Capítulo 7

Estaba acongojado tratando de recordar si había desenchufado la plancha antes de salir de casa cuando se abre la puerta de mi estudio y entra una mujer morena de unos cuarenta años; corrijo, no una mujer: una mujeraza.

Rozaba el metro ochenta; voluptuosa, cintura angosta, piernas largas, muslos gruesos, pantorrillas acordes y grandes tetas; personalmente, no me atraen mucho las tetas de gran tamaño, pero las de ellas encajaban a la perfección con su figura. Melena corta, negra y anteojos de marco negro.

Vestía chaqueta corta gris, camisa blanca abotonada, falda oscura un poco más arriba de las rodillas, medias oscuras, de esas que brillan, y zapatos de taco negros.

«Una ejecutiva de banco», pensé.

—Eeem, tú, disculpa, eeeh —me dijo nerviosa y ruborizada—. ¿Tú eres el de los deseos?

Su timidez y voz delicada no encajaban para nada con su figura imponente.

—Eso dicen —respondí riendo, cortando el hielo—. ¿En qué puedo ayudarte?

Camila me contaba que era profesora, me equivoqué con lo del banco, casada y muy enamorada de su marido; el sexo entre ellos era muy bueno; pero desde hace un tiempo le picó el bichito del porno y ha visto, con especial interés, el sexo lésbico; desde que ve esos videos le ha entrado la curiosidad; y se ha descubierto masturbándose pensando en que una mujer la toca.

Camila es heterosexual, solo ha sentido atracción por personas del sexo opuesto, pero hace poco le despertó la heterocuriosidad; o sea, no es una inclinación sexual, más bien un comportamiento sexual situacional, siente ganas de explorar experiencias íntimas con personas de su mismo sexo, algo como: A ver qué tal es.

Ella me dijo que es de las que cumplen una promesa hasta el fin, y prometió jamás engañar a su marido con otro hombre; pero esa promesa no dice nada sobre una mujer. —Semántica, qué grande eres, semántica—. Además, es algo meramente carnal; no lo veía como una infidelidad… Discutible.

—Pero no me necesitas, eres hermosa y atractiva, podrías conseguir la mujer que quisieras y cuando quisieras —le dije.

—Tal vez, pero soy tímida, y además donde quiero experimentarlo por primera y única vez, no se podría jamás en la vida real.

Ella tenía en su mente tres fantasías: en un gimnasio, siendo seducida por chicas fitness y sudadas. En una sala de clases, siendo seducidas por alumnas guapas, y en una playa, follando con desconocidas en la arena.

«¿Esta gente no conoce las camas?», pensé, pero bueno, las fantasías son así, ¿no?, uno fantasea con lugares donde sea extremadamente difícil hacerlo, o con gente con la que no podrías hacerlo jamás, como en mi caso: tener una cita con Mónica Bellucci, ¡uf!… ejem; prosigo:

Desconozco la razón, no le quise preguntar, pero me dijo que no quería experimentar su primera vez con una sola mujer, dos o más; quizás una era muy mainstream, o quizás el porno que veía eran todas grupales.

En estricto rigor, yo podía producir las tres fantasías a la vez; dividía el estudio y ya está, pero por presupuesto solo había que elegir una opción, así que lo hicimos al azar. Puse tres papeles con cada situación en una bolsita y ella sacó el ganador: La sala de clases.

Dada su profesión, de las situaciones cliché, ser seducida por alumnas en un salón de clases era su primera opción; quedó contenta.

Quedamos en que serían dos chicas, que sus vestimentas no serían de escolar sexy, de traje vulgar comprado en un sexshop; la idea es que fuera algo normal… dentro de lo que se puede llamar normal.

Me puse en acción. El entorno de la sala de clases era fácil, y si bien no era complicado encontrar chicas que quisieran desvirginar a una milf como Camila, ella era exigente, o insegura. Le di varias opciones de un casting que hice y se tomó su tiempo para elegir a las dos. A las chicas no les dije que era para «cumplir un deseo»; más bien era una producción de alto calibre para una licitación; no necesitaban saber más.

El día llegó raudo; el estudio se convirtió en un salón de clases conocido para Camila. Dada mi atención por los detalles, fui a la institución donde ella imparte clases, me fijé en el color de las paredes de los salones, el tipo de ventanas, el modelo de sillas y pupitres, del escritorio de profesor y el color y modelo de la pizarra, y todo lo reproduje al detalle; además, detrás de una ventana de la pared, se proyectaba en la pantalla gigante LED una filmación en bucle que hice del patio de esa misma institución.

Camila estaba maravillada, diría más bien, por la humedad en sus ojos, que emocionada; mi primer pago estaba hecho, me siento bien cuando un cliente se pone así.

Las «estudiantes», así las llamaré, eran dos universitarias de primer año, una rubia de intensos ojos azules y otra trigueña de cabello castaño con ojos pardos; ambas de cuerpos increíbles. Vestían el mismo uniforme: camisa blanca de manga corta, corbata azul con franjas blancas y rojas, minifalda plisada gris, calcetas azul marino y zapatos negros de mocasín; nada sexy ni corto, era de esos uniformes que ves día a día en la calle. Lo sexy eran ellas: piernas tonificadas, culo de durazno, caderas curvas, cintura angosta, pechos firmes, no muy grandes, elegante cuello largo; yo no podría decir cuál de las dos era más bella de rostro, ambas eran hermosas. No llevaban maquillaje exagerado, y eso les daba un aspecto más real y juvenil. Tampoco con los clichés peinados de trenzas o coletas; pelo corto suelto hasta los hombros.

Camila vestía camisa roja, falda negra y zapatos negros, y sus usuales anteojos de marco oscuro; cero producción, un traje que usualmente se pondría; llevaba un peinado de cola de caballo y maquillaje sutil.

Al verlas a las tres en el estudio, producido como salón de clases, diría que era un día común y corriente en cualquier institución educativa del mundo.

Primero saqué fotos casuales, posando en el estudio, para aliviar tensiones y destensar el ambiente, posando, haciendo como si la Camila explicara algo, nada del otro mundo, bromeando y haciéndolas reír para entrar en confianza. Pero debía ganarme el sueldo:

—A partir de ahora —les dije—, dejaré que la cámara tome fotografías a intervalos; es como filmar, para que la acción sea más dinámica.

También les dije que desde ese momento las llamaría Profesora, alumna rubia y alumna trigueña.

Camila mordió los labios, ansiosa; sabía lo que a partir de ese momento vendría; sintió ese tsunami de neurotransmisores y hormonas que invade el cuerpo cuando anticipas un encuentro sexual cercano; un cóctel de dopamina, oxitocina, noradrenalina, adrenalina y endorfinas, como en este caso, que te deja a mil.

—Profesora —le dije a Camila—, siéntese delante del escritorio y tome las hojas de papel. Alumnas, hagan un acting de ruego, como suplicándole a la maestra que les suba la mala calificación, con las manos juntas —; ellas lo hicieron.

Camila se divertía, ponía cara de profe estricta; sonreí.

—Alumnas, pónganse de rodillas frente a la maestra, con actitud de ruego—. Ellas lo hicieron.

—Profesora, ponga actitud de indiferencia. —Ella lo hacía.

Estas tomas no hacían más que distender, que entraran en personaje, para luego ir por más.

—Alumnas, toquen las piernas de la profesora.— Ellas lo hicieron. —Ahora suban sus manos hasta sus muslos y hagan una expresión pícara—. Ellas lo hicieron.

—Profesora, suba su falda un poco—. Camila lo hizo, dejando ver un poco su tanga negra.

Ella estaba un poco ruborizada, mirando hacia sus piernas y viendo a esas dos chicas guapas vestida de escolar toqueteando sus muslos con cara de malicia. Noté una cierta microexpresión en ella; no supe adivinar del todo si era reticencia o grima… «¿Se habrá arrepentido?», me pregunté; pero ella no salía de personaje, cara de profesora estricta.

—Alumna trigueña, póngase de pie junto a la profesora—; ella se levantó. —Ahora ponga su mano en la tanga de la profesora—; ella lo hizo, se apegó a Camila y comenzaba a sobar el monte de Venus de Camila con movimientos circulares.

La alumna rubia que estaba en cuclillas, sin pedírselo, subió sus manos y también comenzó a sobar la zona pélvica sobre la tanga; la tanguita comenzaba a oscurecerse en la zona de la vagina, había humedad.

La alumna trigueña comenzaba a besar el cuello de Camila; ella cerró los ojos, luego los abrió y dio una mirada a la nada, como ¿pensando?, ¿calculando?, no sé qué habrá sido; lo que sí sé es que luego de eso giró la cabeza hacia la chica trigueña y la besó apasionadamente. La trigueña, mientras besaba a Camila, metió su mano dentro de la tanga y comenzó a estimular su clítoris.

La chica rubia, aún en cuclillas, comenzó a bajarle la tanga hasta sacársela completa, y comenzó a besar su rodilla, luego subió a los muslos y luego puso su boca en la vagina depilada de Camila, que solo llevaba un pequeño triángulo de vello púbico. La rubia lamía la vagina de Camila con suavidad, como una mujer sabe cómo hay que lamer una vagina. Camila elevó la cabeza; sentía la boca de esa chica dentro de su vagina como nunca lo había sentido antes, mientras la trigueña no paraba de estimular su clítoris; la profesora solo daba suaves gemidos nasales.

—Alumna trigueña —dije—, tóquele las telas a la profesora.

Ella lo hizo, comenzó a sobar esas enormes tetas y, de a poco, a desabrochar cada botón de su camisa roja hasta abrirla completa, dejando ver un sostén de encaje pequeño, que dejaba asomar la areola de los pezones solo un poco más oscuros que su piel morena.

La alumna trigueña, con un movimiento certero que yo jamás podría igualar, desató el sostén que tenía broche delantero, dejando al aire unas tetas enormes, algo caídas, pero no flácidas, sino más bien la gravedad hacía que esas enormes y pesadas tetas, redondas, perfectas, tuvieran una razonable pseudoptosis.

La alumna trigueña comenzaba lamer sus pezones y Camila al mirar hacia abajo veía esas bellezas juveniles vestidas de escolar lamiendo su vagina y chupando sus pezones. La rubia subió y besó apasionadamente a Camila y luego se sumó a la trigueña a lamer pezones, mientras una estimulaba el clítoris de Camila y la otra apretaba sus glúteos.

Luego, ambas sentaron a Camila en el escritorio con las piernas abiertas, no sin antes haberla desnudado completamente; solo vestía sus medias negras, de esas que brillan, y sus zapatos. Ambas comenzaron a lamer la vagina y el ano de Camila; de vez en vez, las lenguas de las alumnas se rozaban en medio de los labios vaginales de la profesora. La trigueña metió sus dedos dentro de la vagina de Camila y succionaba su clítoris mientras la alumna rubia se levantaba, se quitaba su camisa y falda y se acercaba a la profesora. Ellas sabían que Camila era primeriza, que quería experimentar, así que ellas guiaron el asunto.

La rubia besó a Camila, tomó su mano y la bajó hasta su vagina. Camila, por primera vez, tocaba una vagina que no fuera la suya; sentía la humedad en sus dedos. La rubia sacó la mano de la vagina, la subió y la puso en la boca de Camila; ella sintió el olor vaginal de otra mujer por primera vez, un tanto almizclado. Sacó la lengua y lamió sus dedos, sintiendo el sabor de una vagina desconocida en su lengua, algo salada, pero no desagradable.

La rubia subió al escritorio, se puso de pie y puso su vagina cerca de la cara de Camila, que miraba al frente, algo dubitativa, pero los dedos de la trigueña dentro de su vagina la tenían excitada al máximo.

La rubia tomó su cabeza y suavemente la acercó a sus entrepiernas. Camila, al parecer, se despojó de cualquier duda y se entregó por completo; giró su cabeza y comenzó a lamer la vagina de la rubia, con ansias, recorriendo con su lengua los labios, succionando el clítoris y de vez en vez metiendo su lengua dentro de la vagina de la joven rubia de cuerpo fitness espectacular.

La trigueña se desnudó y subió a lamerle las tetas; mientras agarraba la mano de Camila y se la ponía en su vagina.

Camila estaba en éxtasis, lamiendo una vagina, sintiendo cómo unos labios pequeños y húmedos lamían sus pezones y su mano dentro de otra vagina.

Los olores eran suaves, todo olía a sexo, nada de olores fuertes ni a mar.

La rubia bajó y las tres comenzaron a besarse apasionada y mutuamente mientras se tocaban sus vaginas, sus culos, sus tetas; Camila estaba en su máxima excitación.

A esas alturas ya no daba indicaciones, no era necesario, ya estaba todo hecho, solo había que dejar que las cosas fluyeran. Las tres estaban demasiado excitadas como para escucharme. Yo miraba la escena mientras la registraba y qué ganas me daban de pedir sumarse a esa mujeraza, a esa rubia fitness y esa trigueña de cuerpo perfecto; pero ya lo saben: soy un profesional.

En un instante pusieron a Camila en el suelo y la rubia comenzó a fricar su vagina contra la vagina de Camila, la trigueña; mientras tanto, lamía los enormes pechos y, al rato, se puso de pie y tomó la cabeza de Camila, poniéndola contra su vagina. Camila, fricando y lamiendo una rosada y pequeña vagina, se vino por primera vez, dando un pequeño squirting que humedeció más su vagina y la vagina de la rubia que no paraba de fricar.

Luego, la rubia bajó a la vagina de Camila y comenzó a lamerla mientras metía sus dedos índice y medio en el ano de Camila. La profesora, con las piernas abiertas, se curvó con éxtasis, con los músculos tensos, con los muslos entumecidos.

La trigueña se puso de rodillas sobre la cara de Camila, quien comenzó a lamer su vagina; luego se inclinó y comenzó a succionar el clítoris de Camila, en un bello sesenta y nueve. La profesora abría los glúteos de la trigueña para ver su rosada vagina y pasaba efusivamente su nariz y boca por esos labios pequeños y húmedos, para repasarla con la lengua y a veces meterla completa dentro de la vagina.

El cuadro era eróticamente hermoso: Camila lamiendo la vagina de la trigueña, la trigueña en sesenta y nueve, lamiendo el clítoris de Camila, la rubia lamiendo los labios de la vagina de Camila mientras le insertaba sus dos dedos dentro del ano y estimulaba su propio clítoris.

Al principio eran pausadas, con movimientos suaves, sensuales, pero el clímax lo aceleró todo: lamidas más intensas y penetraciones de dedos más violentos y, de pronto, en un suspiro intenso, las tres se vinieron al mismo tiempo, con sus piernas temblando, sus vaginas palpitando y sus caras de mujeres satisfechas que casi me provocan una erección, pero lo evité; soy un profesional.

Hice una toma alta de las tres, abrazadas en el piso: la trigueña a un lado acariciando la vagina de Camila, la rubia al otro lado, acariciando las enormes testas de Camila, y la profesora al medio, agarrando esos dos culos juveniles, mirando a la cámara con total satisfacción.

—¡Corte! Perfecto, son unas profesionales —dije mientras me alejaba al escritorio. De reojo miré hacia Camila, y ella besaba a las dos chicas al mismo tiempo, mientras reían.

Cuando descargaba las fotos en mi computador, en la ducha, Camila y las dos chicas follaban de nuevo; se escuchaba claramente. Yo solo reí y salí a la calle a fumar un cigarrillo.

Por lo general, son las clientes quienes se desahogan en agradecimientos, pero esta vez fueron las chicas quienes lo hicieron; nunca habían follado con una milf tan exquisita, dijeron antes de despedirse.

Al tiempo, Camila me dijo que la experiencia había sido genial, pero seguía heterosexual; su curiosidad había sido despejada con creces, pero no lo pensaría mucho si alguna vez una chica guapa la invitaba a follar. Sonreí.

Contarles lo de mi clienta Camila me hizo sentir un poco de mansplaining; algunas cosas simplemente las puedo deducir, pero jamás vivir; obviamente no tengo vagina; pero si hay algo que no miente, es el cuerpo: las miradas, los músculos tensos, los fluidos, los ojos, la boca, las expresiones y microexpresiones; todo cuenta una historia, y saber entenderlas es parte de mi trabajo.

A los días estaba pensando en la inmortalidad del cangrejo cuando pasó lo que temía que un día pasara: entró al estudio alguien a quien yo conocía.

El fotógrafo de los deseos

El fotógrafo de los deseos – Desconocidos