Capítulo 1
Relatos de mochilas, los viajes I
He tenido la suerte de poder viajar mucho, la mayoría de las veces sin dinero o realmente muy poco, y me las he ingeniado, viajando a dedo, o agradeciendo la caridad de conductores que me han trasladado a varios lugares.
Cierta oportunidad iba de viaje de mi ciudad hacia un pueblo de la provincia, la Ruta n°3 siempre es un mundo de automóviles y camiones que circulan diariamente. Dentro de ese loquero estaba yo en la dársena de una estación de servicios a la espera que alguien saliera con rumbo sur.
Mas de media hora esperando y un camionero con un viejo Ford que llegaba, baja su ventanilla y me dice
-“Hola flaca, vas para el sur?, porque yo bajo al baño, compro unas cosas en la despensa y sigo para allá”
Mi cara de sonrisa contestó por mí, le respondí
-“Si!!, me vendría bárbaro, gracias”
-“Una sola condición pido, cebar mate y hacer compañía durante el viaje, llevo muchos días solo viajando” espetó sonriendo
Yo asentí con una sonrisa enorme mientras él paraba el camión en la playa de la estación.
Volvió de la despensa con galletitas y unos sanguches para el almuerzo, me ayudó a subir la mochila y me entregó el termo recién cargado para que cebara los mates mientras subo.
El contraste físico se hizo evidente en cuanto cerré la pesada puerta del Ford y el habitáculo nos encerró en una atmósfera templada y nostálgica.
Sentada en ese viejo asiento de cuero enorme, la contextura delgada, de mis 25 años y mi piel muy blanca desaparecían en la inmensidad de la cabina, haciéndome sentir pequeña pero extrañamente a salvo. Al lado mío, su figura imponente de unos 60 años, fornido, de torso robusto y brazos velludos como un oso, transmitía la seguridad de quien conoce de memoria cada pozo de la Ruta 3.
Con una parsimonia envidiable, colocó el paquete de sándwiches en la guantera, acomodó su espalda contra el respaldo y acarició el aro del enorme volante con sus manos curtidas, demostrando un cuidado minucioso por ese viejo camión que era, claramente, su segundo hogar.
-“Bueno, flaquita, el agua está en su punto justo, así que cuando quieras, inauguramos el viaje” dijo con una voz gruesa y pausada que terminó de disipar cualquier rastro de timidez.
Acomodé el termo entre mis piernas, destapé el porongo de madera y dejé que el primer chorro de agua caliente despertara el aroma de la yerba, mientras el motor diésel empezaba a rugir con un bamboleo rítmico y pesado.
El camión se puso en marcha lentamente, dejando atrás el playón de la estación de servicio para mimetizarse con el loquero del asfalto.
Entre el tintineo de las imágenes del parabrisas y el aire suave que se colaba por las cortinitas, le alcancé el primer mate, él lo recibió con una sonrisa mansa y una mirada paternal, iniciando una charla amigable que prometía hacer cortas las infinitas distancias del sur.
-«En la ruta, flaquita, el secreto no es llegar rápido, sino saber leer el camino» dice con voz gruesa pero tranquila.
-«Este camión tiene sus años, es pesado, pero si lo tratás con respeto, te lleva a cualquier lado. Con la gente es igual, para viajar a dedo hay que saber mirar a los ojos antes de subirse». Dice con voz tranquila
-“Yo te miré a los ojos allá abajo y supe que eras buen tipo. A veces da un poco de miedo quedarse varada en las estaciones, pero cuando frena alguien como vos, el viaje cambia por completo.” le respondí con una sonrisa, mientras recibía de vuelta el porongo vacío y me disponía a cebar el segundo.
El Ford devoraba los kilómetros de la Ruta 3 con un andar sereno y rítmico, ajeno al apuro de los autos modernos que nos sobrepasaban a toda velocidad. El calor del termo entre mis piernas y el aroma a yerba inundaban el habitáculo, creando un clima de intimidad y confianza ideal para la charla. Él tomó el nuevo mate, y dejó la vista fija en la recta infinita que se abría ante nosotros.
Su imponente figura de oso, con esos brazos gruesos y velludos apoyados en el volante, contrastaba por completo con mi blancuzca fragilidad, pero su trato pausado y paternal me hacía sentir en el lugar correcto.
-“Treinta años arriba de los camiones te enseñan a conocer a la gente con solo ver cómo caminan por la banquina. Por eso paré. Se nota cuando alguien viaja por amor al camino y no por otra cosa. Además, un viaje al sur sin un buen cebador es un dolor de cabeza.” comentó con una mueca de orgullo, devolviéndome el recipiente.
Mientras estiraba la mano para dejar el agua en su lugar, el lugar de los sándwiches que había comprado en la despensa quedó justo a mi alcance, recordándome que el mediodía ya se sentía en el estómago.
La charla continuó fluyendo con total naturalidad entre anécdotas compartidas y muchas risas que achicaban las distancias dentro de la cabina. Con el paso de las horas y los kilómetros recorridos sobre la Ruta 3, la atmósfera inicial, puramente paternal, empezó a transformarse de manera sutil, la confianza mutua dio paso a un tono más confidente, donde los comentarios pícaros y las miradas cómplices instalaron un juego de seducción pausado pero evidente, abriendo la puerta a una intimidad diferente entre ambos.
Él en un momento preguntó si tenía novio y le contesté que no, que hacía bastante tiempo que no tenía una relación que valiera la pena, en tono gracioso le dije que ya parecía una monja, y él rió con fuerza ante el comentario.
-“¿Una monja jajaja? No, flaquita vos no, no te creo nada “ dijo entre risas, mientras el eco de su carcajada gruesa llenaba el espacio y aflojaba aún más la tensión.
-“Una chica tan linda y andando sola por acá… mirá que la ruta está llena de tentaciones.”
El comentario, lanzado con picardía, pero sin perder ese trato manso, se sintió como el puntapié definitivo. La complicidad ya era total bajo la luz mortecina del incipiente atardecer.
Mientras el Ford seguía devorando el asfalto, le pregunté si no le molestaba que me quitara el calzado, hacia calor dentro del habitáculo y él accedió.
Saqué de mi mochila un par de ojotas blancas, y me quité el jogging y las zapatillas, quedándome con un short corto que tenía debajo, estiré mis blancas piernas y puse mis delicados pies sobre el tablero de cuero, tenía las uñas pintadas de un color nácar.
Él desvió la mirada del asfalto por un segundo para observar la escena, y una sonrisa ancha y pícara se dibujó en su rostro de oso, mientras sus ojos recorrían el contraste de mis piernas blancas recortadas contra el cuero oscuro del tablero. El camión antiguo mantenía su marcha rítmica, pero la atmósfera dentro del habitáculo ya se había vuelto espesa, cargada de una intimidad innegable a medida que la tarde terminaba de caer en la llanura.
Con los pies elevados y la soltura de mi nueva comodidad, lo miré de reojo, disfrutando del efecto que el cambio de ropa y mi cercanía física causaban en su respiración, que empezó a volverse un poco más profunda y pausada.
El juego de seducción estaba planteado sobre la mesa, él aferró el volante con una mano y con la otra recibió el último mate, dejando que sus dedos rozaran deliberadamente mis pies antes de devolverme el porongo, marcando el inicio de un contacto más directo.
-“Mirá vos qué lujo le viniste a dar a este viejo Ford, flaquita. Ese color nácar resalta un montón sobre el cuero oscuro. Raramente tengo una decoración tan linda en el tablero.” comentó con una sonrisa ancha, sin apartar los ojos de mis pies por unos segundos.
Su tono, aunque mantenía esa calidez pausada, ya arrastraba una vibración más íntima y ronca.
El sol comenzó a caer sobre el horizonte, tiñendo el cielo de un tono anaranjado profundo que poco a poco se apagaba en la penumbra del atardecer.
Dentro de la cabina del Ford, las luces del tablero se encendieron con un brillo suave, acentuando las sombras y creando un ambiente mucho más resguardado.
Él, sin quitar la vista de la ruta pero con una sonrisa sugerente que transformaba su expresión tranquila, soltó un comentario subrepticio, deslizando con picardía lo bien que le sentaba mi compañía y cómo la calidez del mate había encendido algo más que una simple charla de viaje.
Su voz, ahora más baja y profunda, dejó flotando en el aire una invitación implícita que rompió el último rastro de timidez. La cercanía de mis piernas estiradas parecía haberle cambiado el ritmo de la respiración, el hombre carraspeó suavemente y acomodó su enorme cuerpo en el asiento, dejando en claro que el juego de seducción ya había pasado a otra etapa.
-“Y bueno, viste, el tablero necesitaba un toque de atención , me alegra que te guste la decoración, le queda bien.” respondí con una risa suave, ladeando la cabeza para sostenerle la mirada.
El Ford seguía devorando el asfalto en penumbras mientras la complicidad flotaba pesada en el aire de la cabina. Aprovechando el vaivén rítmico del camión, deslicé uno de mis pies apenas unos centímetros hacia la derecha, dejando que la punta de mis dedos rozara suavemente el dorso de su mano derecha, que descansaba firme sobre la palanca de cambios. La piel de su mano era gruesa, curtida por los años y el trabajo, y el contraste con la suavidad de mi piel blanca se sintió inmediato. Él no retiró la mano. Al contrario, giró apenas la muñeca y permitió que sus dedos gruesos acariciaran de vuelta el empeine de mi pie con una lentitud paciente, sin descuidar el volante ni la ruta. Una exhalación profunda escapó de su pecho, y su voz bajó un tono más, volviéndose casi un susurro ronco que cortaba el zumbido del motor diésel.
-“Sos una tentación muy grande, flaquita. Me vas a hacer perder el rumbo si seguís así.” Dijo en un susurro con su voz ronca.
Lo miré con una sonrisa de deseo, corrí mi pie y lo bajé por el lateral interior de su muslo buscando su entrepierna, manteniendo el contacto visual mientras el Ford avanzaba en la penumbra de la noche.
Sin dejar de mirarlo, le dije con tono suave
-«Me alegra ser una tentación, me imagino que tanto tiempo solo dentro del camión debe ser difícil».
Ante mis palabras y la audacia de mi pierna, él soltó una bocanada de aire y apretó con firmeza el volante, sintiendo cómo el ritmo de la respiración se le aceleraba por completo. Su cuerpo robusto se tensó ante la provocación dentro de ese espacio tan contenido, y su voz bajó un tono más, volviéndose notablemente más ronca y baja
-«No te das una idea de lo difícil que es, flaquita… Pero me parece que este viaje se va a poner mucho más interesante en un momento».
El camión empezó a disminuir la velocidad de manera paulatina, alejándose del centro del asfalto para buscar un refugio tranquilo a un costado de la ruta entre los árboles, donde el motor antiguo finalmente quedaría regulando en silencio.
Lejos de intimidarme, sentí un cosquilleo de complicidad y reaccioné de forma sutil pero clara, sosteniendo la mirada mientras una sonrisa suave confirmaba mis ganas de aceptar ese juego.
El Ford finalmente se detuvo por completo sobre el suelo de tierra de la banquina, y el rítmico ronroneo del motor diésel se convirtió en el único sonido que llenaba la noche de la estepa. Con un movimiento pausado de su mano gruesa, él giró la llave para apagar las luces principales, dejando la cabina sumida en una penumbra casi total, apenas matizada por el resplandor verdoso y tenue del tablero que recortaba nuestras siluetas. El hombre soltó el volante, exhaló un suspiro profundo y giró su imponente cuerpo de oso en el asiento para quedar de frente a mí. Me miró fijamente durante unos segundos en silencio, asimilando la cercanía y el contraste de mi piel clara en la oscuridad, antes de romper la quietud con una voz que era casi un susurro ronco y directo
-“Bueno, flaquita… se terminó el apuro por llegar. Ahora tengo toda la atención puesta en vos.”
Mientras pronunciaba esas palabras, estiró su brazo robusto y velludo hacia mi lado. Con una lentitud paciente, sus dedos grandes y curtidos rozaron primero mi tobillo y comenzaron a subir suavemente por el lateral de mi pierna, recorriendo la piel con un tacto cálido que me hizo contener el aliento. Yo sostuve su mirada en la penumbra, dejando escapar una sonrisa cómplice que confirmaba que la espera en la estación de servicio había valido la pena, mientras el calor de la cabina se volvía cada vez más denso.
Yo sentía el recorrido lento de su mano sobre mi pierna mientras el brillo tenue del tablero le dibujaba sombras ásperas sobre el rostro curtido.
Había algo hipnótico en esa mezcla de paciencia y deseo contenido con la que me observaba.
Incliné apenas la cabeza, sosteniendo su mirada sin apartarme ni un centímetro, y dejé que mi voz saliera baja, casi tan ronca como la suya.
-“Entonces no me hagas esperar más…”
Sus ojos se clavaron en los míos apenas pronuncié esas palabras. La tensión que había estado creciendo desde la estación terminó de romperse en el aire espeso de la cabina. Él soltó una sonrisa corta, incrédula, como si todavía le sorprendiera que yo siguiera allí, buscándolo con tanta decisión.
Su mano tomó lentamente mi pie, comenzando a besarlo delicadamente mientras yo suspiraba enardecida. Continuó tomando mi por muslo para subir hasta mi cintura, firmes pero cuidadosas, sus toscas manos, fueron acercándome apenas hacia él sobre el asiento. El olor a gasoil, cuero viejo y tabaco se mezclaba ahora con el calor de nuestros cuerpos, besé sus labios delicadamente y abrí su camisa leñadora pasando la palma de mis pequeñas manos por su torso velludo, donde por un instante ninguno habló. Solo respirábamos cerca, midiéndonos, acariciándonos, disfrutando de esa tensión cargada de expectativa antes de cruzar cualquier límite.
Entonces él apoyó la frente apenas contra la mía y murmurando con una voz grave y lenta
-“Sos un peligro, flaquita…”
Sentí el roce áspero de su barba contra mi piel mientras sus manos grandes permanecían firmes en mi cintura, sosteniéndome cerca suyo dentro de la penumbra tibia de la cabina.
Cuando mis dedos recorrieron el vello de su pecho bajo la camisa abierta, el camionero soltó un gruñido bajo, contenido, y cerró los ojos apenas un instante, disfrutando de aquel contacto que parecía desarmarlo más de lo que quería admitir.
Él volvió a mirarme con esa intensidad pesada y silenciosa, apoyando una mano detrás de mi espalda para acercarme un poco más. Sus labios descendieron lentamente desde mi boca hacia mi mejilla y mi cuello, dejando besos pausados, cálidos, mientras yo podía sentir el calor de su cuerpo robusto envolviéndome cada vez más.
—“Mirá cómo estoy…” murmuró con voz grave junto a mi oído, mezclando una sonrisa apenas ronca con el deseo evidente que ya no intentaba ocultar.
Yo dejé escapar una risa suave, todavía acariciando su torso velludo bajo la tela abierta de la camisa, disfrutando de la mezcla entre su rudeza de hombre de ruta y la paciencia inesperada con la que me tocaba. Bajé mi mano tomando su ya abultada entrepierna, y apretando con ganas su enorme virilidad comencé a desabrochar su pantalón.
Su respiración se volvió más pesada apenas sentí la tensión de su cuerpo bajo mi mano. Él cerró los ojos un instante y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del asiento, soltando un suspiro grave que parecía venirle desde el pecho.
La penumbra del camión hacía que todo se sintiera todavía más íntimo, el leve resplandor verdoso del tablero, el olor a ruta y tabaco impregnando la ropa, el calor encerrado entre los dos.
Mis dedos descendieron lentamente por la tela áspera de su pantalón mientras lo observaba de cerca, disfrutando la reacción que provocaba en aquel hombre enorme y curtido. Él volvió a mirarme con intensidad, casi incrédulo, como si todavía no terminara de aceptar que aquella noche perdida sobre la Ruta 3 estuviera ocurriendo de verdad.
-“Flaquita…” murmuró apenas, con la voz quebrada por la tensión
-“me vas a volver loco.”
Desabroché por completo su pantalón liberando su firmeza, una enorme y venosa columna carnosa de color violáceo apareció, tensándose de inmediato ante el contacto al cerrar mi mano alrededor de él, sentí su piel hirviente, marcada por el pulso acelerado de su deseo.
El contraste entre la suavidad de mis blancos y breves dedos y la reacción de su cuerpo curtido hizo que soltara un gemido ronco, un sonido gutural que vibró directo en su pecho.
Sin perder un segundo, tomó mi remera y la quitó dejando mis pechos a la vista, me corrí de costado y quité mi short y mis bragas quedando expuesta frente a su peluda hombría.
Volví a agarrar firmemente su miembro y lo hundí profundamente en mi boca saboreando sus esencias y ese aroma a macho que inundaba el recinto llenó mis pulmones.
Él dejó caer la cabeza hacia atrás, apretando los dientes mientras sus manos grandes se hundían en los costados del asiento, buscando un punto de apoyo ante la marea de sensaciones que lo recorría mientras mi lengua jugaba con los pliegues de su glande de forma minuciosa. Un estremecimiento involuntario sacudió su cuerpo robusto y curtido, revelando lo cerca que estaba de perder ese control que tanto intentaba mantener. Sus dedos, gruesos y marcados por los años de trabajo, buscaron mis nalgas vacilantes, debatiéndose entre la urgencia de sostener el ritmo y la necesidad de contenerse para prolongar el momento.
Con la voz aún más ronca y pastosa por el deseo, volvió a buscar mi mirada en la penumbra, sus ojos oscuros fijos en los míos con una mezcla de asombro y entrega total.
Y ahí me tomó de las caderas con sus manos grandes y me levantó con facilidad para acomodarme directamente sobre su regazo, de espaldas a él.
Apoyé mis brazos sobre el torpedo de cuero del viejo Ford y levantando mis caderas le ofrecí a su rostro, la mejor vista que pudiera tener de mi rosada intimidad, él, desesperado fue a buscarla con su boca separando con ansias los labios húmedos de mi flor.
Sentí la fuerza de sus manos en mis caderas, guiándome con una firmeza que no dejaba lugar a dudas, mientras el motor del viejo Ford seguía vibrando con un murmullo constante y pesado bajo nosotros. Su respiración, ahora completamente desbocada, impactó de lleno contra mi piel expuesta antes de que sus labios se posaran en mí, el contacto inicial me hizo arquear la espalda de golpe, aferrándome con fuerza al tablero para no perder el equilibrio en la penumbra del habitáculo. Él soltó un quejido ahogado, entregándose por completo a la urgencia del momento, mientras sus manos sostenían mi cintura, sujetándome con una intensidad rústica y desesperada que marcaba el compás de cada uno de sus movimientos, su lengua hurgaba mi deseosa intimidad recorriendo los pliegues de mi vulva con furia.
En un momento, él, abrió sus piernas se corrió hacia el centro del habitáculo del Ford, y con mi cintura aún entre sus manos me bajó sobre su regazo. Sentí el enorme miembro venoso apoyarse en mi húmeda entrada. Giré mi rostro buscando su mirada y sonriendo, abrí más mis piernas y bajé con ganas mis caderas.
Su gruesa humanidad entró en mí, sin espera
El impacto de la unión obligó a que ambos contuviéramos el aliento por un segundo. Apoyé mis manos clavando mis uñas sobre el viejo cuero del tablero, buscando estabilidad mientras la intensidad de su gran herramienta taladraba mis entrañas.
La cabina del viejo Ford parecía vibrar con más fuerza.
Él apretó los dientes, con las venas de su cuello curtido marcándose bajo la tenue luz verde del tablero, y me sostuvo con firmeza desde las caderas.
Su rugoso miembro, araba la piel del interior de mi vagina entrando lentamente hasta sus confines, él empezó a moverse en una cadencia lenta donde cada embate era profundo y pesado, y yo lo sentía como si el mismísimo Ford fuera quien estuviera invadiendo mis entrañas.
Al sentir la intensidad de los movimientos y el eco de mis gritos desbocados rebotando contra el parabrisas y el tablero de cuero, él pareció perder el último rastro de cordura que le quedaba. Su cuerpo robusto se tensó por completo, y la presión interna en su anatomía aumentó al máximo, expandiendo su firmeza al límite absoluto dentro de mí, llenando cada rincón disponible con una fuerza casi abrumadora.
Apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula se le marcó de manera violenta bajo la luz verdosa. Sus manos grandes y callosas ya no solo sostenían mi cintura, sino que se clavaron con desesperación rústica en mis caderas, obligándome a bajar con más fuerza y velocidad sobre su regazo. De su garganta brotó un rugido sordo y prolongado, un sonido salvaje que vibraba directamente contra mi pecho mientras contenía el aliento, completamente superado por la fricción y el calor encerrado en el habitáculo.
El sudor corría libre por su cuello y sus hombros macizos, brillaban en la penumbra de la ruta. Con los ojos fijos en mí, inyectados de puro instinto y entrega, empezó a elevar el torso de manera repetida, dictando embates cada vez más veloces y definitivos que respondían directamente a mis jadeos altos, transformando la cabina del viejo Ford en un torbellino de movimiento incontrolable.
-“Flaquita hermosa no voy a aguantarrr!!” dijo en un suspiro
Sentí el espasmo profundo que lo recorrió desde los hombros hasta las piernas, liberando de golpe toda la tensión acumulada en esas largas horas de ruta, al mismo tiempo, que una oleada intensa de espesa esperma caliente me atravesó por completo, inundando mis entrañas. La profundidad de la eyaculación me hacía arquear la espalda con mis manos contra el tablero de cuero mientras un grito prolongado se me escapaba de la garganta, recibiendo toda su cálida entrega contra los vidrios empañados por el encierro.
Nos sostuvimos así, unidos por la fuerza del último impacto, vibrando en la misma sintonía mientras las respiraciones se volvían cortas y desesperadas.
Poco a poco, la rigidez de sus músculos empezó a ceder y él dejó caer la frente sobre mi espalda, soltando un suspiro pesado que arrastraba todo el cansancio de la tarde, yo aún sentía los últimos espasmos de su verga liberando su espesa carga dentro de mí.
El silencio regresó lentamente a la cabina, interrumpido solo por el compás constante del camión y el murmullo de nuestros corazones apaciguándose en la quietud de la ruta.
El resplandor verde del tablero fue perdiendo fuerza a medida que una franja delgada y grisácea empezaba a recortar el horizonte sobre la inmensidad de la estepa bonaerense.
El frío del amanecer comenzó a colarse por los burletes gastados de la cabina, disipando lentamente el calor denso que había quedado encerrado entre los dos.
Me levanté lentamente, dejando sobre su pierna el aún latiente y grueso miembro que me habitaba, y un reguero de esperma como recordatorio.
Me acomodé la ropa en el asiento del acompañante mientras él, con movimientos pausados y la calma propia de quien ya conoce de memoria los rituales del asfalto, se limpiaba antes de abrochar su camisa y su pantalón curtido.
Sus manos, todavía tibias, buscaron un termo de acero y dos mates rápidos para ganarle al letargo de la noche.
El olor a yerba húmeda y el vapor caliente inundaron el habitáculo, terminando de despertarnos de la burbuja en la que habíamos estado metidos durante un buen rato.
-“Va a ser una noche larga, flaquita …cebás de nuevo?” murmuró con su tonada pausada, mirándome de reojo con una sonrisa apenas dibujada entre la barba de varios días y los ojos cansados.
Estiró el brazo y presionó el pesado botón del arranque. El motor del viejo Ford rugió con fuerza, sacudiendo toda la estructura del camión antes de estabilizarse en un ronroneo constante. Pisó el embrague, colocó la primera marcha con un golpe seco de la palanca y el camión comenzó a moverse lentamente, incorporándose otra vez a la cinta asfáltica de la Ruta 3 mientras la oscuridad de la noche no envolvía de manera cómplice en su regazo.