Joven, tome la cintura de su vecina —él dudó, y al notarlo ella le dijo:
—No te cohíbas, hazlo con confianza; recuerda que este será nuestro secreto. Ahora somos una vecina y un joven.
Él, con vacilaciones, se acercó a ella por detrás y tomó su cintura, procurando no apegarse mucho, con timidez.
—Joven, apégate más —le dije—. Él dudó, pero ella estiró sus manos hacia atrás y lo pegó contra su culo; él se sonrojó y esbozó una sonrisa tímida.
—Vecina, muévase sexy— y la señora Camila comenzó a mover su gran culo contra el paquete de Luis; él casi no disimulaba su sonrisa, pero al parecer tomó confianza, ya que movió su pelvis hacia adelante; ella lo notó.
—Vecina, póngase junto al joven y ponga su brazo alrededor de su cuello—. Ella lo hizo—. Con la otra mano, tome la entrepierna del joven. —Ella puso su mano sobre el cierre del pantalón de Luis, amasándolo, sintiendo el pene bajo la ropa; que se iba poniendo cada vez más duro. Él estaba con los ojos abiertos, pero no dijo nada.
—Joven, masajee la teta de su vecina. —Ella lo miró y la señora Camila le guiñó un ojo. —Al ver que el permiso estaba totalmente dado, agarró la enorme teta de Camila sobre el vestido y comenzó a masajearla, saltando de una teta a la otra. El pene de Luis está como una roca, y ella lo apretaba.
—Vecina, bájele el cierre al joven—. Ella lo hizo y el enorme pene de Luis salió por el pantalón. Ella, sin esperar la siguiente orden, lo agarró y comenzó a pajearlo suavemente. Él emitió un leve «mmm» y metió sus manos dentro del vestido de ella para tocar sus tetas desnudas. Ella se acercó a él y lo besó apasionadamente; él correspondió sin dudar, estaba más que ganoso por darle a esa MILF.
Luego les pedí que se desnudarán; lo hicieron y ella solo quedó con el delantal de cocina transparente y él con las Converse rojas. Luis la arrinconó contra la cocina, casi como kabedon puso su mano sobre el mueble superior y con la otra metió sus dedos en la vagina húmeda de la señora Camila mientras lamía los pezones rosados y erectos de sus enormes tetas, un poco caídas, pero no lo suficiente como para decir que eran flácidas. Ella, sin dejar de pajearlo, estaba tan caliente como él.
La señora Camila me había confesado que su marido le daba todo, menos sexo; ahora ella estaba poniéndose al día de los años de abstinencia.
Después, le pedí a Luis que se sentara sobre la cocina y ella, de pie, comenzó a lamerle el pene con ímpetu. Su lengua giraba alrededor de ese enorme pene duro y desaparecía dentro de la boca de la señora Camila mientras masajeaba sus testículos. Luego, ella puso el pene en medio de sus tetas y comenzó a pajearlo con ellas; lo miraba con deseo y bajaba la cabeza para lamer la punta del pene mientras movía sus tetas hacia arriba y abajo, a veces fuerte, a veces lento.
Al rato ella se puso de espaldas sobre la mesita con las piernas abiertas y él, luego de lamer su clítoris por unos minutos, con vigor la penetró por su vagina. Ella había olvidado lo que era un pene duro y cálido moverse por las paredes de la vagina, y mucho menos uno tan grande que golpeara su cuello uterino.
En un instante, él sacó su pene y lo frotó por el ano de la señora Camila y preguntó: «¿Puedo?». Ella asintió, y él metió despacio su pene en el ano de ella. Era la primera vez que la señora Camila tenía sexo anal; sintió un ligero ardor, pero era un ardor placentero, un dolor que poco a poco se transformaba en máximo goce, tanto que ella se vino por primera vez, pero siguió.
Luego él se puso de espaldas en la mesita y ella en cuclillas, se dejaba penetrar, subiendo y bajando, intercambiando penetración vaginal y anal mientras se apretaba sus enormes tetas. Ganas no me faltaron de tocarlas y chuparlas, pero, como ya he dicho: soy un profesional.
Al poco rato ellla giró y: soixante-neuf; puso su vagina en la cara de Luis mientras metía y sacaba el pene dentro de su boca, y recorriéndolo desde la base hasta el grande con su lengua, él, lamía, su vagina, su clítoris y metía su dedo pulgar dentro del ano de la señora Camila.
Voy a acabar, dijo él con un hilo de voz. Ella rápidamente se bajó de la mesa y se arrodilló en el piso, así lo había visto, a escondidas, en una que otra porno; él la siguió y se puso delante de ella. La señora Camila lengüeteaba el glande de Luis mientras él se pajeaba rápido hasta que soltó una gran cantidad de líquido viscoso y semitransparente por toda la cara y boca de ella. La señora Camila lo saboreaba, movía su mano por su mejilla, como masajeándose, disfrutando por primera vez el sabor del semen, y luego chupaba sus dedos; ella tomó el pene de Luis y succionó hasta la última gota mientras masajeaba su clítoris, se vino por segunda vez.
—¡Corte! —dije—. Perfecto, son unos profesionales —los felicitaba mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a ambos jadeando. De reojo miré y ella besó apasionadamente a Luis.
Mucho más tarde, la señora Camila me dijo que el bono estaría depositado y me guiñó un ojo, yo me despedí de ambos; al mirar por la ventana vi que el Mercedes-Benz Clase S se detuvo un poco más allá, bajo un árbol. Luis se bajó y entró al asiento trasero; el auto comenzó a menearse. Sonreí.
Días después, revisaba mis correos, solo spam, pero uno venía con el asunto: Pedido para el fotógrafo que cumple deseos.