Liria X: y Alberto

Liria X: y Alberto

Después del agasajo a Liria por su título universitario, decidí continuar mi carrera de arquitecta trunca por mi desaliento amoroso.

Estudiaba en las noches (salvo cuando tenía invitación de mi amiga u otro compromiso) y hacía mis prácticas en un estudio pequeño los sábados y en mis vacaciones.

La elección de trabajar con abogados fue para que la diferencia de tareas me hicieran olvidar mi desazón amorosa.

Por suerte conocí mi amiga que también fue quién insistió que siguiera, pues con un par de exámenes podría yo también ser una novel profesional.

Entonces la abogada necesitó un despacho donde poder trabajar.

Su vieja sala de estudios convertida en jacuzzi, debió volver a su destino inicial. Por su inclinación a la filantropía contrató un estudio de arquitectura muy pequeño y desconocido.

Ve comisionó a mí para hacer el contacto.

El negocio estaba en un barrio poco recomendable. Habitantes y transeúntes me observaban con extrañeza al paso, además de dedicarme alguna frase de muy mal gusto, relacionado con mi atractivo físico. Cuando encontré el lugar los epítetos cesaron, un silencio reinó en rededor.

A mi llamada una chica atractiva, vestida en forma casual, me hizo pasar.

Si bien por fuera era una especie de almacén abandonado a punto de derrumbarse, por dentro parecía un aula de la universidad.

Lo que imaginé oscuro, lleno de polvo y telarañas; era una prolija sala muy grande, iluminada, donde había diez escritorios con un ordenador con todos los elementos y una impresora gráfica para planos en cada uno. Al momento sólo algunos lugares estaban disponibles.

Observé que eran todas mujeres y sólo un hombre.

En un rincón con una de las máquinas y un pequeño escritorio lleno de planos y papeles se hallaba un hombre.

Se paró para recibirme, algo mas bajo que yo; pelo cano muy corto y algo despeinado; cejas pobladas; pestañas largas y arqueadas; ojos castaños que miraban fijo y profundo; mentón partido con un hoyuelo que le daba aspecto de energía; una sombra negra en la cara, muy bien afeitada, demostraba una barba muy profusa. Su ropa era casual como la que usaban casi todos allí, a través del cuello desprendido de la camisa asomaba un mazo de vello de su pecho.

Me acercaron una cómoda butaca, sentada le expuse la razón de mi visita.

Dijo que tenía buenas referencias de la abogada a través de sus empleadas alumnas, reaccioné con aire de curiosidad.

Él trabajaba con chicas del barrio que deseaban progresar, que estaban estudiando cosas relacionadas a la arquitectura, le pagaba un sueldo y les enseñaba para complementar.

Sabía de la «rubia pequeña» pues muchas personas del lugar habían sido defendidas por ella en ciertas causas legales gratuitamente. En fin mi amiga me había ocultado la grandeza de su filantropía y yo me encontraba frente a otro mecenas.

Reinaba en el lugar un ambiente muy familiar que me gustaba.

Al salir en el exterior la vida pasó desapercibida, noté que la actitud hacia mí había tenido un vuelco, ahora algunas gentes me saludaban con respeto y otras me veían con aire curioso. Había salido un comentario de dentro sobre quien era yo. Me sentí bien y segura.

Por el camino pensé en el Arquitecto Alberto (ese su nombre) Su manera de mirar fijo y francamente tenía algo, aunque sus ojos se veían tristes; el tono de su voz, clara y firme, brindaban seguridad.

Acordadas las partes comencé a trabajar más con el arquitecto que con mi amiga, me fascinaba su creatividad. Mis nuevas compañeras hablaban muy bien del amigo Alberto. Algunas veces se intercambiaban pícaras frases que no pasaban de eso, otras cuando en alguna de «sus chicas» percibía tristeza, él estaba allí para brindarle apoyo moral y cuando era asunto económico les adelantaba dinero «a cuenta» de nunca cobrar.

Nunca habló de su familia. Me enteré luego que ya no la tenía, que está bien con esta otra parte de su vida. No tenía pareja mujer u hombre. Las mujeres que lo rodeaban eran muy atractivas, desde la más joven hasta una que rondaba cuarenta y siete. Me preguntaba que pasaba con su sexualidad, puesto que al hablar las féminas mostraban una evidente atracción por él.

Dentro se platicaba sin frases chabacanas como las que alguna vez oí fuera. Había algo que me intrigaba, creo que era su voz cuando intercambiábamos ideas, él y yo, su mirada carismática, alguna vez me sentí caliente, con ganas de darle un beso, acariciarle allí… (Eros se paseaba dentro de mi)

Le comenté esto de las calenturas que me daba el tío Alberto a Liria; también le dije que a las otras les pasaba igual. Y que me estaba gustando mucho a pesar de su madurez, pues tiene cincuenta y seis. Mi amiga me miró con asombro. Enamorada… sería por su virtud, por su celibato o sólo calentura.

Cada vez que venía Alberto a ver los avances de los arreglos, Liria trataba de estar presente. Así, varias veces tomamos un café en casa de ella intercambiando opiniones.

Mi barbie con gran habilidad trataba de desviar el tema a lo personal, él con mucha sagacidad se salía y terminábamos contándole de nosotras.

Esa mirada tan triste, esa voz tan arrulladora, sus ademanes… era nuestro comentario después que el se retiraba y quedábamos solas. Ambas padecíamos de calentarnos con el tío, su respeto.. , tan pragmático. Sería eso. El primer hombre que nos calentaba y nos reprimíamos, terminado luego con nuestro sexo lésbico que tanto nos gustaba.

Con urgencia Liria demandó a Boris y el Dr. Daniel (¿los recuerdan?) Averiguar de él todo.¡TODO!

Resultó que el arquitecto estuvo casado doce años, enviudó en un accidente carretero hacía once, donde además murieron sus cuatro hijas.

Estaba entonces en la cumbre de su carrera, se deshizo de sus propiedades y negocios, compró una suerte de campo muy extenso a unos doscientos kilómetros, donde se hizo una cabaña para refugio personal, un pequeño avión que utiliza todos los fines de semanas para ir.

No tiene automóvil, no fuma, no bebe, no tiene pareja de ninguna especie, hace natación en la piscina olímpica de su descanso campestre, su pasión por la profesión lo llevó a instalarse tomando empleo a mujeres para tener una familia. Es muy paternal, amistoso, dicharachero, aunque sus pláticas, no relacionadas a su trabajo es parca, tiene algo de Liria diferenciado por su voluntario celibato.

En siguientes encuentros nuestros Liria comenzó a inquirir a Alberto que le agradaba viajar, aunque, ahora con el trabajo necesitaba salirse a lugares donde reinara tranquilidad, naturaleza pura.

Donde pudiera escapar del sonido de bocinas, motores, teléfonos y toda estridencia de ruidos. Yo la veía venir. Otra vez su habilidad asomaba.

En una de las charlas nos invitó a ir a su refugio, su extenso campo poseía un pequeño río de cristalinas aguas, con arenales, una pequeña cascada, rodeado de frondoso árboles, flores y aves canoras; en su casa, espacio como para que pudiéramos quedarnos los tres.

Esto si no nos parecía un intento de seducción, pues dijo ser un caballero y que la invitación la hacía por la amistad que le brindamos. En principio, con cierta defraudación, aceptamos el convite.

Muy cerca del verano ya estaba para disfrutar el clima, sobre todo que sería mejor en la latitud que se encontraba la estancia de Alberto.

El sábado a la mañana nos encontramos en el aeródromo. Un pequeño avión de cuatro plazas propiedad del arquitecto, quien era el piloto, nos aguardaba; pusimos las maletas en la porta equipajes y volamos raudamente a nuestro desconocido destino.

Durante el vuelo de dos horas platicamos entre sendas tazas de café poniendo cada uno su historia personal sobre el tapete, aquí se explayó a gusto contando su vida (que ya conocíamos)

Cuando el tema era la sexualidad, nuestro piloto nos dijo que habíamos llegado.

Desde el aire apreciamos la casita, a unos cincuenta metros de ella, el arroyuelo con atravesaba una pequeña laguna rodeada de árboles, de flores, de césped y la cascada; todo ello en una especie de cuenco formado por la pequeña altura que daba origen a la caída de agua.

Dentro del espacio y a orilla de la laguna, la piscina olímpica. El pasto aplastado nos indicó la pista y luego de un breve carreteo llegamos.

La casa era muy parecida en diseño a la de nuestro jefe, sólo que tenía un par de dormitorios más. En cada dormitorio dos camas sencillas muy coquetas y cómodas. Un cuarto de aseo moderno y no muy grande, la cocina daba directamente a la sala que era también comedor, una mesa con seis sillas, tres sillones dobles, una alfombra muy grande y un hogar.

Decorado con cuadros, fotografías y una cantidad muy grande de títulos, menciones, certificados y honores con el nombre de nuestro anfitrión. Realizada la inspección dirigida por nuestro hombre, nos acomodamos en el dormitorio que se halla en pasillo apuesto al de él. Desde el ventanal de la sala se veía la cascada, el río y la piscina, un serpenteante camino la comunicaba con el pequeño paraíso. Imaginé o vi un macho cabrío.

Nos miramos con mi barbie, suspiramos, nuestros sexos querían algo que era provocado por ese bello paisaje: La naturaleza nos llamaba, nuestros sexos palpitaban, fantaseamos con el «veterano» amante célibe. Pensábamos como volverlo a la vida. Si bebiera sería un camino, como con nuestro abogado en jefe (¿lo recuerdan?) ¡Estuvo genial!

Fuimos a los tres por el camino, ya ataviados para un chapuzón. Nuestros atuendos eran por demás insinuantes, unas bikinis muy pequeñas que sólo tapaban el sexo y los pezones. Nuestro amigo tenía un pantaloncito ajustado de playa, sus glúteos se denotaban duros, redondos, erguidos; el bulto se veía atractivo.

Lo miramos darse un clavado desde el alto trampolín y caer cual pez casi sin desplazar el agua. Era un perfecto clavadista, lástima que sólo al agua. Nadamos un rato en la cristalina agua, nos dejamos llevar hasta la caída de agua y allí retozamos.

De rato nos llamó desde la casa para almorzar, nuestra algarabía nos había hecho olvidar de él, al punto que nos mandamos unos calientes besos y toques en nuestros sexos.

Continuamos el anecdotario personal, durante la comida la cual era acompañada (para nuestra satisfacción) con vino que el no bebió, trunco en el avión volviendo al tema: sexo en los postres. «El sexo es algo muy especial, es bueno cuando hay algún sentimiento mediante.

Puede ser una gran amistad o algo así. Es pleno cuando es amor el conductor de la plenitud. En su expresión no importa el sexo de los amantes, sólo lo que sienten » dijo.

Nos miramos admiradas, sus palabras daban a entender él porque de nuestras manifestaciones de sexo, tanto entre nos, como Liria con sus anécdotas, pues siempre tenía sentimientos con aquellos que hizo el amor. Nos esperábamos algo tan filosófico y actual de un hombre tan maduro.

Boquiabiertas lo miramos, él nos veía fijamente al punto de incomodarnos. «Me he dado cuenta de que entre ambas hay algo hermoso. Lo comparto sin calificarlo como otras personas y no me importa que lo manifiesten abiertamente. Aquí somos nosotros mismos»

«También que se preguntan sobre mí, pues, les intriga mi soledad y mi sexualidad. Soy común, digamos no conservador, parezco tradicional por mi comportamiento y tal vez lo sea; mas aún por el hecho de que hace mucho no tengo sexo.

Cuando mi instinto trata de despertar nado mucho, me entrego al trabajo… No hago sociedad, que sería el lugar para conquistas, no soy bueno en materia de pláticas a una dama para conquistar su corazón. Soy algo tímido ene ese tema»

Calló, cada una agradeció que fuera tan honesto y le dijimos que entre ambas había una conexión íntima, aunque además, teníamos otras relaciones. Nos gustaba el sexo, lo experimentábamos y luego compartíamos las experiencias.

Asintió con la cabeza sin dejar de fijar sus ojos en los nuestros. Su forma de hablar tranquilizaba, sus ademanes, gestos, eran un atractivo especial que nos llevaba a querer poseerlo.

«Creo que es bueno practicar el sexo como lo hacen, siempre hay algo para transmitirse. Sin una convivencia monótona que lleva al hastío. Veo que son muy felices, sus caras me lo están diciendo. En mi caso quisiera tener una pareja de igual forma, no quiero alguien que me acompañe en los tiempos que me van llegando»

«Sí. Puede que en algún momento me vengan los achaques propios de la edad. Mi compañera deberá convertirse en nana en ocasiones y desperdiciar tiempo de ser feliz. Eso no lo quiero, no soportaría evitar la felicidad a otra persona. Por ello sigo siendo el solitario»

Concluimos la charla algo tristes. Nos agradaría que pudiera ser feliz un hombre como él. Para olvidarnos nos fuimos al prado de la laguna a disfrutar la naturaleza. Haciendo alarde de audacia me desnudé totalmente para que el sol tostara mi piel.

Tenía deseos de que me viera desnuda. Me gustaría complacer su sexualidad y la mía pensé. Liria leyó mis ideas, hizo lo mismo. Tal vez nuestros jóvenes cuerpos desnudos le llamaran a intentarlo. En el aire Neptuno y Eros rondaban. Otra vez vi al dios Pan entre las flores.

Despertamos sintiendo el chapoteo de nuestro amigo en el agua de la laguna, desde la cascada nos hizo un ademán cuando vio que lo observábamos. Vino nadando. Se sentó entre ambas.

«Es agradable sentir el sol bañar el cuerpo» dijo, como si nuestra desnudez pasara desapercibida a él. Nos levantamos y con familiaridad, diciéndole de quitarse sus pantaloncillos, mientras reíamos lo dejamos desnudo. Su cuerpo es velludo, negros pelos en su pecho con mechones canos. Sus atributos también con pelos más largos aún.

Lo miramos de arriba a bajo sin disimulo. Cuando volvimos en si, seguimos el juego de tirar de los pelos de su pecho y brazos. Reíamos, nos revolcamos en la arena, llegamos al agua continuando el debacle. Pan tocaba su pífano, su melodía atraía a Eros.

Mi amiga y yo sentíamos que las mejillas comenzaban a colorearse, nuestros sexos comenzaban a temblar como volcán a punto de expeler lava. En las cristalinas aguas la verga de Alberto se veía crecer.

«Creo que mi sexualidad despierta» dijo al sentirse observado. Intentó salirse. Liria con rapidez lo detuvo. Yo lo acaricié en la pija tratando de evitar que su sexo durmiera otra vez. Cerró los ojos dejándose llevar. Se dejó caer sobre el césped. Muy despacio comencé a mimarlo, besándolo en la boca.

Supe de su sabor cuando metió su lengua en mi boca con gran maestría. Me tomó por la nuca con suave energía, me apretó besándome hasta dejarme sin aliento. Liberó la presión, tomé aire. Liria besaba su pecho. Luego besó su boca. Cupido también hacía de las suyas.

Yo me fui al falo que estaba muy duro y se agitaba desesperadamente. Aquí los vellos cubrían hasta la mitad el erguido tronco. Corrí el prepucio dejando su cabeza fuera, estaba muy roja, gotas del calostro comenzaban a deslizarse desde su orificio.

Pasé mi lengua desde la punta hasta el nacimiento del grueso mástil. Envolví el glande con mi lengua, lo metí con mi boca presionando frenéticamente. Su cuerpo se estremeció, cerré mis ojos esperando el envío.

Al instante mi boca se llenó con una cantidad de semen que hizo inflar mis mejillas. Saqué la verga de mi boca, saboreé el gusto fuerte de la leche de Alberto, su cremosa viscosidad; al instante me llegó un orgasmo. El aroma especial de su sexo y sus jugos me provocaron otro.

Liria sintió el olor del macho, caliente por la visión de mi orgasmo. Me pidió con un beso en la boca probar el néctar. Luego lamió la latente verga que dejaba salir lentamente la secuela de su primera acabada. No a mucho tuvo un orgasmo múltiple, sus piernas prensaron las del hombre con un espasmo en su cuerpo. Este le envió otro torrente que alcanzó su garganta e inflamó su cara. Otro orgasmo para mi amiga.

El miembro iba adquiriendo toda su magnitud, cuando mi amiga termino de libar, en cuclillas dejé caer mi sexo sobre la ardiente pija.

Cuando penetró su cabeza sentí un divino placer hasta ahora experimentado, a medida que mi concha se dilataba, le lanzaba torrentes de jugos. Los mojados pelos de su pene, me indicaron que ya había entrado su mitad; esa cierta aspereza me provocó un gran orgasmo.

Me sentí elevada. Alberto tensó su cuerpo, apoyado en su torso y pies me levantó haciéndome sentir en la gloria, sus testículos dieron en los labios de mi vagina. En un grito acabé y al momento dentro de mí su caliente leche rebozó mi concha. Puso a Liria a horcajadas sobre su boca, mientras me tenía en el aire, lamiéndole el sexo apasionadamente. A poco los tres nos corrimos.

Nos tendimos, nuestros sexos deseaban más aún. Apoyé mi cabeza sobre su estómago mirando el mástil que se alzaba ante mí. Comencé otra lamida con lujuria, él acariciaba mi sexo con lascivia.

Liria también comenzó a chuparlo. Su cuerpo hervía enviando el aroma de sus hormonas a las narinas e invadiendo nuestras pituitarias.

Me puse en perrita, le pedí que me cogiera. Tomó mi cadera, de una estocada su alfanje se envainó en mi concha. Un gemido de gloria escapó de mi. Comenzó el vaivén. Su miembro cabeceaba dentro de mi, parecía que se correría. Lo sentí duro, rígido.

Esperando su leche me vino un orgasmo, sintió el baño de jugos.

Tomó mi pubis con las manos y me alzó ensartándome más aún. Colgada de su pija me comenzó a balancear, la dura carne dentro de mi me recorría todo, mezclando su leche con mis jugos. Liria lo chupaba todo bañándole de saliva y besos, la lengua lamió el encuentro de nuestros sexos.

Un orgasmo múltiple me dio por tierra luego de haber visto en mi cerebro el recorrido del sol, la noche, estrellas fugaces y un oscuro vacío que terminó al acabarme.

«¡Cielo..te amo…que verga divina… como coges! ¡Ah. Ah. Ah. Aaaaaaaaaahhhhhhhhh!»

Habíamos estado dándole como quince minutos, el enérgico veterano era un soberbio amante.

Mi amiga vio de salida de mi vulva que la bella cimitarra se encontraba aún pronta para seguir batallando, con ansias de desgarrar carne.

Se inclinó a perrita. No fueron necesarias palabras. Tomó su pubis y el estoque se hundió hasta la empuñadura. Como ella es muy pequeña, el mandoble asomaba; al verlo mojado penetrando a la dama, puse mi boca en el lamiéndolo desde el culo de ella hasta su nacimiento.

Alberto tensó el cuerpo, su pija quedó quieta aguantando que la leche saliera. La colgó hundiéndolo todo y la meneó con energía. Mientras, me envolví en él como serpiente besándole todo. Lo bañé con mi saliva extendiéndola con mi lengua por todo su peludo cuerpo. «¡Dame tu pija. Más. Más, Hazme acabar. Así… Así… Aaayyy!»

Mi amiga aflojó la tensión rindiendo su cuerpo. Ambas nos tendimos juntas y nos besamos llenas de satisfacción.

Miramos a nuestro amigo. Estaba hincado detrás de nuestras cabezas y su estaca seguía dura. En dúo con mi barbie la agarramos y comenzamos a hacerle una paja. Lentamente corríamos el prepucio dejando el glande fuera.

La leche corría sin fuerza, su color era blanco amarillento, muy aromática y espesa. La lenta salida de la crema nos enardecía. Deseábamos ver un fuerte chorro, más que eso sentirlo dentro. Dijo que dejaría salir un chorro corto para cada una. Su autocontrol es fabuloso. Me adelanté para ganar a mi amiga. Yo primero.

Hincada me la puse en la boca, apreté por el cuello la verga.

Con un suave vaivén esperé. «¡Ya!» dijo Un fuerte surtidor me invadió la boca. Al sentirlo reiteré el viaje por el infinito. Estrellas fugaces danzaban en mi mente, cuando llegué a fin del viaje todo se oscureció, volví en mí sacudida por una descarga eléctrica. Esa sensación que nos invade cuando el orgasmo se convierte en el mas maravilloso de los momentos.

Eso que no hay adjetivo que pueda describir pero que sabemos lo hermosos que es sentirlo.

Al turno de Liria la tomo con una gran suavidad y delicadeza. La miraba con los ojos brillantes de lujuria. Su lengua relamía sus labios. Abrió la boca en piquito, suavemente la fue tragando.

Disfrutaba como se deslizaba sobre su lengua y pujaba su cara. El rito siguió hasta que escuchamos «¡Así, ya…!» La pequeña dejó sus abiertos ojos en blanco y siguió la ceremonia tal cual la había comenzado.

Apretó muy fuerte el canuto y fue dejando libre el tieso miembro tratando de escurrir en su boca todo el contenido. Golosamente saboreaba la leche. Su cuerpo se estremeció, apretó sus piernas, puso sus manos en su sexo y acabó con un estremecedor orgasmo.

Las dos jugábamos con la leche en nuestras bocas tratando de guardar su gusto tan especial y diferente. Aún caliente me puse en sesenta y nueve sobre mi amiga y comencé a lamerla. Cuando abrió su concha dejé caer resto de lecha de mi boca y la chupé. Nos giramos y quedó ella arriba y repitió la práctica.

Alberto nos observaba con su verga aún en ristre. Luego que ambas consumimos el enervante licor de nuestros sexos, comenzó a lamer el culo de Liria, ahora arriba. Introducía su lengua, excavaba en él y lamía.

Me besaba en la boca y mezclaba el gusto suyo con el mío. Mi a miga y yo empezamos a navegar por el perdido infinito, un mundo irreal nos envolvía, nada existía, solo las sensaciones mas celestiales, era la gloria. El upite de Liria se dilataba, desde el culo podía verse el interior muy rojo y mojado.

Nuestro amante dejo de lamerle, dirigió su verga al dilatado esfínter que clamaba realizarse. Puso la caliente cabeza púrpura allí. Al sentir el afiebrado miembro en su orificio Liria se encorvó de placer, gimió por el éxtasis de sentirlo. A medida que era penetrada un orgasmo múltiple tras otro la embargó «¡Es hermosos, divino! ¡No puedo evitar acabar así…! ¡Me gusta…!» Alberto dio un par de salvajes vaivenes que ambos gozaron y le previno de que le enviaría una salva de leche. Quietecitos los dos la andanada llegó «¡Siente este amor…! ¡Ahora más…! ¡Otro…! ¡Así….!» dijo el caballero andante a la ensartada dama. Mi amiga no podía hablar solo gemía y exhalaba algún profundo suspiro con los ojos cerrados. Yo debajo lamía los huevos del macho y besaba su húmedo culo de manera casi salvaje.

Me sentí con algo de rabia con mi amiga, me había dejado sin lo más hermoso. Yo quería también. Me estaba frustrando.

«Ahora a ti mi amor» me dijo Alberto. Salí de mis falsas cavilaciones. Quedé sobre Liria. Alberto empezó a lamerme el culo, mi esfínter deseaba lo que vendría. Sentía la lengua en mi caliente orificio. El intervalo en que besaba a mi amiga y mezclaban sus jugos bucales. Ese lapso me alteraba más, él lo hacía ex profeso para que me enervara más aún de lo que ya estaba. Mi vagabundear por el espacio comenzó cuando puso sus manos en mis caderas y la cabeza de su dura verga en mi amado culo. En mi éxtasis podía ver la pija desde dentro de mi culo como avanzaba con su cabeza hurgando mis calientes entrañas. Vi como comenzó a enviar los chorros de su leche, muy espesa ya de color blanco amarilla, inundando el túnel hasta dejarme totalmente a oscuras. «¡Ah .Ah. Ah. Así ….Si… ssss…!» mi propia voz me trajo al mundo real.

Los tres quedamos tendidos al borde del estanque entre lo mas bello de la naturaleza. Habíamos encontrado un nuevo Edén. Una forma diferente de hacer el amor, algo… No, no, no..;a alguien muy especial….

Podríamos compartir amor con él, además le contaríamos nuestras más liberales experiencias fuera de aquí y tendríamos siempre su comprensión. (Parece la historia de Liria y Francia, ¿la recuerdan? Si no, léanla) Las siguientes horas con Alberto fueron de desenfrenada pasión, hasta que debimos volver a la rutina del trabajo.

Y con más sobre Liria y yo.

Continúa la serie << Liria IX: y Francia Liria XI: y Maurice >>

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