Capítulo 4
Capítulo 4: Fiesta de carne
El mensaje de Sandra quedó flotando en el aire como una nube de humo cargada de promesas sucias. Mi mamá me miraba, esperando. Yo todavía sentía el calor del orgasmo en el Uber, el hormigueo en la piel, el sabor a sexo y tequila en la boca. Pero más que eso, sentía el vacío entre las piernas, la sensación de haber sido usada y abandonada, y el deseo enfermizo de que se repitiera. La fiesta con Sandra y Marco había sido un terremoto en mi sistema nervioso. Dos mujeres maduras y un hombre, sus manos y bocas en mí, mi propio cuerpo respondiendo con una ferocidad que me aterraba. Y ahora esto: un hombre. Un extraño. La propuesta era clara: una cita privada, un intercambio, un nuevo escalón en esta escalera que bajaba hacia Dios sabe dónde.
Respiré hondo, sintiendo cómo el aire entraba y salía de mis pulmones, cómo mi corazón latía como un tambor de guerra. En mi mente, las imágenes de la fiesta se mezclaban con el presentimiento de lo que venía. Mi cuerpo, traicionero, ya estaba despertando otra vez, un calor bajo en el vientre, un pulso entre las piernas. Me miré las manos, que todavía temblaban ligeramente. ¿Era esto lo que quería? ¿O era solo que ya no sabía cómo decir que no?
—¿Y tú qué quieres, mija? —preguntó mi mamá, su voz suave, pero con esa chispa de emoción que ya conocía demasiado bien—. Esto no es como lo de la fiesta. Esto sería en un lugar privado, solo nosotros cuatro. Podemos controlar todo. Yo estaré ahí. Cada segundo. Y si en cualquier momento levantas una mano, se acaba. ¿Entendido?
Su tono era serio, protector. Eso me calmó un poco. Dentro de toda esta locura, ella era mi ancla. Mi ancla perversa, pero ancla al fin. Sus ojos oscuros me sostenían, me leían. Ella sabía lo que pasaba por mi cabeza, lo que pasaba por mi cuerpo. Siempre lo supo.
—¿Quién es el amigo? —pregunté, tratando de sonar práctica, aunque por dentro ya estaba diciendo que sí, que sí, que sí. La curiosidad era un gusano que me roía por dentro. ¿Cómo sería un hombre? ¿Sería diferente? ¿Más rudo, más directo? ¿O Eduardo sería como ellas, juguetón, calculador?
—No lo sé. Sandra dice que es discreto, que tiene buen gusto, que sabe tratar a las mujeres. �
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