Estoy destruida. Catorce horas hasta llegar al hotel, contando vuelos, escalas, lancha y una interminable espera en el aeropuerto.

No debería quejarme. A caballo regalado no se le miran los dientes. “Un reconocimiento corporativo”, me dijeron, “gracias por tu récord de ventas”. Sí efectivamente soy la mejor vendedora de la corporación. La puta ama de todos los vendedores. Cuando vuelva, yo, Sonia Cristensen, seré la nueva gerente regional de comercialización.

“Disfrútalo con Mario, se lo merecen”, me dice la de Recursos Humanos.

Isla en la Riviera Maya, hotel de lujo, todo pago. El carrito eléctrico nos acerca desde el muelle. Las fotos no mentían, es el paraíso en la tierra.

Solo un problema. Mario hace cuatro meses salió eyectado de mi vida. Desapareció como un mosquito molesto que se aplasta sin remordimientos.

Y entonces tuve mi gran y estúpida idea. Podría haber venido con alguna amiga. O sola, para encamarme con un turista fornido. Pero no. En lugar de todas esas cosas completamente razonables, tengo a este crío a mi lado, que no me habla desde que salimos, encerrado en su telefonito. ¿Cómo se supone que me voy a divertir con esta especie de zombi que exuda transpiración y hormonas?

Me reprendo. Es mi hijo. No está pasando un buen momento y… reconozcámoslo, yo tampoco soy la madre ideal. Necesita un poco de tiempo con su mamá antes de que lo pierda y se vaya a la universidad.

—Señora lo lamento mucho —me dice el conserje— debería haber especificado que no venía con su pareja, ya le dije que no tenemos habitaciones con camas separadas.

Joaquín me mira con horror.

—No hay problema —le guiño un ojo a mi hijo— como si no hubiéramos dormido juntos antes. La vamos a pasar genial.

La habitación derrocha lujo tropical. Flota sobre la arena blanca dando la sensación de que el océano turquesa se nos viene encima por el inmenso ventanal.

—Peque, me voy a bañar, acomódate y salimos a pasear —le digo quitándome la ropa.

La mirada de Joaquín se estanca en mi cuerpo. El teléfono queda olvidado en su mano. Su inocencia es incapaz de disimular.

—E-está bi-bien mamá —tartamudea.

—¿Qué te pasa? ¿Ahora te pones colorado porque me ves los senos? Peque durante casi un año estuviste prendido como una garrapata a mis pechos —me los aprieto para remarcar las puntas.

No sé de quién heredó semejante timidez. No voy a perderme el placer de andar desnuda en una playa privada porque a este zombi le dé vergüenza. Mejor se acostumbra.

El agua quema y quita el cansancio. Al girarme está en la puerta mirando al duchador. Tiene dos shorts en la mano.

—¿Cuál? —me pregunta.

—El rojo.

—Gracias —me responde sin dejar de clavar sus ojos en mi centro.

—¿Quieres entrar para verla más de cerca? —me paso la mano enjabonada, desafiante.

Con la cara más colorada que el bañador se va cerrando la puerta.

Salimos a caminar. La isla se recorre a pie en apenas unas horas. El complejo tiene todo lo que no necesito para pasarla bien, clases de yoga, gimnasia, deportes extremos. ¿Esta gente cree que uno viene a descansar o a un campo de entrenamiento?

Almuerzo frugal. Frutas y fiambres. En una TV anuncian amenaza de tormenta.

Nos ofrecen un paseo en lancha. Se me revuelve toda la comida, pero mantengo la sonrisa y el optimismo. El peque sigue mirando su maldito teléfono. No digo nada. Son mis vacaciones y no las voy a arruinar con una pelea estéril.

Atardece.

—Peque, vístete bien para la cena.

—Sí, mamá.

Dejo la ropa sobre mi lado de la cama, mientras el chico está tirado mirando Tik Tok.

Vuelvo a buscar mi crema de la valija. Lo encuentro de espaldas, inclinado sobre mi ropa. Tiene la tanga que me voy a poner entre los dedos. Acerca la tela de encaje a su nariz. Bueno, respiro aliviada, al menos le corre sangre al zombi. Una carcajada corta se me escapa por encima del ruido del ventilador de techo.

Joaquín da un respingo y suelta la prenda sobre la colcha. El rubor le sube por el cuello. Balbucea una excusa torpe sobre buscar el cargador del teléfono. Lo dejo hablar. Su nerviosismo es un espectáculo entretenido.

—Si vas a hacer una travesura, no la hagas a medias —lo interrumpo guiñándole un ojo.

Camino de regreso al baño, abro la bolsa de la ropa sucia y busco entre las prendas hasta encontrar la bombacha que usé durante las horas de vuelo y las escalas. La tela oscura guarda el peso de la humedad y el rastro crudo del viaje. Vuelvo a la habitación y se la arrojo al pecho.

Él la atrapa en el aire por puro reflejo.

—Si quieres saber a qué huele una mujer, no uses ropa limpia. Aspírala profundo.

Joaquín traga saliva. Aprieta la tela entre las manos. Intenta devolverla, pero doy un paso al frente y me planto frente a él. La distancia se acorta y mi autoridad ocupa todo el espacio.

—Dije que la huelas. Y descríbeme qué hay ahí.

Levanta la prenda despacio. El temblor en sus dedos transfiere una vibración mínima a la tela. Hunde el rostro en el algodón sucio. La respiración se le corta un segundo y sus pupilas se dilatan. Vuelve a acercarse, pero ahora pega la nariz a la tela y aspira con fuerza. La humedad de la tela se le debe haber pegado en la cara.

—¿Y bien? —insisto, cruzándome de brazos, divirtiéndome con su agonía—. Habla.

Joaquín niega con la cabeza, pero no suelta la prenda. La tela se estira entre sus dedos.

—¿Te doy asco, Joaquín? —suelto con una sonrisa cínica—. ¿Huelo tan mal?

Él traga aire.

—No… —su voz sale amortiguada—. Todo lo contrario. Huele a… almendras amargas. Y a piel tibia. Es un olor rico.

Suelto una carcajada que rebota en la habitación.

—Qué poeta me salió el peque. Para mí esto es puro pis de gato y pescado podrido. Pero si te gusta, disfrútalo. Ahora mueve el esqueleto, que tengo hambre.

Bajamos a cenar. El restaurante es una estructura de madera y palma que desafía al viento que empieza a soplar afuera. Pedimos langosta y un vino blanco.

—¿Todo esto lo paga la empresa? —pregunta, admirado.

—Algo así. Este año yo cerré la venta de la Torre Cénit y el Complejo Puerto Esmeralda, peque —le digo, saboreando el triunfo—. Dos megaproyectos en un año. Nadie en la corporación lo había logrado.

—¿Y te pagan con un viaje con tu hijo?

Me río con ganas por la ocurrencia.

—No amor, esto es solo un regalo. Cuando vuelva voy a liderar toda la región. Ese es el verdadero pago

Él me mira con un brillo de orgullo que no le veía hace años. Me gusta que demuestre interés. Aprovecho el impulso.

—¿Y tú? ¿Alguna chica que te caliente el teléfono?

Joaquín se encoge de hombros y clava la vista en el plato. El color vuelve a subirle a las mejillas.

—No tengo a nadie.

—Estás solo porque eres demasiado tímido. Tienes que soltarte, Joaquín. La vida no pasa por una pantalla.

La música del parador sube de volumen. Es un ritmo tropical que invita a moverse. Lo tomo de la mano y lo arrastro a la pista antes de que pueda protestar. Mi vestido corto de playa es una gasa transparente que no deja nada a la imaginación; se me pega a los muslos con cada paso. Me muevo como una gata a su alrededor, rodeándolo, provocando que sus manos encuentren un lugar donde apoyarse.

—Toma esto —le ordeno, pasándole dos tequilas.

Él duda.

—¿Puedo?

—Chico, hoy todo está permitido. ¡De un trago!

Se los baja de golpe. La quemazón del alcohol le enciende los ojos. Enseguida se suelta. Saltamos, bailamos, nos subimos al karaoke. A medida que el tequila circula, se mueve con más entusiasmo.

La música baja de revoluciones. Lentos. Lo abrazo por el cuello y obligo a que sus manos bajen a mis caderas. Vuelve la rigidez, como si me tuviera aprensión.

—No peque, así no vas a conquistar a ninguna chica en la universidad. Tienes que tomar el control. ¿Ves? Así se hace —le susurro al oído mientras le pego el pecho al suyo—. Tenés que usar el cuerpo, sentir la piel.

Meto un muslo entre sus piernas, rompiendo la distancia, obligándolo a sentir la presión de mi carne contra la suya. Joaquín asiente, rígido, con las pupilas dilatadas por el alcohol y la cercanía. A lo lejos, un relámpago ilumina la playa.

Volvemos a la habitación con siete tequilas encima y un mareo que nos hace reír como idiotas. Caemos en la cama King Size sin siquiera sacarnos los zapatos. El mundo gira un poco, pero el sueño nos tumba antes de que la tensión termine de estallar.

A la mañana siguiente, la luz del Caribe es un cuchillo que corta el rastro de la borrachera. Desayunamos en silencio, compartiendo el café y el cansancio.

—Hoy vamos a la playa secreta —le digo, ajustándome el traje de baño—. Me dijeron que es el lugar más privado de la isla.

Cargamos el bolso de picnic y caminamos por la costa hasta llegar a un risco de piedra caliza. Una pequeña caverna, oscura y fresca, se abre paso en la roca. Cruzamos el umbral y la piedra nos devora para luego escupirnos en una lengua de arena blanca, rodeada de salientes rocosas que nos ocultan de todo y de todos. El paraíso es nuestro. Solo nosotros dos.

Me sirvo un poco de bloqueador solar en las palmas.

—Date la vuelta —le ordeno.

Extiendo la crema sobre su espalda. La piel es pálida, casi traslúcida, como si el sol fuera una novedad en su vida. Sigo por los hombros, el pecho y bajo hasta su vientre plano. Mis dedos rozan la línea donde empieza el short, preguntándome qué forma tomará más abajo, pero sigo de largo. Le entrego el envase.

—Tu turno.

Me desato el nudo del bikini y dejo caer la parte superior sobre la arena. Joaquín se queda con el frasco en la mano. Sus músculos se bloquean.

—Por favor, no me vengas con chiquilinadas —suspiro, apoyando el mentón en los brazos cruzados—. Ayer no podías quitarles los ojos de encima, ¿ahora me vas a decir que te da pena tocarlos?

Siento el frío de la crema contrastar con el calor de mi espalda. Sus manos trazan círculos torpes y acelerados. Cuando termina, me giro sobre la toalla, exponiendo el pecho por completo. Joaquín traga saliva y desvía la mirada hacia el mar. Sonrío por dentro. Cómo me divierte ponerlo incómodo. Con algo tengo que entretenerme.

Abro una novela barata de misterio. Él se calza los auriculares y se refugia en el teléfono. Al cabo de una hora, cierro el libro de un golpe. La inercia me agota.

—Al agua. Ahora —sentencio.

El mar está templado, una caricia líquida que nos envuelve hasta el cuello. Le pregunto qué hace para divertirse. Me habla de computadoras y amigos virtuales. Le respondo que a su edad mi mundo era mucho más divertido: había que sudar y tocarse para entretenerse. Como no entiende, le hundo los dedos en las costillas.

Da un salto en el agua, retorciéndose. Sigo hurgando sin tregua hasta que, en un arrebato de defensa, contraataca. La guerra de cosquillas se vuelve una lucha de fuerza. Nos entrelazamos, forcejeamos. Todo vale. Las piernas se entrelazan tratando de derribarnos. Mi muslo aprieta sus genitales y mis pechos se pegan contra su piel. Queda descolocado. Aprovecho y tomándolo de la cabeza lo sumerjo. Sale resoplando y me embiste. Me empuja por los hombros intentando hundirme. Si este chico cree que puede ganarme, no me conoce. La piedad no me hizo gerente.

Me sumerjo. Busco el cordón de su bañador y doy un tirón seco.

Emerjo a varios metros de distancia, sosteniendo su short mojado en alto como un trofeo. Me alejo nadando hacia la orilla mientras él balbucea súplicas. No lo escucho. Llego a mi reposera justo cuando una mujer voluptuosa, de unos cincuenta años y traje de baño entero, se instala a mi lado. Charlamos animadamente ignorando al crío que flota desconsolado, sin atreverse a salir.

—Llegamos ayer —le respondo a la mujer, cruzando las piernas.

—Nosotros nos vamos mañana. Dicen que viene una tormenta fuerte.

—Algo escuché, ¿será grave?

—Sí, mira esas nubes negras —comenta ella, señalando el horizonte—. ¿Y ese chico de allí? Hace muchísimo que está en el agua. Le debe gustar.

—Es mi hijo, Joaquín. Un fanático de la natación.

La señora levanta la mano para saludarlo. Joaquín, atrapado y desnudo con el agua al cuello, le devuelve el saludo con una sonrisa tiesa.

—¿No querrá algo para comer?

—Mejor dejémoslo, cuando se mete al agua no lo puedo sacar.

La mujer se queda varias horas contándome sobre su marido, su empresa, y su pequeño nieto que acaba de nacer. Escucho divertida y cada tanto miro de reojo a Joaquín que flota con los ojos incendiados de enojo.

Cuando la intrusa finalmente desaparece por la cueva, Joaquín sale del mar. Tiembla. La piel se le ha arrugado como una pasa de uva. Su centro cuelga marchito, encogido por el frío y la humillación. Es un apéndice minúsculo. Me pregunto cuánto cambiará esa geometría bajo tensión. Se pone el short en silencio y se calza los auriculares.

Saco unos sándwiches del bolso. Come mirando la arena.

—Me dejaste desnudo en el agua —dice por fin.

—¿Y qué problema tienes con eso?

—Que estaba desnudo y apareció esa mujer. No podía salir.

—Por el amor de Dios, peque. Aquí medio mundo se pasea sin ropa. Tienes que dejar de ser tan tímido.

—Una cosa es que me mires tú —levanta la voz—, y otra es que una desconocida me ande observando.

—Ah. ¿Si te miro yo está bien, pero si te mira otra no? —inclino la cabeza—. ¿Te gusta que te mire?

—No —duda—. Sí. No sé, me confundes. Me gusta que me mires, pero no quiero que me vea nadie más.

El viento salado nos golpea la cara barriendo el calor de la playa. La temperatura cae de golpe.

—Tenemos que volver.

Llegamos a la habitación justo cuando la tormenta muerde la costa. Un empleado del resort nos avisa que debemos quedarnos adentro; traerán la cena al cuarto. Nos cambiamos en silencio. Noto que Joaquín se quita el bañador mojado frente a mí, sin esconderse, y se pone un pantalón de lino corto directamente sobre la piel. Sonrío satisfecha. Yo me pongo un vestido de playa transparente y nos sentamos frente al ventanal a ver cómo la tormenta azota el cristal.

Llegan las hamburguesas y las papas fritas. Comemos con ganas, amparados por el ruido del viento.

—Dime algo —rompo el hielo, limpiándome los dedos—. ¿Qué cuernos tienes con tu cuerpo? Ayer casi te tengo que emborrachar para que bailes, hoy te da pudor la playa. ¿Por qué eres tan tímido?

—No lo sé. Me parece que no corresponde.

—¿Y quién te metió esas ideas estúpidas en la cabeza? El cuerpo es lo más natural que tenemos. ¿Por qué razón no deberías mostrármelo, o darme una muestra de cariño con él?

—Es que tú eres mi madre.

—¿Y? Como soy tu madre, ¿soy un monstruo horrendo al que es mejor no tener cerca? ¡Santo cielo, yo te tuve en mi vientre!

—Sabes que no eres fea —me interrumpe, mirándome fijo—. Eres la mujer más hermosa que existe. Todos te miran cuando entras a un lugar. Es que tú eres…

—¿Soy qué?

—Intimidante.

Suelto una carcajada limpia, honesta.

—¿Intimidante? Me han dicho muchas cosas en la vida, pero nunca eso. ¿Qué quieres decir?

—Que eres demasiado perfecta. Tus piernas, tus pechos, tu trasero. Cuando estoy delante tuyo, no sé… siento cosas.

—¿Cosas?

—Tú sabes. Cosas.

—Ah —me acomodo en el sillón, cruzando las piernas—. ¿Te excitas mirándome?

El color le estalla en la cara. Se queda mirando la tormenta, que ahora azota el vidrio con ráfagas feroces.

—Me gustas mucho —confiesa finalmente, con la voz rota.

—¿Y te tocaste pensando en mí? —Digo con tono malicioso—, me encantaría ver cómo acabas.

Duda. Es el momento de asestar el golpe con un toque más de humillación, pero me compadezco y dejo que evada la respuesta.

—Es que no entiendes. Tu belleza me hace sentir que no estoy a la altura. Mírame. Soy flacucho, desgarbado, soy feísimo. No merezco ser tu hijo.

Dejo la comida sobre la mesa.

—Si pudiera, te metería la mano en el cerebro y te lavaría todas esas ideas con una esponja. ¿De qué cuernos estás hablando? Eres un chico hermoso. Tu piel es fina, tus músculos son largos, y por Dios, esa cosa que tienes ahí abajo va a romper más de un corazón. Estoy más que orgullosa de ti. ¿Te piensas que si tuviera vergüenza de ti te habría dicho que salieras del agua delante de la mujer? Quería que salieras. Quería que todos vieran que eres mío.

Joaquín sonríe, confundido pero desarmado. Observamos cómo un par de sombrillas vuelan por la playa, devoradas por el viento.

—¿Vemos una película? —pregunta en voz baja.

Nos tumbamos en la cama gigante y ponemos cualquier cosa en la televisión. Extiendo un brazo y él, sin dudarlo, se recuesta apoyando la cabeza contra mi pecho.

La película termina con el sol ya puesto. Adivinamos la fuerza de la tormenta por el aullido del viento y los relámpagos que, cada tanto, iluminan la habitación a destellos.

Me quito el vestido de gasa y me acomodo entre las sábanas para dormir. Al rato, abro los ojos. Joaquín se mueve de un lado para el otro, inquieto, hundiendo y sacando la cabeza de la almohada.

—¿Qué cuernos te pasa, peque?

—No lo sé, no me puedo dormir.

—Intenta cerrar los ojos o quieres que te arrulle como cuando eras bebé.

No responde. Se queda quieto, pero a los pocos minutos vuelve a agitarse.

Resoplo y enciendo la luz del velador.

—¿Tienes miedo de la tormenta? ¿Es eso?

—No —dice él, rehuyendo mi mirada—. Apaga la luz, mejor.

Bajo la vista. A través de su pantalón de lino, la tensión marca un relieve rígido que amenaza con romper la tela. Sonrío.

—Anda, no me vas a dejar dormir en toda la noche. Quítate ese pantalón, que lo vas a manchar todo, y abrázame.

Me giro dándole la espalda y él se aprieta contra mí. Estiro la mano hacia atrás y deslizo una caricia por sus glúteos. Él cierra la distancia, pegando su cuerpo al mío por completo.

Pasa el rato y vuelvo a salir del entresueño. Joaquín sigue quieto, aferrado a mi cintura. Pero su pulso late descontrolado contra mi trasero. La humedad de su flujo ya me está empapando la piel. Definitivamente el mocoso no me va a dejar dormir.

Estiro la mano y palpo su centro. Es suave, delicado, imberbe como el resto de su anatomía. Lo aprieto con firmeza y la humedad me baña los dedos en el acto.

—¿Quieres acabar, así podemos dormirnos?

—No —responde en un susurro gutural.

—¿Por qué no? Estás por explotar, necesitas descargar.

—Por favor, me da mucha vergüenza esto.

—No te puedo creer. ¿Qué es lo que te da vergüenza?

Mientras hablo, mi mano abierta sube y baja contra la tensión de su cuerpo. Descorro la piel que cubre la punta, exponiendo la zona más sensible. Su cuerpo se vuelve una tabla rígida, pero la boca se le sella.

—No sé —alcanza a murmurar—. Que tú me mires.

Niego con la cabeza. Este crío necesita un poco de acción, si no va a ser un timorato toda su vida. Me giro para clavarle los ojos en la penumbra.

—A ver, pongamos las cosas en claro. A esta altura tú estás desbordado, con tu escenita me contagiaste y ahora la que no va a poder dormir soy yo. Creo que no es justo.

—Perdóname. No lo puedo controlar. ¿Quieres que yo…?

—No, ya es tarde. Si tú acabas rápido, me vas a dejar con más ganas a mí. Vamos a hacer otra cosa, a ver si dejas de estar tan acomplejado.

Lo empujo hasta dejarlo boca arriba y me subo a horcajadas sobre él. El pulso entre mis muslos exige alivio, una vibración constante que me humedece el centro.

Tomo sus manos y las obligo a cubrir mis pechos. Un pellizco brusco en las puntas me arranca un gemido agudo. Aprieto las piernas contra sus costados para sujetarlo y me agacho. Le doy un beso en la boca. Suave. Húmedo. Cuando sus labios ceden, introduzco la lengua para tomar control. Lo lleno con mi saliva, barriendo todo su interior. Él se retuerce y arquea la espalda buscando más fricción.

Nada de facilidades. No tan rápido. Sigo besándolo y me muevo apenas, cuidando de que mis pliegues aún no rocen su miembro. Él me rodea la espalda con los brazos y sus manos bajan, atraídas como imanes, hasta mis glúteos. Aprieta mi carne con una fuerza que me desarma por dentro.

Tomo su dureza ciega y la ubico en la entrada. Me dejo caer con todo mi peso. El interior cede y lo envuelve, ocupando cada centímetro vacío.

Joaquín ahoga un grito desesperado. Es la señal.

Empiezo a moverme. Lo hago sin apuro. La lentitud de mi cadencia choca contra la furia del huracán que golpea los vidrios. Me desplazo con densidad, un roce pesado y húmedo que abre el camino, devorando toda su extensión.

El cuerpo de Joaquín se arquea. Paso una mano por detrás y palpo su base. Se ha contraído bajo la piel, endurecida al extremo. Mis dedos acarician la textura tersa, y una convulsión eléctrica le cruza el abdomen, anticipando la caída.

Me detengo. Corto el movimiento y lo dejo ahogarse en la espera, consciente de la desesperación que le estoy inyectando.

Al final, me apiado. Subo y bajo con un golpe seco. Una, dos, tres veces. Me freno para que asimile el impacto. Cuando la necesidad lo hace gemir, repito. Una, dos, tres veces. Mantengo la secuencia, obligando a su dureza a hincharse hasta el límite.

Repito esa tortura deliciosa hasta que la tensión lo quiebra. La represa cede con una convulsión descontrolada. Un calor espeso y repentino me inunda por dentro con tal abundancia que desborda por los bordes de los pliegues y resbala por mis muslos. Ese incendio en mi interior es el detonante que faltaba. Antes de que su cuerpo pueda procesar el alivio, hundo las caderas con desesperación salvaje, buscando mi propia descarga. No tardo en romperme. El clímax me arrastra hacia el precipicio, obligándome a soltar un grito que se pierde en el trueno de la tormenta.

Me desplomo sobre el pecho de Joaquín. La respiración de ambos choca en el aire pesado, con los cuerpos empapados en sudor y agotamiento.

Nos rendimos al sueño horas después, envueltos en la oscuridad, abrazados y fundidos en un pacto de piel que ninguno de los dos podría explicar.


Nota de la autora: Si no te asusta cruzar el límite te invito a explorar mi universo literario completo. Para darte la bienvenida a la oscuridad, he dejado varios de mis e-books y audiolibros completos de forma gratuita y sin censura esperándote en mi página oficial karinafernandez.net. Exclusivo para mentes adultas.