Capítulo 4
Era un sábado por la tarde en mi barrio de Bogotá, de esos días en que el sol pega fuerte y el aire huele a cemento fresco y tierra removida. Justo al lado de mi casa estaban construyendo un edificio de apartamentos: cinco albañiles trabajando desde las siete de la mañana. Cuatro jóvenes (veintitantos, morenos, fuertes, con camisetas rotas y pantalones llenos de polvo) y uno mayor, el jefe, un gordo de unos cincuenta, barriga grande pero brazos como troncos, siempre gritando órdenes con voz ronca. Él se quedaba más atrás, supervisando, fumando cigarrillo tras cigarrillo, con esa mirada de quien manda sin tener que mover mucho el cuerpo.
Yo los veía desde la ventana de mi apartamento en el segundo piso. Cada vez que pasaba por el balcón con shorts cortos y camiseta ajustada, sentía sus miradas. Los jóvenes eran más descarados: silbidos bajos, comentarios entre dientes. El viejo, Don Mario, solo observaba. No decía nada, pero sus ojos se quedaban clavados en mí más tiempo del necesario. Me ponía cachonda solo de imaginarlo: cinco hombres sudorosos, sucios de cemento, oliendo a trabajo duro. Decidí que iba a pasar.
Bajé a la calle a las cinco de la tarde, cuando el sol ya bajaba y ellos estaban recogiendo herramientas. Llevaba un vestido veraniego flojo, sin nada debajo, sandalias y el pelo suelto. Me acerqué al andamio con una sonrisa.
—Buenas tardes, muchachos. ¿Ya terminaron por hoy?
Don Mario se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y me miró fijo, sin sonreír.
—Sí, mija. Mañana seguimos.
Les ofrecí agua fría de mi nevera. Subieron los cinco al apartamento (la puerta del edificio estaba abierta, nadie vio). Entraron oliendo a sudor, a cemento, a hombre. Les serví vasos grandes, me senté en el sofá con las piernas abiertas un poco, el vestido subiéndose por los muslos.
Don Mario no se sentó. Se quedó de pie en la puerta del living, cruzado de brazos, mirando. Los jóvenes bebieron, se rieron nerviosos, y yo empecé a hablarles bajito, provocándolos.
—No hay de qué. Pero… si quieren, les doy algo más rico que agua.
Silencio. Don Mario habló primero, voz grave y lenta.
—¿Qué es “algo más rico”, pues?
Me puse de pie, me quité el vestido por la cabeza. Quedé desnuda, tetas al aire, concha depilada brillando un poco de humedad. Los cuatro jóvenes se quedaron mudos, pero las vergas ya se les marcaban en los pantalones.
Don Mario no se movió. Solo dijo, sin alzar la voz:
—Hagan lo que ella quiere, muchachos. Pero yo miro.
Y así empezó. Me pusieron en el centro del living, sobre la alfombra. Uno me besó fuerte, manos callosas en mis tetas. Otro me metió dedos en la concha. Don Mario se sentó en una silla al fondo, abrió las piernas y se masturbó despacio por encima del pantalón, sin quitarme los ojos de encima.
Me arrodillé. Cuatro vergas saliendo una tras otra: gruesas, venosas, oliendo a sudor del día, algunas con restos de polvo blanco de cemento. Chupé a todos por turnos: la del joven alto primero, larga y curvada, me la metí hasta la garganta; la del flaco de al lado, más delgada pero muy dura; la del moreno tatuado, gruesa y pesada; la del otro joven, corta pero ancha. Gemían los cuatro, agarrándome el pelo, empujando suave la cadera. Don Mario solo miraba, respirando pesado, sin tocarse más rápido.
Me pusieron a cuatro patas en la alfombra. El primero (el alto) me penetró la concha de un empujón, follándome fuerte mientras otro me metía la verga en la boca. Cambiaban turnos sin parar: uno en la concha, otro en la boca, otro masturbándose esperando. Don Mario seguía sentado, dirigiendo con voz baja: “Más fuerte, mijo… ábrela bien… dale en el culo ahora”.
Uno me cogió el culo primero: escupió en su mano, me abrió las nalgas y me la metió despacio. Dolor rico, luego placer intenso. Me follaban en doble: uno en la concha, otro en el culo. Los otros dos me follaban la boca. Me corrí dos veces así, apretándolos dentro, temblando entera. Don Mario no se movía, solo observaba, la verga dura marcándose en el pantalón.
Cuando los cuatro ya se habían venido —dos dentro de la concha y culo, chorros calientes llenándome; los otros dos en mis tetas y cara, goteándome por el cuello y el pelo—, me quedé jadeando en el piso, cuerpo cubierto de semen, sudor y polvo de cemento.
Don Mario se levantó por fin. Se acercó despacio, se bajó el pantalón. La verga salió gruesa como mi muñeca, venosa, con olor fuerte a hombre mayor y a sudor acumulado del día.
—Ahora chúpamela tú, mija —dijo, voz ronca pero calmada—. Con ganas.
Me arrodillé frente a él. Se la agarré con las dos manos, la lamí desde las bolas peludas hasta la cabeza goteante. Me la metí profundo, chupando con huevas, haciendo ruidos húmedos, lamiéndole las bolas mientras le pajeaba el tronco. Bajé más: le lamí el perineo, luego el culo. Abrí sus nalgas grandes y carnosas con las manos, metí la lengua en el agujero sin dudar. Olía fuerte: sudor, un rastro de mierda ligera, piel caliente. Le encantó. Gemía grave, agarrándome la cara con las dos manos y empujándome contra su culo.
—Así, mija… métela toda… cómeme el culo entero…
Yo ya estaba tan caliente, llena de semen de los otros, ganosa y perdida, que saqué la lengua y lo lamí todo lo que pude: círculos profundos, chupando el borde arrugado, metiendo la punta hasta donde llegaba. Mis ojos quedaron a oscuras, tapados por sus nalgas grandes, solo sentía el olor, el sabor salado y terroso, el calor húmedo. Él me cogió la cara con más fuerza, me apretó contra su culo y empezó a follarme la boca con la verga otra vez, alternando con empujones contra mi lengua en su agujero.
Se vino fuerte en mi garganta: chorros gruesos, calientes, espesos que tragué sin soltar, sintiendo cómo latía en mi boca. Tembló entero, gruñendo bajo, y se quedó quieto un rato, la verga todavía dentro, goteando lo último.
Cuando se salió, me miró desde arriba, respirando agitado.
—Buen trabajo, mija. Mañana seguimos construyendo… y si quieres, pasamos por aquí otra vez.
Los cinco se vistieron despacio, me dieron palmadas en la nalga y se fueron riendo bajito. Me quedé tirada en la alfombra, cuerpo adolorido, lleno de semen por dentro y por fuera, oliendo a ellos por días.
Cinco albañiles. Cinco vergas. Y el viejo, que solo miraba hasta que llegó su turno. Porque cuando manda, manda de verdad. Y yo… yo solo quería que me usaran así: sucia, llena y satisfecha. Mañana paso por la ventana otra vez. A ver si siguen trabajando… o si suben a “arreglar” algo más.