Capítulo 6
Artemis y el cráter de Marte.
Bien podría ser un informe de la NASA sobre Marte. O tal vez, un documental de NatGeo.
La escotilla circular permitía vislumbrar una imagen dantesca, el enorme cráter se veía a la perfección.
Sus bordes, inflados de un color bordó oscuro y cruzados por lonjas moradas, dejaban ver pequeñas fisuras rojo fuego de algo que, sin dudas, moraba en su interior.
Aquellas fisuras rojo fuego no parecían magma, palpitaban como un tejido vascular expuesto al ritmo de las exhalaciones del relieve.
La masa morada y bordó, lejos de ser inerte, mostraba una textura porosa y orgánica que sufría una constante expansión bajo la luz. Era como un gigantesco tejido de granulación cubriendo una herida abierta en el suelo marciano, un hueco planetario que parecía respirar acompasadamente.
El cráter latía despacio, como presagio de una catástrofe mayor. Solo la imagen poderosa de semejante visión resultaba apabullante y, a la vez, desoladora.
De pronto, un mínimo brote de lava incandescente apareció de su boca. Este fluido blancuzco no se comportaba como el magma ordinario, su viscosidad era anómala, densa, cargada de filamentos que se esparcían al contacto con la atmósfera.
Al deslizarse lentamente por la pendiente porosa, la sustancia brillante cubría el tejido morado, que reaccionaba contrayéndose violentamente. Liberaba ráfagas de gas a alta presión que silbaban en el aire, un sonido agudo que se filtraba cerca de la escotilla como un gemido surgiendo del interior viviente.
Mientras el fluido abría un surco brillante en la ladera orgánica, el cráter continuaba latiendo con la fuerza de un corazón planetario. Su estructura crujía por la presión, pero mantenía la morfología.
No cabía duda, Artemis había logrado su objetivo, y el efecto residual de su acción había mutado la geografía del lugar.
A través de la escotilla pude observar una anomalía brutal justo cuando el cráter recibía el impacto del pulso. Las fisuras rojas se expandieron como venas bajo una descarga eléctrica, alterando la topografía en cuestión de segundos. La masa bordó se compactaba y endurecía en crestas infladas e imposibles. El latido cambió de ritmo, volviéndose más lento, violento y errático, como si la intervención hubiera despertado una respuesta defensiva en la criatura, sellando su escape de forma permanente.
A nivel físico, la intensidad de los gases emitidos comenzó a hacer mella. Un sabor metálico y persistente inundó su olfato, mientras que sus ojos, inyectados en sangre por la presión, apenas lograban enfocar la escotilla.
Psicológicamente, el costo fue aún mayor, el sonido rítmico del cráter latiendo en el vacío empezó a resonar dentro de su propia cabeza, sembrando la paranoia de que aquella enorme masa ya no era un objeto de estudio, sino una entidad consciente con vida propia.
Bien pudo haber sido un informe de la NASA o de NatGeo.
Pero no lo fue.
La escotilla circular no era más que un espejo de noche colocado entre mis piernas, a gatas, para visualizar el desastre.
El cráter latiente, con su magma emergiendo y chorreando por la ladera, no era más que mi ano completamente dilatado, inflamado y en carne viva luego de una intensa y brutal sesión de sexo anal.
Artemis existía.
Pero no era una nave ni una misión, era un descomunal perro Gran Danés Arlequín, cuyo enorme, nudoso y venoso miembro tuve encajado y embistiendo en mis entrañas por más de veinte minutos seguidos.
La lava no era otra cosa que el espeso cuarto de litro de semen caliente que el animal eyaculó a chorros en el fondo de mi recto, desbordándose ahora por mi entrada abierta y goteando entre mis nalgas.
Bien pudo haber sido un informe de la NASA o de NatGeo.
Pero no lo fue.
Sin embargo, fue la mejor cogida que un perro me dio en toda mi vida.