Capítulo 2
- Culiandome a mi hijastro. Su primera vez I
- Culiandome a mi hijastro día 2: La primera estocada vaginal
Ayer había sido un día intenso y decisivo. Lo masturbé varias veces con mis manos expertas, drenando su semen joven y abundante, y lo chupé con devoción profunda hasta dejarlo seco y temblando. Quería que adquiriera confianza, resistencia y, sobre todo, adicción a mi boca y a mis caricias. Cuando finalmente lo dejé exhausto en su habitación totalmente desnudo, supe que hoy daríamos el siguiente paso: su primera penetración real.
Esa mañana bajé completamente desnuda a su habitación. Mi cuerpo maduro y cuidado brillaba bajo la luz suave que entraba por la ventana. Mi pussy estaba jugosa de deseo. Me arrodillé junto a su cama, retiré las sábanas con cuidado y vi su erección matutina, gruesa y palpitante. Nada de ropa que interrumpiera. Sin decir nada, me incliné y tomé solo su glande hinchado entre mis labios cálidos y húmedos, chupándolo con ternura, lamiendo la gota de precum salada que ya asomaba.
Él despertó con un gemido ronco y profundo. — Madrastraaaaa…
— Shhh, mi amor… buenos días —susurré con voz suave y cariñosa, sin soltar su glande, dándole besitos húmedos alrededor—. Ayer te drené bien varias veces para que hoy tengas más control y confianza. Hoy vamos a avanzar. Quiero que te acostumbres a mi cuerpo, a mi desnudez completa, para que nada te ponga nervioso o te haga terminar demasiado rápido. ¿Estás listo para sentir a una mujer de verdad?
— Sí… estoy listo —respondió con la voz aún ronca de sueño y excitación, sus ojos recorriendo mi cuerpo desnudo con hambre.
Me levanté, completamente expuesta, y lo tomé de la mano. — Ven conmigo a la sala. Allí estaremos más cómodos.
Lo llevé hasta el sofá grande de la sala. Me acosté boca arriba, abrí bien las piernas y le mostré mi pussy completamente depilado, suave, rosado y ya brillante de excitación. Mis labios hinchados se separaban ligeramente, revelando mi interior húmedo.
— Acércate más, mi amor. Mira con confianza. Toca. Quiero que conozcas bien mi vagina antes de entrar. Esto es parte de tu aprendizaje.
Él se arrodilló entre mis piernas, respirando agitado. Sus manos temblorosas tocaron mis muslos internos, subiendo hasta rozar mis labios mayores. — Es… suave… —murmuró, con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
— Eso es. Tócalo con los dedos. Sepáralos suavemente. Ahora… acércate y pruébalo con tu boca. Lame despacio, como si estuvieras saboreando algo muy delicado. Quiero que me des placer oral primero. Así aprenderás a complacer a una mujer.
Obedeció con entusiasmo creciente. Su lengua caliente recorrió mi coño de abajo hacia arriba, probando mis jugos dulces y salados. Gemí de placer genuino cuando encontró mi clítoris y empezó a lamerlo con más confianza, su boca húmeda succionando suavemente. Su pecho ancho subía y bajaba contra mis muslos, sus ojos oscuros mirándome con intensidad desde abajo, y sus caderas se movían involuntariamente contra el sofá.
— Así… muy bien, mi amor. Chúpalo suavemente… mete la lengua adentro… ¡Ahhh, sí! Estás aprendiendo rápido —jadeé, enredando mis dedos en su cabello.
Se tragó toda mi vulva. Hizo varias cosas y muy bien. Lamió, succionó, saboreó, mordisqueó, disfrutaba comer cuca. Iba a ser un buen come vaginas.
Lo dejé comerme durante varios minutos mientras movía mis caderas con ritmo incontrolable, disfrutando cómo su confianza crecía con cada gemido mío. Mi coño chorreaba sobre su boca y barbilla. Cuando estuve al borde, lo detuve.
— Ya es hora. Ven aquí.
Me senté en el borde del sofá sin cerrar mis piernas, lo hice ponerse de pie. Su verga quedó frente a mi cara como retándome y le escupí dejándola empapada. Le di una mamada profunda y apasionada, chupándolo con devoción, bajando hasta la garganta, cubriéndolo de saliva abundante poniéndola como un fierro caliente. Sentía su grosor latiendo contra mi lengua, el sabor salado y almizclado de su piel joven llenándome la boca, el calor pulsante que me hacía apretar los muslos mientras lo devoraba con hambre.
Cuando sentí que estaba rígida como el acero saqué un condón, se lo coloqué con movimientos seguros y profesionales usando mi boca.
— Primero con protección, como debe ser. Métemelo todo.
Me quedé boca arriba, recosté mi espalda en el sofá, piernas abiertas y elevadas. Él se colocó entre ellas, su mano derecha agarró una teta, su boca entreabierta respirando agitado. Froté su glande cubierto contra mi entrada empapada y lo guie.
— Entra despacio, nene. Esto es tu primera vez…, disfrútalo.
Su penetración fue como un cuchillo caliente entrando en mantequilla: su chimbo grueso y ardiente abrió mis paredes suaves y resbaladizas centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente con una presión perfecta y abrasadora. Sentí cada milímetro de su grosor invadiéndome, la cabeza hinchada separando mis labios y abriéndose paso como un hierro candente que derretía mi interior, llenándome de un calor intenso y profundo que me hacía temblar. El roce de sus venas marcadas contra mis paredes sensibles era eléctrico, enviando ondas de placer que subían por mi vientre y explotaban en mi clítoris. El olor a sexo joven y fresco, mezclado con mi excitación, inundaba mis fosas nasales. Gemí fuerte, clavando las uñas en su pecho mientras subía y bajaba, sudoroso y caliente, sus ojos fijos en los míos con una mezcla de asombro y lujuria, su boca entreabierta soltando gemidos graves y roncos que vibraban en mi pecho. Su mirada disfrutaba cada parte del espectáculo, veía como su verga salía revelando la base de su glande y volvía a desaparecer por completo en mi interior chocando sus huevos en mi culo.
— ¡Dioooos… es enorme! … —jadeé—. Respira y controla.
Al principio sus embestidas eran profundas pero torpes, exploratorias, como si estuviera descubriendo cada textura de mi interior. Sentía su polla entrando y saliendo con lentitud deliberada, arrastrando mis jugos calientes a lo largo de su grosor, el condón resbaladizo pero incapaz de ocultar el calor abrasador de su carne. Cada vez que empujaba hasta el fondo, su glande golpeaba contra mi útero con una presión deliciosa y profunda que me hacía arquear la espalda. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne resonaba en la sala, acompañado por el chapoteo de mis jugos y el golpeteo rítmico de sus huevos pesados contra mi ano. El calor de su piel quemaba contra la mía, su pecho sudoroso se hinchaba con cada movimiento, sus caderas fuertes chocando contra las mías con creciente fuerza. Poco a poco, mientras yo gemía y lo guiaba con mis manos en sus caderas, él fue encontrando su ritmo natural, haciendo que cada embestida se sintiera más intensa y placentera.
Poco a poco ganó confianza y ritmo. Sus embestidas se volvieron más firmes y profundas, follándome con una intensidad juvenil que me hacía gemir sin control. Sentía cada vena gruesa rozando mis paredes internas, estirándome, llenándome por completo, como si su polla estuviera hecha a medida para abrirme y poseerme. Mi coño lo apretaba con fuerza, succionándolo, ordeñándolo con cada salida y entrada. El placer era abrumador, una mezcla de ardor, plenitud y éxtasis que me recorría todo el cuerpo.
Mi orgasmo llegó primero, contrayéndome violentamente alrededor de él. — ¡oouuuf…! —grité, apretándolo con fuerza y soltando un chorro caliente de mi vagina.
Él aceleró y le pedí que parara. — Espera —le dije. Sacó su pene y le retiré el condón—. Inténtalo pero no llegues adentro.
Él lo metió. La sensación fue brutal.
Sus movimientos fueron firmes como un pistón haciendo el recorrido completo de su falo que mi coño lubricaba entero, sentía que su pene era una barra totalmente sólida. Él gruñó, al límite. Logró sacarlo justo a tiempo y lo atrapó en su mano para pajearlo a su gusto y gatillar su disparo. Chorros potentes y espesos de semen blanco salieron disparados, cubriendo mi pecho y vientre entero con leche caliente, viscosa y abundante, salpicando hasta mis tetas y cuello, la cantidad y frecuencia denotaba el placer que satisfacía su primera vez. Lo había desvirgado como quería.
Cuando terminó, lo miré con una sonrisa cariñosa y perversa. — Muy bien, mi amor… lo hiciste excelente para ser tu primera vez.
Después de ese primer round intenso, ambos necesitábamos recuperar el aliento. Lo besé profundamente, acariciando su pecho sudoroso, y le susurré lo orgullosa que estaba de él. Intentémoslo de nuevo. Vamos a practicar más. Eso avivó su deseo otra vez. Su polla volvió a endurecerse rápidamente contra mi muslo. Así, sin prisa pero con creciente confianza, empezamos a probar todas las poses que quiso: primero con mis piernas abiertas y elevadas sobre sus hombros, luego yo encima cabalgándolo con fuerza, y más tarde poniéndome en cuatro sobre el sofá. Cada cambio de posición fluía naturalmente, guiado por su curiosidad y mi deseo de enseñarle.
Cada round duraba más: embestidas más profundas y controladas, su pecho sudoroso pegado al mío, sus ojos devorándome, su boca besando mi cuello y mordiendo mis pezones mientras yo gemía sin control. Sus caderas moviéndose con ritmo preciso, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía chorrear alrededor de su verga, empapando el sofá.
Lo dejé agotado después de varios polvos, su cuerpo joven temblando, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo, la boca seca de tanto gemir mi nombre. Su semen cubría mi cuerpo.
Al final, mientras lo acariciaba, preguntó: — ¿Cómo se siente… echarlo adentro? — Es una sensación increíble, mi amor. Caliente, profundo, como si te marcaras dentro de mí. Te prometo que te daré mi ano para que lo sientas. Podrás derramarte todo adentro, llenándome hasta rebosar sin condón. Pero debes esperar… todavía no estás preparado para algo tan intenso. Si sigues practicando bien, pronto llegará ese momento.
En mi mente ardía el deseo real: quería que perdiera el control, que me follara el culo sin piedad y me inundara por dentro con toda esa leche espesa. Lo estaba tentando, retándolo. Pronto sería mío por completo.
— Buen chico —susurré, besando su glande sensible—. Mañana seguiremos practicando.