Capítulo
Estaba pensando en la inmortalidad del cangrejo, más bien, de dónde proviene esa frase. Pues viene de una leyenda de la mitología griega: Zeus le preguntó a un cangrejo por qué caminaba de lado. El crustáceo le respondió que lo hacía para engañar al tiempo y así lograr ser inmortal… en fin. Pensaba en esto cuando alguien conocido entró a mi estudio. Era el médico de cabecera de mi madre.
—Doctor Quiroz, qué sorpresa —le dije—. ¿A qué debo su visita?
Quedó congelado, y, por el tono rojo que se pintaron sus mejillas al verme, supe a lo que venía sin que me dijera ni una palabra.
—Tranquilo, Doctor —le dije riendo e invitándolo a sentarse—. Esto es idéntico al secreto médico; lo que pasa acá, se queda acá, soy un profesional.
El doctor Quiroz era un hombre al borde de los cincuenta años, y se mantenía tan bien que si dijera que estaba al borde de los cuarenta todos me creerían; solo sus canas lo avejentaban un poco. Era alto, sin barriga visible y ese día vestía muy informal, casi juvenil: jeans, zapatillas y una sudadera gris.
El rubor de sus mejillas no era por el deseo en sí, era porque era casado, y el mero hecho de que alguien supiera que sería infiel lo aterró, me comentó.
Su mujer era algo celosa y posesiva, tanto que a todas las colegas médicas, enfermeras, técnicas en enfermería y mujeres en general les decía «María», independiente de su nombre, solo porque su mujer se llamaba así, y no quería que, por casualidad, en alguna conversación se le escapara el nombre de otra mujer… Ahí supe por qué le decía María a mi madre.
No era infeliz en su matrimonio, pero cuando entra la malicia… Como dijo Oscar Wilde: La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella.
Me contó que él impartía clases en una universidad y que una alumna suya, que estudiaba Técnico en Enfermería de Nivel Superior (TENS), una carrera varios grados menor a Enfermería, se había titulado e ingresó a su hospital. Él, desde la universidad, la encontraba guapa y ella le hacía «ojitos», coquetearle, vamos; y en el hospital seguían los coqueteos, y bueno, recuerden a Wilde.
Él fantaseaba con follársela en alguna sala de hospital, y no sabía si los coqueteos eran «por algo» o simplemente era su forma de ser, aunque le daba lo mismo; follársela era lo que importaba, no los sentimientos.
Me embargó levemente la indignación; el doctor Quiroz solo debía insinuársele, follársela y ya, si es eso lo que quería. O sea, está bien que todos quieran recurrir a mí para lograr lo que quieren, así gano dinero, pero la verdad es que si algo quieres hacer, simplemente hazlo, ¿Qué te detiene? No me gusta ir por el mundo reprimiendo los sentimientos por «el qué dirán» o porque «no corresponde»; no quiero llegar a viejo preguntándome «qué hubiese pasado si…» o arrepintiéndome por no haber hecho algo que siempre quise hacer.
La disonancia cognitiva, el choque de lo que deseas versus lo que crees, te lleva a una vida de amargura y represión. Siempre olvidamos algo importante: somos animales, sapiens, sí, pero básicamente somos homininos con ropa, y millones de años de evolución jamás perderán contra unos cuantos siglos de «contrato social»… Mejor lo dejo acá antes de dictarle Los dragones del Edén de Carl Sagan o Sapiens de Yuval Noah Harari, jeje, prosigo:
Nos pusimos de acuerdo en algo: Tendríamos una sesión de fotos publicitaria falsa para la institución médica donde trabajaban. El de recursos humanos del hospital era muy amigo suyo y confidente, e iba a mandar un mail a la TENS diciendo que la habían elegido para unas fotos promocionales para las redes sociales del hospital. Luego acá, yo haría mi trabajo.
Fui a la consulta del doctor Quiroz y reproduje en mi estudio la sala de atención al paciente, nada grandilocuente: una cama estilo camilla, un escritorio con un equipo médico con una pantalla, de eso que se ven los latidos, materiales médicos y una silla. Todo en pulcro blanco y suelo y una puerta celeste.
Y llegó el día.
Milena, así se llamaba la TENS, era una chica espectacular; rozaba el metro setenta, tetas no muy grandes, caderas anchas, cintura angosta, piernas largas curvilíneas, muslos firmes, pelo corto castaño oscuro, con uno que otro mechón un poco más claro, ojos verdes y una sonrisa hermosísima; esa era su verdadero encanto, no su cuerpo fenomenal, era su sonrisa cautivadora lo que te derretía.
Ella era muy extrovertida e histriónica; estaba fascinada con ser parte de la sesión de fotos.
Para la sesión falsa, ella vestía el uniforme clínico típico, ese de color azul rey; el doctor Quiroz, pues de doctor, una bata blanca y el infaltable estetoscopio en el cuello.
La sesión fue divertida; Milena era muy jocosa y no faltaban las risas con ella; todo normal y distendido, pero debía ganarme el sueldo.
Saben —les dije—, al verlos así y aprovechando la escenografía, me gustaría hacer una sesión un tanto distinta; la paga no es mala.
Les revelé la suma, que correspondía al sueldo de un mes de Milena; ella, sin preguntar de qué se trataba, dijo que sí de inmediato.
Les inventé algo que ya había probado antes y dio resultados, que debía licitar para un sexshop, o sea, las fotos no se publicarían, solo para ganar un cliente, y en vez de tomar esas fotos planas y aburridas de los disfraces, crearía una historia con los atuendos y accesorios, en este caso, un disfraz de enfermera sexy.
Existía la posibilidad de que Milena se espantara, pero ella quedó encantada; más que por la paga, era porque las fotos iban a ser junto al doctor Quiroz.
Durante la sesión falsa, noté claramente el coqueteo; no eran ideas del doctor, ella realmente estaba interesada en él. Al tiempo, supe que desde la universidad ella tenía esa espina que se tiene con algunas personas, eso de: «Me lo(a) quiero comer con papas fritas», nada sentimental, solo carnal.
Suena frío, pero la carne no tiene emociones, y en la mayoría de las infidelidades el sentimiento es muy poco, si es que hay; y no me vengan con ese cuento del «descuido emocional», que es el clásico sesgo de lo políticamente correcto. En las encuestas de psicología y ciencias sociales, la gente miente descaradamente por deseabilidad social: es mucho más digerible para el ego y para el resto decir «Me sentía solo(a) y abandonado(a)» que admitir «quería follar con alguien nuevo porque me aburrí de comer arroz todos los días». El descuido emocional funciona como la excusa perfecta para victimizarse y amortiguar la culpa. Si tanto «descuido» sintieron, ¿por qué no terminaron la relación y fueron en busca de alguien que sí les atendiera bien?… Prosigo.
Luego de afinar detalles, Milena fue a cambiarse, y al volver, el doctor Quiroz y yo quedamos en silencio; ella se veía exquisita. Gorra de enfermera blanca con una pequeña cruz roja al frente y bordes rojos, un vestido blanco cortísimo, también con bordes rojos, con tirantes y botones en medios, el vestido era semitransparente que dejaba ver una tanga t-string blanca. también llevaba medias blancas, con una cruz roja en la parte superior, con liga muy elástica, que generaba una ligera hendidura en el muslo grueso de Milena, y zapatos blancos de taco alto. Su piel cobriza era lozana, cero estrías, y algo tonificada, pero no lo suficiente para llamarla fitness.
—¿Cómo me veo? —dijo poniendo las manos en su cintura y posando teatralmente sexy, sin ningún tipo de cohibición; me encantó su forma de ser.
El doctor Quiroz, pues vestía de doctor, solo que esta vez tenía el caricaturesco maletín Gladstone, ese bolso de médico que se abre de las asas.
Comenzamos con fotos casuales, divertidas, Milena posando de manera artificialmente sexy junto al doctor y haciendo reír a todos con su carisma… pero debía ganarme el sueldo.
—Ahora —les dije—, dejaré que la cámara tome fotografías a intervalos, para que la acción sea más dinámica.
—Bueno —dijeron al unísono; de seguro no entendieron de lo que les hablaba.
—Doctor —le dije—, abra el maletín y saque lo que hay dentro.
Yo había guardado previamente un consolador vibrador de aspecto realista dentro del maletón Gladstone.
—Enfermera —le dije a Milena—, ponga cara de sorpresa—. Ella miraba el consolador con mucho histrionismo y esa sonrisa cautivante que tenía. —Ahora tóquelo.
El doctor sostenía el vibrador en sus manos y ella lo agarraba, como acariciándolo, poniendo cara sexy.
—Enfermera —le dije—, siéntese en la orilla de la cama con las piernas abiertas y suba un poco su vestido. Ella lo hizo.
—Doctor, pase el vibrador por las bragas de la enfermera—. Él encendió el vibrador y comenzó a pasarlo suavemente por la entrepierna de Milena, por su monte de Venus, vagina y clítoris.
Milena miraba un tanto nerviosa cómo el doctor le pasaba ese aparato por su vagina; luego apretó los labios, sonrió y se puso de espaldas en la cama, abriendo las piernas de par en par, invitándolo a continuar. El doctor pasaba, con movimientos circulares, el vibrador por encima de las bragas de Milena, que comenzaba a excitarse; la apertura y humedad de su vagina lo insinuaban, su rostro lo gritaba.
—Enfermera, sáquese las bragas —le dije—. Ella lo hizo, lentamente, y luego volvía a su posición, de espaldas, con las piernas abiertas, los codos apoyados a su lado y sus manos en su vientre.
Milena dirigía su mirada hacia su vagina depilada, con solo un rectángulo pequeño en su monte de Venus, y luego miraba con una sonrisa al doctor, esa mirada que da permiso, esa sonrisa que dice: Hazlo, estoy lista.
El doctor concentró el consolador en los labios de la vagina y luego, lentamente, comenzó a introducirlo, solo un poco, luego el glande y de a poco a entrar y salir hasta meterlo completo. Milena daba suaves gemidos y apretaba las sábanas de la camilla, echando su cabeza hacia atrás y mirando de vez en cuando hacia su vagina. De pronto, ella puso sus manos en sus nalgas a la altura de su ano y lo abrió; la invitación fue clarísima.
El doctor puso el vibrador en el ano de Milena y poco a poco comenzó a meterlo, primero con dificultad; el ano no quería ceder, pero como un espasmo, este terminó rindiéndose y la punta del vibrador entró en su ano. Ella lo notó, echó su cabeza hacia atrás y gimió con fuerza. Poco a poco, el vibrador iba entrando más y más dentro del ano de Milena hasta perderse.
—Doctor, póngase de pie al borde de la cama; enfermera, siéntese al borde de la cama, al lado del doctor, y abra el cierre de su pantalón—. Le dije.
Ella, sin esperar más instrucciones, ávida, abrió el cierre, sacó el pene del doctor, que era tan o más grande que el vibrador, y comenzó a lamerlo y chuparlo con profundas mamadas. Al parecer era lo que esperaba; sus ansias e ímpetu en cada mamada así lo señalaban. Con una mano sostenía el pene del doctor y con la otra tomó el vibrador que estaba junto a ella y comenzó a metérselo en el ano, un cuadro excitante: Milena mamando con brío mientras se metía ese aparato dentro del culo. Qué ganas de sumarme, pero ya saben, soy un profesional.
Luego ella se puso de pie y desabrochó su vestido, revelando su vientre plano y sus tetas redondas de pezones claros y pequeños, una obra maestra de la naturaleza. Besó apasionadamente al doctor, quien prontamente bajó a lamer esos pezones mientras con su mano estimulaba el clítoris de Milena. Ella estaba con los ojos cerrados y de pronto me miró. Esa cara de excitación máxima me estremeció; la cara risueña, coqueta y juvenil de antes ahora era un rostro que reflejaba la calentura máxima de una mujer.
Luego el doctor la puso sobre la cama, de nuevo de espaldas con las piernas abiertas, y comenzó a lamer su vagina, succionar su clítoris y con sus dedos índices y medio penetrando su ano. Milema apretaba las sábanas, con gemidos suaves. El doctor, que a esas alturas ya se había desnudado, subió y la penetró con energía; ella se arqueó, gimiendo. Los movimientos del doctor eran fuertes, no había delicadeza en sus estocadas; era como si las ganas contenidas se exteriorizaran en algo salvaje. El cuerpo de ella vibraba en olas sísmicas con cada asalto.
Él, sin dejar de embestir, se inclinó y besó apasionadamente a Milena, quien lo abrazó con fuerza, presionándolo contra sí, para luego tomarlo del cuello mientras él lamía el suyo, sin dejar de penetrarla con fuerza. Ella se vino por primera vez. Pero no paró, él tampoco.
Luego, ella se puso en cuatro patas sobre la cama, miró hacia atrás, y le dijo: —Rómpame el culo, profesor—. Esa frase sin lugar a dudas había sido dicha varias veces en sus fantasías, masturbándose, pensando que el profesor guapo y varonil de la universidad la hacía suya, y esta vez era real.
Él no esperó, se puso tras ella y la penetró, tomándole el cabello como riendas, empujándola hacia sí con cada estocada; rítmicamente, sus testículos tamborileaban contra la vagina, que con el squirt de su primera venida estaba muy húmeda.
Luego, el doctor se puso de espaldas en la camilla, y Milena, en cuclillas, de espaldas a él, subía y bajaba; la rosada vagina de ella humedecía el pene del doctor, lubricándolo. Luego ella lo tomó y lo cambió de agujero; el ano enrojecido de Milena se dejaba penetrar con facilidad. Ella apretaba sus tetas y estimulaba sus pezones mientras subía y bajaba rítmicamente.
Luego de un quejido, el doctor dijo: —Me vengo—, a punto de acabar.
Milena rápidamente se descolgó y se puso de rodillas en el suelo, diciéndole, casi gritando: —Tíremelo en la cara, profesor, démelo todo—. Mientras con una mano se estimulaba el clítoris y con la otra pellizcaba su pezón.
El doctor, sosteniendo su pene para que no escapara nada antes de tiempo, se puso frente a ella y arrojó una buena cantidad de semen espeso y blanquecino sobre la cara de Milena, que lo esperaba con la boca abierta y la lengua afuera. Su frente, nariz y boca estaban llenas de semen brillante; buena parte entró a su boca, y ella, luego de jugar con él con su lengua, lo tragó todo. Luego agarró el pene del doctor, que aún palpitaba y goteaba, dándole profundas mamadas, lamiéndolo completo, mientras sus dedos estimulaban con energía su clítoris. Se vino por última vez y cayó agotada y satisfecha en el piso, sonriendo.
—¡Corte! Perfecto, son unos profesionales —dije mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a ambos jadeando. De reojo miré y el doctor levantaba a Milena del piso y se besaron apasionadamente; él me miró sonriendo.
Al rato, mientras ella se duchaba, el doctor Quiroz me hacía una transacción a mi cuenta, y yo le hice el depósito a Milena; él me advirtió de guardar silencio, y yo le recordé que era un profesional; él no quiso registro, así que, delante de él, me deshice de toda evidencia en la cámara. Más tarde, al verlos alejarse por la avenida, iban lo suficientemente separados como para parecer dos conocidos normales, sin levantar ni una sospecha.
Al final de la jornada, pensaba en mis «trabajos», y en cada historia que habrá por ahí sin llegarse a concretar jamás por ese freno, esa represión que anula cualquier acción, esas ganas que se las lleva el tiempo y hace que las personas se conviertan en un amasijo de amargura, solo por no ceder, no aceptarse, no admitir lo que realmente quieren, desean y son.
A la semana siguiente, leía mi correo; había varios pedidos para «el fotógrafo de los deseos», como me habían apodado; uno llamó poderosamente mi atención.
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