Capítulo 1

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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

Hace unos días, leyendo un relato de la web, me hizo reflexionar en que desde hace un buen tiempo a esta parte había dejado de observar con más detalle a las mujeres jóvenes. Quizá por mi edad, apuntaba regularmente a conseguir favores de cama con damas de 45 en adelante para evitar desplantes o rechazos, pero… ¿por qué no probar suerte con alguna de mucha menos edad?

Con este pensamiento básico, recurrí a mi amigo de andanzas: el famoso Tito. Le mandé un par de mensajes de WhatsApp, coordinamos para juntarnos a tomar algo el miércoles por la noche y allí hablar sobre este tema.

Como siempre, Tito llegó casi media hora tarde, vestido como si fuese un muchacho de 30 y no de 58, mientras que yo (por vestimenta) parecía más su padre.

Tito: ¿qué anda pasando Negro?

Alejo: pasa que las últimas 6 mujeres con las que tuve algo, son casi de mi edad a lo sumo 40 y largos, eso pasa.

Tito: ¿y qué querés? Te vestis como viejo, usas corte de pelo de viejo, barba de viejo… así te regalás querido.

Alejo: gracias por levantarme el ánimo

Tito: pero es así, te ven viejo y te esquivan. Hagamos algo, mañana a las 11 te encuentro en el shopping, vamos a comprar alguna pilcha y pasas por una barbería.

Extendimos por tres cervezas la charla, me contó sus ideas, organizó una salida para el viernes y otra para el sábado. La primera a una cervecería muy reconocida y la segunda a otra donde había muchísima variedad de mujeres generalmente y se hacían las juntadas previas a las salidas de marcha.

Nos despedimos y coordinamos donde encontrarnos al día siguiente.

Obviamente, me duché al levantarme, desayuné algo liviano y a las 10 me encaminé al shopping. Siendo las 10:30, ingresé y me dispuse a observar vidrieras mientras esperaba la llegada de Tito. Me gustaron algunas prendas y los precios me parecieron razonables. A las 11:15 un mensaje de Whatsapp de Tito me confirmaba que ya estaba ingresando. Fui a esperarlo a uno de los bares, tomamos un café y comenzamos la recorrida.

Primero la ropa: me llevó a un par de comercios y seleccionó una camisa y una chomba de colores que jamás yo hubiese elegido, pero una vez puestas me parecieron razonables. De allí a buscar un jean donde tuvimos que negociar: los de moda no iban conmigo, elegimos un intermedio entre ese y un clásico.

En la barbería hubo un corte intermedio, ya que tengo muchas canas y bastante rebeldes a la hora del peinado y un trabajo muy bueno con la barba.

Finalmente, antes de ir a almorzar, pasé por una perfumería y me di un gusto particular: Acqua di Gio, mi aroma favorito. Abrí el envase y realicé dos disparos al vaporizador.

Tito: vamos a ver qué tal te miran ahora.

Alejo: todavía falta vestirme con las nuevas pilchas.

Tito: pero vas a ver cómo cambian las miradas, vamos al patio de comidas.

Nos ubicamos en una plaza intermedia entre tres locales, y como era de esperar las meseras se aproximaron a dejarnos las cartas para elegir el menú que deseáramos. Las tres mujeres que se acercaron eran jóvenes cuyas edades no superaban los 25 años, imaginé.

La primera nos saludó amablemente, nos extendió las cartas y se alejó prontamente. La segunda no solo nos dio las cartas, sino que además nos aconsejó un plato especial y se quedó esperando nuestro potencial pedido mientras nos observaba con detenimiento; Tito pidió un tiempo para elegir y la chica prometió volver en breve, regalándonos una sonrisa. Finalmente la tercera fue más allá: nos extendió las cartas, hizo sugerencias, se quedó a nuestro lado dándonos un buen rato de charla, halagó los comercios donde habíamos hecho las compras y finalmente dejó un mensaje: “¡qué buenos perfumes usan, chicos! ¡Saben elegir muy bien!” dijo antes de retirarse guiñándonos un ojo. “No duden en llamarme, estoy para lo que necesiten” remató mientras se retiraba meneándose de manera notable.

Tito: ¿viste? No pedimos nada, no dimos propinas y ya tenemos ventaja con una

Alejo: ¿te parece Tito?

Tito: apostemos, yo le pido algo a la morochita del segundolocal, esa me gustó, vos a la flaquita del tercero: dos pavadas que le digas y mañana salimos con ellas. El que pierde, paga el almuerzo.

Alejo: estás loco Tito.

Él llamó a la morocha y yo a la flaca, se sorprendieron que ambos pidiéramos de distinto local, pero tomaron las órdenes y se deshacían en atenciones con nosotros. Al finalizar el almuerzo, la morochita se acercó con la cuenta y Tito abonó su parte, aprovechando el ticket para dejarle su número de teléfono y la invitación para el día siguiente. La chica sonrió, le hizo un gesto de aceptación, metió el papel en su bolsillo y fue a entregar el pago a la encargada. Minutos más tarde mientras Tito iba a los sanitarios, se acercó la flaquita, retiró la vajilla y antes que pudiera decirle nada, me avisó que por gentileza de la casa nos brindaban un café sin cargo. Mientras retiraba las cosas, dejó un papel bajo mi copa: había un número telefónico y un nombre Dina. Hubo una sonrisa cómplice y se fue a buscar los cafés que trajo una vez que Tito volvió.

Tomamos la bebida y nos pusimos de pie para retirarnos, Tito le hizo gesto de “llamame” ubicando sus dedos a la altura de su cara y la morocha asintió sutilmente. Dina nos saludó amablemente y completó con la frase “Nos vemos pronto”.

Mientras salíamos del shopping, Tito me extendió el comprobante de su pago con billetera virtual. “Pagá querido, te ganó papito” dijo entre carcajadas.

Alejo: no cantes victoria, nene

Tito: mirá y aprendé

Abrió el WhatsApp y me mostró el mensaje de Susan (la morochita), ella saludaba y él al invitaba a la cervecería el viernes a las 23 horas, obviamente ella aceptaba y le dejaba un emojis de una cara con un beso. Se sabía ganador, cosa que quedó ratificada cuando le mostré el papel con el número de Dina.

Tito: dale Negro, escribile y decile que vaya mañana a las 23 a la cerve.

Nos sentamos en mi auto y mandé el mensaje, los minutos pasaban y no había respuesta, casi a la media hora cuando ya me daba por vencido llegó la respuesta. “Nos vemos, hermoso”.

Tito: viste que era fácil, cuestión de cambiar la imagen.

Alejo: no te puedo creer, ¿así de fácil es todo?

Tito: depende del lugar y las mujeres. Estas buscan viejitos piolas, una noche y fuiste, salvo que la des vuelta como una media. Si quedan conformes tenés minita por un buen tiempo.

Me resultaba difícil de creer pero las pruebas estaban a la vista. Coordinamos para el día siguiente, Uber para poder tomar sin problemas y algún alojamiento cercano por si las cosas progresaban: eso sí cada uno por su lado, nada de compartir y mucho menos intercambiar.

El viernes se me hizo interminable, el reloj no avanzaba ni a palos… Algo de Netflix, un buen baño, la prueba de ropas, el pedido del móvil y a las 22 horas partida rumbo a la cervecería. Llegué temprano, tal mi costumbre, me aseguré una mesa para 4.

Una chica rubia de unos 20 años se acercó a tomar mi pedido, me extrañaba con la amabilidad que me atendía y pedí mi primer Ultra Stout para amenizar la espera. Cuando la trajo, hizo referencia a si me habían dejado “de seña”, le aclaré que no, que había llegado un rato antes. “Qué lástima, si te fallan, me avisas, ¿si?” dijo después de dejar la bebida y un par de platillos con algo para completar la atención. No podía dar fé de lo que estaba pasando, esperaba a una chica de veinti pocos y otra se ofrecía a reemplazarla si no venía. Mi cabeza volaba por cualquier lado cuando llegó Tito, que a diferencia mía, había esperado a Susan en la vereda, entraron juntos. Se ubicaron en la mesa y la mesera vino a tomar el pedido de ambos, Susan eligió y Tito acompañó el pedido, mientras pude observar que Dina entraba al lugar.

Una cosa es ver a dos mujeres con uniformes de trabajo y otra muy distinta cuando están vestidas para una salida. Susan usaba leggins de cuero negro apretadísimos y un top muy breve que cubría con un saco oscuro; Dina llevaba una falda azul oscura brevísima y una blusa blanca que traslucía un brassier de puntillas con una campera corta azul haciendo juego. Eran dos hembras muy apetecibles y se notaban mucho más jóvenes que nosotros.

Le hice una seña, se acercó a la mesa, se saludó con Susan como viejas amigas y completé la presentación de Tito.

Nos ubicamos en la mesa y las cervezas comenzaron a desfilar. Para la 1 de la mañana del sábado, ya nos reíamos de todo, Susan algo más risueña y Dina más contenida, pero no menos chispeada por el alcohol.

Tito: chicas, ¿vamos a tomar unos tragos a algún boliche?

Dina: te agradezco, pero mañana entro a las 10, hoy no hay boliche para mí

Susan: yo me prendo, mañana tengo franco, no trabajo ¿dónde me vas a llevar?

Tito: donde me digas

Ya se pusieron de pie, Susan se calzó su saco y despidiéndose de Dina y de mí enfiló a la puerta con Tito detrás. “Mañana hablamos” dijo mientras la seguía rumbo a la salida. Allí quedamos Dina y yo, solos en la mesa. Fue en aquel momento que ella se liberó y comenzó a hablar un poco más.

Me contó que a sus 20 años se había venido de su pueblo en Rio Negro para estudiar Psicología en la Uni pero que tras dos años de malos resultados, había cambiado de carrera: asistente social. Ya llevaba 2 años de cursado con resultados aceptables y a sus casi 25, había empezado a trabajar para tener algún dinero extra para sus gustos y lo que empezó como algo temporal se había vuelto trabajo formal. Trabajaba durante las mañanas y estudiaba en turno nocturno, se había retirado de la residencia estudiantil y ahora vivía en un departamento pequeño y cómodo cerca del instituto donde cursaba.

No quería ser una carga para sus padres y agregó algunas horas extras para tener su espacio, sin problemas de horarios ni restricciones para las visitas. Lentamente se estaba independizando.

Dina: no suelo salir muy seguido, pero cada tanto lo hago si encuentro con quien. Susan y yo nos conocemos desde el verano, pero no compartimos muchas cosas, somos diferentes.

Alejo: ¿a qué te réferis con diferentes?

Dina: mmm ¿cómo ser delicada en la explicación?

Alejo: ¿Pistas? ¿Algo que me ayude a entender?

Dina: cambia mucho de parejas, demasiado y muy seguido…

Alejo: ¿rapidita? Pero no atleta…

Rio de buena gana, hasta le cayeron algunas lágrimas de los ojos por ello.

Dina: exactamente, seguro que tu amigo termina pagando alguna habitación en un motel esta noche…

Alejo: pregunta necesaria, ¿por qué aceptaste salir conmigo?

Dina: me caíste bien, tenía ganas de salir y me pareces interesante

Alejo: le salió la psicóloga a Dina…

Dina: ese es mi gran problema, analizo todo y mucho. ¿Tomás mate?

Alejo: obvio, ¿por?

Dina: hay mucho ruido acá, ¿vamos a mi departamento?, vivo cerca y no hay alcohol

Alejo: ok, vamos.

Se puso su abrigo y tras abonar lo consumido, nos fuimos caminando hasta su departamento. Mientras recorríamos el trayecto, aproveché a fumar y vi que se aproximaba a mí, le ofrecí un cigarrillo que declinó pero me comentó que sentía algo de frio. Ayudado por el alcohol, no lo sentía así y le ofrecí mi campera, la aceptó y la colocó por encima de la suya. Seguimos caminando y podía sentir como temblaba, instintivamente la abracé para brindarle calor y lo aceptó sin problemas.

Fueron unas 15 cuadras de caminata, donde pasamos de calles súper iluminadas a absolutamente oscuras, hasta llegar a una cortada. A mitad de cuadra se detuvo frente a un portón blanco y metiendo la mano en su cartera extrajo una llave con la que abrió la puerta de acceso, un pasillo largo con algunas luces y al final del mismo el departamento 6. Puso la llave y en segundos abrió y encendió una luz.

El típico de departamento de estudiantes: cocina-comedor, una puerta lateral que daba a la habitación, a su lado otra puerta que luego descubrí que era el baño. Un placar que estaba a los pies de la cama y sobre él un tv, una repisa con libros y sobre la mesa la notebook de estudio.

Dejó su saco en un perchero, mi campera sobre una silla y encendió la cocina para preparar el mate.

Dina: no es un palacio, pero me sirve por ahora, además casi nunca estoy en casa. No tengo vecinos, el 5 está vacío y es seguro.

Alejo: cómodo y funcional.

Dina: cálido y tranquilo.

Junto a la mesa del comedor una cama de una plaza que oficiaba de sillón, donde nos sentamos a tomar mate. La charla era muy buena, pasaba por muchos temas, hasta que tocamos el más caliente.

Alejo: Dina, estamos solos, me trajiste a tu departamento…

Dina: si, y antes que me preguntes nada voy a decirte lo que querés saber

Alejo: ¿qué cosa?

Dina: hoy no voy a dormir sola, te elegí y sé que voy a acostarme con vos

Alejo: ¿así de simple?

Dina: si, no pidas explicaciones. Tengo muchos deseos de tener sexo y no pienso conformarme con mis manos. ¿Querés cogerme?

Alejo: por supuesto

Dina: ¿y que esperamos? Vamos a la cama

Me tomó de la mano, me llevó al baño, me quitó la ropa y se dedicó a limpiarme a conciencia. Luego se quitó la ropa, quedando desnuda frente a mí y metió bajo la ducha a asearse por completo: se frotó jabón en los pechos, bajó sus manos a su entrepierna y la limpió a conciencia, tras cerrar el grifo salió y me extendió un toallón para que la secara por completo. Tiró sus ropas en la ducha y así desnuda me llevó a su cuarto.

Abrió la cama, se metió bajo las sabanas y me invitó a acompañarla. En ningún momento hizo mención al tamaño de mi verga (normalita), solo se limitó a subirse sobre mí y comenzó a besarme como si no hubiese mañana. Abrió sus piernas para que mi miembro se posicionara en la puerta de su concha apenas cubierta de una hilera de vellos bien recortados. Se arrodilló en la cama y comenzó a frotarse sin llegar a meterla en su interior, desde mi posición me aferré a los pechos redondos y puntiagudos, coronados por pezones oscuros y grandes. Me miró a los ojos y con un movimiento suave la fue metiendo lentamente entre sus labios, el calor que brotaba de la concha era intenso, con escasos fluidos, lo que hacía algo incómoda la penetración, raspaba un poco.

Dina: soy algo seca, me cuesta mojarme pero tranquilo que lo disfruto como si chorreara… Metela a fondo…

Le hice caso, y efectivamente ella gozaba, sabiendo de su poca humedad, cabalgaba lentamente para evitar irritaciones y cada embestida era acompañada por un gemido.

La tomé por las caderas tratando de apurar el momento, asegurándome de no salir de su interior y en medio de un bramido, llegó a su orgasmo, intenso y profundo, que prolongó por varios minutos moviéndose lentamente. La falta de humedad no me ayudo a acabar, pero lo disfruté y mucho.

Rendida, se dejó caer y se recostó sobre mí. Descansó un buen rato y sin sacarla de su interior, se afirmó a la cama.

Dina: no sabés lo que me cuesta que un hombre me haga acabar. Me sienten seca y salen, dejándome con las ganas, por eso elijo hombres maduros: ustedes saben aguantar y aceptan mi problema.

Alejo: deberías usar algún lubricante

Dina: no es lo mismo, pierdo intensidad, como que no lo siento.

Alejo: ¿has consultado con alguien?

Dina: si, pero es algo fisiológico. Si me mojo, no acabo.

Alejo: ¿y con sexo oral?

Dina: ¿chupármela? Nadie lo hizo, siempre voy directo a la penetración

Alejo: deberías probar, quien te dice que sea una posibilidad

Dina ¿lo harías? Es medio asqueroso

Alejo: no si le gusta a quien te lo hace, las conchas tiene un sabor especial

Dina: me estas mintiendo

Alejo: hagamos un trato: si te hago gozar con mi lengua, me entregas la cola

Dina: ¿por el culo? Si no me mojo la concha, el culo debe ser una lija apretadísima.

Alejo: ¿no te hicieron el culo? Con lo lindo y redondito que lo tenes…

Dina: escuche que duele bastante, no me animo…

Alejo: yo no tengo la súper verga, de eso te habrás dado cuenta

Dina: me han metido más grandes…

Alejo: ¿cuándo tenés franco? Eso lleva su tiempo para que no duela y se acostumbre

Dina: el martes, ¿por qué?

Alejo: el martes a la mañana vengo, te cocino algo rico y por la tarde me dedico a tu culito ¿o preferís que venga el lunes a la noche y nos tomemos todo el día?

Dina: si me haces acabar con la lengua, venís el lunes, ¿sí?

Alejo: bueno Dinita, a la ducha, voy a lavarte bien así te dejo lista para una buena comida de concha

Dina: cada vez me estoy convenciendo más que elegí al hombre indicado para esta noche… Vamos a la ducha…

Continuará…

Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.

Saludos,

Alejo Sallago – [email protected]

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