Su belleza es indescifrable, rubia de ojos azul celeste y ese brillo coqueto en su mirada apasionada puesta en la mía. El olor de su perfume, una mezcla entre rosas y jazmín; exquisitamente embriagante a mis sentidos. Sus labios carnosos rojo carmesí que me invitan a saborear cada rincón de su boca hasta embriagarme. Y su cuerpo es la encarnación de una diosa griega. Todo un manjar de dioses.
Saboreaba mi café mientras veía el contonear de sus jugosas caderas envueltas en un vestido corto color cereza, pechos grandes y redondos y largas piernas blancas acercarse a mí, nada que un guiño y la sutil sonrisa de un hombre no pueda lograr. Me encanta la carne blanca. ¡Atrapada! Después de cruzar unas cuantas palabras y risas formales no deseaba dejarla ir. Estaba encantado a su lado, imaginando saborear cada rincón de su hermoso cuerpo con pasión y sin mesura.
Después de unas cuantas copas de vino, sus labios buscaron los míos, nuestras lenguas húmedas y sedientas se entrelazaban, se saboreaban. Mi miembro erecto apretaba mi entrepierna mientras mis manos palpaban cada rincón de su deliciosa carne. Sus gemidos suplicantes de placer en mi boca embriagaban todos mis sentidos, despertando uno a uno mis demonios, mis deseos, mi sed de su ser. Sus ojos centellantes y sus pupilas dilatadas indicaban el inicio de un viaje sin retorno, sus mejillas sonrojadas y sus labios entreabiertos suplicando sexo sin clemencia.
Mientras la escuchaba suplicar, palpé en su entrepierna el pecado de su humedad, una invitación a exorcizar cada demonio impuro de su carne ardiente, sus jugosos fluidos mojando mis manos, mientras el filo de mi pasión abría su carne para derramar su éxtasis en mis labios y saborear cada gota caliente de su belleza roja. El delicioso latir de su corazón agitado en mi mano apretando su garganta, sus ojos fuera de sí y las lágrimas por sus mejillas, no eran más el que disfrute de domar su alma, de entregarse a mi sin voluntad. Toda ella era mi gloria.
Mientras sus gritos de pasión me atravesaban, penetre hasta lo mas profundo de su ser, una y otra vez; duro y sin piedad. Cada embestida despertaba más mi hambre, mi sed incontrolable por cada gota caer. Su cuerpo mojado entre sus fluidos jugosos, sudor, lagrimas y mi saliva era toda una obra de arte, un espectáculo oscuro donde mis demonios se regocijan de placer. Era toda mía, para siempre.
Su cuerpo lánguido y frágil yacían en mi cama entre mis sabanas mojadas de su placer y el mío. Mi cuerpo agitado y frenético contemplaban cada rincón, cada fisura de su ser. Sus pechos grandes y perfectos, su abdomen blanco y cálido; sus labios desgarrados en una mueca de placer con el tinte de su ser explotaron cada uno de mis sentidos, despertando mi hambre de placer, mi infierno. Mi pene se endurecía al ver tan magnifica obra que había provocado. Recorrí cada rincón de su cuerpo con mi lengua insaciable, sintiendo cada uno de sus fluidos bajar por mi garganta como vino sagrado, saboreando sus pechos, su vagina caliente, húmeda y viscosa; su culo perfecto. El sabor de su perfume mezclado con el metal de su carne impura pero perfecta para mí. Mi ser se eleva, mi pene resiste, pero el sabor de su carne chorreando por mi boca, sus ojos brillantes y sus labios perfectos, me lanzan al infierno estallando en cientos de miles de sensaciones, mis gemidos guturales son la sinfonía de mis demonios reclamando su parte, mi semen caliente y espeso se dispara como misil bañando cada rincón de su cuerpo, cada hendidura, cada pecado.
Beso sus labios intactos y acaricio el frio de su cuerpo. Vierto en mi copa lo que queda de su sangre caliente y la saboreo mientras el filo de mi cuchillo cercena un pedazo de su ser.
Esta noche cenaré carne blanca.