El taxi giró a la derecha en esa calle aún empedrada, de la ciudad de Buenos Aires, con vereditas angostas y cordones de la misma piedra que la calzada, a los que el tiempo, a través de cien años no había gastado. El vehículo iba subiendo forzadamente desde Paseo Colón hacia 25 de Mayo. El joven pasajero miraba todo con ojos agrandados por el asombro. El conductor lo observaba por el espejito y se sonreía al ver el rostro del muchacho, que se contraía armoniosamente, gozando lo que la Gran Urbe le ofrecía:
– ¿La primera vez que venís a la Capital?
– ¡Oh, no! – respondió sin pensar y haciéndose el cancherito, encogió los hombros
– ¿De dónde sos? – le preguntó el tachero
– ¡De San Nicolás… pero vivo en Pergamino! ¿Por qué?
– ¡No, simple curiosidad! ¡Se ve que porteño, no sos! ¡Esto, aquí, es una mugre! ¡Cuánto menos te quedes en esta inmundicia, va a ser mejor para vos!
– ¿Y usted, no es de aquí? ¡Por la forma de hablar, parece tener mucha bronca y no querer a Buenos Aires!
– ¡Ya no es Buenos Aires, ahora habría que llamarla Hediondos Aires!… ¡Cuándo te dije lo de inmundicia, es la verdad!… ¡Todos los desperdicios, desechos y despojos que caminan, están en esta ciudad! ¡Sí, soy porteño!… ¡Yo nací en este Barrio que estamos cruzando!
– ¡San Telmo! ¡Me dicen” yorugua”, porque mí vieja es de la Banda Oriental! ¡Yo he Nacido en Buenos Aires!… ¡Cómo dice Gagliardi en sus versos!… ¡estoy orgulloso de serlo, pero no soport
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