Por los dos

Por los dos

Esta es la historia real de una lucha perdida que, en el momento en que me encuentro no se como ha de seguir, pero si se que estoy viviendo una situación cautivadora y subyugante como nunca lo imagine.

Ojalá los lectores puedan decirme simplemente si de alguna manera, entienden que me haya precipitado en este infierno paraíso del que no quiero salir.

Todo es real y comenzó a suceder hace únicamente unas cuantas semanas, no mas de cinco.

Así he de entender que vivencias como la presente han de originarse muy antes en nuestra historia pero en forma automática uno las rechaza sin darse cuenta que lo único que hace es meter mayor presión en el sistema que al final terminará por estallar.

Yo se eso porque soy ingeniero.

No fue repentino.

Yo la miraba desde hacia meses de una manera nueva.

Aunque quizás, esa no es la forma mas apropiada de decirlo.

La verdad es que al comienzo, yo no la buscaba con mi mirada.

Era mas bien su imagen, que cuando se cruzaba con mi mirada, ocasionaba en mi una conmoción difusa.

Conmoción. Porque la mujer es endiabladamente hermosa, sensual, provocativa y atrayente es impactante.

Una fuente viva de todos esos estímulos capaces de enloquecer a un hombre y eso me conmueve, pero al mismo tiempo ocasiona en mi una confusión profunda, por el hecho que esa mujer endiabladamente seductora cuya imagen adoro, es hija mía.

Tiene treinta años y una figura imposible de describir, sería inútil.

Nada, ni siquiera una fotografía, puede ocasionar la conmoción que provoca el estar cerca de ella, sentir su presencia, poder ser abrazado por el aroma que despide o temblar en las ocasiones en que he debido abrazarla por circunstancias de festividades formales.

Ese fue el primer impacto, antes solamente habían sido miradas, que muchas veces yo interrumpía intencionalmente, para compenetrarme en lo que estaba leyendo, o más bien, mirando sin leer, porque cuando estoy cerca de ella, mi mente no puede hacer otra cosa que procesar cada estimulo que me llega desde ella y soy incapaz de desear otra cosa que no sea estar tranquilo y embriagado con su presencia.

Sucedió la noche de año nuevo y fatalmente teníamos que abrazarnos.

Yo había pensado en ese momento durante toda la tarde de ese ultimo día del año 2001.

Pero nada de lo que había imaginado tuvo significación, porque todas mis imágenes y mis ocultos deseos fueron borrados de una plumada cuando ella sonriendo me abrazo.

Si. Ese es el termino correcto «ella me abrazó».

Con naturalidad y con alegría y en un segundo, mas corto de lo que han de ser los segundos, su cuerpo completo estuvo en contacto con el mío.

Jamás nadie me había abrazado así.

No recordaba que ella misma me hubiese abrazado de esa manera en los años anteriores y seguramente si nos habíamos abrazado muchas veces.

Pensé que era mi mente la que estaba elaborando todo ese tumulto de sensaciones y que su abrazo era tan inocente como siempre, pero yo no lo percibía así.

Sentí sus muslos junto a los míos.

Sus muslos drásticamente presentes, atravesando la textura de su ropa y de la mía.

Sentí su mejilla junto a la mía y su aliento cálido junto a mis oídos y sobre todo sentía la invasión táctil, poderosa de sus pechos enloquecedores apretándose a mi frágil camisa de verano, presionándome de una forma encendida e infernal y toda ella unida a mí, en un momento que debe haber sido muy corto, pero que para mí sigue siendo muy grande.

Estaba invadido por la sensación que ninguno de los dos quería deshacerse de los brazos del otro y luego todo terminó.

Aunque la forma correcta de decirlo habría de ser que todo comenzó.

Desde ese día, hace casi dos meses, debo decir claramente que mi vida se ha trastornado, en mi interior, pero sucede que mi interior es todo lo que tengo.

Me di cuenta de una forma rotundamente clara que estaba enamorado de ella.

Yo ya no podía negarlo, ni tampoco quería hacerlo.

Lo único que deseaba era poder encausar estas emociones de una forma en que no ocasionar una catástrofe en nuestro grupo y ello es bien difícil cuando uno tiene una claridad tan grande en lo que le esta sucediendo.

La verdad es que desde ese día mi mente completa fue ocupada por esas emociones, esos sentimientos y esos deseos y ello me ha llevado a ejercicios en los cuales me sumerjo, en parte para aplacar los torrentes interiores y en parte para dar salida a una tensión casi paralizante.

Mi actitud permanente frente a ella cuando nos encontramos cerca, es de contemplación.

Yo la miro, cuando ella no se da cuenta, y no puedo dejar de mirarla.

La recorro entera. Delineo su perfil corporal con mi vista, seguramente afiebrada, me detengo en sus labios sensuales, bajo por su cuello y me extasío en sus pechos, que son el centro mismo de mi pasión desmedida, los imagino desnudos, beso sus pezones y luego los muerdo suavemente, mientras mis manos descienden por su espalda para rodear sus caderas generosas, acaricio suavemente su sexo y desciendo por sus muslos sin que ningún rincón de su piel me sea ajeno.

.Este ejercicio me sume un una especie de ensueño erótico, del que no logro salir en horas, abandonándome a la soledad mientras retengo su imagen en mi mente.

Hace dos semanas, el día de su cumpleaños, la fui a saludar.

Ella lo sabia y me esperaba.

Era el inicio de la noche y había preparado mi trago favorito. Aun no habían llegado sus amigos para su celebración a la que yo normalmente no asisto.

Estaba radiante.

Su traje audaz, mas allá de todo limite, resaltaba su figura exuberante y sus pechos parecían ofrecidos casi completos sobre un escote diabólico.

La abracé y no pude evitar mirar sus pechos monumentales que no deseaban separarse el uno del otro, tratando de aprisionar algo entre ellos delineando de esa forma una geografía enloquecedora.

Entonces brindamos y nos reímos y le hice bromas acerca de su traje y de la forma como vestía.

Ella se puso de pie y giró frente a mí, como para que yo pudiera apreciarla mejor. ¿No se daba cuenta de lo que hacia. O lo estaba haciendo voluntariamente?

Mas bien creo ahora, que lo hacia impulsada por esa sensualidad espontánea que parece surgirle desde cada parte de su cuerpo.

La tomé de la mano y la hice girar. Al hacerlo una de mis manos toco uno de sus pechos.

En esa fracción de segundo lo sentí libre y pareció vibrar.

Detuve mi mano allí, al borde de un abismo fatal y la retuve unos dos segundos, no debe haber sido nada mas que eso y me sentí despierto.

Mi cuerpo entero despertó a ese solo contacto y mi sexo como un disparo se encendió y al moverme alcancé a rozar su muslo derecho con él y en ese momento supe que tenia que marcharme.

Ella no dijo nada, ni un solo comentario sino una mirada brillante de sus ojos que nada significaba, respecto de lo sucedido, porque esa mirada brillante y caliente la tiene siempre, en todo momento.

Los días que siguieron a ese encuentro casi no son posibles de narrar. Creo que para abordarlos, solamente puedo describir los estados de animo que me invadieron.

Así, una tarde caminé por su barrio, sabiendo que ella no estaba en la casa, y entre en ella, porque tengo la llave y quise hacerlo, tan solo para envolverme en su aroma, del cual la casa esta impregnado y para coger objetos que ella había tocado y para entrar en su dormitorio y tenderme en su cama.

Y otra mañana la llamé por teléfono, sin saber que decirle, simplemente para oírla hablar mientras mi cuerpo entero se encendía de tan solo escuchar el tono de su voz y tratar de alargar una conversación, casi insulsa, mientras mas me encendía hasta que ella me dijo que fuera esa tarde a verla porque tenia que hacerme una proposición.

Desde ese momento creo que realmente enfermé.

Me sentía afiebrado y veía mi entorno de manera difusa. Miraba el reloj cada momento y solamente tenia claro que había llegado a un limite que estaba muy cerca de atravesar, para situarme fuera de la realidad normal.

Tenia claro que la estaba deseando de una manera real, hermosa, definitiva y que ya no me volvería atrás cualquiera que fuesen las consecuencias, porque el otro lado del camino estaba muy cerca de la locura.

Esa tarde, ella me esperaba alegre como siempre y con el mismo vestido del día de su cumpleaños. Al verla así me invadió una extraña tranquilidad y una suerte de relajo mental y físico.

Era un proceso interno mío, que en ese momento culminaba y me di cuenta en forma meridiana que, si había llegado al limite y que estaba dispuesto a pasar, seguramente porque mi organismo ya no resistiría mas esta diabólica tensión de casi dos meses que se había apoderado totalmente de mí y de alguna manera debería hacer crisis ahora.

Así, fue ella quien me dijo que me notaba muy bien tranquilo y joven y al decirlo me alargó el trago y haciéndolo chocar con el mío me dijo riendo.

» Por los dos »

No era la primera vez que me lo decía. A menudo me hacía esa broma, a veces riendo y otras moviéndose coquetamente.

Pero en este momento ya no me importaba que significado le diera ella, únicamente me importaba lo que yo estaba sintiendo ya en un camino sin regreso.

Bebimos el primer sorbo y enseguida deje mi vaso sobre la pequeña mesa. Tome el vaso desde su mano, lo deposité junto al mío y en ese momento la abrace.

De inmediato percibí como su cuerpo parecía ser invadido por una laxitud que no le conocía y se dejo atraer hacia mí.

Junté mis mejillas a las suyas mirando sobre su hombro porque no me atrevía a mirarla a los ojos, la retuve conmigo sin que ella opusiera la menor resistencia, y mis manos fueron lentamente abandonando su espalda para acudir, sabias, hasta su pecho y entonces me viví lo que había anhelado desde semanas.

Mi mano derecha englobó unos de su pechos y bajo la tenue seda sentí que ella no estaba usando sostén y que todo eso que había imaginado se hacia realidad en esa textura casi insolente de sus pechos.

Se había relajado en mis brazos de tal manera, que sin resistencia alguna como en un tango no aprendido, la encaminé hasta el sofá en el cual nos deslizamos abrazados mientras mis manos la buscaban con una avidez contenida desde tanto tiempo.

Había un silencio maravilloso.

No hacia falta ni una sola palabra, por lo demás, que palabra podría haber siquiera complementado lo que estábamos viviendo, cualquier palabra habría roto el hechizo.

Baje lentamente la parte superior de su vestido y aparecieron ante mis ojos esos pechos maravillosos que habían sido el centro de todas mis infernales evocaciones y comencé a decirle mis verdades contenidas, pero no con palabras sino con el lenguaje de mis labios.

Ella estaba conmigo.

De eso me di cuenta cuando su ninguna resistencia, se transformo en una diabólica cooperación acomodando sus pezones divinos en mi boca y yo desarrollé mi sinfonía de tacto en cada uno de ellos mientras percibía subyugado la forma como ella entera se movía al ritmo de mis besos guardados y que ahora salían en tropel para llenar cada espacio de esa piel de una suavidad conmovedora.

Yo sentía las descargas eléctricas de sus pezones que con cada succión mía respondían endurecidos, alargándose, cambiando de color, y sus pechos se inflamaban de una pasión que seguramente ella sentía, igual que yo, como la más grande y la mas prohibida, cuanto mas grande mas prohibida y cuanto mas prohibida mas grande.

Ella, igual que yo, estaba aprendiendo a entrar en el otro mundo, cuyo limite recién habíamos atravesado, y todo su cuerpo me decía que no estaba arrepentida ni se sentía culpable, ni sucia, como yo tampoco me sentía, porque este mundo era incomparable con el otro desde el cual proveníamos, que no podía haber juicio ni opinión porque corrían paralelos sin tocarse, sin conflicto y estábamos dándonos cuenta, en ese momento, que aquí podríamos hacer todo lo que la imaginación nos dictara, porque nada ni nadie nos descubriría en lo mas intimo de nuestras mutuas soledades.

Ya dentro de ese mundo ella fue deslizando su vestido por sus muslos y de pronto mi cabeza se sintió impulsada por sus manos deslizándose por su vientre desnudo hasta sentir en mis mejillas el roce quemante de su sexo porque yo lo acariciaba con mis mejillas.

Su perfume de mujer me había embriagado de tal modo que había cerrado los ojos para guiarme tan solo por el olfato, como un animal primitivo, que obedeciera tan solo al llamado de su olores, porque eso quizás quería ella que yo fuese, pura naturaleza, sin pensamientos lógicos y sin deducciones, sin consecuencias, sin causa y sin efectos solamente puras respuestas a los estímulos mas sinceros que su cuerpo cautivador.

Guiado por esos estímulos, mis labios buscaron sus otros labios que se me ofrecían abiertos al tacto de mi lengua y nos besamos, con ese, el mas prohibido de los besos y que ahora parecía sellar nuestro pacto.

Divinos labios suyos, empapados de su licor embriagante que yo absorbía con deleite inusitado.

Mi lengua los separo suavemente al comienzo, en forma vehemente luego, para entrar en esa su boca intima y vertical, que se ofrecía para ser buscada, que me hablaba con aromas y fluidos que me estaba enseñando a encontrar una forma de placer no conocida.

Mi ritmo al entrar y salir no era sino el eco de sus contracciones de diosa que parecían palabras calientes, palabras que no podían pronunciarse sino, con esa, su boca maravillosa, que me estaba enseñando un nuevo lenguaje.

No quería irme jamás de allí. Hundía mi rostro entre sus muslos devorando su sexo y me abrazaba a sus nalgas suaves y cálidas para tenerla unida definitivamente a mí, y ella se deslizaba suavemente por el sofá, hacia el suelo, quizás para que yo hiciese mas presión con mi boca en su sexo para impedir que se fuera porque quería devorarla entera.

Entonces me separé un momento y abrí los ojos. Allí mi encantamiento pareció completarse y me quede inmóvil.

Su sexo que había hecho mío, con mis sentidos mis íntimos, se me presentaba ahora ante la vista, latiendo con un ritmo tal que hacía imposible separar los ojos.

Las gotas brillantes que manaban de su interior no eran sino perlas eróticas que no era posible contemplar sin desfallecer, sus pequeños labios aleteaban como mariposas trastornadas por el deseo y ella entera movía sus muslos en una danza lenta y subyugante.

El incendio en mi vientre era tan grande como el suyo y cuando puse mi sexo en contacto con ella y la penetré apenas unos centímetros, sentí el primer latido de su entraña maravillosa.

Ese latido no pensado, ese apretar inaudito y fui entrando en ella con mi sabiduría de años y mi deseo de meses y ahora tampoco hubo palabras sino un murmullo, una especie de quejido agradecido, y seguí avanzando porque quería recorrer ese camino en el otro mundo, con calma, para disfrutar cada centímetro de su hondura, detenidamente, para decirme a mi mismo y al mundo que ese terreno era mío, como no fue, ni seria de nadie y cuando hube llegado al fondo de su fondo, todo mi sexo fue seccionado por caricias rítmicas de un placer casi intolerable porque jamás podré olvidar como su tubo me mordía.

Yo estaba conociendo su hondura e ella descubría mi grosor

Sentía sus muslos separados y abrazándome con una suavidad y un calor posesivos y me sentía acogido entre sus piernas, pegado a su vientre y logramos un ritmo que nos unía, con pasión, como esa noche de año nuevo, y mis manos asidas a sus nalgas mientras hurgaba su fondo con mi sexo, parecían querer decirle que estábamos unidos para siempre.

Ella daba ahora el ritmo de nuestra unión, sacándome y entrándome, haciéndome recorrería como si ella supiera lo que yo deseaba.

De pronto comenzamos a latir juntos, de una manera casi salvaje, como si nuestras dos naturalezas se sumaran en un solo deseo y ella me mordió de una forma segura y definitiva y yo estallé dentro de ella deshaciéndome en un liquido interminable que se fue derramando a golpes haciéndome sentir sus paredes como lenguas ansiosas que me estrujaran.

Entonces, mientras me moría de placer, levanté la vista para ver sus pechos erectos, coronados por sus pezones gloriosos, como dos torres levantadas en homenaje a la unión de nuestros dos seres en medio de un placer ancestral que nos estaba esperando desde siempre.

Nos fuimos entregando lentamente al relajo. No habíamos hablado ni una sola palabra, no hacia falta para explicar nada.

Solamente, minutos mas tarde, recompuestos y a manera de despedida le pregunte cual era su proposición.

Ella me dijo, aún con el rubor de la calentura en su cuerpo y enfrentándome con sus tetas desafiantes.

«Quiero invitarte a un viaje. .. quiero que me acompañes en un viaje. ¿Quieres hacerlo?

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