Capítulo 4
- La hermana Teresa y el Uber
- Una limousine inesperada
- El pogo más grande de la historia, mi sufrimiento
- Mi más bella nieta, Agustina
Mi más bella nieta, Agustina.
Ernesto era un abuelo devoto. Había sido un excelente padre a pesar de enviudar joven, y ahora volcaba todo su amor en sus nietos. Era uno de esos abuelos que sin duda dejan una huella imborrable en la infancia de sus nietos, bondadoso, cariñoso y dedicado, un ejemplo para todos aquellos que quieren hacer del amor un principio rector en la crianza de los hijos.
Dos de sus cuatro hijos tenían hijos propios, que ya rondaban los diez años, pero el mediano se había casado con una mujer que ya tenía hijos de un matrimonio anterior. Esto no fue obstáculo para que Ernesto fuera y se sintiera como un abuelo aún sin lazos de sangre. Para él, lo más importante era sin duda, el vínculo afectivo, y siempre se lo dejó claro a todos los miembros de su familia, incluidas sus nueras.
De esos nietos, Ernesto sentía un cariño especial por la mayor, Agustina, una joven de veinte años, menuda pero bien proporcionada, de llamativos ojos verdes y un rostro digno de portada de revista de moda. Era simplemente hermosa y sentía un amor incondicional por su «abuelo del corazón», como solía llamarlo. Este amor era, sin duda, correspondido, pues él siempre la observaba absorto cuando ella le contaba sus actividades diarias, con su devoción y apoyo incondicional claramente evidentes.
Agustina era estudiante y, mientras estudiaba, buscaba diversos trabajos para ayudar a la familia a afrontar la difícil situación económica.
Ernesto era plenamente consciente de ello y, en todo lo que emprendía, la apoyaba al máximo, tanto moral como económicamente. Quería que se sintiera apoyada en todo lo que hiciera.
El año pasado, había empezado a ofrecer servicios de estética corporal, uñas esculpidas, maquillaje de fiestas, extensiones de cabello con diversos tintes, tratamientos para la piel con cremas, masajes relajantes y terapias con cannabis, que había aprendido en el último año a través de algunos cursos que había hecho.
Había montado una especie de salón de belleza en un pequeño apartamento que le prestó una amiga, y allí era donde realizaba sus sesiones.
Ernesto la había ayudado a organizarlo todo, incluso le había regalado muebles para que pudiera realizar sus sesiones allí, junto con otras cosas que necesitaba para su emprendimiento.
Una mañana, Agustina le preguntó a Ernesto si podía ayudarla con algunos muebles y, como era de esperar, su abuelo fue a echar una mano. Cambiaron cosas de sitio y colgaron unas estanterías que ella había comprado, trabajando durante casi dos horas. Una vez terminado, le ofreció a compartir unos mates con ella.
Mientras tomaban mate y charlaban de cosas triviales, Ernesto tuvo la sensación de que Agustina lo miraba como si lo estudiara, una mirada distinta a la que solía dirigirle a su abuelo, como si escudriñara su alma y su interior, buscando quién sabe qué en esa alma de sesenta años.
De vez en cuando, se acercaba y lo abrazaba, proclamando el amor que se habían profesado durante tanto tiempo.
De repente, sugirió que probara unas esencias de cannabis que había preparado, formuladas especialmente para masajes porque relajaban todos los músculos. Añadió que una sesión de masaje, como había descubierto recientemente, sería justo lo que él necesitaba después del esfuerzo.
Accedió, aunque lo que le dieran fuera veneno, dada su inquebrantable devoción hacia ella, lo aceptaría.
Bebió el brebaje preparado y, a petición suya, se tumbó en la cama, sin camisa, boca abajo, para recibir el masaje.
Agus se subió al caballo de su abuelo y comenzó la sesión de masaje en hombros y cuello, usando unas cremas relajantes que había comprado para tal fin.
Ernesto, cautivado por el placer que le producían las pequeñas manos de su nieta, comenzó a relajarse tan profundamente durante la sesión que se quedó dormido…
Despertó al cabo de un rato, el aire olía a incienso y la suave luz de una pequeña lámpara lejana creaba una atmósfera cálida y agradable. Se sintió realmente maravilloso, relajado y a gusto.
Miró al techo, recreando los breves reflejos que la vela proyectaba sobre él. A un lado de la habitación, Agustina lo observaba con una enorme sonrisa en su hermoso rostro. Llevaba un delantal blanco inmaculado, su largo cabello recogido en una coleta y unas chanclas.
Miró a su abuelo y se acercó con dulzura, colocando la mano sobre el pecho de Ernesto y susurrando
-“Hola, dormilón…”.
Ernesto se dio cuenta entonces de que estaba tumbado boca arriba, cubierto solo por una sábana de cintura para abajo, con los brazos levantados por encima de la cabeza. Intentó bajarlos y vio un suave cordón de seda que le ataba las muñecas a la cabecera. Se sintió inmovilizado.
Sin dejar de sonreírle, ella dijo en voz baja
-“Ahora viene la siguiente parte del masaje. Espero que no te duermas”, y rió levemente.
Él sonrió a pesar que no entendía nada.
Lentamente ella vertió sobre el pecho de su abuelo una loción y con sus manos la esparció masajeando su pecho y su abdomen con suave intensidad, le pidió que cerrara los ojos así el efecto de la loción era mayor, él accedió, sus pequeñas manos recorrían minuciosamente el pecho de Ernesto mientras él suspiraba a cada paso que la pequeña daba. Las manos con una precisión quirúrgica trabajaban en los pectorales rodeando y masajeando los pezones del hombre, bajaban a su ombligo y pasaban por debajo de la panza, ella corrió suavemente la sábana mas abajo sobre el pubis y sus manos pasaron ligeramente por esa zona un par de veces, Ernesto sintió un escalofrío correr por su espalda, sentía el peligro de jugar en ese lugar.
El movimiento volvió a suceder un par de veces más y su anatomía comenzó levemente a responder, gimió sin quererlo y ella se percató de lo que sucedía, pasó su mano nuevamente y escuchó a su abuelo que en un susurro decía
-“no por favor…”
La erección que era inevitable, empezaba a sucederse.
Agustina sonriendo, en la última pasada de su mano por ese límite del pubis y el estómago, detuvo su mano presionando intencionalmente un poco.
Parte del abuelo comenzó a inflarse lentamente, mientras él hacía esfuerzos denodados para que eso no sucediera.
Ella con una risita leve miró a Ernesto, vio sus ojos cerrados y el gesto de fuerza en sus pómulos y boca, y supo que precisaba una ayuda. Suave e inexorable apoyó su mano sobre el miembro de Ernesto, sabana de por medio, él gimió fuerte y una negación escapó de sus labios, abrió los ojos mirando a su nieta y se dio cuenta, viendo esos hermosos ojos, que ella tenía absolutamente decidido lo que estaba haciendo.
Agustina apretó el miembro de su abuelo con firmeza mientras él crecía dentro de esa menuda mano.
El rostro desencajado de Ernesto suplicando que parase inundaba la escena, y ella con la sonrisa más dulce que pudiera regalarle exclamaba
-“shhhh tranquilo, es parte del masaje para vos abu”
Ella con sumo cuidado corrió la sábana y tomó firme el miembro de Ernesto con su mano, lo apretó con ganas por la base y el esplendor de la verga del abuelo se puso de manifiesto hinchándose por completo, sobre la piel blanca resaltaban fuertemente sus venas violáceas que latían con ganas.
Agustina se acercó al rostro de su abuelo y acariciándolo con ternura con su mano le dio un beso en los labios.
A él, el miedo y la sorpresa le tenían los nervios pendiendo de un hilo y haciendo que su erección fuera más fuerte que lo normal.
Ella sin dejar de mirarlo, subió sobre las piernas de su abuelo, y, quitándose el delantal dejó en manifiesto su hermoso cuerpo desnudo. Ernesto la miraba extasiado, ella era como un ángel hermosamente esculpido en una piel de mármol blanco con un pelo oscuro.
Con toda la suavidad del mundo la pequeña se inclinó hacia adelante y besó con ternura el miembro de su abuelo con sumo cariño, mientras él gemía desesperado pidiéndole que cesara en su accionar. Ella riendo con ganas luego de besarlo, hundió el glande en su boca metiéndolo profundamente hasta su garganta, lo mamó con ganas y suma dedicación durante unos segundos recorriéndolo con su inquieta lengua dentro de su boca.
Ernesto se deshacía en sollozos desesperados luchando en su interior con su “deber-hacer”, sabía que esto estaba absolutamente mal moralmente hablando, pero gozaba de su joven nieta como hacía tiempo alguien no lo lograba.
Ella cesó y mirando a su abuelo con sus labios chorreados de saliva acotó
-“hoy sos todo mío abu, nadie te salva…”
Pasó por encima del cuerpo de su abuelo y poniéndole sus rodillas al costado de los hombros, le ofreció su hermosa y rosada mariposa, abrió las alas con sus pequeños dedos regalándole a su abuelo el rojo intenso de su interior juvenil, él, absorto e intimidado por lo que sucedía, se quedó paralizado. Con total devoción, lo sujetó por la nuca y hundió la boca en su vulva palpitante y ansiosa.
Ella gimió y se erizó al contacto, y él automáticamente comenzó a recorrer con su experimentada lengua todos los recovecos de la joven ofrenda.
Hacía años que no tenía la oportunidad de saborear algo tan bello, tan joven y tan sabroso. Lo transportaba a su juventud, cuando, aun saliendo con la mujer que luego se convertiría en su amada esposa, hacían de esta práctica una experiencia extraordinariamente placentera.
Agustina alcanzó el orgasmo en cuestión de segundos, la húmeda boca de su abuelo había sido un arma letal contra su inocencia oral. Incontables espasmos y gemidos llenaron su hermoso y joven cuerpo, empapando el rostro de su abuelo, mientras él la observaba desde abajo, disfrutándola plenamente.
Ella se desplomó sobre él, y él maldijo no tener los brazos libres para abrazarla como era debido.
Permanecieron juntos unos minutos, sus cuerpos apretados piel contra piel, transmitiendose el mismo amor que sus palabras habían transmitido antes. Después de un rato, ella se incorporó y, mirando a su abuelo, le dio el beso francés más dulce que jamás hubiera recibido. Le mordió suavemente el labio y, mirándolo a los ojos, dijo
-“Lo mejor está por venir, prepárate, abuelo”
Regresó al miembro aún erecto de Ernesto, dándole dos fuertes chupadas y dejando un pequeño montículo de saliva en su glande, anticipando lo que vendría.
La mirada de Ernesto volvió a reflejar la preocupación de la lucha interna que le carcomía la consciencia como una termita.
Ella le ordenó que lo disfrutara, que era el único camino que quedaba, y él obedeció sus palabras… como tantas otras veces lo había hecho.
Agustina se colocó sobre sus caderas y, con su mano guió el grueso miembro de Ernesto hacia su preciosa entrada. Colocó el glande entre sus delicados labios, y al tacto, un escalofrío los recorrió a ambos haciéndolos gemir al unísono.
Ella sonrió.
Relajó la tensión de sus piernas, y ese glande brillante inició su entrada con delicada firmeza, separando los labios y las paredes de su joven vulva. Sintió la fuerza del grosor de su abuelo abriéndose paso en ella en una lucha de fricción que la exasperó.
Nunca imaginó que su abuelo pudiera ser tan grande, a pesar de que su anatómica juventud lo abrazaba, recibiéndolo en una calidez apretada.
Tras unos segundos, sintió una incomodidad en los ovarios y se dio cuenta de que su abuelo había ingresado por completo dentro de ella.
La plenitud de semejante verga llenó su joven vagina como nunca antes había sucedido, dejándola al borde de la vulnerabilidad. Permaneció inmóvil unos segundos y, tras respirar profundo un par de veces, finalmente pudo incorporarse. Posando las manos sobre el pecho de Ernesto, logró mirarlo a los ojos, con él latiendo completamente dentro suyo.
Él estaba en un estado de éxtasis, la estrechez con la que su pene era apretado constantemente le generaba un deseo de eyacular de inmediato, un deseo que reprimía constantemente.
Agustina comenzó lentamente sus movimientos copulatorios, una oleada de plenitud colmaba internamente su sexo, iniciando unas embestidas rítmicas con dirección al infierno.
La roce interno de las venas abultadas de su abuelo la transportaba a un limbo de sensaciones complejas. Su cuerpo perdía momentáneamente el control de su accionar en oleadas de temblores que le cortaban la respiración, pero se mantuvo firme en sus movimientos cada vez más rápidos, mientras su abuelo latía dentro de ella.
Ernesto era un susurro constante de suplicas, presintiendo su fin inminente, cosa que lo mortificaba sobremanera.
Ella, al borde de la inconsciencia, aceleró su ritmo y en unos segundos de furia desató su demoledor orgasmo que vino como un tren arrollando todo a su paso, sus jadeos se convirtieron en gritos, y sus temblores en poderosos espasmos que se apoderaron de su cuerpo, convirtiéndola en una marioneta que convulsionaba constantemente.
En sus últimos estertores, presintió que su abuelo no duraría mucho más, y acercándose a su oído, le rogó que acabara dentro de ella, diciéndole que eso era lo que anhelaba.
Él se negó, su conciencia le decía que eso no estaba bien, pero su cuerpo, desoyendo su orden, relajó los músculos pélvicos, cediendo a la petición.
Una enorme oleada de semen cálido y espeso regó las entrañas de su nieta, inundando profusamente su útero. Siguieron dos eyaculaciones más, haciendo que el estrecho anillo de la joven cediera, rebosando de semen que se derramaba por la ingle de su abuelo.
El suplicio duró unos segundos más, y luego ambos se desplomaron, sin vida pero dichosos, uno sobre el otro tras semejante acto de amor.
Pasaron varios minutos antes de que ella reaccionara. Acercó su rostro al de su abuelo y, besándolo con ternura por toda la cara, le susurró su agradecimiento por todo el amor que le había brindado. Él estaba feliz, pero con ese enorme conflicto interno aun atormentándole la mente, sabía que algo andaba mal, algo que no debería haber sucedido.
Agustina notó los pensamientos de su abuelo y, con todo el amor que le tenía, le dijo
– “Abu, yo quería que esto sucediera. Siempre te admiré y quise sentirte no solo como tu nieta, sino como mujer. Siempre quise tener la suerte que tuvo la abuela de tenerte a su lado y disfrutarte. Me diste esa oportunidad hoy y te aseguro que me siento mejor y más feliz que antes». Antes de que pudiera terminar la frase, sus ojos se llenaron de lágrimas, y él supo que, más allá de la moral, había hecho lo correcto.
Se sintió reconfortado y en paz por primera vez ese día.
Ella desató la cinta de sus muñecas, y él finalmente pudo abrazarla como se merecía, con el amor más puro y sincero que sentía por ella. Permanecieron juntos, abrazados durante mucho tiempo, sintiéndose unidos en cuerpo y alma.
Ernesto supo que a partir de ese día su nieta no solo iba a ser su nieta sino también su amante, ella con ese amor y esa dedicación hacia él había logrado que, en los momentos de intimidad, él fuese como lo era en su juventud.
Lo transformaba de tal modo que su sangre hervía en sus venas como hacía muchos años no le sucedía.
Volvió a tener un amor adolescente, pero a sus sesenta años…