Capítulo 1
- Yo Lucía, mi madre Perla, Henrik y todos nuestros amigos I
Capítulo 1: Lo que se hereda no se roba
Hola, mi nombre es Lucia, Luci para ustedes. Y quiero platicarles cómo ha sido mi vida con mi madre y, aunque para muchos pueda ser extraño o hasta “pervertido”, para mi ha sido lo mejor que me pueda pasar.
Mi mamá siempre dijo que la vida era muy corta para andarse con tapujos. “Si te gusta, hazlo. Si te prende, ve por ello. Y si duele, aguanta, porque hasta el dolor puede ser rico si sabes cómo tomarlo.” Esa fue mi educación sexual desde que tengo memoria. No hubo charlas incómodas sobre la abejita y la flor, sino pláticas francas, a veces con una copa de vino en la mano, sobre orgasmos, puntos G, y cómo un buen sexo oral puede cambiarle el día a cualquiera.
Crecimos, las dos, en esta casa. Bueno, yo crecí. Ella ya estaba aquí. Mi papá se fue hace tanto que apenas lo recuerdo como una foto borrosa. Perla, mi madre, se quedó conmigo, con la casa y con una filosofía de vida que se resume en: “A la verga los complejos.” Es una mujer de 44 años que parece de 35, con un cuerpo que hace que mis amigos, cuando vienen, se queden viéndola de reojo. No los culpo. Tiene unas piernas largas, un culo firme que llena cualquier pantalón de mezclilla, y unas tetas que, aunque ella dice que ya no son lo que eran, siguen siendo una pinche tentación. Se los digo yo, que las he visto de todo: en tops diminutos, saliendo de la regadera, apuntándome mientras se ríe.
Nuestra relación nunca fue la típica de mamá e hija. Fuimos, más bien, cómplices. Compartimos ropa, maquillaje, secretos. Desde que empecé a desarrollar, a los 13 o 14, el desnudo dejó de ser algo íntimo para volverse normal. Andar en calzones o en brasier por la casa era lo de todos los días. Bañarnos juntas para ahorrar agua (esa era su excusa) y terminar platicando de la escuela o de los chicos que me gustaban, con el vapor empañando el cristal y nuestras siluetas borrosas una frente a la otra.
Pero algo cambió cuando cumplí los 22. No de golpe, sino como un calor que empieza en los pies y sube lento, sin prisa, hasta que te das cuenta de que estás sudando. Fue en las miradas. Antes, mi mamá me veía y me decía “qué bonita estás, mija” con ese tono de orgullo materno. Ahora, la mirada se le quedaba más tiempo. Recorría mi cuerpo de arriba a abajo, se detenía en mi cintura, en el escote de mi camiseta, en mis piernas. Y no era la mirada de una madre. Era la mirada de una mujer.
Un día, después de la regadera, salí con la toalla envuelta en el pelo y otra cubriéndome el cuerpo. Ella estaba en el lavabo, cepillándose los dientes, en puros calzones y un top de tirantes. Me vio en el espejo y sonrió, la boca llena de espuma.
—Ay, Luci —dijo, escupiendo—. Tenías que haber visto las caras de los viejos en el supermercado. Te devoraban con los ojos.
Me reí, un poco incómoda.
—¿Cuáles viejos?
—Todos, hija. El de la caja, el que repone las frutas, hasta el guardia. —Se enjuagó la boca y se volteó a verme, apoyándose en la tarja. Sus ojos bajaron desde mi cara hasta donde la toalla se anudaba entre mis tetas.— Con ese cuerpo, es normal. Ya estás en tu punto. Jugosa.
La palabra “jugosa” se me quedó pegada en la cabeza todo el día. No era la primera vez que hacía un comentario así, pero esa vez… la manera en que lo dijo. No como un halago casual, sino como una observación cargada. Como si estuviera evaluando una fruta en el mercado. Y a mí, en lugar de ofenderme, me dio un calambre en la panocha. Un pinche escalofrío caliente que me recorrió de la nuca a los tobillos.
Esa fue la primera chispa. Después vinieron los toques. Los “accidentes”. Un día me estaba secando la espalda después de bañarnos juntas. Sus manos, con la toalla, me frotaban los hombros, la columna. De repente, los dedos se deslizaron más abajo, rozando la raya de mi culo. Fue rápido, casi imperceptible. Pero yo sentí la presión de sus yemas a través de la tela. Me congelé.
—Perdón —dijo ella, sin dejar de secarme—. Se me resbaló. Pero qué suave tienes la piel aquí, mija.
Su voz sonó ronca. No se disculpó de verdad. Solo dijo las palabras. Y siguió pasando la toalla, ahora con más cuidado, pero sin prisa. Yo no me moví. Dejé que sus manos me recorrieran la espalda baja, las caderas. La respiración se me hizo corta. Debajo de la toalla, empecé a sentirme húmeda. Pendeja, me dije. Es tu mamá. Pero el cuerpo no entiende de pendejadas. El cuerpo reacciona.
Esa noche me masturbé pensando en sus manos. En la manera en que me habían rozado. Me dio un chingo de culpa, pero también un orgasmo de esos que te dejan temblando. Al día siguiente, la vi con otros ojos. Ya no solo era mi mamá, la cómplice. Era Perla, la mujer. La que se paseaba por la casa en shorts tan cortos que se le asomaban las nalgas. La que se ponía a hacer yoga en el jardín, en leggins ajustados, y se doblaba en posiciones que me hacían tragar saliva.
La tensión se volvió un juego. Un juego peligroso y excitante. Empecé a andar igual que ella. En vez de ponerme una pijama completa, dormía en camiseta y calzones, o a veces solo en calzones. Me “olvidaba” de cerrar la puerta de mi cuarto cuando me cambiaba. La sentía mirar. A veces me preguntaba si lo hacía a propósito, o si yo estaba imaginando cosas. Hasta que llegó lo del vestido.
Fue un sábado. Mi mamá tenía planeado salir con unas amigas. Yo me iba a quedar en casa a ver series.
—Ay no, mija, no te quedes aquí aburrida —me dijo, revisando su clóset—. Ven con nosotras. Vamos a tomar algo a un bar nuevo.
—No tengo nada que ponerme —me quejé, aunque la idea de un trago me latía.
—¿Cómo que no? —Se volteó con esa sonrisa pícara que ya empezaba a conocer demasiado bien.— Tengo el vestido perfecto.
Sacó de su clóset un vestidito negro. Era minúsculo. De esos que se llaman “de copa”. Sin mangas, escote en V hasta el ombligo casi, y una falda que, si te agachabas un poco, mostraba todo. Me lo extendió.
—Pruébatelo.
—Mamá, ¡está super corto! —protesté, pero ya me lo estaba quitando de las manos.
—Justo por eso. A tu edad hay que enseñar lo que se tiene. A la verga la modestia. Pruébatelo, a ver.
No sé por qué obedecí. Tal vez por curiosidad. Tal vez porque quería ver su reacción. Me lo puse ahí mismo, frente a ella. El tejido se ajustó a mis curvas como una segunda piel. El escote me empujaba las tetas hacia arriba, creando un canal que parecía un camino directo al infierno. La falda me llegaba a mitad del muslo. Si respiraba hondo, se me subía más.
Mi mamá no dijo nada. Se quedó mirándome, los ojos oscuros, la boca ligeramente abierta. Dio un paso hacia mí. Sus manos se posaron en mis caderas, ajustando el dobladillo invisible.
—Gírate —ordenó, suave.
Giré. Sentí su mirada en mi espalda, en mi culo que la tela apenas cubría.
—Perfecto —murmuró. Sus dedos me tocaron la parte baja de la espalda, justo donde termina la columna.— Con este vestido, Luci, no vas a necesitar invitación. Te van a llover las ofertas.
Su mano se quedó ahí un segundo más de lo necesario. El calor de su palma me quemó a través de la tela.
—¿Y no te da cosa que me vean así? —pregunté, sin voltearme.
—¿Cosa? —Soltó una risa baja, gutural.— Al contrario, mija. Me da mucho pinche orgullo. Eres mi creación. Y qué chingona creación, ¿no?
Esa noche, en el bar, sucedió lo que ella predijo. Los hombres me llovieron. Mi mamá y sus amigas se sentaron en una mesa, y yo, como pendeja, me quedé de pie junto a la barra, sintiendo las miradas como dedos recorriéndome. Cada vez que un tipo se acercaba a ofrecerme un trago, yo buscaba la mirada de mi mamá. Ella me sonreía, asentía con la cabeza, como diciendo “adelante, disfruta”. Era su sello de aprobación. Y a mí me excitaba una barbaridad. Saber que ella estaba viendo, que le gustaba lo que veía.
Uno de los tipos, un tipo más maduro, con aire de tener dinero, se pegó demasiado. Su mano “accidentalmente” rozó mi culo mientras pedía una cerveza. Yo me congelé, pero no me aparté. Miré a mi mamá. Ella estaba viendo directamente, sin disimular. Sus labios esbozaron una sonrisa. Me guiñó un ojo.
Esa fue la segunda chispa. La confirmación de que no solo lo permitía, sino que le gustaba.
El viaje de regreso a casa fue en silencio, pero el aire en el carro estaba cargado. Yo sentía la piel de gallina. Mi mamá manejaba tranquila, pero de reojo me miraba las piernas, que el vestido ya no cubría para nada.
—¿Viste al de la mano suelta? —preguntó de repente, sin preámbulos.
—¿Cuál?
—El que te tocó el culo. Tiene cara de que sabe lo que hace. De esos que no te piden permiso, pero te hacen venir como locomotora.
Me ruboricé. No supe qué decir.
—No te hagas, Luci. Te gustó. Se te notaba en la cara.
—Mamá…
—¿Qué? Es normal. A todas nos gusta que nos deseen. Y a ti, con ese cuerpo, te lo van a desear mucho. —Hizo una pausa, como pensando.— Tienes que aprender a elegir, eso sí. No con cualquiera.
—¿Y con quién, entonces? —pregunté, jugando con el dobladillo de mi vestido.
—Con alguien que te respete, pero que no te tenga miedo. Alguien con experiencia. Que sepa cómo tratar a una mujer. —Miró por el espejo retrovisor y cambió de carril.— Como Rodrigo.
El nombre cayó entre nosotras como una piedra en un estanque quieto. Rodrigo. Lo había escuchado antes. En las pláticas de mi mamá sobre sus “épocas gloriosas”. Un ex. De los que dejan huella.
—¿Rodrigo, tu ex? —pregunté, tratando de sonar casual.
—El mismo. Sigue soltero, por lo que sé. Y sigue siendo un hombre… convincente.
—¿Convincente?
—En la cama, mija. En la cama. —Soltó otra risa.— Dios, qué verde estás todavía. Convincente quiere decir que te hace venir sin que te des cuenta cómo. Que tiene manos que te descuartizan y una lengua que te hace rezar.
Un calor repentino me inundó la entrepierna. Me apreté las piernas, disimulando.
—¿Y por qué me hablas de él?
Mi mamá se encogió de hombros, pero su sonrisa era de loba.
—No sé. Se me ocurrió. Sería una buena primera experiencia… controlada. Con alguien de confianza.
“Primera experiencia”. Ella asumía que yo era virgen. Y no estaba tan equivocada. Había tenido mis rollos, unos besos aquí, unas manos allá, pero nunca había llegado a lo último. Por miedo, por inseguridad, no sé. La idea de que mi mamá estuviera planeando mi “debut” con uno de sus ex me volvía loca. De miedo. De excitación.
—No digas tonterías —murmuré, mirando por la ventana.
—No son tonterías, Luci. Es cuidarte. Prefiero mil veces que tu primera vez sea con un hombre que sé que no te va a lastimar, a que sea con un pinche mocoso de tu edad que no sabe ni dónde está parado. —Su tono era práctico, casi maternal, pero el contenido era cualquier cosa menos maternal.— Rodrigo es discreto. Y le gustan las mujeres, no las niñas. Tú ya eres una mujer.
Llegamos a casa. El silencio volvió, pero ahora era diferente. Pesado. Lleno de posibilidades. Subí a mi cuarto y me quité el vestido, sintiendo la tela deslizarse sobre mi piel como un susurro. Me quedé en ropa interior frente al espejo de cuerpo completo. Me observé. Las tetas que heredé de ella, aunque un poco más pequeñas. La cintura estrecha. Las caderas que empezaban a curvarse. ¿Realmente estaba lista para que un hombre me viera así? ¿Para que me tocara? ¿Y que mi mamá lo supiera?
Me acosté en la cama, las sábanas frescas contra mi piel caliente. Me llevé la mano a la panocha, sobre la tela de mis calzones. Estaba empapada. Sin pensarlo mucho, me metí la mano por dentro y empecé a tocarme. Cerré los ojos. En mi cabeza, ya no eran las manos de un chico anónimo. Eran las manos de Rodrigo, el hombre que mi mamá describía como “convincente”. Y detrás de él, en la oscuridad de mi imaginación, estaba la silueta de mi mamá, observando. Con esa sonrisa. Con esos ojos que lo veían todo.
Me vine rápido, ahogando un gemido en la almohada. Después, me quedé tirada, jadeando, sintiéndome sucia y poderosa al mismo tiempo.
Los días siguientes fueron una tortuga. La tensión no bajaba, sino que se transformaba. Mi mamá empezó a andar por la casa con menos ropa todavía. Si antes eran calzones y top, ahora a veces era solo una camiseta larga que le llegaba a mitad del muslo, y nada debajo. Yo lo sabía porque, cuando se agachaba a recoger algo, la tela se le subía y se le veía el culo completo, redondo y pálido. Yo hacía lo mismo. Jugaba al mismo juego. Dormía sin nada. Me paseaba por el pasillo después de bañarme, con la toalla colgando de la mano, sin prisa por cubrirme.
Nuestros “choques” se volvieron más frecuentes. En la cocina, ella se acercaba por detrás para alcanzar un vaso, y su cuerpo, casi desnudo, presionaba contra mi espalda. Sentía el calor de su piel, el roce de sus tetas contra mi omóplato. Una vez, al pasar, su mano rozó mi nalga, abierta, como si fuera un accidente. Pero sus dedos se quedaron un instante, apretando ligeramente la carne, antes de seguir.
—Perdón, corazón —dijo, sin una pizca de arrepentimiento.
Yo solo asentí, con la garganta seca.
La charla también cambió. Ya no hablábamos de mis tareas o del trabajo. Hablábamos de sexo. Abiertamente. Una tarde, viendo una película en el sofá, salió una escena de desnudo.
—¿Tú crees que se opera? —preguntó mi mamá, señalando a la actriz con su copa de vino.
—¿Qué?
—Las tetas. Se ven demasiado perfectas. A mí me gustan más naturales, como las tuyas. —Me miró directamente.— Son bonitas, Luci. Perfecto tamaño. Poco para una mano, mucho para la boca.
Casi me atraganto con mi refresco.
—Mamá, por favor.
—¿Qué? Es verdad. Ya te lo he dicho. Tienes un cuerpo de infarto. Y es una lástima que nadie lo esté disfrutando como se debe. —Bebió un trago, pensativa.— Rodrigo me mandó un mensaje hoy.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Ah, sí? ¿Qué quería?
—Nada. Saludar. Preguntar cómo está la “madurita más sabrosa de la ciudad” —dijo, imitando un tono burlón, pero sus ojos brillaban.— Le conté que tú estabas bien. Que te habías convertido en una belleza.
—¿Por qué le contaste eso?
—Porque es verdad. Y porque a Rodrigo le gusta la belleza. —Se acomodó en el sofá, girando hacia mí. Su pierna desnuda rozó la mía.— ¿Sabes? Se me ocurrió una idea. Podríamos invitarlo a cenar. Los tres. Nada formal. Solo para… que se conozcan.
“Que se conozcan”. Las palabras sonaban inocentes, pero el contexto las hacía sonar a conspiración.
—¿Para qué quiero conocer a tu ex? —pregunté, tratando de sonar desinteresada.
—Para ampliar tu círculo, mija. Rodrigo es un hombre interesante. Tiene buen gusto, viaja, sabe de vinos… —Hizo una pausa dramática.— Y de otras cosas. Podría ser un buen amigo para ti. Un amigo… con beneficios, digamos.
No pude evitar reírme, una risa nerviosa.
—Estás loca.
—No, estoy viendo el panorama completo. —Se inclinó hacia mí, y su escote se abrió, mostrando la parte superior de sus tetas. No hizo nada por cubrirse.— Tú tienes necesidades. Yo conozco a un hombre que puede satisfacerlas sin dramas. Y a mí… a mí me gustaría verte feliz. Y, de paso, pasar una noche entretenida.
—¿Entretenida cómo? —La pregunta salió sola.
Mi mamá sonrió, una sonrisa lenta, cargada de malicia.
—Eso ya lo veremos, ¿no? Depende de cómo se den las cosas. Pero te prometo que, si aceptas, no te vas a aburrir.
No di una respuesta esa noche. Me fui a mi cuarto con la cabeza dando vueltas. La propuesta era clara: una cena a tres bandas, con la posibilidad de que terminara en algo más. Y mi mamá no solo lo permitiría, sino que sería parte de la audiencia. Quizás más.
La idea me aterraba. Pero también, en lo más profundo de mi vientre, sentía un hormigueo constante, una humedad que no se iba. Me tocaba por las noches pensando en eso. En Rodrigo. En sus manos “convincentes”. En su lengua “que hace rezar”. Y en los ojos de mi mamá, viéndolo todo.
Finalmente, después de tres días de dudas, se lo dije. Estábamos preparando la cena, ella picando verduras, yo friendo carne.
—Invítalo —dije, sin mirarla.
Ella dejó el cuchillo.
—¿A quién?
—A Rodrigo. Para cenar.
Hubo un silencio. Luego, una sonrisa que iluminó toda su cara.
—¿En serio?
—En serio. Pero… —respiré hondo— nada de promesas. Solo cenar. A ver qué pasa.
—Claro, mija. Solo cenar. —Su tono era demasiado dulce, demasiado complaciente. Sabía, y yo sabía, que “solo cenar” era la mentira más grande que habíamos acordado en nuestra vida.
La cena se planeó para el viernes. Mi mamá se puso en modo estratega. Llamó a Rodrigo, le dijo que sería una “cena íntima” con su hija, que yo era “especial” y que quería que nos conociéramos. Por lo que alcancé a oír de su conversación, Rodrigo no puso ninguna objeción.
El viernes llegó. Pasé el día con los nervios de punta. Mi mamá, en cambio, estaba eufórica. Se pasó la tarde depilándose, exfoliándose, poniéndose mascarillas. Me obligó a hacer lo mismo.
—Tienes que estar impecable, Luci. No es cualquier cena.
—¿Y qué me pongo? —pregunté, sintiéndome de nuevo como una adolescente.
Ella entró a mi clóset y sacó un vestido que ni siquiera recordaba tener. Era rojo, de seda, con un escote corazón que prometía enseñar todo si me inclinaba un centímetro. La falda era recta, hasta la rodilla, pero con una abertura lateral que llegaba hasta el muslo.
—Este. Con tacones negros. Y el cabello suelto. Quiero que se te vea salvaje, pero elegante.
Me vestí bajo su supervisión. Ella me ajustaba la tela, me acomodaba el escote, se arrodillaba para ver que los tacones estuvieran bien puestos. Sus manos estaban por todas partes. Cuando terminó, me dio la vuelta para mirarme al espejo.
—Dios mío —susurró—. Eres… impresionante. Rodrigo no va a saber qué hacer contigo.
Su reflejo estaba detrás del mío. Ella se había puesto un vestido negro, largo, pero con un corte tan diabólico que se le pegaba a cada curva. El escote era escandaloso. Se veía increíble. Peligrosa. Y me miraba a mí con un orgullo que rayaba en la posesión.
—Vamos —dijo, tomando mi mano—. El espectáculo está por comenzar.
Rodrigo llegó puntual. Era más atractivo de lo que recordaba de las fotos. Alto, canas distinguidas en las sienes, ojos claros que te escaneaban de una mirada. Vestía casual, pero se notaba la ropa cara. Saludó a mi mamá con un beso en la mejilla, un abrazo que duró un poco más de lo normal. Luego se volteó hacia mí.
—Lucía —dijo, tomando mi mano. No la besó. Solo la sostuvo, sus dedos cálidos envolviendo los míos.— Es un verdadero placer. Tu madre no exageraba.
—Mucho gusto —murmuré, sintiéndome transparente bajo su mirada.
—¿Ves? —dijo mi mamá, pasando un brazo por mi cintura—. Te dije que era una joya.
—Una joya es poco —respondió Rodrigo, soltando mi mano, pero sin apartar los ojos de mí.— Es una obra de arte.
La cena empezó con vino tinto. Mi mamá sirvió copas grandes, llenándolas hasta el borde.
—Para los nervios —dijo, guiñándome un ojo.
Bebí. El alcohol me calentó el pecho, me aflojó la lengua. La conversación al principio fue normal: el trabajo de Rodrigo (algo de bienes raíces), el clima, una película que habían estrenado. Pero mi mamá, como siempre, dirigía el barco hacia aguas más peligrosas.
—Rodrigo es un viajero empedernido —me dijo, sirviéndole más vino—. Ha estado en lugares… exóticos. Con costumbres muy liberales.
—¿Ah, sí? —pregunté, interesada a pesar de mí misma.
—Algunos —dijo Rodrigo, con una sonrisa modesta que no le cuadraba con la intensidad de su mirada—. En Europa, por ejemplo, la sexualidad se vive de manera más natural. Sin tantos tabúes.
—Aquí tenemos nuestros propios tabúes —comentó mi mamá, jugueteando con el tallo de su copa—. Pero también hay gente que sabe romperlos. ¿No, Rodrigo?
—Siempre he creído que los tabúes están para ser cuestionados —respondió él, mirándome fijamente—. Siempre y cuando haya consentimiento y respeto.
—Claro, el respeto es fundamental —asintió mi mamá—. Pero también la confianza. Y la valentía para probar cosas nuevas.
El tema estaba servido. Y el vino seguía fluyendo. Para el segundo vaso, ya me sentía más relajada. Para el tercero, hasta coqueteaba un poco. Rodrigo tenía un humor seco, inteligente, y sabía hacer preguntas que me hacían sentir interesante, no solo un cuerpo bonito.
Mi mamá observaba. No intervenía mucho, pero su presencia era la más fuerte en la mesa. Dirigía la conversación con comentarios sutiles. “A Luci le encanta bailar, pero nadie la ha sacado a una buena pista todavía.” O “Tiene una sensibilidad especial para el arte, pero en otras áreas… todavía está explorando.”
Rodrigo asentía, como si estuviera estudiando para un examen.
Cuando terminamos de comer, mi mamá propuso pasar a la sala.
—Aquí estamos más cómodos. Y tengo un brandy que te va a encantar, Rodrigo.
Nos acomodamos en el sofá grande. Yo me senté en un extremo, Rodrigo en el otro, y mi mamá en el medio, pero más cerca de mí. Sirvió el brandy en copas cogñaqueras. El ambiente era íntimo, la luz baja, la música de jazz sonando suave de algún parlante.
La charla bajó de tono, se volvió más personal. Rodrigo habló de sus divorcios, de su idea del amor libre. Mi mamá compartió anécdotas de su juventud, algunas tan subidas de tono que me hicieron reír a carcajadas. El brandy me había puesto caliente por dentro. Me quité los tacones y encogí las piernas en el sofá, sintiendo la seda del vestido rozar mi piel.
En un momento, mi mamá se inclinó hacia mí y me susurró al oído, pero lo suficientemente alto para que Rodrigo escuchara:
—Se te está viendo la abertura, preciosa. Cuidado, que Rodrigo tiene buena vista.
Me ruboricé y traté de ajustar la falda, pero ella me detuvo la mano.
—No, déjalo. Se ve bien. Natural.
Rodrigo sonrió, sin dejar de mirar la abertura que mostraba mi muslo.
—Tu madre tiene razón. La elegancia está en la naturalidad.
Sentí que el juego se estaba poniendo más intenso. Mi mamá no solo estaba permitiendo que Rodrigo me viera, sino que lo estaba alentando. Y a mí me excitaba una barbaridad. Debajo del vestido, ya no llevaba nada. Me había quitado los calzones antes de vestirme, un capricho secreto que ahora sentía como una invitación abierta.
La conversación derivó hacia el tema del placer. Rodrigo, con una naturalidad pasmosa, preguntó:
—¿Y tú, Lucía? ¿Qué es lo que más te gusta? En términos de… placer.
La pregunta me tomó por sorpresa. Miré a mi mamá, buscando ayuda. Ella solo sonrió y asintió, como dándome permiso para hablar.
—No sé —dije, honestamente—. Todavía estoy… descubriendo.
—Eso es lo más emocionante —dijo Rodrigo—. El descubrimiento. La primera vez que algo te hace estremecer, y dices ‘ah, entonces es así’.
—¿Y tú ya descubriste todo? —pregunté, atreviéndome.
Él rió.
—Lejos de eso. Cada mujer es un nuevo continente. Con sus propios mapas, sus climas, sus tesoros escondidos. —Bebió un sorbo de brandy—. Tu madre, por ejemplo, es un volcán. Impredecible, intensa, arrasa con todo.
Mi mamá se rió, rozando su hombro contra el de Rodrigo.
—Y tú sabes manejar volcanes, cariño.
—He tenido práctica —dijo él, y su mirada volvió a mí—. Pero una joya joven, sin explorar… eso es un desafío diferente. Más delicado. Requiere más… tacto.
La palabra “tacto” la dijo con una lentitud que hizo que me estremeciera. Mi mamá debió notarlo, porque puso una mano en mi rodilla.
—Luci es más fuerte de lo que parece —dijo, acariciándome la piel—. Solo necesita a alguien que la trate con la mezcla correcta de suavidad y… firmeza.
—Esa es la clave —asintió Rodrigo—. Saber cuándo ser suave y cuándo apretar. Cuándo preguntar y cuándo simplemente tomar.
Yo estaba prendida. Mi panocha latía, húmeda, deseando contacto. Y tanto Rodrigo como mi mamá lo sabían. Se notaba en la forma en que me miraban, en cómo sus palabras estaban llenas de dobles sentidos.
Mi mamá, de repente, se levantó.
—Voy a buscar más hielo —dijo, pero su mirada me dijo otra cosa. Me estaba dejando sola con él. A propósito.
Cuando se fue a la cocina, el silencio se hizo más profundo. Rodrigo se movió en el sofá, acortando la distancia entre nosotros.
—Tu madre es una mujer extraordinaria —dijo, en voz baja.
—Lo sé.
—Y tú eres su obra maestra. —Su mirada recorrió mi cuerpo, sin disimulo esta vez—. Me ha estado hablando de ti. Mucho.
—¿De qué?
—De tu belleza. De tu curiosidad. De que estás lista para… más. —Hizo una pausa—. ¿Es cierto?
Tragué saliva. Mi boca estaba seca.
—¿Lista para qué?
—Para dejar de ser una niña. Para convertirte en una mujer. En todos los sentidos.
No supe qué responder. Él extendió una mano y tocó mi pie, que estaba encogido en el sofá. Sus dedos se cerraron alrededor de mi tobillo, con una firmeza que no esperaba.
—Tienes pies hermosos —murmuró—. Delicados. Perfectos.
Nunca nadie me había dicho eso. Su toque me electrizó. Dejé que me acariciara el arco, los dedos. Era íntimo, sensual, y totalmente inapropiado. Y yo no quería que parara.
En ese momento, mi mamá regresó. No traía hielo. Solo se detuvo en la entrada de la sala, viéndonos. Viendo la mano de Rodrigo en mi pie. Una sonrisa lenta, satisfecha, se dibujó en sus labios.
—Parece que se están llevando bien —dijo, caminando hacia nosotros.
—Muy bien —respondió Rodrigo, sin soltarme el pie.
Mi mamá se sentó a mi lado, esta vez más cerca. Su pierna presionó contra la mía. Podía sentir el calor de su piel a través de la seda.
—Rodrigo tiene manos de artista —dijo ella, mirando cómo sus dedos masajeaban mi pie—. Te lo dije.
—Sí —logré decir, con la voz ronca.
—¿Te gusta? —preguntó Rodrigo, mirándome directamente.
—Sí.
—Bien. —Sus dedos subieron un poco más, masajeando mi pantorrilla—. Porque esto es solo el principio.
Mi mamá puso una mano en mi muslo, justo donde terminaba la abertura del vestido. Su toque era posesivo, marcando territorio.
—Luci es especial, Rodrigo —dijo, con un tono que era mitad advertencia, mitad ofrecimiento—. Hay que tratarla con el cuidado que se merece.
—Eso haré —prometió él, y su mano dejó mi pierna—. Pero con tu supervisión, por supuesto.
—Por supuesto —repitió mi mamá, y su mano en mi muslo apretó ligeramente.
El trío de miradas se volvió insoportablemente excitante. Estaba atrapada entre ellos, física y emocionalmente. Y lo quería. Quería más.
Mi mamá pareció leer mi mente.
—Es tarde —dijo, mirando su reloj—. Y mañana tengo cosas que hacer.
Era la señal. Rodrigo asintió, entendiendo perfectamente. Se levantó.
—Ha sido una velada encantadora, señoritas. Lucía, un placer conocerte. De verdad.
—Igualmente —dije, poniéndome de pie también. El vestido se me ajustó al cuerpo, recordándome lo expuesta que estaba.
Mi mamá lo acompañó a la puerta. Yo me quedé en la sala, escuchando sus murmullos en la entrada. No podía distinguir las palabras, pero el tono era íntimo, cómplice. Luego, la puerta se cerró.
Mi mamá regresó a la sala. Se veía radiante, como si acabara de ganar un premio. Se acercó a mí, que seguía de pie, temblando un poco.
—¿Ves? —dijo, suavemente—. Sobreviviste. Y hasta lo disfrutaste.
—Sí —admití.
—Rodrigo está impresionado. Más que impresionado. —Me tomó de las manos—. Me pidió permiso para volver a verte. Solo.
El corazón me latió con fuerza.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que depende de ti. Que tú eres la que decide. —Sus dedos jugueteaban con los míos—. Pero también le dije que, si tú aceptas, a mí me encantaría… estar presente. Al menos la primera vez. Para asegurarme de que todo vaya bien.
La propuesta era clara. No sería un encuentro a escondidas. Sería un espectáculo. Con mi mamá de testigo. O más que testigo.
—No sé —murmuré, pero mi cuerpo decía otra cosa. Mi pecho subía y bajaba rápido.
—No tienes que decidir ahora —dijo ella, soltándome las manos—. Piensa. Pero piensa con esto, mija. —Puso una mano plana sobre mi bajo vientre—. No con la cabeza.
Sentí el calor de su palma a través de la seda. Casi me vengo ahí mismo.
—Voy a… a cambiarme —dije, dando un paso atrás.
—Claro, preciosa. Descansa.
Subí a mi cuarto con las piernas temblorosas. Me quité el vestido rojo, que ahora me parecía una segunda piel llena de promesas. Me puse una camiseta larga y me tiré en la cama, mirando al techo. El alcohol aún me daba vueltas en la cabeza, mezclado con las imágenes de la noche: la mirada de Rodrigo, sus manos en mi pie, la sonrisa de mi mamá.
Estaba a punto de dormirme cuando escuché la puerta abrirse. Era mi mamá. Venía con una copa de vino en cada mano.
—Pensé que tal vez querrías hablar —dijo, cerrando la puerta tras de sí.
Se sentó en el borde de mi cama. Me dio una copa. Bebimos en silencio un momento.
—¿Qué sentiste? —preguntó al fin.
—Muchas cosas. Nervios. Excitación. Miedo.
—El miedo es normal. Pero el miedo se va cuando empieza el placer. —Bebió un trago—. Rodrigo es un caballero. No te va a forzar a nada. Pero si le das luz verde… te va a dar una noche que no olvidarás.
—¿Y tú realmente quieres estar ahí? —pregunté, mirándola fijamente.
Sus ojos brillaron en la penumbra.
—Más de lo que te imaginas, Luci. Verte descubrir tu propio poder, tu sexualidad… sería el regalo más grande que me podrías dar. —Hizo una pausa—. Además, ¿quién mejor que yo para cuidarte? Para asegurarme de que ese hombre te dé lo que necesitas.
Su argumento tenía una lógica retorcida que, en mi estado de excitación y embriaguez, sonaba perfecta.
—No sé —repetí, pero esta vez mi voz sonó más débil, menos convencida.
Mi mamá sonrió. Puso su copa en la mesita de noche. Luego, se inclinó y tomó mi pie, que asomaba de debajo de las sábanas. Lo sacó completamente y lo puso sobre su regazo.
—Deja de pensar —murmuró.
Sus manos empezaron a masajear mi pie. No era un masaje cualquiera. Era lento, deliberado. Sus pulgares presionaban el arco, sus dedos acariciaban los huesos delicados del empeine. Un suspiro se me escapó. Estaba tan tensa que el contacto fue como una liberación.
—Tienes unos pies hermosos, hija —dijo, su voz un hilo de seda—. Perfectos. Siempre me han vuelto loca.
Nunca me había dicho eso. Sus manos subieron un poco, masajeando mi tobillo, luego la pantorrilla. Cada caricia era una pregunta. Cada presión, una promesa.
—Mamá… —susurré, pero no como una queja. Como una súplica.
—Shhh —calla—. Sólo siente.
Sus manos volvieron a mi pie. Esta vez, no se detuvo en el masaje. Levantó mi pie hacia su rostro. Me miró a los ojos, sosteniendo mi mirada, y luego… lentamente… llevó mi dedo gordo a su boca.
La sensación fue eléctrica. Su boca, caliente y húmeda, envolvió mi dedo. Su lengua se movió alrededor de la punta, lamiendo, succionando suavemente. Un gemido ahogado salió de mi garganta. Mi cuerpo se arqueó en la cama, sin mi permiso.
Ella no dejó de chupar. Sus ojos no se apartaban de los míos. En ellos vi algo que nunca antes había visto: hambre. Pura, cruda, hambre carnal. No era la mirada de una madre. Era la mirada de una mujer que quiere algo, y lo va a tomar.
Después de lo que pareció una eternidad, soltó mi dedo con un pop suave. Su boca brillaba con saliva. Respiró hondo, como si se contuviera.
—Piensa en lo que te dije, mija —dijo, su voz más ronca que nunca—. Tu mamá te quiere ver brillar.
Se levantó, tomó su copa, y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volteó una última vez.
—Y Luci… —hizo una pausa dramática—. Rodrigo no es el único que sabe usar la lengua.
Salió, cerrando la puerta tras de sí.
Yo me quedé tirada en la cama, con el dedo del pie aún húmedo por su saliva, el corazón a mil por hora, y la panocha palpitando como un corazón secundario. El olor a su perfume, mezclado con el vino, flotaba en el aire.
¿Tú qué dices, mija?
La pregunta flotaba en la oscuridad, pegajosa y caliente como su saliva en mi piel. Y yo, en lo más profundo de mi ser, ya tenía la respuesta. Solo me faltaba el valor para decirla en voz alta.
Pero esa… esa sería la historia del próximo capítulo.
…………………… Continúa en capítulo 2 …………………………