Capítulo 1
- Yo Lucía, mi madre Perla, Henrik y todos nuestros amigos II
- Yo Lucía, mi madre Perla, Henrik y todos nuestros amigos I
Capítulo 2: La invitación
Los días después de que mi mamá me chupara el dedo del pie fueron una niebla caliente. Cada vez que me ponía unos calcetines, sentía el fantasma de su boca en mi piel. Cada vez que la veía pasar por el pasillo, casi desnuda, mi panocha se estremecía como si me hubieran dado un toque con un cable pelado. La pregunta seguía ahí, flotando: ¿Qué iba a hacer?
Yo no le di una respuesta directa. No hacía falta. Mi cuerpo se la estaba dando todo el tiempo. Andaba por la casa más ligera de ropa que nunca, si eso era posible. Me dejaba la puerta del baño abierta cuando me bañaba, para que el vapor saliera y, con suerte, ella me viera a través de la cortina translúcida. Una tarde, me encontré masturbándome en mi cuarto, con la puerta entreabierta, imaginando que en cualquier momento ella podía entrar. No entró. Pero la posibilidad fue suficiente para que me viniera como una perra en celo.
Al tercer día, mi mamá me abordó en la cocina. Yo estaba haciendo un sándwich, en puros calzones y una camiseta vieja que me quedaba corta.
—¿Ya pensaste? —preguntó, recargándose en la barra. Traía una bata de seda abierta, y debajo… nada. Absolutamente nada. Sus tetas colgaban libres, los pezones oscuros y erectos contra la tela fina.
Traté de no mirar directamente. Fallé.
—Pensé… un poco —dije, concentrándome en el jamón.
—Un poco no es suficiente, mija. Rodrigo me escribió otra vez. Pregunta por ti.
El corazón me dio un brinco.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que estabas considerándolo. Que eres una chica cuidadosa. —Se acercó, y el aroma de su perfume me envolvió—. Pero también le dije que, cuando una mujer como tú se decide, es un huracán.
—No soy un huracán —murmuré, sintiéndome ridícula.
—Claro que lo eres. Solo necesitas que alguien te ayude a soltar el viento. —Puso una mano en mi cintura, justo donde la camiseta se levantaba. Su piel estaba caliente—. ¿Qué te parece si lo invitamos formalmente? Una cena. Solo los tres. Sin presiones. Si la cosa fluye, fluye. Si no, pues fue una buena cena.
Su tono era persuasivo, no autoritario. Una propuesta, no una orden. Eso me hizo sentir que yo tenía el control, aunque en el fondo supiera que el control se me estaba escurriendo como agua entre los dedos.
—¿Y si la cosa… fluye? —pregunté, mirándola por fin.
Sus ojos brillaron.
—Entonces tendrás una noche inolvidable. Y yo tendré el privilegio de ver a mi hija convertirse en mujer. De verdad.
La manera en que dijo “de verdad” me hizo estremecer. No era solo sobre perder la virginidad. Era sobre cruzar un umbral, entrar a un mundo del que ella ya era ciudadana. Y quería que yo entrara con ella de la mano.
—Está bien —dije, la voz un hilo—. Invítalo.
La sonrisa que iluminó su cara valió toda mi ansiedad. Me abrazó, y sus tetas desnudas se aplastaron contra mi brazo. Fue rápido, pero la sensación se me quedó grabada: suave, cálido, prohibido.
—Vas a ver, Luci. No te vas a arrepentir.
La cena se planeó para el viernes siguiente. Una semana entera de espera. Una semana en la que cada interacción con mi mamá se cargó de un significado nuevo. Los masajes en los pies se volvieron rutina. Ella me los chupaba mientras veíamos la tele, a veces uno, a veces los dos, lamiendo entre los dedos con una dedicación que me ponía al borde del ataque de nervios. Una noche, se llevó todo mi pie a la boca, metiéndose los dedos hasta la garganta, y yo me vine solo con eso, gritando en el sofá mientras ella no dejaba de chupar. Después, me miró con la boca brillante y dijo: “Practicando para lo que viene.” No supe si se refería a ella o a Rodrigo.
También empezamos a “prepararme”. Mi mamá decía que había que conocer mi cuerpo al dedillo. Me hizo acostarme en su cama, desnuda, y con un espejo pequeño me mostró cada pliegue, cada punto de mi panocha.
—Este es el clítoris —decía, tocándolo con su dedo—. Tu mejor amigo. Aquí es donde la mayoría de los hombres fallan, por prisa o por ignorancia. Tienes que enseñarles.
—¿Enseñarles?
—Con gemidos, con movimientos. Guiarlos. Y si no aprenden, los corres. —Su dedo se deslizó hacia abajo—. Y aquí está la entrada. Tienes que relajarte cuando entre, porque si te pones tensa, va a doler. Respira hondo. Piensa en algo que te prenda.
—¿Como qué? —pregunté, jadeando ya por su toque.
Ella sonrió.
—Como que tu mamá está viendo. Eso parece prenderte bastante.
Me ruboricé, pero no pude negarlo. Su dedo entró un poco, solo la punta.
—Así. Despacio. Tú controlas la velocidad al principio. Después, cuando ya estés perdida en el placer, déjate llevar.
Era una lección de sexualidad impartida por la persona más improbable, y a la vez la más lógica. Ella me conocía mejor que nadie. Sabía qué me hacía temblar, qué me hacía sonrojar. Y lo usaba a su favor.
Para el jueves, ya estaba hecha un manojo de nervios. Mi mamá lo notó.
—Tranquila, preciosa. Mañana va a ser divertido. Te lo prometo. Y mira, para que te relajes…
Sacó una botella de tequila reposado y dos vasitos.
—Un shot. Para los nervios de la víspera.
Bebimos. El líquido ardiente me bajó por el pecho y explotó en el estómago, soltando una ola de calor. Un shot se convirtió en dos. Luego en tres. Para el cuarto, ya me reía de mis propios miedos. Mi mamá también estaba alegre, sus ojos vidriosos, su risa más suelta.
—¿Sabes qué sería divertido? —dijo, recostándose en el sofá junto a mí—. Que mañana, durante la cena, juguemos un juego.
—¿Qué juego?
—El juego de la verdad picante. Cada uno hace una pregunta sobre sexo, y los otros tienen que responder con honestidad. Total. Sin filtros.
—¡Mamá! Rodrigo no va a querer jugar a eso.
—¿Rodrigo? Cariño, Rodrigo inventó ese juego. —Se rió—. Confía en mí. Va a ser la manera perfecta de romper el hielo. Y de que te conozca… a fondo.
La idea me puso aún más nerviosa, pero también excitada. Bajo el influjo del tequila, todo sonaba posible, incluso deseable.
El día D llegó. Me desperté con un nudo en el estómago. Mi mamá, en cambio, amaneció radiante, cantando en la ducha. Pasó la mañana limpiando la casa, eligiendo el menú (filetes con salsa de vino tinto, puré de papas con trufa, ensalada simple), seleccionando la música (jazz suave, nada intrusivo).
—Lo más importante es el ambiente —decía, como una generala preparando una batalla—. Tiene que sentirse íntimo, pero no claustrofóbico. Cálido, pero no agobiante.
Por la tarde, me llevó a hacer el “ritual de belleza”. Depilación completa (¡hasta donde el sol no alumbra!, dijo ella). Exfoliación. Mascarilla facial. Un baño de burbujas con aceites. Me pintó las uñas de los pies y las manos de un rojo oscuro, casi negro.
—Para que contrasten con tu piel —explicó, concentrada en mi dedo meñique.
Luego, el vestido. No era el rojo de la vez anterior. Esta vez había elegido uno verde esmeralda, de satén, que se ceñía a mi cuerpo. Era largo, hasta el suelo, pero con un corte princesa que se abría desde la cadera, mostrando la pierna con cada paso. La espalda era completamente abierta, hasta el comienzo del culo. Y el escote, aunque no tan profundo como el anterior, era lo suficientemente amplio como para que mis tetas estuvieran a punto de escaparse.
—Te ves como una sirena —dijo mi mamá, admirando su obra—. De esas que ahogan a los marineros con solo mirarlas.
Ella se puso un vestido negro, largo y ajustado, con un escote corazón que dejaba ver la mitad de sus tetas. Se recogió el cabello en un moño despeinado, dejando mechones sueltos que le acariciaban el cuello. Lucía peligrosa. Elegante. Y completamente segura de sí misma.
—Lista —dijo, dándome una última mirada—. Ahora, lo más importante: la actitud. Tú eres la diosa esta noche. Él es el invitado. Nosotras le estamos haciendo un favor al permitirle estar aquí. ¿Entendido?
Asentí, tratando de absorber un poco de su confianza.
Rodrigo llegó a las ocho en punto. Traía un ramo de flores para mi mamá y una botella de vino tinto caro para la cena. Al verme, se le cortó la respiración. Literalmente. Se quedó parado en la entrada, los ojos recorriéndome de arriba abajo, como si no pudiera creer lo que veía.
—Lucía… —logró decir al fin—. Estás… deslumbrante.
—Gracias —dije, sintiendo que el rubor me subía por el cuello.
—Entra, entra —lo invitó mi mamá, tomándolo del brazo—. No te quedes ahí embobado.
La cena empezó con los cocteles. Mi mamá había preparado unas margaritas picantes, con jalapeño infusionado. “Para calentar la sangre”, dijo con una sonrisa pícara. Los primeros sorbos me hicieron toser, pero luego el calor se extendió por mi cuerpo, relajándome. Rodrigo parecía impresionado por la preparación.
—Siempre supiste mezclar, Perla —comentó, bebiendo el suyo de un trago.
—En muchos sentidos —respondió ella, guiñándole un ojo.
La conversación inicial fue ligera: el tráfico, una exposición de arte que Rodrigo había visto, el último escándalo político. Pero mi mamá, como un director de orquesta, gradualmente fue cambiando el tempo. Cuando sirvió el vino tinto (una reserva que, según Rodrigo, valía un ojo de la cara), lanzó la primera bomba.
—Entonces, Rodrigo… ¿sigues con esa filosofía del amor libre? —preguntó, sirviéndole una copa generosa.
Él sonrió, acomodándose en la silla.
—Más que nunca. Creo que la posesión es el cáncer de las relaciones. La gente confunde amor con propiedad.
—Completamente de acuerdo —asintió mi mamá—. Yo siempre le he dicho a Luci que el placer es para compartirlo, no para guardarlo bajo llave.
Los dos me miraron. Yo me llevé la copa a los labios, tratando de parecer sofisticada y no una niña asustada.
—Es una filosofía interesante —dije, porque no se me ocurrió nada mejor.
—No es solo interesante, es liberadora —dijo Rodrigo—. Imagina poder explorar tu sexualidad sin culpa, sin ataduras. Con respeto, claro, pero con libertad.
—Eso requiere mucha confianza —observé.
—Exacto. Y comunicación. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Por eso admiro tanto la relación que tienes con tu madre. Es raro ver tanta honestidad entre una madre y una hija.
—Es que no tenemos secretos —dijo mi mamá, poniendo una mano sobre la mía en la mesa—. O casi ninguno.
La cena continuó. Los filetes estaban perfectos, el vino fluía sin parar. Con cada copa, la charla se volvía más atrevida. Rodrigo contó anécdotas de sus viajes, de encuentros en playas nudistas, de fiestas en áticos de ciudades europeas donde la ropa era opcional. Mi mamá aportaba con sus propias historias, algunas tan gráficas que me hacían reír a carcajadas, otras tan sensuales que me hacían cruzar las piernas bajo la mesa.
Para el postre (un flan de café), ya estábamos todos en un estado de euforia alcohólica y sexual.
Fue entonces cuando mi mamá propuso el juego.
—¿Se acuerdan del juego de la verdad picante? —preguntó, mirándonos a los dos.
Rodrigo sonrió, inmediatamente interesado.
—Claro. ¿Lo vamos a jugar?
—Si Luci está de acuerdo —dijo mi mamá, volviéndose hacia mí.
Todos me miraban. El alcohol me daba un valor falso, pero a esas alturas, cualquier valor era bienvenido.
—Está bien —dije—. Pero yo empiezo.
Rodrigo levantó las cejas, impresionado.
—Adelante. Pregunta lo que quieras.
Tomé un sorbo de vino para darme valor.
—¿Cuál es la fantasía sexual más rara que has tenido? —solté.
Mi mamá soltó una carcajada. Rodrigo rió también, sin incomodarse.
—Vaya, vas directo al grano. —Se rascó la barbilla, pensativo—. Bueno, una vez soñé que estaba en una biblioteca antigua, y la bibliotecaria me hacía callar poniéndome su pie en la boca. Luego me obligaba a chuparle los dedos de los pies mientras ella leía en voz alta. —Hizo una pausa, mirándome—. ¿Eso califica como raro?
Mi panocha palpitó. La imagen era absurda, pero de alguna manera, excitante.
—Sí —dije—. Califica.
—Tu turno, Rodrigo —dijo mi mamá—. Pregúntale a Luci algo.
Rodrigo me miró, sus ojos claros perforándome.
—Lucía… ¿alguna vez te has tocado pensando en alguien que no deberías?
La pregunta me golpeó como un puño. Tragué saliva. Miré a mi mamá. Ella me sostuvo la mirada, serena, como si ya supiera la respuesta.
—Sí —confesé, la voz apenas un susurro.
—¿Quién? —presionó Rodrigo, suave pero firme.
—Eso son dos preguntas —intervino mi mamá, sonriendo—. Pero te la concedo, Luci, si quieres responder.
El comedor se silenció. Podía sentir el latido de mi corazón en las sienes. La mirada de Rodrigo era inquisitiva. La de mi mamá, expectante.
—En… en alguien mayor —dije, evasiva—. Alguien con experiencia.
No era una mentira, pero tampoco toda la verdad. Rodrigo asintió, como si entendiera.
—Es normal. La experiencia es un afrodisíaco poderoso.
—Mi turno —dijo mi mamá, recuperando el control—. Rodrigo, ¿qué es lo primero que miras en una mujer cuando la ves con intenciones sexuales?
—Los ojos —respondió él sin dudar—. Tienen que tener chispa. Curiosidad. Después, la boca. Tiene que parecer que sabe sonreír… y otras cosas. —Su mirada bajó a mis labios—. Y luego, por supuesto, las manos. Para imaginar lo que podrían hacer.
—Muy bien —dijo mi mamá—. Luci, tu turno otra vez.
—¿Alguna vez has estado con dos mujeres a la vez? —pregunté, sintiéndome más atrevida.
Rodrigo sonrió, un destello de picardía en los ojos.
—Sí. En dos ocasiones. Es… abrumador, en el mejor sentido. Tantas curvas, tantos sabores, tantos gemidos. Requiere concentración y resistencia. —Bebió un trago—. Pero la recompensa vale cada segundo.
La imagen se instaló en mi cabeza: Rodrigo, desnudo, con dos mujeres retorciéndose a su alrededor. Y sin querer, puse a mi mamá en esa imagen. Mi estómago se contrajo de excitación.
El juego continuó por unas rondas más, cada pregunta más íntima, cada respuesta más cruda. Preguntamos sobre posiciones favoritas, sobre si preferían dar o recibir sexo oral, sobre juguetes, sobre lugares públicos. Para cuando terminamos el postre, ya no había barreras. Nos conocíamos sexualmente mejor que muchas parejas que llevan años juntas.
Mi mamá miró el reloj.
—Bueno, esto ha estado divertido. ¿Por qué no nos pasamos a la sala? Está más cómodo, y tengo un coñac que pide a gritos ser bebido.
Era la señal. La transición. Nos levantamos, un poco tambaleantes por el alcohol, y nos movimos al sillón grande. Mi mamá sirvió el coñac en copas anchas. La luz estaba baja, solo una lámpara de pie y las velas que aún titilaban en el comedor. La música de jazz sonaba suave, un saxofón llorón que se colaba por la piel.
Nos sentamos. Yo en un extremo del sofá, Rodrigo en el otro, y mi mamá en el medio, pero esta vez se recostó hacia mí, acortando la distancia. Su pierna rozó la mía. No la apartó.
—Esta noche ha estado increíble —dijo Rodrigo, mirando su copa—. Honestamente, no esperaba… tanto.
—¿Tanto qué? —preguntó mi mamá, inocente.
—Tanta complicidad. Tanta belleza. —Su mirada se posó en mí—. Normalmente, estas cenas son formales, aburridas. Esta… esta tiene electricidad.
—Es porque Luci tiene una energía especial —dijo mi mamá, poniendo una mano en mi rodilla—. ¿Verdad, mija? Cuando te relajas, irradias.
No supe qué decir. Su mano en mi rodilla era un punto de calor que se extendía por todo mi cuerpo. Bebí un trago de coñac, que me quemó la garganta, pero calmó un poco los nervios.
Rodrigo puso su copa en la mesa de centro. Se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas.
—Perla me dijo que eras… curiosa. Que querías explorar. Pero que tenías miedo.
—No es miedo —protesté débilmente—. Es… precaución.
—La precaución es sabia. Pero a veces, hay que saltar al vacío. Con red, claro. —Miró a mi mamá—. Y creo que tu madre es la mejor red que podrías tener.
Mi mamá sonrió, acariciándome la rodilla.
—Siempre. Yo nunca dejaría que te lastimaran, Luci. Sabes eso, ¿verdad?
Asentí. Era verdad. En medio de toda esta locura, confiaba en ella. Sabía que, aunque me empujara al borde, no me dejaría caer.
—¿Y qué quieres explorar, Lucía? —preguntó Rodrigo, su voz baja, íntima—. Dímelo. Sin vergüenza.
Miré a mi mamá. Ella me animó con la mirada. Respiré hondo.
—Quiero… sentir. Quiero saber cómo es. Sin prisa. Con alguien que… sepa lo que hace.
—Eso puedo hacerlo —dijo Rodrigo—. Pero necesito tu permiso. Explícito. Claro.
El momento había llegado. La pregunta flotaba en el aire, sin necesidad de ser formulada. Yo tenía que dar el sí. O el no. Mi mamá apretó mi rodilla.
—Dilo, preciosa —murmuró—. Si lo quieres, dilo.
Mi boca estaba seca. El alcohol, los juegos, las miradas, las confesiones… todo se acumulaba dentro de mí, pidiendo salida. Miré a Rodrigo. A sus ojos claros, a sus manos grandes, a la promesa de experiencia que emanaba de él. Luego miré a mi mamá. A su sonrisa de orgullo, a su mano posesiva en mi pierna.
—Sí —dije, la voz temblorosa pero clara—. Lo quiero.
La sonrisa de Rodrigo fue lenta, satisfecha. Se levantó y se acercó a mí. No fue brusco. Se arrodilló frente al sofá, a la altura de mis piernas. Mi mamá no se movió. Solo observaba, su mano aún en mi rodilla.
—Eres muy valiente —dijo Rodrigo, mirándome a los ojos—. Y vas a ser recompensada por eso.
Extendió una mano y tocó mi mejilla. Su piel era áspera, masculina. Me acarició la línea de la mandíbula, luego el cuello. Cada toque era una promesa. Bajó hasta mi clavícula, y luego, con dedos seguros, deslizó la tela del escote hacia un lado, exponiendo mi hombro y la parte superior de mi pecho.
—Qué piel tan perfecta —murmuró.
Mi mamá, sin decir palabra, se inclinó y besó mi hombro expuesto. Sus labios eran suaves, cálidos. Un gemido se escapó de mi garganta. Era demasiado. Los dos, tocándome al mismo tiempo.
Rodrigo no se inmutó. Siguió su camino, bajando hasta donde el vestido se ceñía a mi pecho. Con ambas manos, tomó el escote y, lentamente, lo bajó. Mis tetas saltaron libres, los pezones endurecidos por el deseo y el aire fresco. Me dio vergüenza, pero también un poder salvaje. Ellos me miraban como si fuera un tesoro.
—Dios mío —susurró Rodrigo—. Son aún más hermosas de lo que imaginé.
Mi mamá se rió suavemente.
—Te lo dije.
Rodrigo no tocó mis tetas de inmediato. Solo las miró, admirándolas. Luego, miró a mi mamá.
—¿Puedo?
—Ella es tuya esta noche —respondió mi mamá, pero su tono dejaba claro que era un préstamo, no un regalo—. Disfrútala.
Esa fue la invitación que Rodrigo necesitaba. Inclinó la cabeza y tomó un pezón en su boca.
La sensación fue eléctrica. Su boca era caliente, húmeda, y su lengua giraba alrededor del pezón con una precisión que me hizo arquear la espalda. Grité, agarrando los cojines del sofá. Mi mamá me acarició el cabello, murmurando palabras de aliento.
—Así, mija… déjate sentir… está rico, ¿verdad?
No podía hablar. Solo asentía, jadeando. Rodrigo chupaba una teta con devoción, mientras su mano masajeaba la otra. Era demasiado estímulo. Sentía que me iba a venir solo con eso.
Después de un rato, cambió de pezón, dando la misma atención a la otra teta. Mi mamá, mientras tanto, había deslizado una mano por mi espalda, buscando el cierre del vestido. Lo encontró y lo desabrochó. La tela se aflojó, y con un movimiento suave, me ayudó a sacar los brazos y a dejar que el vestido cayera a mi cintura. Ahora estaba de cintura para arriba completamente desnuda frente a ellos.
Rodrigo se separó, respirando hondo.
—Eres una obra de arte, Lucía.
Se levantó y comenzó a quitarse la chaqueta, la camisa. Mi mamá me ayudó a levantar las caderas para bajar el vestido por completo. En segundos, estaba completamente desnuda en el sofá, salvo por mis tacones altos. Me sentía expuesta, vulnerable, pero también increíblemente poderosa. Sus ojos me devoraban.
Rodrigo, ahora también sin camisa, reveló un torso tonificado, con algo de vello en el pecho. Se veía fuerte, masculino. Volvió a arrodillarse, pero esta vez entre mis piernas, que yo mantenía cerradas por nervios.
—Ábrelas, preciosa —dijo mi mamá suavemente—. Déjalo ver.
Tímidamente, separé las rodillas. Rodrigo puso sus manos en mis muslos internos, acariciándolos.
—Tranquila —murmuró—. Todo a tu ritmo.
Bajó la cabeza y, en lugar de ir directo a mi panocha, empezó a besar y lamer la piel interior de mis muslos. Cada beso era una tortura deliciosa. Me retorcía, gimiendo, mientras mi mamá sostenía mi mano, apretándola.
—¿Ves? Te está calentando —dijo ella, su voz ronca—. Es un profesional.
Rodrigo se acercó más, su aliento caliente ya en mis labios vaginales. Me estremecí.
—Por favor… —supliqué, sin saber exactamente qué pedía.
Él no me hizo esperar más. Con una mano, separó suavemente mis labios. Con la otra, me acarició el clítoris, que ya estaba hinchado y palpitando. Un gemido largo salió de mi boca.
—Tan mojada —comentó, maravillado—. Perfecto.
Luego, bajó la cabeza y me dio una lamida larga, de abajo hacia arriba, cubriendo toda mi entrada.
El mundo estalló en colores. Grité, mis manos se aferraron al cabello de mi mamá sin querer. Ella solo rió, excitada.
—Así, Rodrigo… hazla cantar.
Y Rodrigo lo hizo. Su lengua era un instrumento de tortura y placer. Lamió, chupó, rodeó mi clítoris, se metió dentro de mí, jugó con cada pliegue. Yo era un desastre de gemidos y sacudidas. Mi mamá me sujetaba por los hombros, impidiéndome huir, aunque yo no quería huir. Quería más.
—Se va a venir —anunció mi mamá, como si estuviera comentando el clima—. ¿Vas a dejarla, Rodrigo?
Él respondió intensificando su ritmo, succionando mi clítoris directamente. Y yo, exploté. Un orgasmo brutal me recorrió de los pies a la cabeza, haciéndome arquearme y gritar. Rodrigo no se detuvo, suavizando sus movimientos, pero continuando, alargando las olas de placer hasta que me quedé temblando, exhausta.
Cuando se separó, su barbilla brillaba con mis jugos. Me miró con ojos oscuros de deseo.
—El primer round —dijo, respirando pesado.
Mi mamá me acarició el rostro.
—¿Viste? Te lo dije. Un profesional.
No podía hablar. Solo jadeaba, tratando de recuperar el aliento. Rodrigo se levantó y se quitó el resto de la ropa. Su verga surgió, erecta, impresionantemente grande y gruesa. Me quedé mirándola, con una mezcla de miedo y fascinación.
—No va a doler —prometió él, como si leyera mi mente—. Te lo voy a hacer sentir rico.
Se acercó de nuevo, pero esta vez mi mamá intervino.
—Espera —dijo—. Déjame prepararla un poco más.
Rodrigo asintió, retrocediendo. Mi mamá se deslizó del sofá y se arrodilló frente a mí, en el mismo lugar donde Rodrigo había estado. Me miró con ojos brillantes.
—Mi turno —susurró.
Y antes de que pudiera reaccionar, bajó la cabeza y me dio una buena lamida, limpiando parte de los jugos que Rodrigo había dejado. Luego, con una sonrisa pícara, se metió los dedos en la boca, chupándolos.
—Mmm… deliciosa.
Rodrigo observaba, claramente excitado por el espectáculo. Mi mamá se volvió hacia él.
—¿Tienes condón?
—Sí —dijo él, buscando en su billetera.
Mientras Rodrigo se ponía el condón, mi mamá me ayudó a recostarme completamente en el sofá, con cojines bajo mi cabeza. Me abrió las piernas, colocándolas sobre los reposabrazos del sillón, exponiéndome completamente.
—Ahora, Rodrigo —dijo ella, con voz de mando suave—. Ven aquí.
Rodrigo se acercó, su verga empapada en lubricante del condón. Se puso de rodillas entre mis piernas, agarrando mis muslos. Yo estaba completamente abierta, vulnerable, lista.
Pero mi mamá no estaba satisfecha.
—Espera —repitió. Se inclinó y, con ambas manos, me agarró de las rodillas. Luego, lentamente, con una fuerza que no esperaba, **abrió mis piernas aún más, hasta el límite, separándolas tanto que sentí un estiramiento en las ingles**. Mi panocha, completamente depilada y brillante por los jugos y la saliva, quedó expuesta de la manera más obscena, a centímetros de la punta de la verga de Rodrigo.
—Mírala bien, Rodrigo —dijo mi mamá, su voz grave, cargada de lujuria—. Mírala. ¿Ves lo mojada que está por ti? Es toda tuya esta noche. —Hizo una pausa, y su mirada se encontró con la mía. Sus ojos decían: “Esto es lo que querías, ¿verdad?”—. Pero recuerda… —añadió, volviéndose a Rodrigo—. Yo la vi primero.
Y ahí estaba yo. Con mi cuerpo completamente expuesto y entregado, la verga de Rodrigo a punto de entrar, y la mirada triunfal y hambrienta de mi mamá clavada en nosotros. El silencio solo roto por nuestra respiración agitada, y la pregunta de qué pasará después flotando en el aire cargado de deseo.
…………………… Continúa en capítulo 3 …………………………