Capítulo 1
Me casé con él a los 28 años. Mi marido, mayor que yo, es un hombre genial que me daba todo y tiene una potencia sexual impresionante, con muy buena dotación. Siempre se ha mantenido así. Él ya tenía un hijo, Raúl, de 12 años cuando nos conocimos: un chico callado de ojos oscuros y profundos. Con los años se transformó en un joven que me robaba el aliento cada vez que entraba en la habitación. A los 18 ya medía casi 1,80, hombros anchos, voz grave y un cuerpo esculpido por el ejercicio y la juventud. Yo intentaba disimular, pero era imposible. Era su madrastra… y lo deseaba con una intensidad que me avergonzaba y me mojaba al mismo tiempo. Fantaseaba con esa juventud y su virginidad. Quería ser la primera mujer que él penetrara con total confianza y desatara toda esa potencia varonil.
Como enfermera con más de diez años de experiencia, decidí usar mi profesión como escudo. Crearíamos una intimidad “médica”, inocente a los ojos de cualquiera, pero que me permitiera acercarme cada vez más a él. Todo en secreto, mientras su padre estaba en el trabajo o de viaje. El plan era lento, progresivo y deliciosamente perverso.
No solo quería desvirgarlo. También quería entrenarlo para convertirlo en una máquina sexual resistente que me usara como su receptáculo de semen. La sola idea de pensar que podía tener al padre y al hijo a diario me ponía muy caliente. En la mañana le daría el culo a uno y en la noche la vagina al otro. Mientras su padre saliera de viaje, el hijo descargaría su carga en mí y, cuando llegara su padre, calmaría sus ansias. Quizás lograra la oportunidad de que los dos me tomaran a la vez.
Día 1 – La primera exploración
Aprovechando que llevaba un mes sin trabajo, dedicaba gran parte del tiempo a los cuidados del hogar. Solía estar en camisón y ropa interior, o en shorts. El clima y la confianza lo permitían. Ya había notado desde tiempo atrás que, al entrar en su cuarto por las mañanas a recoger el desorden, lo encontraba dormido con sus firmes erecciones matutinas.
Su miembro se había desarrollado perfectamente: largo, grueso, recto, una pieza perfectamente cincelada lista para inseminar mujeres fértiles como un joven semental. Pero tristemente no había entrado en ninguna vagina que lo acogiera. Su semen se estaba desperdiciando en pajas ocasionales, porque era bastante inseguro sexualmente.
Entonces tuve la idea de mi plan: le enseñaría todo sobre sexualidad, empezando por el cuidado físico y terminando en enseñarle a aguantar más en el acto. Su polla sería su herramienta y mi culo el lugar de práctica.
Empecé un sábado por la mañana. Me puse una blusita de pijama muy suelta, sin sostén, y unos interiores de algodón rosados, cómodos pero sexys. Su padre había salido de viaje de negocios. Bajé temprano y allí estaba él, dormido profundamente en su cama, solo con unos boxers blancos ajustados. La erección matutina era evidente: una tienda enorme, gruesa, palpitando suavemente como un soldado orgulloso.
Pasé mis dedos sobre la punta y no despertó. El corazón me latía en la garganta.
*“Esto está mal… pero lo disfrutara”, me repetí.*
Me arrodillé con cuidado. Con dedos temblorosos bajé solo la parte delantera del bóxer, dejando su glande completamente expuesto. Era grande, rosado, con una gota brillante de precum en la punta. Con gran delicadeza la limpié con mi dedo índice y la probé. Resistí el impulso de lamerle toda la verga, solo acerqué mi nariz hasta su frenillo y aspiré profundamente. Ese olor masculino, cálido y joven, me golpeó directo entre las piernas.
En cambio, empecé a hacer ruido: abrí cortinas, moví cosas, fingiendo limpiar. Él despertó sobresaltado y se dio cuenta de que tenía el glande al aire.
—¡Mierda! —exclamó, intentando taparse, rojo de vergüenza.
—Tranquilo, cariño —dije con mi voz más profesional y calmada, sentándome al borde de la cama. Lo abracé suavemente por los hombros—. Soy enfermera, ¿recuerdas? He notado que ya eres un hombre adulto. Es normal que tengas erecciones fuertes por la mañana. Pero también he visto que a veces te quedas así mucho tiempo… y eso no es bueno.
Él me miraba entre avergonzado y confundido.
—La falta de eyaculación frecuente puede generar presión y dolor en los testículos. La retención seminal no es recomendada —continué, justificándome—. Déjame revisarte mejor.
Sin pedir permiso, le bajé completamente el bóxer. Su pene saltó libre, grueso, venoso, con el prepucio parcialmente retraído.
—Déjame revisarte, no sientas pena. Soy una profesional. Esto queda entre nosotros, ¿sí? No le cuentes nada a tu papá.
Lo tomé con una mano. Estaba caliente, pesado. Lo levanté, lo pesé en mi palma, sintiendo cómo palpitaba. Con la otra mano deliberadamente bajé lentamente el prepucio, observando cómo la piel se deslizaba sobre el glande hinchado. Lo olí discretamente. Ese aroma intenso me mareó.
—Todo se ve sano —murmuré, apretando suavemente la base y subiendo hasta la cabeza, simulando un examen—. Pero la higiene del glande y el prepucio es muy importante. Hay que retraer bien y limpiar debajo. Vamos a la ducha. Te guiaré para que lo hagas correctamente.
Él solo asintió, respirando agitado, con la polla tiesa y brillando por mi manipulación.
Obedeció y se metió al baño. Escuché la ducha.
—¿Ya estás listo? —pregunté.
—Sí… —respondió nervioso.
—Bien. Saca tu miembro por el lado de la cortina, así te explico sin mojarme.
Obedeció. Su carne salió, semierecta y pesada. Tomé el jabón líquido y lo enjaboné con ambas manos, despacio. Primero la base, luego subí, retrayendo el prepucio completamente bajo el agua jabonosa. Lo masajeé, pero en realidad lo estaba masturbando con movimientos “profesionales” que poco a poco se volvieron más lentos y deliberados. Lo apreté, lo giré, pasé el pulgar por la cabeza sensible. Lo sentí endurecerse completamente en mis manos, latiendo, hinchándose.
—Así… tienes que limpiar bien aquí —susurré, masturbándolo con más ritmo—. ¿Sientes cómo se pone más duro? Es completamente normal, Raúl. Tu cuerpo está respondiendo como debe.
Lo llevé al borde, escuchando sus respiraciones entrecortadas, pero justo cuando sus caderas empezaron a moverse, le di un beso suave en el glande, como una madre cariñosa, y lo solté.
—Listo. Ahora termina tú. Te espero en el cuarto.
Lo dejé allí, jadeando, con la verga morada de excitación y sin liberación.
Lo esperé sentada en su cama. Salió en toalla. Le dije que se sentara a mi lado y se recostara. Le quité la toalla; su pene seguía erecto. Se lo sequé estimulándolo deliberadamente.
—Tu testículo derecho parece más grande. Debe tener acumulación seminal. Es necesario drenarlo. Te voy a ayudar. No quiero que te masturbes viendo porno, eso puede causar daño en tu lóbulo frontal y eyaculaciones precoces cuando estés con chicas —le expliqué con tono profesional mientras lo abrazaba suavemente y le acariciaba el cabello—. Pero con una condición: no le cuentes nada de esto a tu padre. Es nuestro secreto médico.
Él solo asintió con la cabeza, sin decir una palabra, visiblemente culpable pero excitado.
Entonces procedí. Con mi mano derecha retiré su prepucio y con la izquierda acaricié su glande. Estaba caliente. La agarré con las dos manos y la apreté fuerte; entre más la apretaba, más dura se ponía. Era grande y firme.
—Solo relájate y enseña a tu cuerpo a disfrutar y controlarlo —le dije con cariño—. Pudo mirar mis pezones por la manga de la blusa.
Le pregunté si le gustaba lo que veía. Alcanzó a soltar un “sí”.
Entonces me quité la blusa. Tomé su mano derecha y la puse en mi teta izquierda. Él jadeó y su verga se tensó aún más. Llené mi mano izquierda de saliva, la esparcí por su glande y lo masturbé con la derecha arriba y abajo, liberando su glande por completo y volviéndolo a cubrir a un ritmo firme y constante. Cada pajazo lo acercaba más a derramarse, pero lo torturaba retardando ese momento. Por su glande ya asomaba líquido preseminal.
Me detuve, apretándola fuertemente.
—Contrólalo —le dije—. Aún no. Párate frente a mí.
Obedeció. Pasé su polla por mi rostro, me acaricié la mejilla con su glande y la pasé por mis labios como un labial.
—Creo que tendré que usar otra forma para poder sacártelo todo. Es fuerte y viril, una rica herramienta para preñar.
Mientras lo miraba, abrí grande mi boca y lentamente la fui tragando centímetro a centímetro hasta que todo entró. Raúl empujó sus caderas y soltó un gemido gutural, casi un bufido de placer y súplica. Lo sostuve un segundo en el fondo de mi garganta, apreté mis labios y mi lengua, y la saqué de nuevo sin dejar de succionar. Lo miraba a los ojos; su expresión era de placer y asombro.
No toqué su verga con las manos. La tragué una y otra vez, saboreando ese manjar palpitante. Sentía que el estallido sería bestial. Mi vagina palpitaba igual y por mi pierna deslizaba un hilo de jugo vaginal caliente y viscoso.
Tomaba descansos para mi garganta y me dedicaba a chupar su cabeza, ese hongo de carne gruesa, y luego retomaba mi labor de masajear con mi boca su miembro entero.
—Dios… qué pedazo de polla tan hermosa, vigorosa y espléndida —pensé.
Su respiración aumentó, su rostro se transformó. Estaba embriagado. Lo había torturado mucho pausando y volviendo a empezar. Quería metérmela en la vagina, pero sabía que ese momento vendría después.
Lo miré con determinación:
—No te contengas. Déjalo salir todo. No te dé pena, yo lo recibiré. Es parte del tratamiento.
Puse mi lengua plana bajo su glande, agarrándolo por completo con la mano y masturbándolo con un recorrido completo más rápido, sin pausa. la vena dorsal profunda de esa verga se tensó, los huevos se retrajeron. El gemido fue gutural. Sus piernas se doblaron levemente. El preseminal fue abundante y el chorro salió con la potencia de un disparo, largo, directo a mi boca, chocando contra el paladar y la garganta. Caliente y espeso. Cerré la boca y tragué. De inmediato llegó el segundo directo en mi cara. No paraba de masturbarlo. Abrí de nuevo la boca y los disparos de semen cubrieron mi rostro, llenaron mi boca, mi cuello, mi pelo y mi pecho. Su sabor era exquisito.
Hasta que solo daba pequeños latidos de vida residual. Le di un beso en el glande y le dije:
—Muy bien, mi amor.
Me metí a bañar. Mi estómago sentía su semen y mi boca conservaba el sabor.
—
**Mi plan iba muy bien.** Al día siguiente conseguiría que me lamiera la vagina y me penetrara. Lo despertaría con una buena mamada para que cogiera confianza y resistencia, hasta que fuera mi máquina sexual y me diera una larga culiada mientras su padre estaba por fuera. Solo tenía dos días más.