Capítulo 1
- Vecinos, divorcio y complicidad nocturna I
Personajes
Tu (Toni): Tienes 23 años y te mueves por la vida con la seguridad de quien sabe que el mundo se rinde ante un buen movimiento de cadera y una mirada directa. Para el resto de los vecinos del bloque, eres el chico «tarambana» que trabaja de noche, el que llega cuando ellos se despiertan y el que, durante años, fue la pesadilla acústica del marido de la vecina de al lado. Eres un stripper, un profesional de la seducción que entiende que su cuerpo es su herramienta de trabajo y su libertad su mayor tesoro.
Ella (Elena): Tu vecina de 42 años, una abogada de familia que acaba de cerrar un capítulo largo y gris de su vida tras su divorcio. Es la imagen del orden: trajes impecables, tacones de aguja y una vida estructurada alrededor de sus dos hijas pequeñas tras un divorcio que la dejó respirando por primera vez en mas de diez años. Pero cuando llega la noche y el silencio se instala en el 4ºA, Elena se despoja de la máscara de letrada para buscar tranquilidad en la pequeña terraza separada de la tuya por un muro de un metro de altura. Bajo esa fachada empieza a despertar una curiosidad que creía olvidada.
El encuentro
Viernes Noche / Sábado Madrugada
La noche del viernes fue un caos magnético. El club estaba a reventar desde las once; podías sentir el calor de la gente incluso antes de salir al escenario. Hubo algo en el ambiente, una energía pesada y eléctrica que te obligó a dar el 110%.
Hiciste tres pases, uno tras otro. El sudor se mezclaba con el confeti y los gritos, pero tú estabas en tu zona, moviéndote como si el escenario fuera una extensión de tus propias piernas. Cuando terminó el último show, las clientas VIP no te dejaban marchar; hubo rondas de champán en el reservado y negociaciones para que te quedaras una hora más. Como profesional que eres, diste el espectáculo que esperaban, manejando la situación con esa mezcla de cortesía y descaro que solo tú posees.
Saliste del club cuando el cielo ya no era negro, sino de ese azul grisáceo que anuncia el amanecer. Tenías los músculos en tensión y la adrenalina todavía corriéndote por las venas. Al llegar a casa, mucho más tarde de lo que cualquier «civil» consideraría normal para un sábado, el silencio de tu edificio te golpeó.
No podías simplemente acostarte. Estabas demasiado despierto, demasiado «Toni el del club». Fue entonces cuando viste la terraza de tu piso y en ese estado de semi-euforia y agotamiento físico, decidiste que era el momento perfecto para salir a tomar el fresco y relajarte. Al salir a ella es cuando ves que tu vecina Elena está también tomando el fresco por la mañana en su terraza…
Sábado a primera hora
Ves a Elena, con ese aspecto de quien también ha tenido una noche larga, con una copa de vino en la mano a primera hora de la mañana, y no puedes evitar que se te escape una sonrisa de medio lado, esa que sueles reservar para cuando sabes que tienes la situación bajo control. Te apoyas en la barandilla de madera que da a la calle, dejando que el aire fresco del amanecer te limpie los restos de humo y luces de neón que aún sientes pegados a la piel. El silencio es casi irreal después de las horas de estruendo en el club.
—Vaya… parece que no soy el único que se ha olvidado de qué forma tiene una almohada — dices hacia Elena para hacerte notar, manteniendo la voz baja, con ese tono grave y ligeramente ronco que te deja la noche—. Te hacía dormida, o al menos intentándolo. Pero me alegro de encontrarte aquí a estas horas.. Me irá bien poder charlar un poco antes de irme a dormir, la verdad hoy ha sido una noche de las largas…
—Se nota en tu cara, vecino. Tienes esa mirada vidriosa de quien ha visto salir el sol antes de tocar la cama.
Elena deja su copa de Rueda sobre el muro, justo en el límite que separa ambas propiedades. Va descalza, con unos pantalones de yoga negros y una camiseta de tirantes gris que delata que hoy el aire de la mañana está un poco más fresco de lo habitual. Se recoge un mechón de pelo detrás de la oreja y te observa con una media sonrisa, entre maternal y pícara.
—A estas horas yo suelo estar preparando leches con cereales y peleándome con el uniforme de las niñas, pero ayer se las llevó su padre temprano —comenta, exhalando un suspiro de alivio.—Así que el único drama que me toca gestionar hoy es el tuyo.
Se apoya en el muro, acortando la distancia física entre los dos.
—Dime, ¿qué significa exactamente una «noche larga» para un chico como tú? ¿Muchas clientes generosas o es que la fiesta se te fue de las manos al terminar el turno? Porque si vienes buscando que la abogada te saque de un lío legal por ruidos o escándalo público, que sepas que mis honorarios a estas horas son carísimos… aunque contigo podría hacer una excepción y cobrarte en cotilleos.
Te mira de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en tu ropa.
—¿Te apetece un café bien cargado o necesitas algo más fuerte para asimilar el cierre del club? Te veo un poco más «tarambana» que de costumbre, si es que eso es posible.
—¿Un cafe a estas horas?—respondes con una falsa resignación. —Menor no, sírveme una copa de ese vino que estas probando, siempre he pensado que tienes muy buen gusto y quiero comprobarlo.
Elena suelta una carcajada suave, de esas que suenan a complicidad compartida en voz baja para no despertar al resto del bloque. Me mira con una ceja levantada, pero no duda ni un segundo.
—¿Vino a las ocho de la mañana? Definitivamente, eres una mala influencia, vecino —dice mientras se da la vuelta para alcanzar la botella que tiene sobre la mesa de mimbre—. Pero tienes razón, el café es para los que tienen que ir a una oficina a fingir que les importa el balance de resultados. Y nosotros ahora mismo estamos por encima de eso.
Se acerca de nuevo al muro y, con cuidado de no derramar ni una gota, llena una segunda copa que tenía guardada «por si acaso». Te la tiende, y por un momento sus dedos rozan los tuyos al entregártela. Sus manos están frías, pero su mirada es cálida, casi analítica.
—Es un Verdejo. Fresco, con carácter… como yo antes de que el derecho de familia me consumiera el alma —bromea, dándole un sorbo a la suya—. Ten cuidado, que entra como el agua pero te puede dejar sentado en el suelo de la terraza antes de que te des cuenta.
Se apoya de espaldas al muro, mirando hacia el horizonte donde el sol empieza a calentar de verdad, y luego se gira de nuevo hacia tí, recorriendo con la vista tu aspecto de «recién llegado de la batalla».
—Y bien… ya tienes tu copa. Ahora suelta el lastre. Para que digas que ha sido una noche larga, algo interesante ha tenido que pasar. ¿Ha habido alguna despedida de soltera especialmente… intensa? ¿O es que el «chico de oro» del club ha tenido un encuentro de esos que no se pueden contar en horario infantil? —Te dedica una sonrisa de medio lado, esperando el relato—. Prometo no juzgarte. Como abogada, he oído cosas mucho peores, y como tu vecina… bueno, digamos que mi curiosidad es mayor que mi sentido del decoro.
—¿Despedida de soltera? —respondes con una leve carcajada —. Más bien lo contrario, una despedida de casada —. Contestas mientras te pones cómodo en la silla con el vino en la mano.
Elena casi se atraganta con el sorbo de vino. Se aparta el pelo de la cara y te mira con los ojos muy abiertos, soltando una risa seca, casi incrédula, mientras se apoya con los codos en el muro para no perderse ni un detalle.
—¿Una despedida de casada? —repite, saboreando las palabras con una mezcla de ironía y fascinación—. Vaya, parece que ahora se celebra hasta el final del naufragio. No sabía que esa era la nueva tendencia en tu club.
Se queda un momento en silencio, observándote mientras te acomodas en la silla. Sus ojos recorren tu postura relajada, deteniéndose un instante en el contraste entre tu aspecto de «vividor de la noche» y la calma de la mañana. Hay algo en su mirada que ha cambiado; ya no te mira solo como al vecino ruidoso que le daba dolor de cabeza a su marido, sino como a alguien que sabe secretos que ella apenas está empezando a descubrir.
—Interesante… —murmura, dando un sorbo lento a su copa—. Hace unos meses, yo misma podría haber sido la cliente estrella de una fiesta así. Aunque dudo que Alberto hubiera apreciado el detalle de un chico como tú bailando en mi salón.
Se inclina un poco más sobre el muro, bajando el tono de voz, creando esa burbuja de intimidad que solo existe a estas horas en las que el mundo aún no se ha despertado del todo.
—Dime una cosa, ahora que estamos en confianza y que el vino me está soltando la lengua… ¿Cómo es el «servicio» en una despedida de casada? ¿Es más… vengativo? ¿O simplemente buscaba olvidar que ha desperdiciado diez años con el hombre equivocado? —Te lanza una mirada cargada de intención—. Porque, conociendo el percal, me imagino que esa mujer no quería que le bailaras «suavecito», precisamente.
Esboza una sonrisa de medio lado, de esas que dicen que sabe mucho más de lo que admite.
—¿Fue una de esas noches en las que terminas haciendo horas extras, vecino?
—Escucha, Elena… —y entornas los ojos para continuar la frase —. Acércate un poco más, porque esto no se lo cuento a cualquiera. Hay un abismo entre lo que la gente cree ver y lo que yo siento desde el escenario.
—Si te soy sincero, cada noche es un ecosistema distinto. Las despedidas de soltera… eso es puro ruido, ¿sabes? Mucho morbo, muchas bromas, se lo toman como un juego de niñas traviesas donde todo es risa y descaro. Pero las que se divorcian… ah, esas son otra historia. Se les nota en la mirada, vienen con un punto de resentimiento pero, sobre todo, con un hambre de libertad que asusta. Quieren recuperar cada segundo perdido y su juego es mucho más íntimo, más de «aquí y ahora».
Te ríes por lo bajo, recordando el caos de hace apenas unas horas, y das un paso hacia ella, bajando el tono de voz para que solo Elena pueda oirte.
—Pero lo de esta noche… lo de esta noche ha sido de otro planeta. Había una que iba directamente a por todas. No ha dejado ni un solo rincón de mi cuerpo sin explorar durante el número; se ha atrevido a todo, Elena, incluso a hacerme una mamada ahí mismo, sobre el escenario, delante de todo el mundo. Y lo más increíble es que sus amigas, en lugar de cortarse, estaban ahí vitoreándola como si fuera una puta heroína.
Dejas ir una carcajada breve, cargada de esa adrenalina que todavía no te ha abandonado.
Elena suelta un silbido bajo, arqueando las cejas de una manera que mezcla el escándalo profesional con una curiosidad puramente femenina. Se lleva la copa a los labios, pero tarda en beber; se queda mirándote por encima del cristal, procesando la escena que acabas de describir.
—Vaya… —logra decir, con un tono de voz que ha bajado una octava—. Eso no es una despedida, es una declaración de guerra al pasado. Se ve que esa mujer no quería un baile, quería una confirmación de que sigue viva.
Se ríe, pero esta vez es una risa más nerviosa, menos «de abogada». Se nota que la imagen de la escena en el escenario le ha removido algo. Cruza las piernas y se recoloca en la silla de mimbre, dándole un trago largo al vino antes de volver a clavar sus ojos en los tuyos.
—No me extraña que las amigas la vitorearan —continúa, apoyando la barbilla en su mano—. Para muchas de esas mujeres, ver a alguien como tú… tan joven, tan… disponible, y que se deje hacer de todo, es como entrar en una tienda de caramelos después de estar a dieta diez años. Pero lo de «en el escenario», frente a todo el mundo… —Elena niega con la cabeza, sonriendo con malicia—. Eso es tener muchas ganas de quemar los puentes. O de que el ex marido se entere por el boca a boca.
Se inclina hacia delante, invadiendo un poco el espacio del muro, con ese aire de complicidad que ya roza lo peligroso.
—Y tú, vecino… ¿cómo gestionas eso? Porque después de que una desconocida se tome esas libertades contigo delante de una multitud, volver aquí, a este edificio tan… «de gente bien», debe de ser casi surrealista. ¿No te sientes un poco objeto? —Te lanza una mirada que te recorre el torso, lenta, sin ocultarse—. O quizás es que te gusta esa sensación de que ellas pierdan el control cuando te tienen delante.
Se queda mirándome un segundo de más, en silencio.
—¿Y qué pasó después? Porque me cuesta creer que, después de un aperitivo así en el escenario, la noche terminara simplemente con un «gracias por la propina».
—Mira, Elena, acércate… te lo cuento tal cual, para que entiendas cómo funciona mi mundo cuando las luces se apagan y la música sube. Al final, con los años, aprendes a gestionar estas situaciones. En el escenario siempre hay alguna que se sobrepasa, que se deja llevar por el momento, y ahí es donde yo tengo que ser el dueño de la escena. Es cuestión de tener los límites muy claros: yo nunca obligo a nadie, dejo que ella sea la que haga y deshaga a su antojo, pero hay una línea que no se cruza. Nada de penetración, eso es sagrado para mí, es mi regla de oro.
Te apoyas un poco más en el muro, buscando tu mirada mientras suelto una media sonrisa, recordando el descontrol de hace unas horas.
—Esta noche, con esa mujer, simplemente la dejé que disfrutara un poco, que me la chupara un rato para que sus amigas se divirtieran y tuvieran la foto de la noche. Total, al final hay mucha más gente mirando y el espectáculo tiene que seguir; yo solo sigo bailando, sigo con el show como si nada pasara. Pero es verdad que esta mujer quería guerra de la buena, si te soy sincero…
Sonries, con esa compostura que delata que lo que viene es aún más fuerte.
—La cosa no quedó ahí. Al acabar la función, cuando yo ya estaba intentando desconectar, la tía se presentó en la puerta de mi camerino. No se dio por satisfecha con lo del escenario, quería el segundo asalto en privado.
Elena aprieta un poco más el tallo de su copa, y por un momento jurarías que sus nudillos se han vuelto algo blancos. Se queda callada, asimilando tu franqueza con esa mezcla de fascinación y una pizca de envidia que no puede ocultar del todo. Su mirada de abogada analítica ha desaparecido por completo; ahora es solo Elena, la mujer que vive al otro lado del muro y que lleva demasiado tiempo sin escuchar una historia tan cruda y real.
—»Nada de penetración, eso es sagrado»… —repite en un susurro, casi para sí misma, con una sonrisa irónica—. Me encanta tu código ético, vecino. Es casi más estricto que el Código Civil.
Se recoloca en la silla, cruzando las piernas con un roce de tela que suena nítido en el silencio de la mañana. Pero al momento decide levantarse, y se inclina en tu dirección, apoyando el pecho contra el borde del muro, ignorando que el frío del cemento pueda molestarle.
—Así que la dejaste «divertirse» en el escenario para que tuvieran la foto… —Elena niega con la cabeza, riendo entre dientes—. Eres un auténtico profesional del espectáculo. Pero lo del camerino… eso ya es otra liga. Ahí ya no hay público, ni amigas vitoreando, ni fotos para el recuerdo. Solo estás tú, el olor a sudor y maquillaje, y una mujer que acaba de descubrir que puede tener lo que quiera.
Le da un sorbo generoso al vino, sin apartar los ojos de los tuyos. Hay una chispa de malicia en su mirada, como si estuviera intentando imaginar la escena en ese camerino estrecho.
—Vino a buscarte, ¿eh? —continúa con voz sugerente—. Me imagino que no iba precisamente a pedirte un autógrafo o a que le explicaras los términos de su sentencia de divorcio. Después de lo que hizo delante de todo el mundo, entrar en tu camerino es ir directa al grano.
Elena deja la copa en el muro y se acerca un poco más, bajando la voz hasta que es casi un secreto entre los dos.
—Dime, «chico de oro»… ¿fuiste tan estricto con tus normas de «nada de penetración» cuando se cerró la puerta del camerino? ¿O es que a esas horas de la madrugada los límites se vuelven un poco más… difusos? —Te lanza una mirada de arriba abajo, deteniéndose en tu boca antes de volver a tus ojos—. Porque me da la sensación de que esa mujer no es la única que tiene curiosidad por saber qué pasa cuando se apagan las luces del club y solo quedas tú.
Te acercas un poco más a Elena, invadiendo ese espacio personal que tan solo limita el pequeño muro entre terrazas, y dejas que vea en tus ojos esa chispa de travesura que todavía te dura del club.
—Pues esta vez, Elena, me pilló totalmente por sorpresa. No me esperaba que nadie tuviera el valor de cruzar esa puerta y yo estaba recién salido de la ducha, ¿sabes? —Sueltas una carcajada limpia, recordando el momento—. Me pilló, como quien dice, con la toalla puesta y poco más, jajaja.
Te pasas una mano por el cuello, como si todavía sintieras la humedad del camerino, y buscos su mirada con un gesto de complicidad.
—Imagínatelo: yo intentando volver a ser un civil y ella ahí plantada, con esa cara de no haber tenido suficiente. En ese momento, hasta a un “tarambana” como yo le cuesta mantener la compostura.
Elena suelta una carcajada genuina, de esas que le salen del pecho y que la hacen parecer diez años más joven. Se tapa la boca con una mano, intentando no reír demasiado fuerte por si algún vecino madrugador está escuchando, pero sus ojos brillan con una intensidad que no le había visto antes.
—¡No me digas! —exclama en un susurro vibrante—. Recién salido de la ducha y con la toalla puesta… eso es ponerle el banquete en bandeja de plata a una mujer que viene de pasar un «ayuno» matrimonial, vecino. ¡Eso es crueldad innecesaria!
Se apoya de nuevo en el muro, pero esta vez con una actitud mucho más relajada, casi como si estuviera allí contigo en ese camerino. Su mirada recorre tus hombros y tu torso con una desfachatez que no tendría si estuviéramos a plena luz del día o si Alberto estuviera en casa.
—Me lo imagino perfectamente… la humedad en la piel, el vapor en el espejo y tú ahí, intentando ser el profesional que mantiene las distancias mientras ella te mira como si fueras el postre —dice Elena, bajando la voz y dándole un sorbo lento a su vino—. Sabes, las abogadas solemos decir que «a confesión de parte, relevo de pruebas», pero en tu caso… necesito que me des más detalles del «delito».
Se inclina tanto que puedo oler su perfume mezclado con el aroma del vino.
—¿Y qué hizo la «recién divorciada»? Porque si tuvo el valor de subir al escenario, no creo que se quedara cortada al verte solo con una toalla. ¿Se limitó a mirar o decidió que la toalla sobraba en esa habitación? —Elena arquea una ceja, con una sonrisa juguetona—. Y lo más importante… ¿qué hizo el chico de la toalla al respecto? ¿Fuiste un caballero… o te dejaste llevar por la «liberación» de tu cliente?
Bajas un poco el tono de voz, como si te estuvieras confesando de un secreto que solo puede decirse cuando el cielo empieza a clarear, y dejas que esa sonrisa de suficiencia asome de nuevo.
—Pues la tía se presentó allí, así, sin más. Empezó a disculparse por haber entrado, diciendo que quería pedirme perdón por su comportamiento en el escenario… pero vamos, Elena, que se notaba a leguas que aquello era solo una excusa barata para colarse en mi espacio.
Te encoges de hombros, restándole importancia al asunto con ese gesto que pones cuando sabes que te están intentando torear.
—Yo intenté no darle más importancia a lo que pasó fuera; al fin y al cabo, es mi trabajo. Le dije educadamente que ya había terminado mi jornada y que tenía que irme, pero era insistente, de esas que no aceptan un «no» por respuesta.
Miras a Elena fijamente, clavando tus ojos en los tuyos con una mezcla de burla y fascinación, y sueltas un suspiro cargado de ironía.
—De verdad, no sé qué tenéis las divorciadas que no os gusta dejar escapar ni una… Es como si tuvierais un radar para detectar el momento justo en el que uno está más vulnerable.
Elena suelta un bufido, pero no es de ofensa, sino de pura diversión. Apoya la barbilla en su mano, mirándote con esa mezcla de superioridad intelectual y una curiosidad femenina que ya no intenta disimular.
—¿»Qué tenemos las divorciadas»? —repite con un tono aterciopelado, casi burlón—. Ay, vecino… lo que tenemos es que ya no perdemos el tiempo con preliminares aburridos ni con juegos de instituto. Cuando has pasado años pidiendo permiso para todo o aguantando a alguien que no sabe ni dónde tienes el cuello, aprendes que si quieres algo, tienes que ir a por ello. Sin rodeos.
Se termina el vino de un trago y deja la copa vacía en el muro, pero no se retira. Al contrario, se acerca un poco más, reduciendo la distancia hasta que solo el pequeño muro de piedra os separa.
—Esa mujer no quería pedirte perdón, quería terminar lo que empezó bajo los focos —dice Elena, clavándote la mirada—. Y lo de la toalla… bueno, eso es jugar con ventaja. Me la imagino ahí, viendo las gotas de agua resbalar por tu pecho mientras tú le decías con la boca que «tenías que irte», pero tu cuerpo… bueno, tu cuerpo seguro que decía otra cosa.
Se ríe bajito, una risa que vibra en el aire fresco de la mañana. Luego, baja la voz hasta convertirla en un susurro íntimo, casi rozando la confesión.
—La insistencia es un arma muy poderosa cuando sabes lo que buscas. Y tú, ahí plantado, medio desnudo y oliendo a gel de ducha… eres una tentación que cualquier mujer con dos dedos de frente (y una sentencia de divorcio en el bolso) intentaría aprovechar.
Te dedica una mirada de arriba abajo, lenta, como si ella misma estuviera repasando mentalmente esa escena del camerino, pero aplicándola al aquí y al ahora.
—Dime, «tarambana»… ¿De verdad fuiste tan profesional como para echarla del camerino con esa toalla puesta? ¿O es que su «insistencia» acabó convenciéndote de que podías llegar un poco más tarde a casa? Porque te veo muy relajado en esa silla, pero algo me dice que esa toalla no se quedó en su sitio mucho tiempo…
—Si me pones otra copa de ese vino tan bueno te lo cuento «vecina» — le respondes con ironia.
Elena suelta una risita, una mezcla de sorpresa y deleite, mientras niega con la cabeza. Te mira fijamente a los ojos, sosteniendo la mirada un segundo más de lo necesario, antes de estirarse para coger la botella de nuevo.
—Me gusta cómo negocias, vecino. Vas directo al grano, sin cláusulas de rescisión —dice mientras sirve el vino con una precisión casi quirúrgica, llenando tu copa hasta el mismo nivel que la suya—. Pero cuidado, que este Verdejo tiene la lengua muy suelta y yo soy una experta en interrogar a testigos… y algo me dice que tú eres de los que tienen mucho que confesar.
Te tiende la copa, dejando que sus dedos rocen los tuyos de nuevo, esta vez de forma menos accidental. Se acomoda otra vez contra el muro, con la espalda apoyada en el cemento frío pero con el cuerpo girado hacia mí, entregada totalmente a la conversación. El sol ya empieza a calentarle los hombros y el brillo en sus ojos es de todo menos jurídico.
—Hala, ya tienes tu «soborno» —dice con voz juguetona, dando un sorbo a su propia copa—. Ahora no te me escapes. Estábamos en ese camerino estrecho, tú con la toalla todavía húmeda, ella insistiendo… y tú intentando hacerte el difícil.
Se inclina hacia delante, bajando el tono de voz a ese nivel de secreto que solo se comparte con un cómplice.
—Dime… ¿qué hizo cuando vio que tus palabras decían «vete» pero tus ojos no se movían de los suyos? Porque una mujer en ese estado de liberación no se conforma con un «no» por respuesta. ¿Se atrevió a dar el paso y acortar la distancia, o fuiste tú el que, entre copa y copa de insistencia, dejó que la toalla… bueno, que la toalla cumpliera su función de caerse al suelo?
Te lanza una mirada cargada de una curiosidad casi eléctrica.
—Soy toda oídos, vecino. Y créeme, tengo mucha imaginación para los detalles… pero prefiero que me los cuentes tú.
Das un paso más hacia ella, acortando la distancia hasta que casi puedes sentir el calor de su cuerpo, y bajas la voz a un susurro, porque esto ya entra en terreno pantanoso.
—Pues qué quieres que te diga, Elena… fue ella la que dio el primer paso, aunque bueno, más que un paso fue un salto al vacío, jajaja. Cuando quise darme cuenta, la tía me había quitado la toalla de un tirón y, claro… se encontró con el panorama. Digamos que la situación no estaba precisamente «relajada».
Te ríes con una mezcla de orgullo y picardía, mirándola de esa forma que solo usas cuando pones a alguien en un compromiso.
—A ver, imagínatelo, no soy de piedra. Después de un espectáculo así, con toda la música, el contacto y la adrenalina a tope, lo normal es que acabe muchas veces bien empalmado, y eso fue exactamente lo que se encontró ella de frente. Un regalo de fin de fiesta que no esperaba ver tan de cerca fuera del escenario.
Elena se queda de piedra un segundo, con la copa a medio camino entre el muro y sus labios. Abre los ojos un poco más de la cuenta y suelta un suspiro largo, de esos que parecen una mezcla de asombro y algo que se parece sospechosamente a la envidia.
—Madre mía… —murmura, y su voz suena ahora mucho más ronca, menos «vecina» y mucho más «mujer»—. Así que «un salto», ¿eh? Vaya con la recién divorciada… se ve que no quería perderse ni el postre ni el plato principal.
Se muerde el labio inferior mientras procesa la imagen que le acabo de dar. Mira su copa, luego la tuya, y finalmente vuelve a clavar sus ojos en tu torso, como si estuviera intentando visualizar exactamente eso que se encontró la otra en el camerino. Notas cómo recorre con la vista la línea de tus abdominales que asoman por encima del muro.
—No te culpo por no ser de piedra, vecino —dice con una media sonrisa cargada de intención—. Sería casi un pecado que, después de un show así, estuvieras… «relajado». Al final, eres un hombre, no un maniquí de escaparate. Y ella, bueno… ella simplemente fue a comprobar si lo que veía en el escenario era publicidad engañosa o realidad pura.
Se inclina sobre el muro, apoyando el mentón en su mano, y baja la voz tanto que casi tienes que estirarte para oírla. El aire entre los dos se ha vuelto de repente mucho más pesado, más denso que el alcohol del vino.
—Y por tu cara de pícaro y esa copa que te estoy sirviendo… me da la impresión de que lo que encontró le gustó lo suficiente como para no salir del camerino en un buen rato —añade Elena, mirándote con una mezcla de picardía y una curiosidad que ya roza lo descarado—. ¿Y qué pasó entonces? Porque tener a una mujer así de decidida, con la toalla por el suelo y tú… bueno, en ese estado de «exhibición total»… supongo que los límites sagrados de los que hablabas antes se quedaron fuera de la puerta, ¿no?
Te lanza una mirada de fuego, de esas que te hacen preguntarte si ella también está pensando en dar «un salto» por encima del muro.
—Cuéntame, «chico de la noche»… ¿cómo terminó ese asalto al camerino? ¿Le demostraste que los vecinos jóvenes sois mucho más interesantes que los maridos aburridos?
Tu también te acercas un poco más al muro que os separa, buscando ese punto donde vuestras sombras casi se tocan bajo la luz del amanecer. La miras fijamente, sin parpadear, dejando que la honestidad de la noche —o de lo que queda de ella— se cuele en tus palabras.
—Pues mira, Elena… la tía no se cortó ni un pelo. Así, como te lo cuento. En cuanto se encontró con el panorama, se arrodilló allí mismo, en mitad del camerino, y empezó a mamármela sin pensárselo dos veces.
Suspiras lentamente, dejando que el recuerdo de la sensación se note en tu gesto, y le confiesas la verdad con ese descaro que ya conoces de sobra.
—Y no te voy a engañar, porque a estas alturas ya nos conocemos: no lo hacía nada mal. Al revés, se notaba que sabía perfectamente lo que buscaba y, sobre todo, le ponía unas ganas… unas ganas de esas que te hacen olvidar por un momento que tienes que volver a casa.
Elena deja la copa sobre el muro con un golpe seco, pero no retira la mano del cristal. Se queda mirándote fijamente, y por un momento el único sonido que se oye es el de un camión de la basura a lo lejos y el de su propia respiración, que se ha vuelto un poco más profunda.
Sus mejillas han cobrado un color rosado que no tiene nada que ver con el sol de la mañana. Se humedece los labios con la lengua, de forma casi inconsciente, y clava su mirada en la tuya con una intensidad que te hace enderezarme de forma inconsciente.
—Vaya con la divorciada… —murmura con una voz que es puro terciopelo rasgado—. Quién me iba a decir a mí, que cuando Alberto se quejaba de tus «ruiditos» a través de la pared, lo que realmente estaba pasando al otro lado era… bueno, era esto.
Se inclina hacia delante, invadiendo ya descaradamente el espacio del muro, hasta el punto de que si te acercaras un poco más, vuestras frentes se tocarían. El aroma de su perfume y el del vino blanco te llegan de golpe.
—Se arrodilló, ¿eh? Sin preámbulos, sin negociaciones… —Elena suelta una risita nerviosa, cargada de una malicia que pone los pelos de punta—. Hay que reconocerle el valor. Pasar de los aplausos del público a… bueno, a tenerte así en la intimidad de un camerino. Y dices que le ponía ganas… No me extraña. Muchas mujeres pasan años «cumpliendo» en la cama como si fuera una tarea doméstica más, y cuando por fin tienen a alguien como tú delante, alguien que es puro fuego y que no les va a pedir explicaciones al día siguiente… se vuelven locas.
Recorre con la mirada tu cuello, bajando lentamente por el pecho, deteniéndose donde el muro de la terraza oculta el resto de tu cuerpo. Te lanza una mirada de soslayo, con una chispa de desafío.
—Sabes, vecino… me estás haciendo el relato tan detallado que casi puedo sentir el calor de ese camerino. Y me pregunto… —Baja la voz hasta un susurro que te recorre la nuca—. Después de que ella se tomara tantas molestias y le pusiera «tantas ganas»… ¿te limitaste a disfrutar del espectáculo o decidiste que tú también tenías algo que enseñarle a esa divorciada antes de que se fuera a casa?
Te sostiene la mirada, desafiante, mientras juega con el borde de su camiseta de tirantes.
—Porque si yo fuera ella, y te tuviera así de cerca… no me habría conformado con un solo acto. ¿Cómo acabó la función, «chico de oro»? ¿La dejaste con ganas de más o le diste el gran final que se merecía?
Te pasas una mano por la nuca y sueltas un suspiro largo, de esos que sacan toda la tensión acumulada. Te acercas un poco más a ella, casi invadiendo su espacio, para que sienta que esto que le cuentas te ha dejado todavía un poco tocado.
—Pues la verdad, Elena… me costó la vida no ir más allá. No te imaginas cuánto. Estuve tentado, por un instante, de mandarlo todo a la mierda, cogerla en brazos, tirarla encima de la mesa del camerino y darle una noche de esas que no olvidaría ni en tres vidas.
Callas durante un segundo, mirándola a los ojos, dejando que veasesa lucha interna que todavía te remueve por dentro.
—Es uno de esos momentos en los que tu cabeza toma una decisión, pero tu cuerpo, con toda su rabia y sus ganas, te está gritando exactamente lo contrario. Al final, tuve que sacar fuerzas de donde no las tenía, la aparté y le dije que parara, que no continuara. Le solté la típica excusa de que nos tienen prohibidísimo intimar con las clientas… porque, en el fondo, Elena, no quiero que me despidan. Me gusta demasiado lo que hago.
Sueltas una risa seca, un poco amarga, mientras te ajustas la ropa, recordando la sensación de hace apenas una hora.
—Eso sí, no te voy a mentir… no veas el calentón que me ha dejado la mujer esta. Tengo la adrenalina y el deseo dándome puñetazos por dentro.
Elena se queda mirándote en silencio durante unos segundos largos, con la copa olvidada sobre el muro. Sus ojos recorren tu cara buscando rastro de arrepentimiento, pero lo que encuentra es esa honestidad brutal del que todavía tiene la adrenalina a flor de piel.
Suelta un suspiro largo, casi como si ella también hubiera estado conteniendo la respiración durante tu relato. Se pasa una mano por el cuello, masajeándose la nuca, y te dedica una mirada cargada de una mezcla extraña entre respeto y una decepción juguetona.
—Vaya… —murmura, y su voz suena ahora más cálida, más íntima—. El «chico malo» del bloque resulta que tiene principios… o al menos un instinto de supervivencia muy agudo.
Se apoya de nuevo en el muro, pero esta vez cruza los brazos sobre el cemento, hundiendo ligeramente el pecho, lo que hace que su camiseta de tirantes se ciña un poco más. Te mira con una sonrisa de medio lado, evaluándote de una forma que nada tiene que ver con lo profesional.
—No sabes la fuerza de voluntad que hace falta para apartar a alguien cuando tu cuerpo está gritando lo contrario, vecino. Y menos en una situación así —dice Elena, bajando la voz—. Como abogada, entiendo lo de la cláusula de rescisión y el miedo al despido… pero como mujer… bueno, como mujer te diré que esa pobre divorciada se habrá ido a casa con la frustración más grande de su vida. Y tú…
Se ríe bajito, negando con la cabeza, mientras te mira con una chispa de malicia en los ojos.
—Tú estás aquí, a las ocho de la mañana, con un «calentón» de campeonato, una copa de vino y contándole tus penas a tu vecina divorciada —hace una pausa dramática, dejando que el silencio trabaje a su favor—. Es una situación bastante… irónica, ¿no crees?
Elena estira la mano y, con una lentitud calculada, acaricia el borde de tu copa de vino sin llegar a tocar tus dedos, pero quedándose peligrosamente cerca.
—Dime una cosa, «tarambana»… Ahora que estás aquí, en la seguridad de tu terraza, donde no hay jefes, ni cámaras de seguridad, ni prohibiciones de contrato… —Se inclina un poco más, tanto que puedes notar el calor que desprende su piel—. ¿Qué piensas hacer con toda esa «rabia» que te ha dejado el cuerpo? Porque me parece un desperdicio que una noche tan intensa termine simplemente con una resaca y una charla sobre el muro.
Te lanza una mirada de arriba abajo, deteniéndose en tu pecho un segundo de más antes de volver a tus ojos con un desafío mudo.
—A veces, las mejores decisiones son las que se toman cuando uno deja de pensar en las consecuencias… ¿No es eso lo que siempre predicas tú con tu estilo de vida?
La miras de esa forma en la que el cansancio y el deseo se mezclan peligrosamente.
—Mira, Elena… lo de pararme a pensar en las consecuencias y en lo que dicta el sentido común, mejor se lo dejo a las abogadas. A estas horas, mi cabeza no está para leyes. Podría hacer muchas cosas ahora mismo, o simplemente hacer lo de siempre: lo que toca cuando acabo un turno especialmente caliente en el club… encerrarme, masturbarme para soltar toda esa rabia acumulada y relajarme de una vez.
Te detienes un instante, clavando tus ojos en los suyos con una intensidad que casi se puede tocar, a la vez que tu voz se vuelve un poco más profunda.
—Pero, si te soy sincero, ahora mismo lo que realmente me pide el cuerpo es otra cosa. Me apetece otra copa de este tinto, olvidarme del camerino y seguir con esta conversación contigo. Porque no todas las noches se tiene a alguien al otro lado que aguante el tirón de un pirata como yo.
Elena suelta una carcajada vibrante, esta vez sin rastro de timidez. Se echa hacia atrás, dejando que el sol de la mañana le dé de lleno en la cara, y te mira con una mezcla de admiración y diversión pura.
—¡Touché! —exclama, volviendo a llenar tu copa con un pulso sorprendentemente firme—. Me has dado donde duele. Es cierto, a las abogadas nos pagan por anticipar desastres, pero a veces… solo a veces, nos cansa ser las únicas que leemos la letra pequeña de la vida.
Se apoya de nuevo en el muro, pero esta vez lo hace de una forma más relajada, casi íntima. Te observa mientras bebes, y notas cómo su mirada se vuelve un poco más densa al procesar eso de que «acabas el turno caliente y te masturbas para relajarte». Hay una chispa de descaro en sus ojos que antes no estaba ahí; es como si tu franqueza le hubiera dado permiso para ser igual de directa.
—Eres increíble, vecino. La mayoría de los tíos en tu posición intentarían hacerse los intensos o los románticos para impresionarme, pero tú vas y sueltas lo de la masturbación como quien dice que va a comprar el pan —dice Elena, con una sonrisa que ya no es de vecina, sino de algo mucho más cómplice—. Me gusta esa falta de filtros. Es refrescante en un mundo lleno de señores con corbata que mienten hasta cuando dan las buenas noches.
Le da un sorbo lento a su vino, sin quitarte los ojos de encima. El aire empieza a calentar, y el silencio entre los dos ya no es incómodo, es… eléctrico.
—Así que prefieres la conversación, ¿eh? —pregunta bajando la voz, mientras juguetea con el borde de su copa—. Pues hablemos de esa «rabia» que mencionaste antes. Porque tenerte ahí, a menos de un metro, contándome cómo te dejaron a medias mientras yo me termino esta botella… bueno, digamos que es la conversación más interesante que he tenido en años. Mucho mejor que cualquier alegato en los juzgados.
Se inclina hacia delante, tanto que vuestras caras están a apenas treinta centímetros de distancia sobre el muro. Puedes oler el vino y el sándalo de su piel.
—Dime una cosa, «tarambana»… ¿De verdad crees que una ducha y una copa van a ser suficientes para calmar ese calentón que traes del club? O… —hace una pausa, recorriéndote el torso con una mirada que te quema la piel— …¿estás esperando a que tu vecina abogada te proponga alguna alternativa que no infrinja ninguna cláusula de tu contrato? Porque aquí, en esta terraza, no hay clientes… solo amigos que se están empezando a llevar demasiado bien.
Ries rompiendo e el silencio de la terraza, una de esas risas que me salen desde el pecho y que sabes que desarman un poco a cualquiera. La miras de reojo, negando con la cabeza mientras das un pequeño sorbo a tu copa.
—Jajajajaja… de verdad, Elena, para ser abogada te andas muchísimo por las ramas. Me resulta fascinante. Siempre tuve la idea de que los de tu gremio erais mucho más claros, cortantes y directos con todo, de los que van al grano sin rodeos…
Te acerco un paso más, lo justo para que note que el tono de la charla está cambiando, y le dedicas esa sonrisa de quien cree haberla pillado en un renuncio.
—¿O es que conmigo te gusta perderte en los laberintos a propósito? Porque parece que te divierte más darle vueltas a las cosas que dictar sentencia de una vez.
Elena suelta una carcajada, pero esta vez es una risa corta, de esas que cortan el aire. Deja la copa sobre el muro con una firmeza que hace que el cristal tintinee y se inclina tanto hacia ti que puedes ver las pequeñas motas doradas en sus ojos marrones. Ya no hay rastro de la madre que prepara desayunos ni de la profesional que redacta demandas.
—¿Por las ramas? —repite con un tono de voz que ha bajado dos octavas, volviéndose peligrosamente suave—. Tienes razón. Supongo que es un defecto profesional: siempre evaluando los riesgos antes de dar el paso. Pero me has retado, vecino… y a una Santonja no se la reta en su propio terreno.
Se pasa la lengua por el labio inferior, humedeciéndolo, y su mirada cae directamente sobre tu boca antes de volver a tus ojos. Sus dedos, que antes jugueteaban con la copa, ahora se apoyan con fuerza en el borde del muro, justo al lado de tu mano.
—¿Quieres claridad y franqueza? Muy bien. Hablemos claro —dice Elena, y notas cómo su respiración se ha vuelto más errática—. Tengo 42 años, estoy recién divorciada de un hombre que era un mueble en la cama y llevo diez minutos escuchando cómo una desconocida te hacía de todo en un camerino mientras tú estabas ahí, empapado y con la toalla puesta. ¿Y sabes qué es lo que más me ha molestado de tu historia?
Hace una pausa dramática, acercando su rostro al tuyo hasta que el calor de su piel es casi insoportable.
—Que me ha molestado que fuera ella, y no yo, la que entrara en ese camerino —suelta sin pestañear, con una honestidad que te golpea como una corriente eléctrica—. Así que olvida las ramas. Estoy aquí, a un metro de ti, con la casa vacía y el cuerpo encendido por tu culpa y por este vino maldito.
Se queda en silencio un segundo, sosteniéndote el desafío, y luego baja la mirada hacia el pequeño muro que os separa.
—Este muro es lo único que impide que deje de ser «la vecina abogada» para convertirme en algo mucho peor para tu salud, «tarambana». Así que tú me dirás… ¿Vas a seguir dándole sorbitos al vino o vas a demostrarme que eres tan valiente fuera del escenario como lo eres encima de él?
Te mira de reojo, con una sonrisa que es puro fuego.
—Porque me parece que ese «calentón» que traes del trabajo se cura mucho mejor saltando este muro que haciéndolo tú solo en tu cama. ¿O me vas a decir ahora que tú también tienes cláusulas de exclusividad con tus vecinas?
Ni siquiera le das tiempo a terminar de desafiarte. En cuanto las últimas palabras salen de su boca, tus manos ya están apoyadas en el muro.
Sin preámbulos ni florituras, te impulsas con un movimiento seco y explosivo. Es un salto limpio, de puro instinto; tus pies golpean las baldosas antes de que pueda pestañear. La pillas totalmente por sorpresa, cortándote el aliento cuando tu cuerpo aterriza a escasos centímetros del suyo.
La inercia te deja frente a ella, tan cerca que vuestras caras casi se rozan. Te quedas ahí, firme, con la respiración algo acelerada y esa chispa de victoria en los ojos.
—Ya no hay muro que impida nada, «vecina abogada» —le dices, atrapando su mirada antes de que puedas reaccionar.
Elena da un paso atrás por el impacto visual de verte saltar, pero no por miedo. Se queda quieta, con la respiración entrecortada, viendo cómo aterrizas con esa agilidad felina de quien está acostumbrado a moverse bajo las luces de un escenario. Ahora que estás en su lado de la terraza, la diferencia de altura y tu presencia física la obligan a inclinar la cabeza hacia arriba para sostenerte la mirada.
El sol de la mañana ya está bañando el lugar, pero el aire entre los dos es denso, cargado de esa electricidad que llevábamos cocinando desde que Alberto vivía aquí.
—Vaya… —logra decir, y su voz es apenas un susurro que vibra en el aire—. Parece que el «tarambana» se ha tomado en serio lo de la acción directa.
Se acerca un paso, eliminando cualquier espacio de seguridad. Sus manos, que antes estaban aferradas a la copa, ahora suben lentas, casi con una curiosidad científica, hasta posarse en tus pectorales. Siente el calor que desprende tu piel, todavía un poco húmeda por la adrenalina de la noche, y sus dedos se hunden levemente en tus músculos.
—Sabes que esto es allanamiento de morada, ¿verdad? —dice con una sonrisa pecaminosa, mientras sus ojos recorren tu mandíbula y se detienen en tus labios—. Como abogada, debería advertirte que las consecuencias van a ser graves… pero como Elena, te diré que has tardado demasiado en saltar ese muro.
Sube una de sus manos por tu cuello, enredando sus dedos en tu nuca y tirando de ti apenas unos milímetros hacia abajo, lo justo para que vuestras respiraciones se mezclen.
—Ahora que estás aquí, vecino… olvídate de las clientas, del club y de la toalla de ese camerino. Aquí no hay público, y yo no voy a conformarme solo con mirar —murmura, clavándote una mirada que promete incendiar lo que queda de la mañana—. ¿Vas a enseñarme ahora mismo por qué mi exmarido no podía dormir por las noches?
Sin esperar respuesta, Elena acorta la distancia final y te besa con el hambre de quien lleva años esperando un motivo para perder el control. Es un beso que sabe a vino blanco, a urgencia y a una libertad que acaba de empezar.