Capítulo 3
- Confesiones de Danka Schultz I
- Confesiones de Danka Schultz II
- Confesiones de Danka Schultz III: Danka y Rocco
Desde que tengo uso de razón, recuerdo que siempre hubo perros en casa de mis padres, por lo general eran de razas pequeñas. Y con esos integrantes caninos de la familia yo me encariñaba tanto que dormían en mi habitación.
Cuando me casé, le insistí mucho a mi marido para que comprara un perro, pero él siempre era rehacio a la idea.
Una noche llegó a la casa con una caja de zapatos y en su interior había un hermoso y tierno cachorrito para mi grata sorpresa.
Años 90’s, con mi marido estábamos en nuestro mejor momento. Teníamos sexo todos los días e incluso varias veces al día. Recién casado y nada menos que con la ganadora de un concurso de Bikini Open de Mar del Plata. Mi hombre vivía fogoso, con el pito siempre parado y orgulloso de su mujer. Éramos felices.
Pero con el correr de los años las relaciones sexuales se fueron haciendo cada vez mas espaciadas hasta llegar un momento en el que ya no tenía deseos de penetrarme, solamente me pedía que le haga sexo oral y él a lo sumo me metía los dedos al estimularse viendo películas porno VHS que traía a casa del vídeo club.
Yo por mi parte ni siquiera tenía consoladores o vibradores, pero éstos surgieron tiempo después a raíz de esa carencia de sexo, y en la actualidad esos «aparatitos» se convirtieron en una obsesión y me hice dependiente de ellos.
Año 2026 ya no estoy más con ese hombre que fue mi esposo por décadas, y ya otro hombre ocupa su lugar. Pero antes de conocer a mi actual amor y decidir que definitivamente me voy a quedar con él por el resto de mi vida, me sacaba las ganas con mi perro.
Rocco (mi marido eligió ese nombre en honor a Rocco Siffredi, un actor porno italiano muy famoso en la década del 90 por sus videos estilo Gonzo), era un perro obediente y muy dócil.
Desde cachorrito durmió con nosotros en el dormitorio, pero a medida que fue creciendo se transformó en un problema y en una molestia a la hora de tener intimidad con mi marido, ya que se paraba junto a la cama y comenzaba a ladrar, supongo que por mis gemidos y gritos.
Tal vez el perrito interpretaba que mi marido me estaba haciendo daño y por eso trataba de defenderme.
Era tal la adoración que tenía conmigo que Rocco me seguía a todas partes, estaba pendiente de lo que yo hacía y de quien se me acercaba. Celoso y muy protector.
Y confieso que no hacía otra cosa que ponerse atrás y olfatearme el culo. Y a pesar de que lo retaba y me enojaba para que deje de hacerlo, él insistía. Le gustaba tanto olerme, no sé por qué?. En todo momento lo tenía ahí atrás, con su hocico metido y era un fetiche que tenía solo conmigo, porque con otras personas no acostumbraba a hacerlo.
A medida que fuimos dejando de tener relaciones, Rocco poco a poco volvió a dormir con nosotros en el dormitorio.
En esa época fue cuando comencé a masturbarme con frecuencia cuando me quedaba sola. Era mi única forma de desahogo.
Una mañana Rocco estaba acostado junto a la cama, tan solo levantó la cabeza para mirarme y luego siguió durmiendo.
Ese día al igual que otros tantos, amanecí con muchas ganas.
A los pocos minutos llevé una mano a mi entrepierna, mi concha estaba totalmente mojada por ese flujo vaginal tan característico que tenemos las mujeres.
Cerré los ojos y comencé a introducirme los dedos. Poco a poco me fui masturbando muy despacio hasta que sentí que un orgasmo estaba por llegar y ahí empecé a pajearme mucho mas rápido. Justo cuando estaba por acabar, Rocco me sorprendió y sentí su respiración muy cerca.
Sin retirar la mano de mi concha y continuando con los movimientos abrí los ojos. Rocco estaba parado a mi lado con su respiración acelerada soplando justo sobre mi cara.
Yo en el mejor momento quería acabar y él me lo estaba impidiendo. Con mi mano libre, empuje su cabeza y le pedí que se alejara. Dejó de ladrar pero siguió pasando su lengua por mi cara, me estaba babeando demasiado así que dejé de masturbarme y ya con las dos manos traté de apartarlo de mi.
Dejó de lamerme la cara pero empezó a lamerme la mano que me había estado tocando allá abajo. Se puso como loco y empezó a olfatearme por todos lados, buscando la procedencia de ese olor tan particular.
Finalmente lo encontró y saltó sobre la cama, su hocico se posicionó sobre mi concha y comenzó a lamerla con mucha desesperación. Intenté sacarlo pero no pude, al empujarlo lo único que logré fue que se moviera y se parara entre mis piernas para seguir lamiéndome. Por momentos dejaba de lamer como tratando de llegar mas adentro, curioso, a puro instinto.
De mi vagina seguía saliendo ese flujo blanquecino y viscoso, que si bien no podía verlo por estar acostada, sentía como se escurría entre mis piernas.
Rocco no quería que nada se desperdicie, así que comenzó a tragar todo y lamer mas abajo.
Verdaderamente me excité mucho sintiendo sus lengüetazos y sobre todo cuando empezó a olfatearme y pasarme la lengua por el culo.
Lo que hice en ese momento fue levantar las piernas y abrirme.
Mis rodillas estaban a la altura de mis pechos y con ambas manos separé las nalgas para que mi orificio quedara totalmente abierto y le resultara más fácil lamerlo.
El orgasmo que hacía unos minutos se había desvanecido estaba por llegar.
Solté mis nalgas y comencé a frotarme el clítoris muy rápido, mientras Rocco seguía comiéndome el culo. Comencé a gemir y acabé muy intensamente.
Satisfecha, con todo mi cuerpo estremecido y tembloroso, volví al mundo real. Traté de sacarlo de allí, pero él no estaba dispuesto a dejar de hacerlo todavía. Cada vez que le acercaba mi mano para sacarlo, la empujaba con el hocico e incluso en un momento cuando tapé mi concha con la mano, enojado comenzó a gruñir y a mostrarme los dientes.
No quise correr riesgos, así que me di por vencida. Mientras yo seguía temblando, lamió y olfateó hasta que se cansó, dejándome totalmente limpia y seca.
Quedé exhausta, esa fue la mejor chupada de concha que me habían dado en toda mi vida.
Rocco no se bajó de la cama, por el contrario se echó entre mis piernas, con su lengua afuera. Luego apoyó su cabeza sobre mi vientre y comenzó a mirarme y volví a extender mi mano para acariciarlo. Me quedé profundamente dormida, con ambas manos puestas en su cabeza.
Cuando desperté, Rocco seguía ahí en la misma posición.
Qué hice? Cómo voy a estar haciendo esto con un perro? Me decía a mi misma.
Sabía que estaba mal, pero también pensaba en que me había gustado y lo había disfrutado.
En ese momento decidí que mi perro iba a ser mi desahogo hasta que a mi marido se le ocurra cogerme de nuevo.
Cada vez que tenía ganas, hacía que mi perro me lamiera, era muy fácil, solo tenía que hacer que me olfateara de atrás y con eso era suficiente para que continúe.
Lo hice muchas veces, en la cama, en el patio, mientras lavaba los platos. Rocco era el amante perfecto, siempre estaba a mi disposición, primero con el hocico, luego con la lengua.
Una tarde, como estaba sola me vestí solo con un conjunto de ropa interior, aburrida me senté en un sillón y empecé a ponerme crema, en las piernas, en los brazos y abdomen.
Y como una cosa lleva a la otra, con el solo hecho de acariciarme, comencé a excitarme.
De rodillas en el sillón, lo llamé dándome palmadas en la cola, inmediatamente vino a mí, se puso detrás y comenzó su labor.
Durante unos minutos me puse a mirarlo como lamía y olfateaba después de acariciarle la cabeza decidí llegar mas lejos con él.
Me bajé y de rodillas en el piso comencé a acariciarlo, algo que ya había hecho muchas veces cuando jugábamos.
Su instinto lo llevaba a tratar de montarme, pero no hallaba el modo. Su primer intento lo hizo estando de costado, de un salto apoyó sus dos patas delanteras sobre mi espalda y empezó a moverse durante unos instantes, luego se bajó.
Yo seguía arrodillada, con los codos apoyados en el piso.
Me saqué la tanga y comencé a palmear mi concha, indicándole por donde debía de ir.
Rocco volvió a montarme, ahora si estaba en la posición correcta, después de varios intentos y de golpear con su pene en mis piernas y en mis nalgas, finalmente encontró el lugar en donde introducirlo. Sentí su miembro bien caliente entrar y salir muy rápido en mi concha y a medida que se iba acomodando lo empecé a sentir mas adentro. Después de una embestida muy fuerte comenzó a presionar y sentí un dolor intenso.
Se quedó quieto mientras yo comencé a temblar y en uno de mis movimientos su miembro se salió.
Yo permanecí inmóvil cuando nuevamente sentí su penetración, después de varios intentos logró hacerlo, pero se equivocó de destino y esta vez me la ensartó en el culo.
Mi perro bombeaba de una manera ininterrumpida, muy rápida, muy fuerte. Yo había apoyado mi cabeza sobre un almohadón dejando que hiciera su trabajo.
Rocco dejó de bombear, solo hacía pequeños movimientos con su pene y con cada uno de ellos sentía como iba soltando leche caliente y después de unos segundos otro y luego otro mas.
Terminado el acto de apareamiento me moví hacia delante con la intención de que se saliera, lo que no me di cuenta en ese momento es que por el dolor que sentía, se lo estaba impidiendo por haber contraído mis músculos, en palabras mas simples, mantenía mi esfínter contraído y a pesar que él tironeó varias veces para salirse yo misma se lo estaba impidiendo.
Fui aflojando mis músculos y a hacer movimientos hasta que finalmente logré expulsarlo. Después de sacarlo me sentí aliviada.
Me senté en el piso, estaba cansada y muy adolorida. Seguí mirando asombrada a mi fiel amigo que lo había tenido adentro de mi culo.
Después de esa vez, muchas veces más me hice coger por Rocco, me encantaba quedarme abotonada y lo apretaba apropósito para que no se saliera.
Mi perro no fue el primero en cogerme por el culo pero si fue el primero en proporcionarme una sensación diferente. A partir de ahí, surgió mi debilidad por que me cojan por atrás, y amo que mi hombre previo al sexo me lo olfatee y que se excite con mi olor. Es algo que me vuelve loca.
Instinto animal tal vez?
Pero con mi perro era distinto, era mi compañero fiel y siempre estaba disponible para mi cuando más lo necesitaba.
Después de que Rocco murió, nunca mas volví a hacer algo así, de hecho no he vuelto a tener más perros en mi vida.
Pero siempre lo guardaré gratamente en mi memoria y hoy un tanto ruborizada por fin me atreví a contarlo.