Capítulo 2

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-¿Cuándo has sabido que una madre y su hijo ven películas xxx en compañía?-Le dije verdaderamente molesta.

Por toda respuesta recibí una carcajada y un toque en la mejilla- No te molestes, no eres una niña-

Si tan solo supiera en las afugias íntimas en las que ando.

Me levanté dispuesta a irme, las escenas que ví terminaron por prenderme aún más de lo que estaba, y en mi alcoba, un juguete esperaba por mí.

Estando en la puerta, oí un tierno -Mamita, ven!-

Por un instante me pareció escuchar la voz de mi niño pidiendo mi ayuda, cuando se caía de la bicicleta o sufría algún raspón, producto de sus juegos de niño travieso, de inmediato se activó mi instinto de madre protectora, me giré en mis talones y me devolví en su auxilio, es mi hijo, fruto de mis entrañas, y jamás lo iba a dejar solo.

Se levantó de la cama y sus fuertes brazos se abrieron de par en par, invitándome a su cama y a su compañía, no lo pensé, el instinto maternal me dictó que me necesitaba.

Estaba en bóxer y sin camiseta, una ligera capa de sudor cubría su piel bronceada, el calor era insoportable, pero lo que más atrajo mi atención fue la enorme erección que amenazaba con romper su ropa interior. Las punzadas en medio de mis piernas no tardaron en aparecer.

«Quédate quieta Diana, es tu hijo!» Me dije a mí misma, tratando de aplacar el huracán de pensamientos lujuriosos que me asaltaron en ese momento.

-Ponte cómoda, voy a aumentar la potencia del aire acondicionado- me dijo en medio del sofoco y de su evidente nerviosismo.

¿Ponerme cómoda? ¿Exactamente a qué se está refiriendo?

La oleada de aire fresco despeja mis pensamientos, y por primera vez en toda la velada veo con claridad el panorama, mi hijo semi-desnudo, yo en una pijama muy corta, con varios tragos de whisky en la cabeza y en la pantalla de un televisor, una película con altísimo contenido sexual.

Todo muy bien y la situación pinta bastante sexy, salvo por un inconveniente, la mujer y el hombre en la habitación, somos madre e hijo, en un contexto absurdo, si lo miramos con el lente social.

«¿Me estará mirando con ojos distintos a los de un hijo con su madre? ¿Me mira con ojos de hombre?»

Nuestra casa, nuestro refugio, dos vidas muy solitarias, mama e hijo. No digo ermitaños, somos sociables y nos gusta compartir, pero también nos gusta la protección que nos da nuestro hogar. Tal vez sea eso, tal vez sea la búsqueda de los ratos de paz que tenemos como madre e hijo con vidas muy agitadas. Y hasta hoy, distantes y con muy pocas manifestaciones de afecto mutuo.

Ante su invitación a ponerme cómoda, y ante la avalancha de halago suyos hacia mí, me desinhibo completamente, ya supe que mi hijo me ama, a pesar de la mala propaganda en mi contra, orquestada por su canalla padre.

-¡Por Dios mamita, qué piernas tan bellas las que tienes, se nota que los pilates están cumpliendo con su cometido!-

Es cierto, la rutina diaria de una hora de esa disciplina mantienen mi piel firma y con el ánimo por las nubes.

-Gracias mi príncipe- le dije por toda respuesta, dándole un beso muy cerca de la boca.

-Todavía no entiendo por qué mi papá te está dejando escapar, si yo fuera él, te tendría como a una reina!-

Debo confesar que me sonrojé con estas palabras, y dichas por el hijo que hasta hace pocos momentos me despreciaba, el efecto en mí fue gratamente sorpresivo.

Nuevamente el calor aparece, pero ya no por el clima, sino por un fuego interior que me llena la piel, mi sexto sentido me avisa a gritos que mi hijo me quiere hacer el amor, solo que es muy joven e inexperto, la culpa por sus malos tratos lo agobia, por eso acude al halago fácil, como una manera de disculparse, y a la vez de acercarse a mí, solo que no encuentra la manera de decírmelo.

En un descuido, me toma por la cintura y besa mi cuello, eso fue demasiado para mí y, a riesgo de equivocarme por haber malinterpretado las cosas, decido confrontarlo:

-Dime exactamente qué es lo que pretendes con todo esto, sé sincero y claro, por favor…!-

Sus manitas temblaban, su voz se hizo un hilo, apagado por los gemidos de la pantalla, bajó su mirada y juro que una lágrima amenazaba con salir de sus bellos ojos verde esmeralda, cuando me respondió:

-Pe…perdóname por haber sido tan duro contigo, no sabía que te estaba hiriendo…-

-Ya hablamos de eso y te di mi versión de las cosas, espero que eso haya quedado en el olvido- fue mi respuesta para aminorar el caos en la mente de mi retoño.

-¿Algo más? Ya me tengo que ir…- le dije con firmeza, y con la esperanza de que todo fuera una lamentable confusión.

-Es que…es que estás muy hermosa, me pones muy nervioso!-

-No es la primera vez que me observas, ni soy una desconocida para tí-

-Lo sé mamita, pero es que nunca te había contemplado en detalle, tu cuerpo es un manjar-

-¿Por eso estás así?-le dije, señalando el tremendo bulto que casi destrozaba su ropa interior.

-S…si-

Estas palabras me sacaron de mis razones, por lo que me atreví a dar el siguiente paso:

-¿Qué me quieres decir, que estás excitado gracias a mí?-

-S…si, perdóname-

No había vuelta atrás. Estamos a punto de traspasar la delgada línea que separa el amor maternal del amor prohibido.

-Escúchame muy bien, vas a ir a la cama, con la luz apagada, esperándome. Quiero que como hombre me demuestres que sabes complacer a una mujer-

Sus ojos se querían salir de sus órbitas cuando, en medio de balbuceos, me respondió:

-Cl…claro que si mamita, lo…lo que tú digas!-

Me duché lentamente, el agua fría, lejos de apagar mi deseo carnal por mi propio hijo, lo que hizo fue alborotarme las ganas.

Lo hizo como se lo indiqué, fui a su cama, me retiré la toalla que me cubría, apagando la luz me tendí en su lecho. Mi cuerpo, el que tantas veces compartí con su padre, ahora será suyo.

Sobre mi espalda siento la tibieza de sus manos que recorren su extensión, caricias sutiles iban y venían, desde mi nuca hasta mis glúteos marcados por el gimnasio, la piel se me erizaba a la vez que mi sexo palpitaba, me entregue al juego de sus caricias prohibidas. Las palpitaciones en mi estrecho chochito iban en aumento, la humedad no mentía, quería ser otra vez, la hembra de un macho ardiente.

Mis labios comenzaron a recorrer su anatomía, su cuerpo fuerte se había entregado a mis besos a la vez que de su boca salían suspiros y gemidos que eran música para mis oídos. Muy pronto, mis grandes pechos eran presa de su boca hambrienta y dio cuenta de ellos, trayendo a mi mente como habría sido mi etapa de madre lactante y ahora los mamaba como si fuera nuevamente un bebe.

Con mis ojos cerrados a causa de la lujuria, me fijé que estaba subiendo por mi cuello y que estaba a centímetros de mi boca, sé lo que quiere y tomando con suavidad su juvenil rostro, lo acerqué a mis labios para recibir el beso más maravilloso que madre alguna puede disfrutar, el beso apasionado de su propio hijo.

¡Cómo lo disfruté! Hace más de un año que no probaba la miel de la boca de un hombre, puse toda mi experiencia y ganas en este momento. Mi hijo, a pesar de su juvenil belleza, no sabía besar a una mujer, y para mí fue un placer enseñarle.

Tuve un sutil orgasmo a causa de sus besos, mis gemidos eran una sinfonía en aumento, lentamente empezó a descender con su boca por mi cuello, mi pecho, el valle en medio de mis tetas, hizo un enloquecedor recorrido por mi ombligo, continuó bajando hasta que se topó con mis recortados vellos púbicos, involuntariamente subí mis caderas para salirle al encuentro a esa lengua traviesa y con mis manos lo dirigí hacia mi núcleo del placer, quería volver a sentir las caricias de una lengua masculina en mi ya hinchado clítoris.

Separó con su suave lengua mis labios, abriendo esa entrada hasta hoy cerrada por mí, mis gemidos seguían creciendo, me exploró oralmente con ella todo lo que mi profundidad le permitió; suave, húmeda y blanda cavidad ansiosa de entrar en acción, pequeñas contracciones, sensación casi indescriptible que avisaba la proximidad de otro delicioso orgasmo. Humedad y movimiento, combinación perfecta para seguir entregándonos al placer.

Abro lentamente mis piernas dejando expuesto el terciopelo de mi vulva, permitiéndole llegar a mi botón mágico, duro, erguido, mi estimulante rincón del placer.

-¡Hijo de mi vida, mi amor, necesito un hombre dentro, hazme tuya, necesito tenerte, deseo tenerte, húndeme esa verga bien profundo!-

Suavemente me posiciono abriendo mis muslos, se ubica sobre mí, mi mano dirige su sólido sexo deseoso de acción, sorprendida por el tamaño, debo reconocer que su miembro sale del estereotipo, tiene una dimensión por arriba de la media normal, la humedad reinante en mi caverna de hembra hizo todo más fácil.

-Despacio mi amor por favor, nunca tuve dentro uno de ese tamaño y hace rato que no lo hago, dejemos que se acomode-

Accediendo a mi pedido fuimos a mi ritmo, de más está decir que yo lo marqué, pequeños golpes de mi cadera hacia arriba, hacia que ingresara con cada uno de ellos, un poco más. Un vez que su falo erecto ocupo la totalidad de mi cueva esponjosa, comenzó el periplo de vaivén, arrancando nuevamente mis pequeños grititos entre dolor y placer cuando esa daga viril ya había entrado hace un rato en mis dilatados labios.

Nuestros corazones palpitaban en sincronía a un ritmo acelerado, la respiración se agitó al tiempo que su pene se introdujo más, formando una tensa curva hacia el cielo, el interior de mi panochita comenzó a palpitar expulsando sus jugos retenidos hacía bastante tiempo ya.

-¡Ahhhhhh…!- -¡Más hondo mi amor, más, más, penétrame con fuerza, dame más, lo quiero todo dentro de mí…!-

– Hijo de mi corazón, me haces muy feliz, por favor sigue, no te detengas, tengo más para darte!-. (Al decirlo, lo hice con la voz entrecortada, lo que me avisaba la llegada de un segundo y más poderoso orgasmo).

Con un grito de placer casi al unísono, y al mismo tiempo de mi orgasmo, descargó su néctar de macho en mi interior, llenando toda su capacidad con el producto de sus deliciosos testículos, sintiendo como nuevamente tensaba su cuerpo y caía como desmayado sobre mi blanca y sudorosa humanidad.

Mi sexo engullendo su sexo, ambos palpitantes, se negaban a abandonarse.

Una larga y necesaria sesión de besos ardientes, fueron el aliciente para seguir adelante con nuestro dulce pecado.

No tardó en ponerse duro nuevamente, dándome a entender que estaba listo para afrontar la ardorosa batalla que se avecinaba.

No se imaginan el largo tiempo transcurrido sin chupar una verga, mi hijo me está dando la oportunidad de volver a hacerlo y no la voy a desaprovechar.

Con gentileza lo puse sobre la cama y empecé a lengüetear su erecto miembro, era realmente enorme, mucho más de los que había conocido en toda mi vida, sus huevos acordes a su tamaño, repletos de crema varonil, fueron minutos de mamárselo, sus gemidos de hombre me prenden y le suplico que me penetre de a perrito, compensa su inexperiencia con el tamaño y la firmeza de su verga y sus vigorosos movimientos. Ubica su herramienta en mi dilatado agujero y lentamente, empieza a incrustarlo, favorecido por la humedad en el lugar.

Me siento morir de la dicha, el ayuno estaba siendo culminado de una manera que ni yo misma lo llegué a imaginar, me sentía pletórica, llena, colmada de carne joven.

Debió haber sido muy buen panorama el que le ofrecí a mi hijo, ya que, al verme en tal posición, un largo suspiro, seguido de un ¡»Mamacita hermosa!», me subieron el ego hasta la estratosfera.

Creí volverme loca con su exquisito mete y saca, perdí la noción del tiempo, la realidad, el lugar y el modo, estaba feliz…

-¡No pares mi amor, sigue, sigue!-

No necesitaba decírselo, era obvio que lo disfrutaba tanto como yo.

-¡Ah, ah, ah, ah, ah!-

Un último y enérgico empujón, seguido de unas portentosas palpitaciones, que las sentí en lo profundo de mi útero, me indicaron que mi hijo tocó nuevamente el paraíso, y me volvió a llenar de su miel de macho absoluto.

–Hermosa noche me estás haciendo pasar, no quiero que termine nunca mi amor-

-Prométeme que vas a volver y me vas a dar tu panochita mamacita mía-

-Claro que si, seré tuya cada vez que haya la ocasión…¿Te sorprenden las cosa sucias que hago? No quiero que vayas a pensar que mi amor por tí es sucio o vulgar, simplemente me tomaste en un momento de debilidad-

Volvimos a la acción, esta vez conmigo encima suyo, para acabar intercambiando mi fluido espeso y lechoso, con su semen caliente.

-¡Aaaaaaaahhhhhhh!!-

Me dormí en su varonil pecho, saciada, satisfecha y feliz, mi propio hijo me acaba de dar el mejor sexo de toda mi vida.

–Fue hermoso hijo mío, mi pequeño Adonis, gracias por la felicidad que me entregaste y por las cosas lindas que me hiciste-

-Solo espero que lo volvamos a repetir, gracias a tí por lo que me enseñaste-

Sellamos nuestro trato con una jornada de apasionados besos, y me fui a mi alcoba apenas unos momentos antes de que llegara el padre, en su tradicional borrachera, incapaz de ver en dónde está la verdadera dicha.


Han transcurrido dos meses desde esa maravillosa noche, hemos tenido al menos una docena de encuentros del mismo calibre, y mi periodo menstrual, bastante puntual, se ha tardado en llegar…

Aguantando hambre con el refrigerador lleno

Aguantando hambre con el refrigerador lleno