El olor de su perfume, una mezcla entre rosas y jazmín; exquisitamente embriagante a mis sentidos. Sus labios carnosos rojo carmesí que me invitan a saborear cada rincón de su boca hasta embriagarme. Y su cuerpo es la encarnación de una diosa griega. Todo un manjar de dioses.
Era tal cual como la imaginé, cabello largo, ojos negros, piel trigueña y un cuerpo de diosa como el mío. Si, me gustan las curvas, la carne, las tetas grandes. Mientras conversábamos de nuestros gustos y mi interés por intimar por primera vez con una mujer, podía ver su mirada escaneando mis ojos,
Quería fundirme en su piel como el hierro, transitar en el laberinto de su mirada profunda y oscura repleta de más demonios que el mismísimo infierno. Pero no me importaba, él era mi Dios y yo quería, debía adorarlo.