Como casi todos ya sabéis me llamo Carmen, Mamen para los amigos.

Tengo cuarenta y un años y vivo en un pueblo de clase obrera al nordeste de Madrid.

Conocí a mi actual marido cuando apenas tenía veinte años.

Tras seis años de noviazgo me quede embarazada de nuestro único hijo Oscar, que en la actualidad tiene dieciséis años, y al año siguiente me casé, es decir, que si las cuentas no me fallan, conozco a mi marido desde hace veintidós años: Siete de novios y quince de matrimonio.

A pesar de mi madura edad me conservo bastante bien, me gusta cuidarme mucho y toda la gente que me conoce me dice que aparento cinco o seis años menos de los que tengo.

Soy de piel muy morena.

Tengo el cabello castaño oscuro, aunque ahora voy teñida de rubio, semi-rizado y, ni muy largo, ni muy corto. Los ojos azules los heredé de mi madre.

Tengo la boca de tamaño medio con el labio superior algo más carnoso que el inferior.

No me considero guapa ni fea, simplemente atractiva. Mido 1,63 m., peso 56 Kg., y mis medidas son aproximadamente 95-60-115 cm., en otras palabras, tengo mucho pecho pero todavía lo conservo bastante duro y erguido para mi edad; tengo el estómago liso, sin tripita; soy ancha de caderas; el “pompis” respingoncillo aunque ya no tan prieto como años atrás; por último os diré que tengo las piernas largas con los tobillos delgados y unos muslos bien torneados y rollizos, pero con un poco de celulitis por detrás.

En definitiva, para mi edad estoy bastante “buenorra”, o al menos eso me dicen los tíos por la calle.

Y hecha esta pequeña introducción, paso a relataros mi nueva historia que, dicho sea de paso, en este caso no es real, sino producto de mi mente morbosa y calenturienta.

Viernes, 13 de diciembre de 2002; 09:30 horas de la mañana.

Mi marido ya se había marchado a trabajar, como de costumbre.

Mi hijo Oscar también había salido camino del instituto, aunque los viernes termina las clases a las 14:30 horas.

Yo estaba sentada frente a la mesa de la cocina removiendo el humeante café con leche del desayuno, en bata y con los pelos alborotados de la cama.

Después confeccioné la lista de la compra mientras me fumaba el primer cigarrillo del día. Me duché, me arreglé, me vestí informalmente y salí al mercado.

Cuando regresé a casa con la compra serían las 13:30 horas del mediodía.

Subí en el ascensor hasta la octava planta, donde se encuentra mi domicilio. Al salir de la cabina del ascensor, en el rellano de la escalera, me encontré con un chico de la edad de mi hijo, que parecía esperar a alguien.

Cuando me vio introducir la llave en la cerradura de la puerta de mi piso, se dirigió a mí preguntándome si allí vivía Oscar. Yo le respondí que era mi hijo.

Entonces se presentó educadamente, me dijo que se llamaba Eduardo, y me contó que era amigo de Oscar y que habían quedado para comer juntos ese día.

Entonces le expliqué que su amigo estaba en la facultad y que no vendría hasta las 14:45 horas aproximadamente.

El chico, algo contrariado, me dijo que pensaba que Oscar no tenía clases los viernes.

Como apenas quedaba una hora y cuarto para que mi hijo regresara, le invité a que le esperara en casa tomando una coca-cola. Tras un ligero titubeo Eduardo aceptó mi invitación.

Abrí la puerta de la casa, le acompañé hasta el salón y le serví una Coca-Cola y unas patatas fritas. Luego me disculpé para ir a ponerme ropa más cómoda mientras él se tomaba aquel aperitivo.

Sin caer en la cuenta de que Eduardo, a pesar de su edad adolescente, era ya un hombre, me vestí como habitualmente suelo estar en casa, es decir, me quité la ropa y me enfundé una bata ajustada sobre las prendas interiores. Después me recogí el pelo en una coleta y me lavé la cara para quitarme el maquillaje.

Nuevamente entré en el salón y me volví a disculpar, ya que tenía que preparar cosas de la casa. Eduardo con una sonrisa encantadora me dijo que no me preocupara por él, que esperaría allí a Oscar sin molestarme.

Le agradecí sus palabras y me dirigí a la cocina para fregar los cacharros del desayuno. Mientras fregaba repasé mentalmente el aspecto de aquel chico.

Era moreno, con el pelo muy corto por los laterales y terminando en una especie de cresta engominada en su parte superior, como lo solían llevar los chicos jóvenes del barrio. Tenía los ojos marrones, casi negros, bastante bonitos por cierto.

En el lóbulo de su oreja derecha lucía un pendiente consistente en un pequeño aro plateado. Era bastante alto y muy delgado.

Vestía un pantalón vaquero ajustado bastante raído, una camiseta negra, calcetines blancos y deportivas negras.

Como se había remangado la camiseta, pude observar que llevaba tatuado el dibujo de una sirena en su antebrazo izquierdo. En definitiva, Eduardo no era muy distinto a cualquier chico del barrio de su edad, incluyendo a mi hijo Oscar.

Después de fregar los cacharros me dispuse a hacer el cuarto de baño. Me encontraba agachada sobre la bañera cuando de pronto vi el reflejo de Eduardo en el espejo.

El corazón me dio un vuelco ocasionado por la visión inesperada del chaval. Él se disculpó amablemente, argumentando que tenía muchas ganas de orinar.

Yo asentí con la cabeza y me dispuse a recoger el bote de lejía para salir y dejarle el baño libre, pero Eduardo, sin esperar a que lo hiciera, se bajó la cremallera de su bragueta, se sacó el pene y comenzó a mear como si nada.

Turbada por la situación no me atreví a moverme del sitio, ya que para abandonar el cuarto de baño tenía que pasar por detrás de Eduardo a escasos centímetros.

Entonces, sin querer, los ojos se me fueron hacia el pene del muchacho.

Lo tenía bastante largo y gordo pese a su estado de flacidez. También pude observar que su glande se mostraba totalmente descapullado.

Cuando retiré los ojos de su miembro me percaté de que Eduardo se había dado cuenta de que le estaba mirando el pene, y me sonrió pícaramente, a lo que yo respondí poniéndome colorada como un tomate.

Cuando el chaval terminó de mear, se la sacudió varias veces y en lugar de guardársela en su bragueta, se la dejó fuera colgando.

Luego, mirándome a los ojos directamente, me preguntó que si quería probar su polla.

Aquellas palabras hicieron que un hormigueo, mezcla de miedo, vergüenza y excitación, recorriera todo mi cuerpo. Me quedé varios segundos sin reaccionar, mirándole a la cara pero sin verle.

Luego un desconocido y brutal impulso provocó que me arrodillara frente a Eduardo y metiera aquel trozo blando de carne en mi boca, sin mediar palabra alguna.

En un tiempo récord el pene del muchacho se puso duro como una piedra. Si ya me había parecido grande antes, ahora era descomunal.

Debía medir más de veinte centímetros y su capullo se veía terso e hinchado como un globo. No sé ni como, ni porqué, pero el caso es que se la estaba chupando sin parar.

Al rato, Eduardo me cogió por los hombros para que me incorporara del suelo. Al hacerlo la polla del chaval se salió de mi boca acompañada de un borbotón de mi propia saliva.

Cuando finalmente me puse de pie, me agarró la cara con ambas manos y comenzó a besarme en la boca con una habilidad impropia de su edad.

Su lengua exploraba mis encías como una serpiente nerviosa y sus dulces y jóvenes labios acariciaban suavemente los míos.

Luego, sin dejar de besarme, me abrió la bata, me desabrochó el sujetador y comenzó a acariciar mis tetas. Irrefrenablemente mis pezones se pusieron duros como pitones.

Después comenzó a lamerme los pechos y a mordisquear mis pezones.

Yo me estaba derritiendo de placer. Una de sus manos, abandonó mis tetas y fue resbalando por mi tripita.

Hábilmente la introdujo bajo mis bragas y comenzó a acariciar mi ya húmedo coño. Presa de la excitación le agarré la polla y empecé a masturbarle lentamente.

Eduardo se sentó sobre la tapa del wáter, me quitó las bragas y la bata, me cogió por ambas manos y me condujo hasta colocarme a horcajadas sobre él.

Con una de sus manos apuntó su rabo entre mis labios vaginales hasta introducirme el glande. Luego me fue sentando lentamente hasta que sus huevos hicieron tope en mis nalgas.

Parecía mentira que mi vagina pudiera engullir su descomunal miembro, pero lo cierto es que sin el más mínimo dolor me la había metido entera.

Comenzó a estrujarme las tetas y a retorcerme con delicadeza los pezones al mismo tiempo que me besaba en la boca con su particular destreza. Yo por mi parte apoyé los pies en el suelo, me sujeté con fuerza en sus brazos y comencé a cabalgarle.

En cada movimiento de ascensión su glande se salía casi por completo de mi vagina, mientras que cuando procedía al descenso se me clavaba profundamente.

Aquel bombeo extraordinario, aderezado con sus besos de tornillo y su masaje en mis tetas provocó lo inevitable: Un orgasmo como hacía tiempo que no había gozado.

Mi cuerpo se retorcía de placer con aquel pilar de hormigón trepanándome el coño. Su lengua ahora recorría mis pezones y sus dedos masajeaban mi clítoris al mismo tiempo.

Notaba como mi vagina cada vez se abría más y más.

Ni que decir tiene que el segundo orgasmo no se hizo esperar. Fue de mayor intensidad que el primero, aunque un poco más corto. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de sudor y nuestras lenguas se entrelazaban frenéticamente intercambiando saliva.

Cuando Eduardo se aseguró que mi segundo orgasmo había finalizado me retiró de encima de él, se levantó del wáter, se quitó toda la ropa excepto los calcetines blancos y, cogiéndome de la mano me pidió que le llevara al dormitorio.

Yo obedecí ebria de excitación y lo conduje hasta la cama.

Me colocó a cuatro patas sobre la cama. Él se situó, de rodillas, por detrás de mí. Me abrió las nalgas con sus manos y me la metió en el coño sin siquiera apuntarla antes.

Y es que la tenía tan dura que ella sola se abría paso entre mis piernas.

Luego me agarró por las tetas y comenzó a follarme a un ritmo frenético. En menos de dos minutos encadené tres orgasmos seguidos que me hicieron gritar de placer. Yo tenía el chocho tan mojado y dilatado que su polla entraba y salía a una velocidad endiablada.

Minutos más tarde Eduardo volvió a sacármela, cerciorándose antes de ello de que había terminado de correrme. Me tumbó sobre la cama, boca arriba, y recostándose entre mis piernas comenzó a comerme el coño.

Su lengua me recorría la vagina por completo.

En cada pasada comenzaba por el clítoris y terminaba prácticamente en mi ano.

Luego movía la punta de su lengua dibujando círculos sobre mi clítoris. Aquello me hizo ver el firmamento.

Mi cuerpo rebotaba sobre la cama en espasmos de placer mientras que de mi garganta salían sollozos cada vez más fuertes, hasta el punto de temer que los vecinos me oyeran.

Su lengua seguía su recorrido incansable provocando que mi coño segregara una gran cantidad de flujo.

Pero eso no parecía importarle ya que incluso me succionaba de vez en cuando el coño con sus labios para tragárselo todo. Decía que no había sabor más exquisito que el flujo de una hembra en celo.

El reloj de la mesilla indicaban las 14:30 horas. Oscar estaba a punto de llegar y no podía permitir que fuera espectador de aquella singular orgía, así que puse en antecedentes a Eduardo para que fuera terminando.

El muchacho dejó de lamerme el coño, se recostó encima de mi cuerpo y me la volvió a clavar.

Luego empezó a follarme otra vez mientras volvía a chuparme las tetas.

El crío jodía como los ángeles. En cada embestida parecía que su polla se me iba a salir por la boca.

Entonces empezó a venirme un nuevo orgasmo.

Eduardo se percató de ello y aumento su velocidad al máximo, al tiempo que su lengua penetraba en mi boca hasta casi rozarme la campanilla.

Aquel orgasmo fue tan brutal, intenso y prolongado, que estuve a punto de desvanecerme de placer.

Cuando mi último orgasmo concluyó, el muchacho me la sacó del chocho y, avanzando en cuclillas hasta mi cara, me la metió en la boca y eyaculó como un toro de lidia.

Interminables borbotones de leche condensada me inundaban la garganta al mismo tiempo que Eduardo se retorcía de placer.

Su glande seguía vomitando semen sin parar, por lo que no tuve más remedio que ir tragándomelo todo.

Luego sus chorros comenzaron a perder fuerza y volumen, pero, aún así, yo seguía tragando y tragando.

Cuando finalmente vació sus huevos en mi estómago le limpié con mi lengua los restos de lefa que le colgaban del capullo.

Antes de levantarse de encima de mí, me dijo que nunca una mujer se había tragado su semen y que le había vuelto loco de placer.

Yo le dije que, confesión por confesión, jamás ningún tío me había follado como él.

Nos besamos durante unos segundos más y luego nos vestimos y nos sentamos en el salón, fumando un cigarrillo, mientras llegaba Oscar.