Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Vecina sudada: sexo en el garaje

Llego a casa después de dejar a Carla en el trabajo, el motor del coche aún caliente cuando parqueo en la entrada. El sol de media mañana pega fuerte en San José, donde el barrio está tranquilo como siempre en un martes cualquiera. El aire huele a café recién hecho de alguna casa vecina, mezclado con el humo lejano de un bus que pasa por la avenida principal. Bajo del carro, cierro la puerta con un clic metálico, y ahí está ella: mi vecina del 204, Ana, llegando justo del gimnasio. Lleva leggings negros ajustados, sudados hasta el punto de que la tela se pega a su piel como una segunda capa, translúcida en las zonas más húmedas. El sudor hace que la licra se opaque en el centro de su entrepierna, y ahí lo veo claro, joder: una pata de camello marcada como si estuviera tallada en piedra, los labios mayores de su vulva delineados perfectamente por la tela fina, el surco central profundo y oscuro, el clítoris hinchado presionando contra la costura como si quisiera romperla. No es sutil. Es obsceno, deliberado casi, como si hubiera elegido esos leggings solo para que se notara cada pliegue de su coño sudado.

Ella me pilla mirándola fijamente, mis ojos clavados en esa protuberancia carnosa que se mueve con cada paso que da. Nuestros ojos se cruzan. En vez de apartar la vista o cubrirse con el bolso del gym, sonríe lento, esa sonrisa que dice «sé exactamente qué estás pensando, cabrón, y me encanta». Mi pene se endurece al instante dentro de los pantalones, palpitando contra la cremallera como un animal enjaulado, goteando pre semen que moja la tela de mis boxers. Siento una punzada de culpa —Carla acaba de besarme en el coche, «te amo, mi amor», sus labios suaves aún en mi memoria, y ahora mi mente está en la vulva de la vecina de al lado, imaginando cómo sabría ese sudor mezclado con su jugo. Pero el morbo gana, siempre gana en este mundo sin perjuicios que imagino, donde la culpa no es más que un condimento para el placer crudo.

Ana se acerca, el bolso del gym colgando del hombro, rebotando contra su cadera. «Hola, vecino. ¿Buen viaje?» Su voz es ronca del ejercicio, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta ajustada, manchada de sudor en las axilas y entre los pechos. El olor a ella me llega: sudor fresco, mezclado con un perfume barato de vainilla y algo más primitivo, como su excitación. Asiento, sin poder hablar mucho, mi garganta seca. Ella mira hacia abajo, ve el bulto en mis pantalones, la erección evidente que no puedo esconder. «Parece que te gustó lo que viste, eh? Ese coño marcado te puso duro como una piedra». No hay vergüenza en su tono, solo invitación oscura, sus palabras crudas como un puñetazo en el estómago que me hace palpitar más fuerte.

Entramos a mi garaje sin decir más, mis manos temblando mientras presiono el botón para que la puerta se cierre automática, el motor zumbando como un secreto compartido. La empujo contra la pared fría de concreto, beso su cuello salado, lamiendo el sudor que corre por su piel morena. Mis manos bajan directo a su culo, lo aprieto fuerte, sintiendo los músculos firmes del gym bajo la licra, las nalgas redondas y duras que se contraen bajo mis dedos. Ella gime, arquea la espalda, presionando su vulva contra mi muslo. «Opa, vecino, me has estado mirando el coño todo este tiempo? Quieres probarlo, verdad?» Le bajo los leggings de un tirón hasta las rodillas, la tela resistiendo un poco por el sudor, revelando que no lleva bragas. Su vulva queda expuesta al aire fresco del garaje: labios mayores hinchados por el gimnasio y la excitación, rosados y brillantes de sudor y humedad, el clítoris protuberante como un botón rojo, la vagina ya reluciente con jugos que gotean por sus muslos internos. El olor es intenso: salado, ácido, el aroma crudo de una mujer excitada después de sudar horas en el gym.

«Mírala bien», dice ella, abriendo más las piernas, sus rodillas temblando contra la pared. «Llevo toda la mañana pensando en que alguien la viera así, marcada y mojada. En el gym, sentía cómo se pegaba la tela, cómo mi clítoris rozaba con cada sentadilla. Me puse caliente imaginando que un tipo como tú me la comería aquí mismo». Me arrodillo en el piso sucio del garaje, el concreto áspero contra mis rodillas, y acerco la boca. Lamo primero los labios mayores, saboreando el sudor salado mezclado con su jugo dulce, espeso como miel. La lengua recorre el surco, separando los pliegues, probando el interior rosado y caliente. Ella agarra mi pelo, empuja mi cara contra su vulva, sofocándome con su carne húmeda. «Chupa mi clítoris… fuerte, cabrón. Succiona ese botón hasta que me corra en tu boca». Lo hago: succiono el clítoris hinchado, lo rodeo con la lengua rápida, lo muerdo suave, sintiendo cómo se endurece más bajo mis dientes. Su vagina se contrae visiblemente, expulsando más humedad que recojo con la lengua, lamiendo como un perro sediento. Introduzco dos dedos dentro, sintiendo las paredes calientes y apretadas que me succionan, el interior resbaladizo y pulsante. «Sí… fóllame con los dedos mientras chupas. Mételos profundo, siente cómo mi coño te aprieta».

Sus emociones me llegan en oleadas: excitación por el riesgo (¿y si alguien pasa por la calle y oye los gemidos? ¿Y si Carla regresa temprano por alguna razón?), posesividad repentina («esta vulva es para mirarla, para devorarla, para que la uses como quieras»), liberación total de cualquier inhibición. Ella me jala el pelo más fuerte, moliendo su pelvis contra mi cara, cubriéndome la nariz y la boca con su jugo. «Lame más adentro, mete la lengua en mi agujero. Quiero sentirte follándome con la boca». Obedezco, empujando la lengua lo más profundo posible, saboreando el interior ácido, mientras mis dedos curvan hacia arriba, golpeando ese punto esponjoso que la hace gritar ahogado. Su cuerpo tiembla, las piernas se tensan, y de repente un chorro de jugo sale disparado, mojándome la barbilla y el cuello. «Me estás haciendo regar, puto.. no pares».

Me levanto, mis rodillas doliendo del piso, y bajo la cremallera con manos temblorosas. Mi pene sale erecto, venoso, el glande mojado de pre semen que gotea en hilos. Ella lo agarra, lo acaricia de arriba abajo, apretando fuerte la base. «Está tan grueso… por mí, por mi coño sudado. Míralo, vecino, cómo palpita por follarme». Lo guía a su entrada, frotando el glande contra sus labios hinchados, lubricándolo con su humedad. Empujo: la cabeza entra, estirando sus labios como si la estuviera partiendo, luego todo el pene, profundo, sintiendo cómo su vagina me envuelve caliente y húmeda, las paredes contrayéndose alrededor de mi longitud. Empiezo a moverme, embestidas fuertes contra la pared del garaje, el eco de nuestros cuerpos chocando como palmadas obscenas. Le chupo un pezón a través de la camiseta, mordiendo el botón endurecido, mientras la penetro sin piedad. Ella clava las uñas en mi espalda, rasguñando la piel bajo la camisa. «Más profundo… lléname el coño con esa verga gruesa. Fóllame como si fuera tu puta personal».

El orgasmo le llega rápido: su vagina se contrae en espasmos alrededor de mi pene, apretándome como un puño, gritando bajito para no alertar al barrio, pero lo suficientemente fuerte como para que el sonido rebote en las paredes. «Me corro… joder, me corro en tu verga». Yo no resisto: empujo una última vez, profundo hasta el fondo, y eyaculo dentro, chorros calientes llenándola mientras el placer me nubla la mente, mi semen mezclándose con su jugo, goteando por sus muslos cuando me retiro. Nos quedamos jadeando, pegados contra la pared, el sudor de ambos mezclándose en el aire cargado del garaje.

Después, mientras se sube los leggings (la tela ahora manchada de nosotros, un parche oscuro de semen y jugo en la entrepierna), me mira con ojos oscuros, las pupilas dilatadas. «La próxima vez… después del gym, ven a mi casa. Quiero que me veas sudada otra vez, que me huelas, que me uses antes de que me duche». Sonrío, el pene aún semierecto en mis pantalones. En nuestra fantasía, esto es solo el comienzo —sin juicios, solo deseo crudo, animal.