Capítulo 4
- Nahuel el amigo de mi hijo
- Nahuel el amigo de mi hijo II
- Nahuel el amigo de mi hijo III: La Prueba
- Nahuel el amigo de mi hijo IV: Deberes o sentimientos
Nahuel el amigo de mi hijo IV: Deberes o sentimientos
Sentada en el sillón del hall del cuarto piso del hotel “Howard Johnson”, veo que salen de la reunión los directores de la empresa.
Uno de mis compañeros de la inmobiliaria me llama
–“Lucía!!”
y me hace el gesto de pulgar hacia arriba en señal de aprobación.
Respiro profundo.
La presentación para el desarrollo inmobiliario fue un éxito, tanto trabajo, tantas horas invertidas, tanto sacrificio, al fin iba a dar sus frutos. En absoluto silencio se me llenan los ojos de lágrimas, me aflojé. Y esto era, sin dudas una recompensa a tanta dedicación.
Luego del ágape de festejo por los logros de este acontecimiento, me tomo un taxi para casa. Iba pensando en un festejo con los chicos, una salida, una cena o algo para compartir con ellos esta alegría. Ellos son, en definitiva, todo lo que tengo.
Meto un champagne en la heladera y me pongo a preparar una cena para cuando Javier y Nahuel lleguen de cursar de la universidad, festejaremos.
Cenamos los tres, reímos mucho, brindamos, y en una hermosa sobremesa, champagne de por medio, les propuse a ambos, irnos el fin de semana siguiente unos días a unas cabañas de la costa que vi en la web, que son unos domos grandes ubicados en medio de unos hermosos bosques de pinos a metros de la playa.
Obviamente aceptaron gustosos y contentos por semejante propuesta, iba a ser unos días de descanso post exámenes que les iba a venir bien también a ellos para despejarse.
Terminada la sobremesa, Nahuel se despide y se va para su casa, lo acompaño a la puerta y antes de irse me da un gran abrazo con un hermoso beso de lengua, largo y profundo, su mano busca y encuentra mi entrepierna y manoseándome con ganas, me dice riendo
– “Hace mucho que no abusas de mi”
Me río y le contesto
– “el próximo finde, te destrozo pendejo!! Jaja”
Me besa y se va… muñeco hermoso, lo amo.
Entro a terminar de acomodar las cosas en la cocina, en esoJavier me saluda se va para su dormitorio, pasa por detrás mío y, apoyando sus manos en mis caderas, me da un beso en la nuca al lado de la oreja.
No sé si por mi estado de alegría, o mi maldita menopausia, o el champagne, o los toqueteos previos de Nahuel, o si todo confluyó de forma conjunta, el tema es que ese beso me estremeció dejando bastante caliente.
Pensé de forma automática “hoy sale paja, jaja”
Terminé de acomodar todo y me fui a duchar.
Salgo de la ducha y tirada desnuda en la cama pensaba en el día de hoy, todo lo que había sucedido y como final ir con los chicos unos días de descanso, me alegraba sobremanera.
Empecé a tocarme y me acordé de mi última masturbación, y de hecho, había sido Javier quien me la había hecho. Lo disfruté como pocas veces, debo confesar. Y solo pensarlo y las ganas de repetirlo me daban mucha vergüenza.
Tengo sentimientos encontrados al respecto porque, aunque soy su madre, Javier me excita con solo mirarlo, y eso no está bien. Me pasa lo mismo que con Nahuel, aunque con él ya he superado mis prejuicios.
Con Javier, ¿debería superarlos? ¿Debería seguir las reglas de una madre? ¿O puedo ser más libre con él y mostrarme de otra manera? Por otro lado, ¿aceptará o rechazará mis locuras? Se me presenta un gran dilema, y en medio de todo estoy yo con mi inmensa lujuria.
En un momento de mi acto, cuando la excitación me invadió y me subió al pecho, me dije
-«Si no lo intento, nunca sabré qué puede pasar».
Entonces me puse las mismas bombachas blancas con volados y encima una bata blanca casi transparente, sin sostén.
Me armé de valor y fui a la habitación de Javier. Sin llamar, abrí la puerta con cuidado, y él, que estaba en su cama, giró la cabeza y me miró. Dije en voz baja
– “Me duelen los pies y las piernas de caminar todo el día. ¿Me puedes dar un masaje?”. Era la mejor excusa que se me ocurrió.
Titubeando, dijo
-“Ehhh… sí, claro, mamá, siéntate”
Entré y me senté frente a él. Ya sentía que su respiración se aceleraba y sus movimientos se volvían algo vacilantes. Muy despacio, levanté una pierna y se la ofrecí, apoyando el pie en su ingle. Lo sentí suspirar.
Con suma delicadeza, levantó mi pie y comenzó a masajearlo. Sus dedos, lenta pero firmemente, recorrieron mis dedos y la planta del pie. Para mí, fue una bocanada de aire fresco que me hizo suspirar de placer. Me miró, me palpó, me sintió, y se dio cuenta de que esto traía placer incluso a mis zonas más recónditas.
Me recuesto, apoyando la cabeza en un cojín, y él continúa acariciándome los pies con suavidad. Lo oigo decir
-“Me encanta cómo te quedan las uñas pintadas, tienes los pies tan sensuales“.
Sonrío levemente, entregándome a su tacto.
Javier continúa su masaje, sus manos ahora rozan no solo mis pies, sino también mis pantorrillas y la parte superior de mis muslos. Con un toque suave pero firme, el placer se intensifica exponencialmente.
Siento sus manos sobre mis muslos, moviéndose lentamente hacia mi ingle. Abro mis piernas inmediatamente, y sus manos llegan al borde de mis bragas, presionando hacia abajo y luego retirándose. En ese movimiento, el dorso de sus dedos roza mi sexo.
Empiezo a suspirar profundamente. Mi mente empieza a resistirse a la situación, algo dentro de mí me dice que esto está mal y que debo detener esta locura de inmediato.
Me digo a mí misma, “Bueno, Lucía, ya basta, basta”.
Y justo cuando estaba a punto de abrir la boca, Javier se abalanza sobre mí, colocándose entre mis piernas con su cara junto a la mía.
Lo miré sobresaltada y oí su voz baja y ronca decir
– “Lucia, no sabes cuánto esperé este momento, supe siempre que iba a suceder, era solo cuestión de esperar”
Me tomó la cara entre sus manos y me besó, hundiendo su lengua en mi boca. Le respondí de la misma manera, apretándolo contra mí, intentando entrelazar su lengua con la mía dentro de mi boca.
Ya no era su madre, era Lucía. Sus ojos me miraban como la mujer que deseaba, la que estaba a punto de poseer, saciando su sed de amor y lujuria. Besó mi cara, bajando por mi cuello hasta mis pechos. Los tomó entre sus manos y succionó frenéticamente mis pezones, que reaccionaron al instante, inflándose.
Gemí, grité, lo rodeé con mis piernas… él ya sabía que era suya.
Continúa su descenso, explorándome con la boca. Alcanza mi tanga, la agarra por los lados de mis caderas y, levantándome las piernas, la quita con un movimiento rápido.
Me agarra los tobillos con las manos y baja mis pies a la altura de su cara. Lentamente, mete los dedos en su boca, succionando cada uno suave e implacablemente. El placer me transporta a un estado de nirvana. Siento que mi cuerpo ya no es mío, sino suyo, y para entonces, mi vulva es un pantano de humedad y deseo. Abre mis piernas, arrodillándose frente a mí, y noto su sonrisa en medio de una mirada de animal predador que sabe perfectamente lo que le hará a su indefensa presa.
Baja mis pies y mirándome me ordena
-“sacame vos mis bóxer”
Me inclino hacia delante, con las manos temblorosas, mientras intento bajarle la ropa interior. Su enorme y venoso «cachorro» aparece, completamente erecto. Al ver mi mirada de deseo, Javier se levanta y lo acerca, lo tomo entre mis manos, lo miro extasiada, y antes de que pueda decir nada, lo hundo en mi boca, hasta el fondo de mi garganta.
Dos, tres, cuatro mamadas profundas y firmes, y oigo
– «¡Para, mamá, o me corro!».
Miro con ternura a mi hijo, le sonrío y me recuesto de nuevo, esperándolo.
Javier se inclina sobre mí, intentando colocar su miembro en mi entrada. Lo ayudo tomando su verga entre mis manos y juego con él, acariciando la entrada de mi vagina con su glande. Ambos gemimos al unísono y reímos. Lo dejo en posición.
Mi niño se tumbó encima de mí y pude sentir su peso. Me levantó ligeramente las piernas con los brazos y empezó a empujar con suavidad y delicadeza, como si supiera que podría hacerme daño si entraba con demasiada fuerza.
Su hermosa polla empezó a penetrarme lenta y firmemente. Esa sensación de él abriéndome con su espada, partiendo mi carne, estirándome sin descanso, era simplemente exasperante. La lentitud solo amplificaba la tortura, que parecía no tener fin. Era un suspiro constante, con las piernas tan tensas que me acalambraban los dedos de los pies, pero, curiosamente, mi canal vaginal lo recibía, amoldándose a su encuentro.
Después de un rato, sentí una presión incómoda en el abdomen. Javi me miró y, riendo, dijo
-«Siempre presumías de ser pequeña, ¡pero entró todo!»
¡Largué una carcajada!
Tenía a mi hijo en mi vientre de nuevo después de veinte años. Y mirándolo con ternura, le pedí que me dejara bajar las piernas. Le rodeé la espalda con los brazos, levanté las caderas y le pedí que comenzara el ritual.
Empezó a entrar y salir suavemente mientras nos besábamos apasionadamente. Le agarré las nalgas, controlando el ritmo de sus embestidas.
Era hermoso, tierno y dulce, pero a la vez lleno de lujuria y desesperación. Un par de minutos más y mi interior me dijo “hasta acá llegamos” y pude sentir el terremoto inminente.
Apreté a Javier con fuerza contra mí y, clavándole las uñas en la espalda, le susurré al oído
-“¡Sigue, mi amor, tú Lucía va a acabar! ¡No pares, por favor, no pares!”
Tres embestidas más y el orgasmo me aplastó abrumadoramente. Eché la cabeza hacia atrás y, con un sonido gutural y animal que brotó de mi garganta como si estuviera realizando un exorcismo, comencé una serie de convulsiones imparables. Cada contracción de mi interior me recordaba el impresionante diámetro del miembro de mi hijo, al que apretaba y soltaba sin parar como una ametralladora.
Gemí, grité y lloré todo a la vez, y unos segundos después, morí profundamente.
Abrí los ojos de nuevo, y Javier, aún dentro de mí, me miraba con una ternura inmensa. Sus ojos tenían un brillo especial, ese que se nota cuando uno se siente orgulloso de su ser querido. Y creo que, en medio de toda esta locura, sentía ese orgullo porque su madre había superado la barrera de los prejuicios y se había entregado por completo a él.
Lo tomé en mis brazos y lo besé con ternura. Y antes de que comenzara de nuevo le dije
-“pequeño mío, tu Lucia tiene trabajo que hacer, así que, permiso”
Lo corrí y lo tiré sobre la cama, me tumbé encima, mirándolo a centímetros de su rostro.
Recorrí su torso y abdomen, cubriéndolo de besos y mordiscos que lo hacían saltar. Llegué a su pubis y me quedé allí un rato.
Mirándolo entre sus piernas, me relamí los labios, y él rió nerviosamente. Besé y chupé sus testículos, mordí su perineo y jugué con mi lengua, trazando un camino desde la base hasta el frenillo de su glande. Todo esto en medio de un mar de gemidos y las continuas contorsiones de su cuerpo.
Mordí su glande y escuché un jadeo profundo, nuevamente lo mamé fuerte unos segundos a sabiendas que no iba a aguantar, lo solté.
Con una sonrisa inmensa y perversa, sin dejar de mirarlo, me subí a horcajadas de su cuerpo, posicionando su bestia en el delicado anillo de mi entrada, jugué moviéndome un rato sin meterlo.
Cuando creí que él ya no daba más, me senté con ganas metiendo su animal dentro mío de un golpe.
Fue simplemente abrumador ambos gritamos, quedándonos quietos unos segundos. Fue como una descarga eléctrica que nos paralizó, entumeciéndonos.
Poco a poco, me recuperé y comencé a montarlo. No iba a perdonarlo, quería su sexo, su semen y su vida en un orgasmo. Quería su completa felicidad dentro de mí.
Enterré su cara entre mis pechos y lo cabalgué sin descanso.
Y así fue. Tras un rato de intenso movimiento, oí un gemido escapar de sus labios
-«¡No puedo más, mami!».
«Sí, mi pequeño, lléname de tu ser ahora, no te contengas…», respondí.
Apretó mis nalgas con desesperación con sus manos, y sentí su marea blanca derramándose dentro de mí en ráfagas alternas. Los espasmos viscosos de su joven esperma fluían libremente sobre el mismo altar donde él, se había formado veinte años atrás.
Lloré de emoción mientras se corría sin parar.
Nos quedamos acostados uno encima del otro durante varios minutos, con él todavía dentro de mí. Me levanté, lo saqué y, al sujetarlo, vi una gruesa gota de semen en la punta. La tomé con los labios, saboreándola.
Me tumbé a su lado y, en un abrazo, nos acariciamos, amándonos con ternura. Por un instante, volvimos a ser madre e hijo. La felicidad me invadía por completo llenando todos mis poros.
Creo que nos quedamos dormidos abrazados porque no recuerdo nada más hasta el día siguiente, cuando desperté a su lado en su cama.
(continuará)