Capítulo
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Probaba fondos en la pantalla led gigante, que había comprado para reemplazar el anticuado ciclorama de papel continuo, cuando se abre la puerta de mi estudio y entra una mujer policía.
«Cagué», pensé. Con esto de los deseos quizás había cometido alguna falta; y aunque me había cuidado de no infringir ninguna ley, no faltaba el denunciante anónimo que quería jugarte una mala pasada e inventaba algo.
La oficial era una mujer joven, no sobrepasaba los 25 años, de piel clara, con suaves pecas y ojos azules, bellísima; si no hubiese estado cagado de miedo, hasta feliz estaría de verla. Su cabello castaño claro, recogido en un moño pulcro. Vestía una camisa de manga corta abotonada verde oliva claro con charreteras y parches en los hombros y el pecho. Un parche en el bolsillo izquierdo del pecho decía su apellido y a la derecha colgaba el micrófono de la radio. Pantalones verde oliva, muy lisos y ajustados a su cuerpo; no es que le quedaran chicos, ella tenía piernas poderosas, de tanto caminar, pensé. Cinturón táctico con los utensilios básicos: porra retráctil y pistola. En la cabeza, lleva un casco verde oliva oscuro con visera y una franja verde, con la insignia de la policía en la parte delantera. Su expresión era neutra. Su postura erguida y formal. Sus manos detrás de su espalda.
—Tú eres… —dijo mi nombre con autoridad.
—Sss… Sí —dije nervioso. El que nada hace nada teme, dice el dicho, pero la historia está llena de casos donde el que nada hizo pasa años encerrado en la cárcel.
—Hola, soy Teresa, Tomás me habló de ti —dijo—. ¿Podemos hablar? Necesito tus servicios.
El alma, que se escapaba, volvió a entrar al cuerpo; era solo una clienta más, con uniforme policial, sí, pero una cliente.
—Claro, toma asiento, ¿en qué puedo ayudar? —le dije con cordialidad.
Al sentarse, ella dejó su careta de policía ruda y noté su nerviosismo y cohibición; le expliqué que era un profesional, que se relajara, que tenía mente abierta, aunque esa mente abierta no me había preparado para lo que venía.
Me contó que era de la brigada canina; su golden retriever estaba fuera del estudio sentado, haciendo guardia, y que un día, viendo porno y saltando de link en link, llegó a una página de zoofilia y vio videos de un perro muy parecido a su compañero follando con chicas; ella, desde ese día, no ha dejado de ver ese tipo de videos y de tener fantasías con su camarada, y quisiera experimentar sexo con un perro, pero no con su compañero, sino con uno de la misma raza.
No quería experimentarlo con su compañero de armas más que por respeto, por miedo a que, luego que el perro «prueba la carne», se comporte de maneras sospechosas poniendo en peligro su cargo. La verdad, no sabíamos si eso podía o no pasar; tanto ella como yo éramos totalmente ignorantes del tema.
Teresa no sabía nada sobre follar con animales, y yo mucho menos; este tema era algo completamente nuevo para mí. Ella, dada su profesión, lo único que había averiguado era si era delito follar con un animal, y no lo era, solo era un agravante de otro delito. Así que ella quería mis servicios para preparar todo para cumplir su deseo, pero con discreción, dado su cargo en la sociedad.
Honestamente, no sabía cómo proceder, no por el pedido en sí; las filias y fetiches de la gente no son de mi incumbencia, cada cual tiene el derecho de llenar su culo con lo que, o con quien, le plazca; era porque no sabía nada del tema, no creo que fuese cosa de ir a la esquina, tomar un perro callejero y listo, hay procesos.
Le dije a Teresa que me diera tiempo para empaparme del tema y que prepararía todo. Ella quiso pagar por adelantado, pero la detuve; si no estoy seguro de que podré cumplir, prefiero abstenerme de cobrar.
Así que, con el nuevo encargo, comencé a informarme. Me sorprendió, y muchísimo; pensé que iba a ser un parto encontrar algo sobre el tema, que solo lo hallaría en la deep web escondido bajo dos toneladas de códigos encriptados, pero no; en la búsqueda de Google y Yandex había decenas de foros, sitios web con videos gratis y los de pago, IAs exclusivas de bestialidad, películas, revistas vintage, etc. No de anime, ni 3D, ni cómics: personas reales. Era, por así decirlo y guardando las distancias, lo más normal del mundo.
En los foros la comunidad era muy activa y variada; solo les falta crear un «Beastagram» o un «Beast-Tok», pensé, para que esa gente ganara dinero con las publicaciones; aunque dudo que haya muchos anunciantes interesados en el tema. En fin, el asunto es que encontrar información fue demasiado fácil.
Aprendí todo lo que había que saber para el antes, durante y después del sexo con perros, y lo compartí con Teresa para que ella también estuviese informada; solo faltaba el actor principal, y mira tú cómo son las cosas; soy ateo, escéptico, no creo en eso del destino o «el principio de la atracción» de libros fantasiosos, pero justo cuando buscaba algo muy raro, lo encontré. En un foro multicultural, en el apartado «español», encontré a una compatriota de una ciudad cercana que ofrecía a su golden retriever para aquellas mujeres que quisieran experimentar su primera vez… Miré al cielo y me pregunté: —¿Realmente habrá alguien allá arriba? —Luego miré al piso—: ¿O allá abajo?
Me comuniqué con la persona y le expliqué la situación, que necesitaba privacidad y anonimato para mi cliente y de cuánto era el precio por cederme el perro por un fin de semana. El precio era elevado, pero justo; sin embargo, no podría cerrar el trato si Duque, así se llamaba el golden retriever, no quería. Él era quisquilloso, me comentaba, y no se da con cualquiera. —Si él te acepta, cerramos el trato —me dijo. Así que fui a la ciudad cercana a verme con la persona y con Duque.
Dos puntos claves: primero, en menos de un minuto Duque era mi mejor amigo; siempre me llevé bien con los animales, debe ser mi olor o el tono de mi voz, les caigo en gracia; y segundo, la dueña de Duque era hermosa, con un físico espectacular; eso me llamó poderosamente la atención, no solo porque mi clienta o la dueña de Duque fuesen bellas y de exquisito físico, las chicas en los videos y fotos eran en su mayoría muy hermosas; mis prejuicios e ignorancia, sepan perdonarme, me indicaban que solo gente poco atractiva se inclinaba por este tipo de cosas, quizás al no conseguir pareja fácilmente; reitero: perdonen mi ignorancia y prejuicios.
Ya con todo en orden, quedamos con Teresa el día y el «ambiente» que ella imaginaba para su primera vez, algo muy sencillo en realidad. Yo pensaba en dejarlos solos e irme; solo el trabajo de producción me correspondía, pero ella quería registros, así que me quedaría a sacar fotografías y filmar. Mi cámara tenía configuración de accesos rápidos para cambiar de foto a video sin alterar la exposición ni los ajustes.
Y llegó el día.
El estudio estaba minimalista y limpio; en la pantalla LED, se proyectaba la imagen de un parque y en el suelo una gran alfombra Shaggy verde, simulando pasto. Teresa se imaginaba follando con su compañero canino al aire libre en un parque donde solían patrullar, pero obviamente eso no se podía, así que simulamos uno en el estudio.
Duque estaba contento, moviendo la cola y oliendo cada rincón del estudio; se llevó bien con Teresa de inmediato, meneándole la cola y dejándose acariciar.
Preparaba la cámara cuando Teresa volvió del camerino; llevaba puesto el traje que escogió para la ocasión: Peto, minifalda plisada y gorra, todo del mismo color verde oliva, sin ropa interior, y botas chunky negras. Básicamente era una versión sexy de su atuendo informal de entrenamiento en la brigada canina. Duque vestía unos zapatitos protectores para evitar dañar a Teresa con sus uñas.
Ella se veía exquisita; su cuerpo curvilíneo y tonificado daba muestras de su entrenamiento en las fuerzas policiales; uno por lo general no se da cuenta de ello por todo el atuendo y artículos que las policías llevan encima.
Teníamos la guía completa que la dueña de Duque nos había recomendado; el perro, según ella, era un profesional, le fascinaba follar y sabía qué hacer y cómo hacerlo; solo había que hacer ciertas poses y decirle ciertas instrucciones para activarlo.
Comenzamos con fotos casuales, ella jugando y abrazando a Duque, tratando de que hiciera algunos trucos que su camarada de armas hacía; ella estaba un poco nerviosa, dubitativa. Estaba todo dispuesto, pero Teresa dudaba, empatizaba; no quería decirle que actuara, preferí ser un observador esta vez, que Teresa se tomara su tiempo.
Terminé de pensar esta frase y ella comenzó; se despojó de dudas, al parecer, y comenzó a sobar el prepucio peludo de Duque; esa acción, según la dueña del perro, era el gatillante para que Duque supiera que era la hora de follar.
Duque estaba quieto en su lugar, dejándose tocar; Teresa le decía: — buen chico, buen chico — mientras seguía frotando su funda, que poco a poco empezaba a hincharse.
Duque jadeaba con la lengua afuera, dando leves espasmos contra la mano de Teresa. Hasta que, como un lápiz labial, salía una parte de la verga; roja intensa. Teresa miró hacia abajo al sentir un calor húmedo en sus dedos, aceleró, apretando fuerte, sintiendo como el duro báculo quedaba escondido por la carne hinchada del pene que crecía entre sus dedos, y cada vez se ponía más rígido, saliendo totalmente de su funda.
Teresa miraba el pene, lo analizaba, estaba en una evaluación silenciosa; recorría con sus dedos el gran pene de un golden retriever que en promedio puede llegar hasta los 15 centímetros; Duque era especial, el de él medía más que eso.
El pene era rosado, con venas muy rojas cubriéndolo como una telaraña, como figuras de Lichtenberg; salvo el glande que era más rojizo, terminado en una punta, como la de una pluma fuente; una pluma que estaba escribiendo una nueva historia.
Teresa no dejaba de pajear al perro, hasta que de pronto se agachó. Con su mano sostenía el pene, y su cara a centímetros de ese rojo, largo y grueso miembro de perro; ella movía la cabeza lentamente hacia un lado y al otro, lo observaba, lo olía, y en un instante, tomó el pene desde detrás del nudo, como sugería la dueña, y puso la punta de su lengua en el pene, sintió su sabor, su calor, y retrocedió, testeó el sabor en su boca, y otra vez se inclinó, pero esta vez repasó todo el pene con su lengua, dejándolo húmedo, y se lo echó a la boca, dando suaves mamadas, cada una más profunda que la otra, hasta metérselo por completo; de su comisura escurrieron hilitos de saliva, sacaba el grueso y cálido pene de su boca para lengüetearlo y nuevamente darle profundas mamadas; con una mano sostenía el pene y con la otra estimulaba su clítoris.
Pasó de la calma al frenesí en un instante, como si quisiera sacarse de golpe todas esas ganas que había acumulado fantaseando y viendo porno zoo.
Teresa lamía la punta del pene de Duque cuando él dio un leve gruñido y echó varios chorros gruesos, semitransparentes y blanquecinos de semen que salpicaron en la cara y boca de Teresa; ella seguía jalándole la verga hasta que el último espasmo pasó.
Estaba embelesada lamiendo y bebiendo el semen de Duque, que era más aguada que el de los humanos. Su cara y pecho brillaban, — buen chico — le dijo.
«¿Eso es todo?», me dije, pero no, los perros no son como los humanos; ellos pueden eyacular hasta cuatro o más veces en una misma follada; esto recién comenzaba.
Teresa se estiró de espaldas en la alfombra, se subió la minifalda, abrió las piernas mostrando su rosada y depilada vagina. Duque no dudó ni esperó; esa posición era el llamado obvio: A jugar con la lengua.
Duque metió el hocico entre sus muslos y empezó a lamerle el coño. Teresa sentía cómo esa lengua húmeda y áspera subía al clítoris y bajaba hasta el ano, y volvía a subir y volvía a bajar, lengüetazos rápidos. Ella se vino por primera vez un largo suspiro nasal, apretando la alfombra y contrayendo sus músculos Duque no paró; ella tampoco.
Ahora Teresa se puso en cuatro patas, miró hacia atrás y se dio dos palmadas en el glúteo; era la señal para Duque.
Él, obediente, la montó, movía sus caderas efusivamente, tratando de entrar a la vagina; no le atinaba, pero era persistente, hasta que en una de las embestidas penetró la vagina de Teresa. Ella gritó, pero no era un grito de auxilio, era de enorme placer. Él la penetraba una y otra vez, con gran velocidad; tenía sus patas alrededor de las caderas de Teresa y la empujaba hacia sí; ella gemía: —Sí… (Acá dijo el nombre de su perro policial) Así… hazme tuya… es una orden… — Ella acabó por segunda vez; pero no paró, como tampoco Duque lo hizo.
En una de las entradas y salidas, el pene del perro se equivocó de agujero y entró en el ano de Teresa; ella dio un gran gemido y estrujando con fuerza la alfombra, apretando los dientes. —Eso, buen chico; sí, (nuevamente dijo el nombre de su perro policial) rómpele el culo a mamá.
Luego salió de su culo y entró nuevamente en la vagina; allí, su verga y nudo empezaron a crecer. Se hinchó por completo. Duque seguía empujando, veloz, sin pausas; Teresa daba nasales «mmm» con cada estocada, y entonces, de pronto, Duque se detuvo, su pata derecha daba unos tiritones; Teresa dio un largo gemido; sentía los espasmos de ese enorme pene de perro dentro de ella; y los chorros calientes y espesos, que la inundaban. El semen escurría desde una orilla de su vagina; bajando por su muslo; ella jadeaba.
Estuvieron así un par de minutos, Teresa en cuatro patas y Duque con su verga bien adentro de ella; cuando finalmente el nudo se empezó a contraer, Duque sacó su aún erecto pene; la vagina de Teresa se dilató cuando salió el nudo; y estaba enrojecida, palpitante, ardiente; y de su interior escurría esa mezcla de jugos vaginales y semen de perro. Ella giró la cabeza y me miró; nunca en mi vida había visto una cara tan satisfecha, tan extasiada y contenta al mismo tiempo. Me estremeció.
Ella, al parecer, no quería parar; se puso tras Duque y, agarrándole el pene del nudo, que aún estaba hinchado, comenzó a darle profundas mamadas, succionándolo, saboreándolo, mientras estimulaba con fuerza sus clítoris. Se vino por última vez y cayó de espaldas en la alfombra; Duque giró y lamió la vagina de Teresa, ¿limpiándola? ¿Alimentándose?, no sé, pero luego de eso, él se echó a su lado, jadeando con la lengua afuera; ella le dio dos palmaditas en el cuello. —Buen chico —le dijo.
—¡Corte! —dije—eso fue… — Callé.
Mucho más tarde me despedí de Teresa; no sin antes entregarle los archivos y mostrarle que me deshacía de los archivos de mi computador. No se los comenté, pero eso hago siempre; no me quedo con ningún registro, todos se los entrego a los clientes; si algo se cuela a la internet, es culpa de ellos, no mía.
Ella se deshizo en agradecimientos. Meses después, Teresa me comentaba que finalmente folló con su compañero de armas. Sonreí.
A los días, se abre la puerta de mi estudio y entra una chica joven, un poco pálida, con maquillaje muy marcado en los ojos; sin duda era una otaku o algo así.
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