Capítulo 1

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El desenfreno

La atrapas por la cintura con fuerza, pegándola a tí hasta que no queda ni un milímetro de aire entre los dos. Elena suelta un gemido ahogado cuando siente la presión de tus manos en su cintura, pegándola a ti con esa fuerza que solo alguien con tu seguridad puede tener. Se estremece, pero no se aparta; al contrario, entrelaza sus dedos en tu pelo, sujetándote con la misma intensidad.

Después de ese beso que os ha dejado a ambos sin aliento, la obligas a sostener tu mirada, disfrutando de ver cómo se le empañan los ojos por el deseo.

—Así que Alberto no podía dormir por las noches, ¿eh? —sueltas con una ironia, cargada de una satisfacción oscura—. Siempre me pareció un cretino integral. Y te digo una cosa: siempre sospeché que cuando se quejaba de mis «ruidos», de mi música o de mis horas, no era porque le molestara el sueño. Se moría de envidia pura. Se le ponía dura imaginando lo que pasaba en mi lado de la pared mientras él se quedaba ahí, seco, a tu lado.

Te inclinas hacia su oído, rozándole con los labios mientras bajas la voz a un susurro que es pura provocación.

—¿Me equivoco, «abogada»? ¿O es que le dolía saber que su mujer estaba escuchando a un hombre de verdad mientras él se convertía en parte del mobiliario? Pues ahora ya no tendría que imaginar nada… porque el ruido de verdad va a empezar ahora mismo.

Cuando te separas para mirarla a los ojos, ella tiene la mirada nublada, las pupilas dilatadas y los labios húmedos por el beso. Al mencionar a Alberto, suelta una risa ronca, cargada de un desprecio que ha estado guardando bajo llave demasiado tiempo.

—¿Cretino? Te quedas corto, vecino —responde, y su voz es ahora puro instinto—. Era un hipócrita. Se pasaba las noches pegado a la pared, en silencio absoluto, escuchando cada uno de tus jadeos… y luego se giraba en la cama con una mala leche que se podía cortar con un cuchillo.

Se inclina hacia tu oído, rozando tu lóbulo con los labios mientras sus manos bajan por tu espalda, buscando el contacto directo con tu piel.

—Y no te equivocas ni un poco —susurra, y sientes su aliento caliente—. No era el sueño lo que perdía. Era el control. Se moría de rabia al saber que, mientras él intentaba llevar una vida «impecable», tú estabas al otro lado dándole a esas chicas lo que él ni siquiera se atrevía a imaginar. Tenía una envidia patética de tu libertad… y de lo que tú hacías con ella.

Elena levanta la cabeza, clavándote una mirada desafiante, casi salvaje, que te deja claro que la abogada ha abandonado el edificio definitivamente.

—Pero Alberto ya no está aquí. Ahora soy yo la que te tiene en su lado del muro… y créeme, no tengo ninguna intención de dejarte ir.

Baja una de sus manos desde tu espalda hasta tu cadera, apretando con fuerza, mientras una sonrisa de absoluta posesión se dibuja en su cara.

—Dime, «tarambana»… ¿vas a dejar que me quede con la duda de si lo que escuchaba a través del tabique era tan real como parece? Porque tengo mucha curiosidad por saber si eres capaz de hacer que los vecinos de abajo acaben despertándose antes de hora.

La aprietas un poco más contra ti, dejando que tus dedos se hundan en su cintura mientras le dedicas una mirada que lo dice todo. Ya no hay rastro de bromas, solo hambre.

—Me parece a mí, Elena, que vamos a despertar a los vecinos bastante pronto este sábado… —le dices con la voz más profunda que nunca.

Y sin dejarle tiempo a responder, la besas con una fuerza que le echa la cabeza hacia atrás, reclamándola. Mientras tus labios se pierden en los suyos, tus manos no pierden el tiempo: se cuelan con decisión por debajo de su camiseta de tirantes, buscando su espalda hasta encontrar el cierre del sostén. Lo desabrochas con un solo movimiento, experto y rápido, sintiendo cómo su piel se eriza bajo tus dedos.

Elena suelta un gemido ahogado ante tus labios cuando siente la urgencia de tus manos. El contraste entre el aire fresco de la mañana en la terraza y el calor de tu cuerpo es lo único que la mantiene conectada a la realidad. Cuando tus dedos encuentran el cierre de su sujetador y lo liberan con la destreza de quien ha desvestido a muchas, ella arquea la espalda, presionando su pecho contra tus palmas, entregándose por completo.

—Que miren si quieren… —murmura entre besos, con la voz rota y la respiración agitada—. Ya me pasé media vida preocupada por el «qué dirán».

Se deshace de la camiseta con un movimiento rápido, dejándola caer sobre las baldosas de la terraza, y se queda ante ti bajo la luz del sol, sin más defensas que su mirada incendiaria. El sol de las ocho de la mañana resalta la suavidad de su piel y la curva de sus caderas, que ahora busca desesperadamente el contacto con las tuyas.

—Alberto solía decir que eras un salvaje, un animal nocturno… —dice Elena, rodeándote el cuello con los brazos y tirando de ti hacia la puerta acristalada que lleva a su salón—. Y yo, durante años, me moría por saber qué se sentía al ser devorada por una fiera así.

Te guía hacia el interior, donde el rastro de la abogada organizada (el maletín, los papeles sobre la mesa, la decoración sobria) contrasta con el desorden que estáis a punto de montar. Te empuja contra la pared, la misma pared que antes os separaba, y te mira con un hambre que no tiene nada de profesional.

—Demuéstrame que los ruidos que escuchaba eran solo el principio —susurra, mientras sus manos bajan con decisión hacia el botón de tu pantalón—. Demuéstrame por qué no voy a volver a dormir tranquila en esta casa mientras tú vivas al lado.

Te olvidas por completo de la copa de vino y de las luces del amanecer. Ahora mismo, tu único mundo es el cuerpo de Elena, que vibra contra el tuyo bajo la luz grisácea que entra desde la terraza.

Con una urgencia que ya no puedes —ni quieres— frenar, te hundes en sus pechos, devorando su piel con un ansia que delata lo mucho que te ha costado mantener el control estos últimos minutos. La muerdes con suavidad, la saboreas y dejas que tu lengua marque el camino de tu deseo, mientras ella suelta un gemido que te confirma que el «ruido» que tanto molestaba a Alberto se va a quedar corto hoy.

Al mismo tiempo, tus manos, expertas en despojarte de ropa bajo los focos, no pierden el ritmo aquí en la sombra. Buscas el borde elástico de su pantalón de yoga y, con un movimiento firme y descendente, lo deslizas por sus caderas, deshaciéndote de esa última capa de abogada para dejar al descubierto a la mujer que te ha estado retando toda la noche. Sientes la firmeza de sus muslos y el calor que desprende su piel, y sabes que, por muchas mujeres que te hayan tocado en el club, ninguna te ha hecho arder como lo está haciendo ella ahora.

Elena echa la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro que es casi un grito ahogado cuando siente el calor de tu boca sobre su piel. Sus dedos se entierran en tu pelo, apretando con fuerza, mientras nota cómo le quitas los pantalones de yoga con esa urgencia que solo un hombre que viene de una noche de adrenalina puede tener.

—¡Dios, vecino…! —jadea, mientras su espalda se arquea contra la pared fría, buscando desesperadamente el contraste con el fuego de tus labios.

Cuando los pantalones caen al suelo y ella queda completamente expuesta ante ti en el salón, Elena no intenta cubrirse. Al contrario, se abre a ti con una confianza que solo da la madurez y ese hambre acumulada de años de sequía emocional. Sus pechos suben y bajan al ritmo de una respiración que ya no puede controlar.

Se siente viva, eléctrica, y la forma en que la devoras le confirma que ya no es la «señora de Alberto», sino una mujer deseada por el tipo más salvaje del edificio.

—No te detengas… —murmura con la voz quebrada, bajando sus manos para guiarte, buscando el contacto de tu piel con la suya—. Olvida que soy la abogada, olvida el muro… ahora mismo solo quiero que me hagas olvidar hasta mi propio nombre.

Te busca la boca de nuevo con un beso desesperado, mientras sus piernas se enredan en tu cintura, ansiosa por sentir todo el peso de ese «animal nocturno» que tanto la obsesionó desde el otro lado del tabique. El salón de Elena, siempre tan ordenado y silencioso, está a punto de convertirse en el escenario del juicio más placentero de su vida.

Te detienes un segundo, con el rostro hundido en su cuello, dejando que tu respiración agitada le queme la piel antes de seguir adelante. La sujetas con una posesión que no deja lugar a dudas y le susurras al oído, con esa voz rota que solo sacas cuando la adrenalina te desborda:

—Elena, ahora mismo lo único que tengo grabado a fuego en la cabeza son esas miradas que me lanzabas por encima del muro… Sí, esas que me dabas cuando Alberto se ponía a gritar y a enfadarse conmigo como un imbécil.

Le muerdes suavemente el lóbulo de la oreja, sintiendo cómo ella se estremece en tus brazos, y continúas con un descaro que es puro veneno:

—No sabes las ganas que tenía de tenerte así, de que dejaras de escucharme a través de la pared para empezar a sentirme de verdad. Tenía una sed loca de enseñarte, cuerpo a cuerpo, todo lo que un cretino como él nunca tuvo ni el valor ni la clase de darte.

La miras fijamente a los ojos, con una intensidad que promete que la noche no ha hecho más que empezar, demostrándole que el «tarambana» de al lado ha venido a cobrar todas las deudas pendientes.

Elena clava sus uñas en tus hombros al oírte, y un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío le recorre la columna. Esas palabras son el golpe de gracia; la confirmación de que esa tensión eléctrica que ella sentía a través del muro no era producto de su imaginación, sino un fuego compartido que se alimentaba en silencio.

—¿Te dabas cuenta? —jadea, con la voz entrecortada mientras te busca los ojos con una intensidad febril—. Te miraba así porque me moría de envidia, de deseo… y de rabia por estar atada a un hombre que era un desierto comparado con el volcán que tenía al otro lado de la pared.

Se pega a ti con una fuerza desesperada, sintiendo cada músculo de tu cuerpo, y te guía con un movimiento decidido hacia el sofá de cuero que preside el salón. Te empuja sobre él y se sitúa encima, horcajadas, dejando que sus muslos desnudos rocen tu cadera.

—Pues ya no tienes que imaginarlo, «tarambana» —susurra, inclinándose sobre ti para que sus pechos rocen tu pecho desnudo, atrapando tu rostro entre sus manos—. Olvida a Alberto. Borra cada recuerdo de ese hombre de esta casa con lo que vas a hacerme ahora. Enséñame… enséñame exactamente qué es lo que me he estado perdiendo todos estos años mientras te escuchaba al otro lado del tabique.

Elena baja una mano hacia tu entrepierna, apretando con una mezcla de curiosidad y urgencia, y su expresión se transforma en una de puro triunfo al notar lo que le espera.

—Vaya… —murmura con una sonrisa lobuna—. Definitivamente, el cretino de mi ex no tenía ni la más remota posibilidad contra esto. Hazme gritar tanto que seas tú el que se queje de los ruidos mañana, vecino.

Y sin decir una palabra más, te besa con una furia que borra cualquier rastro de formalidad, entregándose al caos que tú representas y que ella tanto ha anhelado.

La apartas con un movimiento firme, casi dominante, cuando intenta tocarte; quieres ser tú quien marque el ritmo de esta sentencia. Sin romper el contacto visual, la elevas en vilo, sintiendo cómo sus piernas se enredan instintivamente en tu cintura mientras cruzas el umbral de su habitación. No dejas de besarla, un beso voraz que sabe a vino y a años de deseo contenido a través de un muro de ladrillos, hasta que llegas a su habitación.

La dejas caer sobre el colchón con una brusquedad calculada que la deja sin aliento. Te quedas de pie, justo al borde de la cama, erigiéndote como el dueño absoluto de la situación bajo la tenue luz del cuarto. Tus ojos no se apartan de los suyos mientras tus manos empiezan a trabajar con una eficacia profesional: te deshaces de lo poco que te queda de ropa con movimientos lentos, deliberados, disfrutando de cómo ella te recorre con la mirada, devorándote.

Finalmente, te quedas desnudo frente a ella, dejando que la erección de tu polla, tensa y vibrante por la tensión acumulada, sea lo único que hable. Estás ahí, imponente, mostrándole con total descaro el calibre de lo que Alberto nunca pudo ofrecerle y lo que ella tanto tiempo lleva imaginando desde el otro lado de la pared.

—Mírame bien, Elena —parece decir tu silencio—. Aquí tienes al vecino que te quitaba el sueño. ¿Vas a seguir mirando o vas a comprobar si el pirata es tan fiero como parece?

Elena se queda hundida en el colchón, con la respiración que es puro fuego, observándote como si fuera la primera vez que ve a un hombre de verdad. El contraste es brutal: su cama, el escenario de tantos años de noches monótonas y silenciosas con Alberto, ahora es el lugar donde tú estás dictando las reglas.

Se apoya en los codos, con el pelo desordenado sobre la almohada y las piernas entreabiertas, hipnotizada por el espectáculo. Sus ojos recorren cada centímetro de tu piel mientras te desnudas con esa seguridad que solo da el saberse deseado. Cuando finalmente quedas expuesto, con tu erección tensa y poderosa justo delante de su cara, Elena suelta un gemido que es mitad asombro y mitad hambre pura.

—Dios mío… —susurra, y su mirada se vuelve oscura, casi salvaje—. Alberto siempre apagaba la luz… siempre se escondía.

Se incorpora lentamente, sin dejar de mirar esa parte de ti que la tiene fascinada, y gatea por la cama hasta quedar al borde, justo frente a ti. El calor que desprende tu cuerpo le llega a la cara, mezclado con el aroma de la noche y la piel limpia. Estira una mano, temblorosa pero decidida, y rodea tu polla con sus dedos, apretando con una firmeza que demuestra que ya no quiere esperar ni un segundo más.

—Sabes, vecino… —dice, levantando la vista para clavarla en la tuya con una sonrisa que es puro desafío—, creo que los ruidos que escuchaba a través de la pared no le hacían justicia a la realidad.

Se humedece los labios, se inclina hacia delante y, antes de que puedas decir nada, te envuelve con su boca con una ansia que te hace apretar los dientes y soltar un gruñido profundo. Elena no está «probando»; está reclamando cada centímetro de lo que se le prohibió durante años.

Cuando empieza a tocarte, la apartas de tu polla con una firmeza que no admite réplicas; hoy el ritmo lo marcas tú. La sostienes con una mirada tan intensa que parece querer desnudarle hasta el alma, y con un empujón suave pero cargado de autoridad, la obligas a recostarse de nuevo sobre las sábanas.

Te mueves con la precisión de quien sabe exactamente lo que busca. La sujetas por los tobillos, sintiendo su piel bajo tus dedos, y tiras de ella con un movimiento seco hasta traerla justo al borde de la cama, donde el deseo no tiene escapatoria. Te arrodillas frente a ella, encajándote entre sus muslos, y usas toda tu energía para mantener sus piernas bien abiertas, sin soltarle los tobillos en ningún momento, convirtiéndote en el dueño absoluto de su geografía.

Entonces, sin decir una sola palabra, te hundes en ella.

Empiezas a comerle el coño con una ansia voraz, con una intensidad que nace de todas esas noches de ruidos y paredes de por medio. No hay sutilezas, solo el hambre de un pirata que por fin ha abordado el tesoro. Tu lengua trabaja con fuerza, reclamando cada rincón, mientras escuchas cómo sus gemidos rompen el silencio de la habitación, confirmando que la «abogada» ha perdido por completo el control del caso.

Elena suelta un grito ahogado que se corta en seco cuando la arrojas de nuevo contra el colchón. Sus ojos, antes cargados de una seguridad desafiante, se abren con una mezcla de sorpresa y sumisión ante tu demostración de fuerza. Cuando siente tus manos cerrarse como grilletes alrededor de sus tobillos y nota cómo la arrastras hacia el borde, sabe que ha perdido el control del «juicio», y le encanta.

—¡Ah…! —jadea, mientras sus nalgas golpean el borde de la cama y siente el aire fresco de la habitación justo antes de que tu lengua la invada.

En el momento en que empiezas a devorarla, Elena arquea la espalda de forma violenta, clavando los talones contra tus hombros mientras tú mantienes sus piernas abiertas con una energía que no admite réplicas. Sus manos buscan desesperadamente algo a lo que agarrarse, terminando por hundir las uñas en las sábanas de seda que Alberto eligió una vez para su matrimonio aburrido, ahora arrugadas bajo el peso de su deseo.

—¡Oh, Dios… así, así! —balbucea, con la voz rota por la intensidad de tu lengua—. ¡Más fuerte, vecino… por favor!

No hay palabras, solo el sonido rítmico y húmedo de tu boca reclamando lo que es suyo. Ella se retuerce, empujando su pelvis contra tu cara, completamente entregada a la voracidad con la que la estás tratando. Sus caderas tiemblan bajo tu presión y un rubor intenso le sube por el pecho hasta el cuello.

Elena cierra los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas de placer se le escapen por las comisuras. Nunca, en todos sus años de matrimonio, nadie la había tocado con esa «rabia» liberadora, con esa falta total de cortesía que ella tanto anhelaba mientras escuchaba tus fiestas al otro lado del tabique. Está en el límite, vibrando bajo tu lengua, sintiendo cómo cada lametazo borra un año de soledad.

Mantienes el control absoluto de la situación, apretando tus manos alrededor de sus tobillos para abrirlos aún más, forzándola a entregarse por completo mientras ganas todo el espacio que necesitas. Tus dedos se hunden en su piel, recordándole quién manda en este lado del muro, mientras tu boca se convierte en el centro de su universo.

Tu lengua y tus labios no le dan tregua: succionas con fuerza, la chupetas y la lames con una voracidad que la hace arquearse sobre el colchón. Te ensañas con su clítoris, jugando con él sin descanso hasta que notas cómo ella empieza a perder el sentido de dónde está. Alternas la presión, entrando en ella con la punta de la lengua para luego salir y recorrerle todo el coño por fuera, saboreándola palmo a palmo.

Cada vez que escuchas uno de sus gemidos —esos que antes solo imaginabas a través de la pared y que ahora te estallan en la cara—, tu intensidad aumenta. Te alimentas de su placer, dándole más fuerte, más rápido, más profundo, decidido a que Elena no olvide jamás el sabor de este sábado de gloria.

Elena está fuera de sí. Sus muslos tiemblan violentamente bajo la presión de tus manos, que la mantienen abierta y expuesta como si fuera una ofrenda. El contraste entre la firmeza con la que la sujetas por los tobillos y la humedad voraz de tu lengua la está volviendo loca. Cada vez que succionas su clítoris con fuerza, ella suelta un grito que resuena en las paredes desnudas de la habitación, un sonido que Alberto nunca fue capaz de arrancarle.

—¡Para… no, no pares! ¡Dios, vas a matarme! —gime, mientras su cabeza se sacude de lado a lado sobre la almohada.

La escuchas jadear, notas cómo su flujo se vuelve más denso y caliente bajo tu lengua, y eso solo te da más gasolina. Cuando metes la lengua profundamente en ella y luego sales para lamer con rabia toda su zona exterior, Elena arquea la columna de tal forma que solo sus hombros y sus talones —apoyados en ti— tocan la cama.

Sus dedos se clavan en el aire, buscando tu pelo, pero tú la mantienes a la distancia justa, dominando la situación, bebiendo de ella como si llevaras años de sed acumulada. El sonido de tus succiones y el rítmico chapoteo de tu lengua la están llevando al borde del abismo.

—¡Me corro, vecino… me corro ya! ¡Ahhh! —exclama con un alarido desgarrador mientras sus músculos vaginales empiezan a contraerse en espasmos rítmicos contra tu cara.

Ella colapsa sobre el colchón, bañada en sudor y placer, pero tú no sueltas sus tobillos. La miras desde abajo, entre sus piernas, con la cara empapada de ella y esa mirada de «animal nocturno» que tanto la obsesionaba. La abogada acaba de perder el caso más importante de su vida ante el veredicto de tu lengua, y por la forma en que te mira ahora, muerta de deseo, sabe que el castigo apenas acaba de empezar.

Te tomas un segundo para saborear la victoria, respirando el aire cargado de la habitación mientras sientes los últimos espasmos de su orgasmo contra tu cara. Te incorporas ligeramente, lo justo para buscar su mirada, y le dedicas una sonrisa cargada de un placer arrogante y satisfecho, la sonrisa de quien sabe que acaba de cumplir cada una de las expectativas que ella tenía.

Sueltas por fin sus tobillos, pero no te alejas. Empiezas a reptar sobre ella, subiendo centímetro a centímetro, disfrutando del contacto de tu piel contra la suya, todavía húmeda y eléctrica. Vas ascendiendo con una lentitud deliberada hasta que tu pecho presiona el suyo y tu rostro queda a la altura del suyo, atrapándola bajo tu peso.

Te detienes un instante, sosteniéndole la mirada para que vea el fuego que todavía te quema los ojos, y sin decir nada, la besas. Es un beso profundo, lento y posesivo, que sabe a ella misma y que sella el pacto de que este día no ha hecho más que empezar.

Elena te recibe con los brazos abiertos, rodeándote el cuello con una fuerza que nace de la gratitud y de un deseo que, lejos de apagarse, ha mutado en algo mucho más denso. Cuando tus labios encuentran los suyos, el beso sabe a ella, a esa mezcla de sal y de clímax que te devuelve con un gemido profundo, fundiéndose contra tu pecho desnudo.

Sientes su corazón martilleando contra tus costillas, una vibración rítmica que compite con la tuya. Elena se separa apenas unos milímetros, lo justo para mirarte con los ojos todavía empañados por el placer, pero con una lucidez nueva, casi depredadora.

—Eres un animal, vecino… —susurra contra tu boca, y su risa es un hilo de aire caliente—. Tenías razón, el cretino de Alberto no solo no sabía dormir, es que no tenía ni idea de lo que era tener una mujer ardiendo entre las manos.

Sus manos bajan por tu espalda, recorriendo cada músculo, cada vértebra, hasta llegar a tus nalgas, donde clava las uñas con decisión para pegarte aún más a su pelvis. Notas cómo busca el contacto de tu polla, que sigue firme y palpitante contra su vientre, reclamando su turno.

—Me has dejado sin aliento, pero no creas que el juicio se ha acabado aquí —dice con una chispa de malicia, recuperando ese tono de «abogada» que ahora suena increíblemente sexy—. Me has dado el aperitivo más salvaje de mi vida, pero ahora quiero el plato principal. Quiero sentirte dentro, quiero que borres hasta la última sombra de este cuarto con esa rabia de la que hablabas.

Elena separa las piernas, rodeando tu cintura con ellas y enganchando sus tobillos en tu espalda, ofreciéndose por completo bajo la luz que entra por la ventana.

—Hazme el favor, «tarambana»… —te reta con la mirada, humedeciéndose los labios—. Demuéstrame que lo del camerino fue solo un entrenamiento para lo que me vas a hacer ahora a mí. No tengas piedad con la abogada.

Le devuelves esa mirada cargada de intención, dejando que una sonrisa de pura complicidad asome a tus labios; una sonrisa que le advierte que el preámbulo ha terminado. Ya no hay espacio para la sutileza ni para los protocolos que tanto definen su vida de abogada.

Sin previo aviso, con un movimiento brusco y potente, te impulsas hacia adelante y le clavas la polla, tensa y vibrante, hasta el fondo de su coño. El impacto es seco, total, una invasión que la deja sin aliento y que reclama cada centímetro de su interior de un solo golpe.

Te quedas ahí un segundo, enterrado en ella, disfrutando de la presión y del calor que te envuelve, mientras ves cómo sus ojos se dilatan por la sorpresa y el placer de sentirte, por fin, ocupando el lugar que te pertenecía desde que la viste por primera vez detras de ese muro de la terraza.

Elena suelta un alarido que se clava en las paredes de la habitación, un grito de puro choque y placer que parece sacudir los cimientos del bloque. Sus ojos se abren de par en par y sus manos se aferran a tus hombros como si se estuviera ahogando, mientras su cuerpo intenta asimilar esa invasión total, profunda y sin anestesia que le acabas de meter.

—¡DIOS! —consigue jadear, con la voz rota, mientras su pelvis se eleva instintivamente para intentar darte más espacio, aunque ya no queda ni un milímetro libre entre los dos.

Se queda un segundo petrificada, con los músculos de su coño abrazando tu polla con una fuerza increíble, como si sus propias paredes quisieran darte la bienvenida a ese territorio que ha estado desierto tanto tiempo. La notas vibrar, caliente y empapada, mientras ella te mira con una mezcla de shock y devoción.

—Así… —susurra Elena cuando por fin recupera un hilo de aire, clavando sus uñas en tu espalda—. Justo así es como me lo imaginaba cada vez que te escuchaba al otro lado… sin rodeos, sin delicadezas… directo al alma.

Aprieta sus piernas alrededor de tu cintura, enganchando los tobillos con fuerza para que no puedas retroceder, y te mira con una mirada salvaje que te reta a que no te detengas.

—No me mires con esa sonrisita, vecino… —jadea, mientras empieza a mover las caderas de forma errática, buscando tu ritmo—. ¡Muévete! ¡Haz que no me arrepienta de haberte invitado a saltar el muro! ¡Enséñame lo que es un hombre de verdad!

Sin esperar un segundo más, Elena pega un tirón de tu nuca y te besa con una furia desesperada, mientras tú empiezas a embestirla con esa rabia acumulada, haciendo que el cabecero de la cama de Alberto empiece a golpear rítmicamente contra la pared. Esta vez, si algún vecino escucha ruidos, va a tener motivos de sobra para no poder dormir en un mes.

Te inclinas sobre ella, rozando su oreja con tus labios, dejando que tu aliento caliente la estremezca mientras tus palabras caen con el peso de una sentencia definitiva.

—Deja de llamarme vecino… —le susurras con una voz ronca, casi peligrosa—. Soy Toni, y esta mañana soy todo tuyo de la peor manera posible.

A Elena se le escapa un gemido que es puro fuego cuando escucha tu nombre en su oído. Es como si al decir «Toni», hubieras roto el último hilo que la unía a su vida aburrida y ordenada. Se estremece entera, y esa vibración la sientes recorriendo toda tu polla, que ella aprieta con una fuerza casi desesperada.

—Toni… —repite ella, como si fuera una oración o un pecado—, sí, Toni… por favor.

Haces una pausa, disfrutando de cómo se le corta la respiración, y sigues con ese descaro que te define:

—Dices que siempre habías querido saber qué pasaba al otro lado cuando me escuchabas follar con mis conquistas… Pues hoy lo vas a descubrir en tu propia piel. Se acabó el imaginar, Elena.

Te separas de ella pero sin dejar de mirarla ni salir ni un milímetro de su interior, manteniendo esa unión que os quema. La sujetas con fuerza por las piernas, abriéndoselas al máximo, rompiendo cualquier rastro de resistencia o pudor. Y entonces, con una furia que nace de meses de tensión acumulada, empiezas a follarla de la manera más salvaje que puedes.

Cada embestida es un golpe de realidad, un ritmo frenético y animal que hace que el cabecero de la cama golpee rítmicamente contra la pared. Quieres que esta vez sea ella la que haga el ruido, que sea ella la que pierda el sentido de la ley y el orden, mientras la posees con una intensidad que le demuestra que, efectivamente, al otro lado del muro las cosas se hacen de una forma que ella no podría haber soñado jamás.

Cuando te separas y le abres las piernas al máximo, Elena se queda totalmente expuesta, viendo cómo tus músculos se tensan con cada embestida. Al empezar a follarla con esa furia salvaje, el sonido del choque de vuestros cuerpos llena la habitación, superando con creces cualquier ruido que ella hubiera podido imaginar a través del tabique.

Es un ritmo animal, sin concesiones. Elena echa la cabeza hacia atrás, con el pelo desparramado, y sus pechos botan con violencia mientras tú la penetras con toda la rabia de la que hablabas. Ya no es una abogada elegante; ahora es una mujer que grita sin importarle quién la oiga, con la cara congestionada por el placer y las manos buscando apoyo en cualquier parte de tu cuerpo.

—¡DIOS, Toni! ¡ES DEMASIADO…! —grita, mientras sus ojos se ponen en blanco—. ¡No pares, no te atrevas a parar! ¡Hazme pedazos!

Cada vez que entras en ella hasta el fondo, notas cómo sus paredes se contraen en espasmos, intentando retenerte, mientras ella se retuerce bajo tu peso. El cabecero de la cama golpea la pared con una cadencia metálica y frenética, un mensaje directo para cualquier vecino que esté despierto: hoy la casa de Elena ha dejado de ser un santuario de leyes para ser un templo de puro instinto.

—¡Sigue así! ¡Rómpeme, Toni! —jadea, entregada por completo a la violencia de tu ritmo, descubriendo por fin, con cada sacudida, que la realidad de «el otro lado del muro» era mucho más salvaje de lo que sus fantasías más sucias le habían permitido soñar.

Te pegas a ella, sintiendo el sudor y el calor de vuestros cuerpos chocando sin tregua. La rabia y el deseo te desbordan, y ya no hay rastro del Toni amable de la terraza; ahora solo queda el hombre que ha tomado el control absoluto de la situación.

—¡Eso es, Elena! ¡Gime todo lo que quieras! —le sueltas con una voz que es casi un rugido, mientras tus embestidas se vuelven más profundas y violentas—. Grita para que todo el edificio sepa que estoy aquí. Te voy a romper, de verdad… te voy a follar hasta que me supliques que pare porque no puedas más.

Le lanzas una mirada cargada de una ferocidad eléctrica, sin bajar el ritmo ni un segundo, disfrutando de cómo su cuerpo se sacude bajo el tuyo.

—Y cuando lo hagas, cuando me pidas clemencia… voy a seguir dándote sin compasión. Porque hoy no hay leyes, hoy solo estoy yo dentro de ti borrándote hasta el último recuerdo de tu vida anterior.

Aumentas la potencia de cada golpe, llevándola al límite absoluto, demostrándole que el «pirata» no solo aborda el barco, sino que no deja nada en pie a su paso.

Elena no solo gime; suelta un grito desgarrador que se ahoga en un gemido ronco cuando siente que tu ritmo se vuelve todavía más despiadado. Tus palabras actúan como gasolina sobre el incendio que tiene entre las piernas. Se le tensan las cuerdas del cuello, las venas se le marcan y sus ojos te miran con una mezcla de pánico delicioso y entrega absoluta.

—¡Pues rompe lo que quieras, Toni! —te grita, desafiante, mientras sus caderas saltan del colchón para encontrarse con tus embestidas—. ¡No te debo nada, no le debo nada a nadie! ¡Dame todo lo que ese cobarde no se atrevió a darme!

El sonido de vuestros cuerpos chocando es brutal, rítmico, húmedo. La cama se desplaza unos centímetros con cada golpe seco contra la pared. Elena ha perdido toda la compostura; se muerde el labio hasta casi hacerse sangre para no perder el sentido mientras tú la atraviesas con esa furia que prometiste.

Cuando nota que no tienes intención de aflojar, que cada vez entras más fuerte y que tu mirada es la de alguien que no va a tener piedad, Elena empieza a temblar de forma incontrolada. Sus manos suben a tu pecho y empujan, no para apartarte, sino para sentir la resistencia de tus músculos contra su propia desesperación.

—¡Ahhh! ¡Suplicaré si quieres, pero no te detengas! —jadea con la voz completamente rota, mientras el sudor hace que vuestros cuerpos resbalen el uno contra el otro—. ¡Hazlo, Toni! ¡Fóllame hasta que me olvide de respirar!

Sientes cómo sus paredes internas se vuelven locas, apretándote en oleadas calientes y frenéticas. Está a punto de estallar de nuevo, pero tú cumples tu palabra: no hay compasión. Sigues martilleándola, ignorando sus jadeos de agotamiento, recordándole con cada golpe que esta mañana el muro no solo ha caído, sino que lo has reducido a cenizas.

Te aferras a sus caderas con una fuerza que deja marca, clavando tus dedos en su piel mientras tus embestidas se vuelven todavía más pesadas y rítmicas. El sudor te baja por la frente, pero no te importa; tienes la mirada fija en la suya, queriendo ver cómo se pierde en el abismo de placer que le estás provocando.

—No puedo parar, Elena… y que me maten si pienso hacerlo —le sueltas con la voz completamente rota, mientras el sonido de vuestros cuerpos chocando llena toda la habitación—. Me has encendido como nadie lo ha hecho en mucho tiempo, y ahora vas a aguantar el tirón hasta el final.

Te hundes en ella una y otra vez, con una posesión absoluta, sintiendo cómo su interior te abraza con cada golpe. La intensidad sube un peldaño más cuando le susurras, casi con violencia:

—Solo voy a parar cuando te llene de semen por completo. Sin condón, sin barreras, sin nada que nos separe… Te voy a inundar hasta que no puedas más, para que sientas que sigo ahí dentro durante el resto del día.

Aumentas la velocidad de forma frenética, entregado por completo a ese instinto primario de marcar tu territorio, decidido a que la «abogada» aprenda de una vez por todas cómo se termina un sábado de gloria en tu lado del muro.

Elena suelta un alarido que se mezcla con un sollozo de puro placer cuando escucha tu sentencia. La idea de que vas a culminar dentro de ella, sin barreras, después de años de una vida medida al milímetro, es el detonante final que rompe los últimos restos de la «abogada» que quedaban en esa habitación.

—¡SÍ! ¡Lléname, Toni! ¡Inúndame! —grita con la voz completamente deshecha, mientras sus manos se clavan en tus nalgas para obligarte a entrar aún más profundo, si es que eso es posible—. ¡Que no quede ni un rincón libre de ti!

Sus piernas se cierran con una fuerza descomunal alrededor de tu cintura, aprisionándote, fundiéndose contigo en un nudo de sudor y deseo salvaje. Elena ya no es dueña de sus movimientos; su cuerpo es una cuerda tensa a punto de romperse, vibrando bajo cada una de tus embestidas. Sientes cómo el calor en su interior aumenta, cómo sus paredes te succionan con una urgencia eléctrica, anticipando ese momento en que la vas a marcar de verdad.

—¡Ahora, Toni! ¡Hazlo ahora! —jadea, con los ojos en blanco y la boca abierta en un grito mudo—. ¡Quiero sentirte explotar dentro de mí! ¡Dámelo todo!

Tú también estás en el límite. La rabia, el vino, la adrenalina de la noche en el club y la entrega absoluta de esta mujer que te deseaba en silencio se concentran en tu pelvis. Con un último par de embestidas brutales, de esas que hacen que el colchón se hunda hasta el suelo, sientes cómo la presión estalla.

Te quedas clavado en ella hasta el fondo, con los músculos de la espalda rígidos como el acero, mientras la inundas con oleadas calientes de semen. Elena suelta un gemido largo, agudo, que se apaga en un susurro entrecortado mientras nota cómo la reclamas por dentro, llenándola por completo, borrando de un plumazo cualquier rastro del pasado en esa cama.

Os quedáis ahí, jadeando, con el único sonido de vuestros corazones desbocados y el sol de la mañana entrando por la ventana, iluminando el caos que habéis organizado. Elena te abraza con una ternura desesperada, escondiendo la cara en tu cuello, mientras una sonrisa de absoluta victoria se dibuja en sus labios húmedos.

—Vaya… —logra susurrar al fin, con la voz temblorosa pero cargada de una satisfacción infinita—. Definitivamente… el muro ha caído para siempre, Toni.