Capítulo 1

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Un Jueves cualquiera

Jueves 12 de marzo de 2020. Buenos Aires ya empezaba a sentirse rara. No era el calor asfixiante del verano que se iba despidiendo, ni el ruido eterno de la ciudad. Era otra cosa. En la tele, en el grupo de WhatsApp de la familia, en las charlas de la verdulería de la esquina: siempre el mismo tema. “El virus chino”, “la cuarentena en Italia”, “ya llegó a Córdoba”. Pero todavía nadie lo sentía cerca. Todavía era “cosa de allá”. Todavía se podía vivir como si nada.

En el departamento de villa crespo, departamento 3B, la vida seguía su ritmo.

Camila estaba en la cocina pequeña, con el delantal atado a la cintura y los lentes empañados por el vapor de la olla. Cocinar milanesas era su ritual de los jueves: carne finita, huevo batido con perejil, pan rallado con ajo y orégano. El olor a fritura llenaba todo el living. De fondo sonaba “Tutu” de Camilo, porque hoy era día de pop latino y había que aprovechar.Em hombre de la casa, Demian, había llegado de trabajar y se metió a bañar cuando terminara iba a querer escuchar su música pesada, Rock, Metal y esas cosas que le gustan a los barbudos como el

Camila tarareaba bajito mientras volteaba las milanesas. Tenía 26 años, el pelo castaño oscuro recogido en un rodete desprolijo, la piel morena cálida brillando bajo la luz de la cocina. Vestía short de jean corto y una remera blanca vieja que se le pegaba un poco al cuerpo por el calor. Senos grandes, cintura marcada, culo redondo y firme. Siempre había sido curvilínea, y lo sabía. Lo disfrutaba. Pero también sabía que esa misma curva hacía que la miraran de reojo desde hacía años.

Justo cuando sacaba la primera tanda del aceite, sonó la llave en la puerta.

Agostina entró sin golpear. Siempre hacía lo mismo desde que le dieron la copia. Traía una bolsa de supermercado en una mano y el celular en la otra.

Agostina: “¿Ya empezó la orgía de milanesas o llego a tiempo?”

Camila se giró, sonrió con esa mezcla de cariño y picardía que solo ella podía tener.

Camila: “Llegás justo para salvarme de comer sola. Demian se metió a bañar en cuanto pisó la puerta.”

Agostina dejó la bolsa en la mesada y se acercó por detrás. Le pasó los brazos por la cintura a Camila y apoyó la barbilla en su hombro. Era un gesto que habían repetido miles de veces, pero que nunca dejaba de tener electricidad.

Agostina: “¿Y vos? ¿Ya te bañaste o seguís oliendo a fritanga?”

Camila: “Me baño después. Si no, las milanesas se enfrían y Demian se pone insoportable con el tema de la comida fria.”

Agostina se rió bajito, el aliento cálido en el cuello de Camila. Sus manos descansaban justo debajo de los senos, dedos rozando la curva inferior sin apretar. No era nada nuevo. Hace seis años, cuando todavía no existía Demian en sus vidas, habían compartido algo más que roces casuales. Dos años de besos robados, de noches en las que una terminaba arriba de la otra, de dedos que sabían exactamente dónde ir. Nunca lo llamaron “relación”. Fue más bien… exploración. Y cuando Camila conoció a Demian, todo se frenó. Pero no se borró.

Agostina soltó a Camila y se apoyó en la mesada, cruzando los brazos. Llevaba el corte carré negro impecable, delineador cargado, un top gris ajustado que dejaba ver el borde inferior de sus senos pequeños y firmes, y jeans rotos que marcaban su culo pronunciado. A los 26 años, Agostina seguía siendo esa mezcla de peligro y dulzura que volvía locos a todos.

Agostina: “¿Ya le contaste a tu mamá que mañana festejamos los 18 de Florella?”

Camila: “Le dije. Viene con Mara y la pendeja. Nessa quiere hacer torta casera, como siempre. Dice que ‘no confía en las de la panadería’.”

Las dos se rieron. Nessa Godoy, la madre de Camila, era una tremenda mujer de 50 años, morena como su hija, pelo largo negro con hilos plateados que llevaba con orgullo, culo grande y alto que no pasaba desapercibido ni con vestido largo ni con jeans. Siempre había sido la tía cool de Mara y Florella, la que las dejaba fumar a escondidas y les daba consejos sin juzgar.

Agostina: “¿Y Demian? ¿Ya aceptó que mañana va a tener que bailar cumbia con cuatro mujeres locas?”

Camila: “Dice que sí, pero que si lo obligan a bailar ‘La Chona’ se va a matar.”

Se oyó la puerta del baño abrirse. Demian salió envuelto en una toalla blanca que apenas le cubría desde la cintura hasta mitad de muslo. El pelo castaño claro completamente rapado, todavía húmedo. La barba tupida, castaña clara con algunos hilos grises prematuros, recién lavada y oliendo a jabón. Torso ancho, pecho definido, abdomen marcado pero no exagerado. Brazos fuertes, hombros de quien levantó pesas toda la vida pero sin obsesión. 1,85 m de puro hombre.

Demian: “¿Ya están hablando mierda de mí?”

Camila se acercó y le dio un beso rápido en los labios. Agostina lo miró de arriba abajo sin disimulo.

Agostina: “Solo decíamos que mañana vas a tener que mover el orto con nosotras. ¿Estás preparado?”

Demian sonrió de lado, esa sonrisa torcida que volvía loca a Camila… y también a Agostina.

Demian: “Si hay Fernet y milanesas, bailo hasta el amanecer.”

Fue a la habitación a vestirse. Unos shorts negros y una remera gris vieja. Cuando volvió al living, se sirvió un mate que Camila ya le había preparado.

Demian: “Gracias, amor.”

Se sentó en el sillón. Camila se acomodó a su lado, pierna sobre pierna. Agostina se sentó en el otro extremo del sillón, pero girada hacia ellos, con las piernas cruzadas. El ambiente era cálido, cotidiano, pero había algo en el aire. Siempre había algo.

Camila apoyó la cabeza en el hombro de Demian. Agostina estiró la mano y le acarició el brazo a Camila, despacio, con los dedos. Era un gesto inocente… o no tanto.

Agostina: “¿Te acordás cuando nos quedábamos hasta las cinco viendo series y terminábamos durmiendo las dos en la cama grande?”

Camila: “Sí… y Demian todavía no existía.”

Demian: “¿Y qué hacían las dos solitas?”

Las dos se rieron. Pero no contestaron. Solo se miraron. Y en esa mirada había todo: recuerdos, deseo reprimido, complicidad.

Agostina se acercó un poco más. Su rodilla rozó la pierna de Camila. Luego, despacio, apoyó la mano en el muslo de ella. No apretó. Solo dejó la palma abierta, cálida.

Agostina: “Me gusta cuando cocinás. Te ponés sexy sin querer.”

Camila: “Y vos cuando llegás con esa cara de ‘me quiero meter en problemas’.”

Demian las observaba. No dijo nada. Solo sonrió y tomó otro mate. Pero su mano libre bajó y se apoyó en la rodilla de Camila, subiendo despacio por el interior del muslo. No llegó lejos. Solo dejó la promesa.

El celular de Camila vibró en la mesada. Era un audio de Nessa.

Nessa (audio): “Hija, ¿mañana traigo la torta o la hacemos juntas? Y decile a Demian que no se olvide de comprar Fernet, que Florella quiere festejar como adulta. Ah… y prendan la tele. Esto del virus se está poniendo serio. En Italia ya no dejan salir a nadie.”

Camila reprodujo el audio en altavoz. Los tres se quedaron callados un segundo.

Demian: “¿En serio? ¿Ya llegó hasta acá?”

Agostina: “En el grupo del laburo dicen que el lunes cierran todo. No sé si creerles.”

Camila: “Mañana festejamos igual. Florella cumple 18. No la vamos a dejar sin fiesta por un virus chino.”

Se miraron los tres. El aire se sentía más pesado de repente. Pero nadie dijo nada más.

Agostina se levantó, fue a la cocina y volvió con tres vasos y una botella de Fernet que había traído en la bolsa.

Agostina: “yo diría que ya empecemos a tomar desde hoy hasta mañana.”

Sirvió los vasos. Los tres chocaron.

Demian: “Por nosotros.”

Camila: “Por la familia.”

Agostina: “Por el fernet.”

Bebieron. Y en ese silencio posterior, con el olor a milanesas, el mate tibio y la música de fondo, los tres supieron —sin decirlo— que algo estaba por cambiar. Para siempre…

La mesa del comedor ya estaba puesta: platos para las milanesas, ensalada de tomate y cebolla con aceite de oliva y orégano, papas fritas caseras que Camila había cortado a mano porque “las de bolsa saben a cartón”. El Fernet con Coca ya circulaba en vasos largos con hielo. Demian había puesto de fondo “Highway to Hell” de AC/DC, volumen bajo, porque “si no hay rock, no hay hambre”. Camila protestó riendo, pero dejó que sonara.

Los tres se sentaron. Demian en el medio, Camila a su derecha, Agostina a su izquierda. Era la disposición de siempre, pero hoy se sentía diferente. Más cargada.

Demian pinchó una milanesa con el tenedor y la cortó en pedazos grandes.

Demian: “Camí, esto está increíble. ¿Cuánto ajo le pusiste?”

Camila: “El suficiente para que mañana nadie se te quiera acercar… ni siquiera Florella y ella tiene una fascinación por vos que no entiendo”

Agostina se rió y le dio una paradita suave a Camila por debajo de la mesa.

Agostina: “Dejalo, pobre. Ya bastante va a tener que soportar mañana con nosotras cuatro bailando reggaetón.”

Demian sonrió de lado, masticando despacio. Su rodilla rozó la de Camila por debajo de la mesa. No fue accidental. Ella no se apartó.

Demian: “¿Cuatro? ¿Nessa también baila reggaetón?”

Camila: “Mi vieja baila todo. Y cuando dice ‘hoy me pongo el jean con cortes’, ya sabés que viene a romperla. Ayer me mandó foto del vestido que se va a poner mañana: negro, largo, con abertura hasta la cadera. Dice que ‘a los 50 todavía se puede mostrar pierna’.”

Agostina levantó una ceja, divertida.

Agostina: “Tu mamá es un ícono. Yo quiero llegar a los 50 con ese culo y esa actitud.”

Camila se rió, pero había algo en su mirada cuando miró a Agostina. Algo que decía “todavía me acuerdo de cuando éramos nosotras las que rompíamos todo”.

Demian notó el intercambio. Siempre notaba.

Demian: “Bueno, mañana traigo dos botellas de Fernet. Una por Nessa, otra por Florella. La pendeja cumple 18 y quiere festejar como adulta, así que… que sea con estilo.”

Agostina estiró la mano por debajo de la mesa y apoyó los dedos en la rodilla de Demian. No apretó. Solo dejó la palma abierta, cálida, sobre el pelo corto de su pierna. Demian no se movió. Solo siguió comiendo, pero su respiración cambió un poco.

Agostina: “¿Y vos, Demi? ¿Ya tenés el regalo para Florella?”

Demian: “Le compré unos auriculares inalámbricos. Los que quería ella. Y un vale por ‘un día de asado y birra ilimitada con su persona favorita…. osea yo. Porque encima la piba es como vos: le gusta el fuego y la joda.”

Agostina sonrió, y sus dedos subieron un poco más por el muslo de Demian, despacio, rozando el borde del short. Él la miró de reojo. No dijo nada. Pero su mano libre bajó y cubrió la de ella por un segundo, apretando suavemente antes de soltarla. Era un “sí, seguí”, pero también un “cuidado”.

Camila vio el movimiento. No dijo nada. Solo se inclinó hacia Agostina y le dio un beso en la mejilla, cerca de la boca. Luego le susurró al oído, lo suficientemente alto para que Demian escuchara.

Camila: “Si seguís tocándolo así, mañana Florella va a tener que competir con vos por atención.”

Agostina se rió bajito y giró la cabeza. Sus labios rozaron los de Camila. No fue un beso completo. Solo un roce. Labios contra labios, tibios, con sabor a Fernet y tomate. Duró dos segundos. Demian las miró sin parpadear.

Demian: “Ustedes dos van a matarme un día de estos.”

Camila: “¿Te quejás?”

Demian: “Nunca.”

Agostina se separó un poco de Camila, pero dejó la mano en el muslo de Demian. Ahora sí apretó, suave pero firme.

Agostina: “Mañana va a ser lindo. Torta, birra, música, familia… y después… quién sabe.”

Camila estiró la mano por debajo de la mesa y rozó el muslo de Agostina. Subió despacio, sus dedos trazaron la costura del jean.

Camila: “Después… vemos. Por ahora, comamos. Que estas milanesas no se enfríen.”

Los tres siguieron comiendo. Pero el aire ya no era el mismo. Las rodillas se rozaban, las manos se buscaban por debajo de la mesa, las miradas se cruzaban con promesas silenciosas. El rock de fondo seguía sonando, pero nadie prestaba atención a la música.

En la tele, el noticiero seguía hablando del virus. “El Gobierno evalúa medidas restrictivas… posible cierre de fronteras… casos en aumento…”

Nadie apagó la tele. Pero nadie la miró demasiado.

Mañana sería el cumpleaños de Florella.

Y después… después vendría lo que nadie esperaba….

Muchas gracias por leer, Nos vemos en el próximo capítulo…

Cuarentanga

Cuarentanga II