amor filial

Yo Lucía, mi madre Perla, Henrik y todos nuestros amigos III

Desde Abr, 2026
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Capítulo 3

Capítulo 3: Complicidades de sangre La verga de Rodrigo estaba ahí, a centímetros de mi entrada, y mis piernas abiertas hasta doler por las manos de mi mamá. El aire se me había ido de los pulmones. Solo veía su punta rosada, gruesa, apuntándome como un dedo acusador. Sentía el calor que salía de ella, un calor animal que me quemaba la piel aun sin tocarme. —Respira, preciosa —susurró mi mamá, sin soltar mis rodillas—. Relájate. Se va a sentir rico. Imagina que es un dedo grande, nada más. Tu cuerpo está hecho para esto. Yo traté de respirar, pero el aire me salía en jadeos cortos. Rodrigo me miró a los ojos, buscando confirmación. En sus pupilas vi mi propio reflejo: una chica asustada, pero con las tetas apuntando al techo y la panocha brillando de excitación. Yo, con la cabeza enterrada en los cojines, asentí. No podía hablar. Él sonrió, un gesto tenso por la excitación, y empujó. El dolor fue agudo, punzante, como si me partieran por la mitad con un cuchillo caliente. Grité, un grito ronco que no reconocí, y mis uñas se clavaron en la tela del sofá. Mi mamá apretó mis piernas con más fuerza, inmovilizándome. —Tranquila, ya pasa, ya pasa —murmuró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes se tocaron—. El dolor se va rápido. Aguanta, mi vida. Aguanta por mamá. Rodrigo no entró de un solo golpe. Se detuvo cuando solo la cabeza estaba dentro. Yo sentía esa presión extraña, invasiva, como si mi cuerpo protestara por la intrusión. Jadeaba, con lágrimas asomándose en las esquinas de mis ojos. Él esperó, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a la sensación. Su respiración era pesada, controlada. Podía ver el sudor en su frente. —¿Estás bien? —preguntó, su voz ronca. —Sí… —logré decir, aunque la palabra salió quebrada. —Bien —dijo mi mamá, y su mano bajó desde mi rodilla hasta donde nuestros cuerpos se unían. Metió un dedo, rozando la base de su verga y mi piel estirada, y ese simple roce me hizo estremecer—. Mírala, Rodrigo. Ya se está mojando otra vez. A su cuerpo le gusta, aunque su cabecita diga que no.
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