Llevaba más de dos meses de inaugurado el estudio fotográfico y ningún cliente. Estaba pensando cerrarlo y dedicarme a manejar Uber a tiempo completo. Con esto que los teléfonos tienen cámaras integradas de altísima calidad, cualquiera puede tomarse fotos decentes. Además, el servicio de estudio fotográfico no era lo que pensé.

Siempre sentí amor por la fotografía, o más bien, era esa sensación de orgullo al ver la sonrisa de las personas cuando contemplaban su imagen, esa satisfacción que, al tener una foto perfecta, querían enmarcarla o subirla cuanto antes a redes sociales para que todos la vieran.

Fue un sábado en la mañana, lo recuerdo bien, limpiaba la cámara cuando la puerta del estudio se abrió. Una chica muy guapa aparecía con un bolso en el hombro, y detrás de ella un hombre de unos 65 años.

—Buenos días —dije dejando la cámara sobre el escritorio y parándome raudo, emocionado por los posibles primeros clientes—. ¿En qué puedo ayudarles?

—Buenos días, me llamo Lita— se presentó—, quisiera el servicio completo de una hora.

En mi sitio web, tenía los detalles y precios de cada servicio, los que incluían, entre otros, el arriendo del estudio sin fotógrafo y el servicio completo, que es el alquiler por horas incluyendo al fotógrafo profesional, o sea: yo.

—Perfecto— dije sonriendo— estoy en tus manos, yo seré el fotógrafo, ¿Qué quieres hacer?

—Traje varios atuendos, quiero fotos con cada uno de ellos, ojalá alcance el tiempo — dijo con entusiasmo.

—Descuida, tengo agendada otra sesión, pero es en la tarde, puedes pasarte de la hora— mentí, la verdad no tenía agendada ninguna sesión ni para hoy, ni para ningún día.

El hombre anciano durante todo el rato solo sonreía, no dijo ninguna palabra. Ella, al percatarse que lo miraba, lo tomó del brazo y lo presentó con un mucho cariño.

—Él es mi abuelo, me regaló esta sesión como regalo de cumpleaños.

—Mucho gusto, soy Fermín— dijo él estirando la mano.

—Bienvenido, don Fermín —tome asiento mientras su nieta va a la habitación a cambiarse de ropa—. le dije apuntando a un sofá junto a una mesita de centro.

Acompañé a Lita a la habitación de probadores, allí había un espejo grande un sillón y un mueble tocador con espejo, así como también varios casilleros donde guardaba elementos de fotografía y varios atuendos que utilizaba en una maniquí para experimentar diversos efectos de luz y ángulos; tiempo tenía de sobra para ello.

—¿Quiere un café, don Fermín? — pregunté al volver.

—No, muchas gracias, pero aceptaré un vaso de agua— contestó amablemente.

Luego de prender los flashes de los paraguas y hablar cosas triviales con don Fermín apareció Lita con su primer atuendo: Sandalias negras plataforma taco fino y un vestido rojo corto, muy ajustado a su cuerpo que dejaba ver su figura, no exuberante, pero lo suficientemente curvilínea para acelerar un corazón, pechos pequeños y unas piernas largas y fuertes que indicaban que era, o fue, parte de un equipo de atletismo; no llevaba ropa interior, se notaba con lo ajustado del vestido y la luz de la habitación que se filtraba por detrás.

Quise arrugar el entrecejo, ya que imaginaba que sería una sesión de ropa normal, pero soy un profesional, cara de póker.

—Estoy lista —dijo ella como si vistiera así cada día—. ¿Cómo me veo, abuelo?

Luego de carraspear, contesto con una sonrisa: —Linda como siempre, Lita.

—Estás… diferente— le dije a Lita mientras la acompañaba al sinfín gris del estudio.

—Ahora que cumplí dieciocho me haré un OnlyFans —susurró ella—, así que hazme ver lo más sexy posible —dijo riendo—. No le cuentes a mi abuelo —agregó.

Así pasó la sesión: ella posando y yo dirigiéndola para que se viera más sexy de lo que era; luego, ella posó dos disfraces tipo cosplay muy sexys, hasta que el cuarto era un diminuto sling bikini azul, dejando ver casi todo su cuerpo prácticamente ausente de grasa; no había músculos marcados ni nada de eso, solo lisa perfección; y, como sospechaba, estaba completamente depilada.

Lita esta vez se sonrojó un poco al ver a su abuelo de reojo, una cosa es vestidos ajustados y otra distinta mostrarse casi desnuda.

Al comenzaba a sacarle fotos, recordé que en la bodega tenía una silla de playa y un balón inflable, ideal para complementar el bikini.

Mientras hurgaba entre cajas, miré hacia el estudio y veía como don Fermín se sentaba de lado y se acomodaba su paquete, definitivamente había tenido una erección, soy un profesional, no puedo emitir juicio de mis clientes, pero si fuera él también hubiese tenido una erección, Lita estaba para follársela sin descanso, pero como dije: soy un profesional.

La sesión del sling bikini terminó y ella fue a cambiarse el último atuendo.

—Bellísima su nieta— le dije a don Fermín, sentándome a su lado mientras descargaba las fotos en mi laptop.

—Sí, dijo él— sonriendo nerviosamente y acomodándose el paquete con disimulo.

—Relájese don Fermín— le dije susurrándole—, es imposible no reaccionar ante tal belleza ¿no?

Él no dijo nada, solo sonrió al verse descubierto, miró de reojo el laptop mientras revisaba las fotos. Me detuve en una donde ella estaba de espaldas, elevando su cuerpo con las manos y piernas abiertas; el sling bikini se metía casi dentro de su rosada vagina. don Fermín carraspeó, y sonriendo le dije:

—¿Y no hay nada entre su nieta y usted? Ella es muy bella, no lo culparía —le dije con una franqueza que me desconocí.

Cualquiera se hubiese enfadado, sulfurado, tratado de golpearme por tal afrenta, pero él no, solo suspiró.

—Sé que está mal, pero si pudiera…— calló.

De pronto, como un flechazo me vino una idea, al hurgar en busca de la silla vi, entre muchos otros artículos, un pupitre de escuela y un escritorio; además tenía un disfraz de colegiala sexy que usaba para practicar con la maniquí, y entre las conversaciones con Lita, ella me había comentado que su objetivo era ganar mucho dinero para poder viajar a Asia.

—Y si yo le cumplo su deseo— le dije —¿Cuánto estaría dispuesto a pagar?

Me miró con un ademán de fruncir el ceño, luego miró la foto de Lita que estaba en la pantalla de mi laptop, dijo:

—No sé, mucho, supongo

—¿Cuánto es mucho para usted?

—¿Un millón? — dijo tímido.

—¡Hecho!, le dije— ¿pagaría un millón por cumplir su deseo?

—Sí — dijo él

—¿Tenemos un trato? —le estiré la mano; él estrechó la mía, un poco desconfiado, pero aún más entusiasmado.

—Ok, solo sígame la corriente —y le susurré algo al oído.

Tomé mi teléfono y programé la alarma para que sonara con mi ringtone dentro de ocho minutos.

Lita apareció esta vez con un conjunto cheongsam tradicional chino, muy ceñido y sin mangas confeccionado en un rico tejido satinado de color azul marino, ligeramente transparente que dejaba ver un poco los pequeños pezones rosados de Lita.

A los minutos la alarma de mi teléfono sonó e inventé una conversación:

—Hola, Claudia, ¿Cómo estamos para esta tarde? —dije, y luego de ponerme la mano en la frente con teatralidad, continué—: ¿Cómo dices?, pero Claudia, el lunes debo entregar esas fotos, no puedes decirme que podrás venir, no podré conseguir otra modelo en tan poco tiempo. —Hablaba con la voz elevada, cosa que todos me escucharan. Al mirar a don Fermín, le guiño un ojo, y continué: —Sé que es mucha plata, pero no podré conseguir a otra modelo para hoy por mucho que le pague. Ya chao, deja ver que hago—. e hice que colgaba bruscamente la llamada; suspiré.

—¿Pasó algo malo? — preguntó Lita, mordiendo el anzuelo.

—Lo que pasa es que hoy tenía una sesión de fotos para una licitación, o sea, de esas fotos que no se publicarán en ninguna parte, solo es para mostrar una idea para ganarse un cliente, y la modelo que vendría me falló.

—¿Y mi nieta no le sirve? —dijo don Fermín tal cual le había dicho que preguntara.

—¡Verdad! — dijo ella— oí que pagabas harto, ¿de cuánto hablamos?

—¿Cuánto me cobrarías por una hora de modelaje? — pregunté.

—50 mil— me dijo, casi con orgullo por no ser barata.

Me reí y le dije:

—Este trabajo vale doscientos mil, ¿te interesa?

Ella abrió los ojos muy grandes y dijo:

—¡Claro! ¿Qué hay que hacer?

—Terminemos la sesión que pagaron y luego les cuento.

Al rato, estaba frente a ellos explicándole el tipo de fotos que necesitaba. Les inventé que iba a licitar para un sex-shop y que, en vez de sacar fotos a la lencería o disfraces, les iba a proponer crear una historia con los atuendos. Para eso necesitaba a una modelo de colegiala seduciendo al director; le inventé, además, que el tipo que iba a hacer de director era pareja de la modelo que faltó, así que ambos no vendrían; le pedí a don Fermín que lo reemplazara.

—Sé que es una escena íntima, y la harás con tu abuelo —decía con fingida preocupación—, pero es mejor que sea él que alguien desconocido, ¿no?

Ella dudó y miró tímida a su abuelo de reojo. Él con un aplomo que no predije expresó:

—Descuida Lita, a mi edad ya he visto muchos cuerpos desnudos, además vas ganar un buen dinero, y por ti haría cualquier cosa.

—Sí —lo secundé—, todo es ficticio; además, nadie verá las fotos, solo es para licitar, luego las borraré, además —hundí en la llaga— son doscientos mil.

—Está bien —dijo ella abrazando a su abuelo—. Hagámoslo.

Luego, en el sinfín del estudio, había puesto el escritorio y el pupitre de escuela frente a él; Lita vestía el traje sexy de colegiala, una blusa semitransparente amarrada con un lazo dejando ver su ombligo, un cuello con una pequeña corbata celeste, una diminuta minifalda azul a cuadros y una tanga blanca T-Sling, zapatos negros de tacón alto de charol y calcetas hasta los tobillos con vuelos. Se veía deliciosa, para darle como cajón que no cierra, pero insisto: soy un profesional.

—Primero—, les dije— no tomaré fotos, dejaré que la cámara tome fotografías a intervalos, es como filmar, para que la acción sea más dinámica.

—Bueno— dijeron ellos al unísono. De seguro no entendieron.

—Director, siéntese sobre el escritorio, alumna, siéntese en el pupitre— evité, desde ese instante, decir sus nombres, para que no se cohibieran más de lo que estaban.

—¡Acción! —dije mirando la pantalla de mi cámara —. Alumna gira sentada hacia mí y abre las piernas. —Ella lo hizo. —Tócate las tetas. —Ella lo hizo. —Con una mano tócate la vagina. —Ella lo hizo. —Pon cara sexy, como si estuvieras excitada. —Ella rio, pero lo hizo. —Ahora párate y acércate lentamente al director.

Ella se paró y se acercó a su abuelo

—Gira, dale la espalda y mira la cámara. —Ella giró. —Ahora apégate a él. —Ella retrocedió y puso su culo en el paquete de su abuelo; él se notaba nervioso, no sabía qué hacer. — Alumna, soba tu culo contra el director, recuerda la mirada sexy.

Ella comenzaba a bailar sexy presionando su culito contra el paquete de don Fermín, que estaba ruborizado, pero con un dejo de felicidad en sus ojos.

—Director —dije con seriedad—. Ponga las manos en la cintura de la alumna. —Él lo hizo, mientras ella no paraba de mover el culo—. Director, ahora suba las manos despacio por debajo de la camisa de la alumna.

Él subió las manos y sintió las tetas y los pezones de Lita en sus manos. Por primera vez, ella se sonrojó, pero no paraba de mover el culo presionándolo contra el paquete de su abuelo que estaba duro como roca.

—Director, levántele la camisa a la alumna y toque sus pezones —ordené.

Él levantó un poco la camiseta de ella y comenzó a pellizcar suavemente los pezones de su nieta, ella dejó escapar un leve gemido, sintió el golpe, y no dejaba de sobar el paquete de su abuelo con su culo.

—Director, baje su mano por debajo de la minifalda. —Él lo hizo. —Meta su mano por el calzón y toque la vagina de la alumna. —Él lo hizo, ella gimió por segunda vez.

No tuve que dirigir nada; él comenzó a masajear el clítoris y los labios húmedos de su nieta, que en ese momento no fingía la cara de excitación; realmente estaba caliente.

—Alumna —dije—, quítate la blusa, los calzones y la falda. —Ella se desnudó, aun de espaldas a su abuelo—. Director, abra su cierre y saque su pene.

Él lo hizo; su pene era largo, grueso y venoso, quedó en la cadera de su nieta. Ella sintió el calor de algo duro en esa zona, miró de reojo y su lengua hizo un ademán de salir de su boca, al ver el tamaño de ese aparato.

—Alumna, tome el pene del director.

Ella sin voltear agarró el pene de su abuelo, él dio un gemido corto, al parecer eso excitó a su nieta, que sin pedírselo comenzó a masturbarlo lentamente, y se metió sus dedos en su vagina.

—Alumna—, gire y póngase en cuclillas. —Ella lo hizo y se encontró de frente con el enorme pene de su abuelo. —Tome el pene del director con ambas manos.

Ella lo hizo y, sin esperar la siguiente indicación, se metió el pene en su boca y comenzó a lamerlo delicadamente, girando su lengua con movimientos circulares en su glande y luego metiéndose casi por completo en su boca. Don Fermín estaba con los ojos semicerrados, mirando hacia abajo, viendo cómo su pene aparecía y desaparecía en la boca carnosa de su nieta.

—Alumna —le dije—, póngase de pie y coloque sus manos sobre el escritorio. Director, póngase detrás de la alumna y penétrela.

Ella se inclinó un poco, levantando su culo, esperando deseosa la entrada del gran pene de su abuelo en su vagina; don Fermín penetró suavemente la vagina de su nieta. Ella gimió, sin gritos, sin escándalos, solo dando suaves «mmm» con cada estocada que cada vez se hacían más y más intensas y profundas.

—Director, acuéstese de espaldas en el suelo, alumna siéntese en su pene de espaldas.

Ella lo hizo raudamente, ella puso su brazo izquierdo alrededor del cuello de su abuelo y se puso sobre él con las piernas abiertas, el pene de don Fermín entraba y salía por la vagina de su nieta con movimientos rítmicos y suaves, se tomaba su tiempo.

—Alumna — dije — eleva un poco la cadera.

Ella lo hizo y al hacerlo el pene de su abuelo quedó justo en la entrada de su ano, ella dudó, pero bajó sus caderas y la punta del pene de su abuelo entró en su ano, ella gimió y comenzó a moverse hacia arriba y abajo. El pene de don Fermín entraba con cada movimiento un poco más dentro del ano de su nieta hasta que en un momento desapareció por completo. Ella se movía hacia arriba y abajo y con su mano libre estimulaba su clítoris, y sin pedírselo, ya que no quería al pensar que era algo más íntimo, ella gira la cabeza y besa apasionadamente a su abuelo, y mientras lo hacía, más violentamente movía su culo para ser penetrado una y otra vez. Ella estaba muy caliente, tanto que, si le hubiese dicho que me quería unir para una doble penetración, ella hubiese aceptado sin chistar; pero insisto: soy un profesional.

—Alumna —dije con solemnidad—. Para finalizar, póngase de rodillas, director, parece frente a la alumna. Alumna, haga eyacular a su director.

Ella comenzó a lamer y pajear duro el pene de su abuelo, él no daba más, se notaba en cada musculo tenso, y de pronto, él agarra su pene y esparce una buena cantidad de semen viscoso y semi transparente en la cara de su nieta; su mejilla, nariz, boca y parte de su frente estaban brillantes, ella saca la lengua de su boca, lamiendo el semen que estaba en sus labios, con el dedo tomó un poco de esperma que colgaba de su barbilla y se lo metió a la boca, luego tomó el pene de su abuelo y comenzó a succionar cada gota se semen que quedará rezagada.

—¡Corte! —dije—. Perfecto, son unos profesionales —los felicité mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a ambos jadeando. De reojo miré y ella abrazó a su abuelo; él me miró sonriendo.

Al rato, don Fermín me hacía una transacción a mi cuenta, y yo le hice el depósito a Lita. Al verlos alejarse por la avenida, vi que iban abrazados; él la tenía por la cintura y ella, en un instante, tomó su mano y la bajó hasta su culo. Sonreí.

Al final de la jornada, descontando los doscientos mil de Lita, había ganado ochocientos mil pesos, nada mal para una mañana de «trabajo».

A la semana siguiente, estaba nuevamente sin clientes y entra al estudio una señora cuarentona con un sombrero de ala grande y lentes oscuros; miró a todos lados y tímidamente preguntó:

—¿Aquí es el lugar del fotógrafo que cumple deseos?

Ahí supe que mi negocio había cambiado para siempre.