Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Mi secreto en el servicio premilitar

Les voy a contar cómo fue mi vida dentro del Servicio Premilitar. Para quienes no son de Bolivia, el Servicio Premilitar es una modalidad voluntaria para estudiantes de secundaria que permite recibir instrucción militar sin dejar los estudios. Está dirigido principalmente a jóvenes de 18 a 22 años que cursan quinto de secundaria. Aunque está dominado por hombres, algunas pocas mujeres también ingresamos. Yo lo hice entre 2020 y 2021, por voluntad propia. Había escuchado las historias de amigos y amigas que ya lo habían vivido y me sedujo la idea de probar esa vida dura, disciplinada y llena de adrenalina.

Nunca imaginé lo que realmente me esperaba allí dentro…Les contaré mi paso completo: desde el primer día hasta el último. Las personas con las que lidiamos, las situaciones que viví, todo. Será largo, detallado y muy explícito.

Algunos nombres estarán cambiados por privacidad y seguridad, otros no. Si alguien que me conoció lee esto… les mando saludos y besitos.

Esta historia es 100% real.

Sin más preámbulos, aquí comienza mi historia.

El Servicio Premilitar

El Ingreso

Era el año 2020. Cursaba quinto de secundaria. No era ni la mejor ni la peor alumna. Nunca me gustó destacar ni ser el centro de atención. Prefería pasar desapercibida, aunque mi cuerpo no siempre me lo permitía. Aquella mañana de lunes, como de costumbre, se realizaba el acto cívico de inicio de semana en el coliseo del colegio.

Llegué al aula, dejé mis cosas y caminé junto con mis compañeros hacia el enorme pabellón.

Vestía el uniforme reglamentario: pantalón de tela azul marino y la camisa blanca del colegio. El pantalón no tenía liga en la cintura ni era pegado al cuerpo, pero se ajustaba lo suficiente a mis caderas. Mi culo, firme, redondo y levantado, aunque no soy deportista al 100 diría que es más genética, se marcaba de forma inevitable con cada paso. Siempre cuidé mi figura, pero sin ser demasiado exhibicionista. Me gustaba sentirme deseable… aunque en silencio.

Fue entonces cuando los vi. Seis militares entraron al coliseo en formación. Uno al frente y cinco atrás. Eran hombres grandes, de espalda ancha, brazos fuertes y piel morena por el sol constante. Caminaban con esa seguridad aplastante que solo da la vida militar.

Sus uniformes camuflados se pegaban a sus cuerpos musculosos. Tragué saliva sin darme cuenta.Al cruzarnos en el pasillo, sus miradas cayeron sobre mí sin ningún disimulo. Me recorrieron de arriba abajo con hambre. Especialmente se detuvieron en mi culo.

Sentí cómo sus ojos se clavaban en la forma redonda y provocadora que se balanceaba suavemente con mis pasos. En lugar de molestarme, un calor extraño subió por mi vientre.Yo también los miré. Bajé la vista sin poder evitarlo hasta sus pantalones. Allí estaban: bultos gruesos y marcados, bien visibles bajo la tela verde oliva.

El pulso se me aceleró. Sentí que mis mejillas se encendían y una ligera humedad traicionera apareció entre mis piernas. Eran solo unos segundos, pero el cruce de miradas fue tan intenso que sentí que me desnudaban con los ojos.

Ellos siguieron su camino hacia el escenario del coliseo. Yo me quedé unos segundos más de lo necesario mirándolos, con el corazón latiendo fuerte.El acto transcurrió con normalidad. Los demás cursos fueron retirándose poco a poco, pero a nosotros, los de quinto, nos pidieron quedarnos. Fue entonces cuando los seis militares subieron al escenario.»Alumnado, tenemos la visita del teniente Gutiérrez, el les dará un aviso especial para ustedes, prestemos atención» dijo la directora dándole el micrófono al teniente

El teniente Gutiérrez, el más alto y de mayor presencia de todos, dio un paso al frente. Tomó el micrófono con mano firme, sus dedos gruesos envolviéndolo con autoridad. Su voz grave, profunda y autoritaria resonó en todo el coliseo como un trueno controlado:—Buenos días, jóvenes —dijo con fuerza, marcando cada palabra.Hizo una pausa breve, recorriendo con la mirada a todos los presentes. Cuando sus ojos pasaron por mí, se detuvieron un segundo más de lo necesario. Sentí que me atravesaba. Bajé la vista un instante, pero no pude evitar apretar los muslos bajo el asiento.—Alumnado de quinto de secundaria —continuó con ese tono de mando que erizaba la piel—. Hoy venimos a presentarles una gran oportunidad. Me llamo Teniente Gutiérrez y represento al Regimiento de Policía Militar. Estamos aquí para invitarlos a formar parte del Servicio Premilitar voluntario, un programa que les permitirá recibir instrucción militar de excelencia sin interrumpir sus estudios.Se irguió aún más, proyectando esa presencia imponente que llenaba todo el escenario.—El Servicio Premilitar consiste en una formación militar básica y progresiva. Durante aproximadamente ocho meses, recibirán instrucción teórica y práctica los sábados por la mañana en las instalaciones del Regimiento de Policía Militar. Aprenderán disciplina, orden cerrado, técnicas de supervivencia básica, primeros auxilios, manejo de mapas, educación física militar y valores como el respeto, la jerarquía y el trabajo en equipo. Al finalizar el programa y aprobar los requisitos, obtendrán su Libreta de Servicio Militar, lo que les facilitará trámites futuros en el país.Su voz se volvió más grave y persuasiva:—Este no es un programa fácil. Requiere compromiso, esfuerzo y dedicación. Habrá marchas, ejercicios físicos exigentes y formación de carácter. Pero les aseguro que saldrán de aquí convertidos en mejores personas: más fuertes, más disciplinados y con una mentalidad de triunfo. Aunque tradicionalmente tiene mayor presencia masculina, animamos especialmente a las jóvenes a inscribirse. La mujer boliviana también tiene un lugar importante dentro de las fuerzas.Hizo otra pausa, dejando que sus palabras calaran.—Las inscripciones estarán abiertas desde el lunes 16 de marzo hasta el viernes 27 de marzo del 2020. Deberán presentar en el Regimiento de Policía Militar los siguientes documentos: certificado de nacimiento original, carnet de identidad, certificado de notas del anterior año, certificado de buena conducta y una foto carnet. El programa iniciará el primer sábado de abril.El teniente Gutiérrez bajó ligeramente el tono, pero mantuvo esa autoridad que hacía que todas las miradas estuvieran clavadas en él:—Esto no es un juego. Es una experiencia que les marcará de por vida. Aquellos que tengan el valor y la disciplina necesaria… los estaremos esperando. ¿Alguna pregunta?El silencio en el coliseo era total. Yo sentía el corazón latiéndome con fuerza. Sus palabras resonaban en mi cabeza, pero sobre todo sentía el peso de su presencia. Ese hombre alto, de hombros anchos, brazos marcados bajo el uniforme y esa voz que parecía tener control absoluto sobre todo… despertaba algo dentro de mí que no podía explicar. Una mezcla de nervios, curiosidad y un calor que subía lentamente por mi cuerpo.

Al terminar su discurso se retiraron pero a mi me quedó ese sabor de boca, me quedaron muchas ganas de entrar, mientras mi curso se retiraba fui donde estaba el teniente.Me acerque tímidamente :

—Teniente disculpe? Si teniente? Holi buenas tardes señor – dije con mi voz dulce y tímida

—Si señorita dígame- dijo el teniente con voz grave que me recorrió todo el cuerpo

—Disculpe señor me gustaría entrar al servicio, estoy muy emocionada mi primo lo hice hace unos años en el mismo regimiento, dónde me presento? Dije suavemente como niña

—Señorita me alegra mucho su entusiasmo, será bienvenida al batallón, eres buena alumna? Tienes buenas notas? Eso te ayuda a ingresar directo sin mucho papeleo – preguntó el teniente

—Si señor tengo buenas notas, mañana mismo estaré allí, gracias teniente – dije despidiendo me Te esperamos, hasta entonces nos vemos niña

Me alejé del coliseo con las piernas temblorosas y la conchita palpitando de pura calentura. Sentía las miradas del teniente Gutiérrez y sus soldados clavadas en mi culo redondo y firme. Sabía que estaban imaginando cómo se vería sin nada.Llegué a casa casi sin aliento. Apenas abrí la puerta tiré la mochila al sofá de la entrada y grité emocionada:

—¡Mamá! ¡Papá! ¿Dónde están? ¡Tengo que contarles algo!

Mi mamá salió de la cocina secándose las manos con un trapo y mi papá levantó la vista desde el sillón.

—¿Qué pasa, Jessica? ¿Por qué vienes tan agitada? preguntó mi mamá sonriendo.

Me paré frente a ellos, todavía con el uniforme del colegio, sentía la tanga completamente empapada pegada a mi conchita.

—Hoy vinieron militares al colegio —empecé casi sin respirar—. Eran seis, todos grandotes y fuertes. El teniente Gutiérrez nos dio un discurso sobre el Servicio Premilitar. ¡Es voluntario y se hace los sábados en el Regimiento de Policía Militar! Aprendes marchas, ejercicios, disciplina… y al final te dan la libreta. ¡Quiero entrar! Ya hablé con el teniente y me dijo que me espera mañana para inscribirme.

Mi papá frunció el ceño al instante.—¿Servicio Premilitar? Ni se te ocurra, Jessica. Eso es lleno de hombres, van a estar gritándote, corriendo bajo el sol, sudando… No me gusta nada que estés rodeada de soldados. Tienes 17 años, sigues siendo mi niña.

—Pero papá… protesté haciendo berrinche. Quiero ir, por favor. Solo son los sábados. Me va a servir para disciplinarme.

Mi mamá me miró con ternura y luego miró a mi papá.

—Déjala, viejo. Si la niña quiere ir, que vaya. Ya tiene 17 años, le va a servir para madurar, aprender disciplina y responsabilidad. No puedes tenerla encerrada en una burbuja toda la vida. Además, es voluntario. Si no le gusta, lo deja.

Mi papá renego un rato más, pero al final soltó un suspiro.

—Está bien… pero cualquier cosa rara me avisas de inmediato. No confío en esos militares.

—¡Gracias, mamá! ¡Gracias, papá! —exclamé saltando de alegría y les di un beso a cada uno.

Subí corriendo las escaleras hacia mi habitación. Cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella respirando agitada. Todavía tenía la imagen del teniente Gutiérrez y sus soldados en la cabeza. Mi conchita no paraba de palpitar.Empecé a desvestirme. Me quité la camisa, dejando mis tetas firmes al aire, pezones duros como piedras. Bajé el pantalón azul marino por mis caderas, moviendo el culo de forma provocadora. Cuando llegué al calzón de Hello Kitty, me miré en el espejo.

Estaba hecha un rio. La tela rosa estaba completamente oscura, pegada a mi conchita hinchada. Al separar las piernas vi cómo gruesos hilos de crema espesa y brillante se estiraban desde la tela hasta mis muslos. Mi coñito estaba rojo, hinchado y chorreando como una puta en celo.

—Mira cómo me pusieron estos hijos de puta… gemí bajito.

Me quité el calzón empapado y lo sostuve en la mano, pesaba. Lo acerqué a mi nariz e inhalé mi propio olor a concha, me senté en la orilla de la cama, abrí bien las piernas frente al espejo y empecé a masturbarme, con dos dedos separé mis labios delgados y mojados. Mi clítoris estaba hinchado y palpitando, empecé a frotarlo en círculos lentos mientras recordaba la voz grave del teniente.

—Ay, teniente… su voz me pone tan puta — gemí bajito.

Metí dos dedos dentro de mi conchita caliente y resbaladiza, estaba tan mojada que entraron fácil, haciendo ruidos obscenos, empecé a follarme con los dedos mientras imaginaba al teniente sacándose la verga gruesa y pesada.

Quiero tu verga, teniente… métemela toda, bien profundo — susurraba mientras aceleraba.

Con la otra mano me pellizcaba fuerte un pezón, también pensaba en los otros soldados, sus bultos marcados y cómo me habían escaneado el culo.

—Quiero vergas… muchas vergas rodeándome… — gemí más fuerte, metí tres dedos y empecé a bombearlos rápido, entrando y saliendo con fuerza.

Mi crema blanca y espesa me corría por la mano y por el culo, con el pulgar frotaba mi clítoris hinchado sin piedad, me imaginé al teniente agarrándome del pelo y follándome duro mientras los otros soldados miraban.

—Fóllame, Gutiérrez… lléname esta conchita… ¡soy tu puta! El orgasmo me llegó brutal.

Me corrí temblando entera, soltando chorros de jugo que mojaron la sábana, mi conchita se contraía fuertemente alrededor de mis dedos mientras seguía gimiendo, me corrí tan rico que hasta me costó respirar.

Cuando terminé, me quedé tirada en la cama con las piernas abiertas, jadeando, con la conchita roja, palpitando y chorreando todavía. Sonreí satisfecha, sabiendo que apenas estaba empezando.

LA MAÑANA SIGUIENTE

A la mañana siguiente me desperté con la conchita todavía sensible y mojada, había dormido solo con una camiseta larga, sin calzón. Al abrir las piernas sentí que la sábana estaba húmeda debajo de mi culo, mi conchita seguía hinchada y palpitando después de correrme tan rico la noche anterior pensando en vergas.

Me levanté, fui al baño y me miré en el espejo, tenía cara de puta recién culeada.

Me lavé la cara y decidí qué ponerme, elegí unos jeans super ajustados que se me clavaban entre las nalgas, marcando perfectamente mi culo grande y redondo. encima una blusa blanca ajustada que dejaba ver el contorno de mis tetas y un poco de escote. Me puse una tanga negra fina, sabiendo que probablemente terminaría empapada otra vez.

Bajé a desayunar. Mi mamá ya estaba lista.

—Jessica, ¿estás segura de esto? —me preguntó mientras tomábamos café.

—Sí, mamá. Quiero ir. Me emociona mucho —respondí, aunque por dentro solo pensaba en pollas duras y en que el teniente me mirara como la noche anterior.

—Está bien, hija. Te acompaño. Pero ten cuidado, que esos militares son bien machos y tú eres muy bonita. No quiero que te vayan a estar molestando.

Sonreí inocentemente, pero por dentro me mojé solo de imaginar que me molestaran.

Salimos de casa temprano y llegamos al Regimiento de la Policía Militar alrededor de las 8:20.

Ya había fila de jóvenes, la mayoría hombres, varios soldados custodiaban la entrada y no disimularon al mirarme el culo cuando pasamos, sentí sus ojos clavados en mis nalgas apretadas dentro del jean.

Mientras hacíamos fila, mi mamá hablaba de tonterías, pero yo solo podía pensar en vergas. Miraba los bultos de los soldados y me imaginaba sacándoselas ahí mismo.

Cuando nos tocó el turno, un soldado nos hizo pasar a una oficina grande. Allí estaba el teniente Gutiérrez sentado detrás del escritorio, imponente con su uniforme. En cuanto entré, sus ojos me recorrieron como si me estuviera follando con la mirada: tetas, cintura, y se detuvo descaradamente en mi culo.

Buenos días… Jessica, ¿verdad? —dijo con esa voz grave y ronca que me erizaba la piel—. Veo que volviste. Me alegra mucho.

—Sí, teniente —respondí con voz suave y algo tímida—. Traje todos los papeles.

Le entregué todo mientras él se recostaba en la silla, observándome sin vergüenza. Uno de los sargentos que estaba a su lado, un moreno grande y fuerte, también me comía con los ojos, especialmente el culo.

El teniente revisó los documentos lentamente.

—18 años… interesante —comentó levantando una ceja—. Buena alumna, buenas notas… Esto va rápido. Estás aprobada, me gusta lo que veo.

Se levantó, rodeó el escritorio y se paró frente a mí. Era mucho más alto y su presencia era abrumadora. Podía oler su olor a hombre.

—Este sábado a las 07:00 en punto te espero en el cuartel. Te voy a dar el uniforme personalmente —dijo bajando la voz un poco—. Y te explicaré las reglas… con detalle. Espero que sepas obedecer órdenes, Jessica. Aquí las mujeres como tú aprenden rápido a portarse bien.

Sentí que mi conchita soltó un chorrito de jugo. La tanga ya estaba mojada.

—Sí, teniente. Voy a portarme muy bien —respondí mordiéndome el labio.

Él sonrió de lado, una sonrisa oscura.

—Eso espero, niña. Porque si no… yo mismo me encargo de corregirte.

Mi mamá estaba a unos metros, hablando con otro militar, ajena a todo. Cuando salimos de la oficina, tenía la tanga chorreando y los jeans me apretaban la conchita hinchada.

Durante todo el camino de regreso solo pensaba en el sábado: en sudar, en que me miraran el culo, en las vergas duras bajo esos uniformes… y especialmente en lo que el teniente Gutiérrez me haría cuando estuviéramos a solas.

Estaba ansiosa, cachonda y lista para que me usaran

Mi mamá y yo salimos de la oficina del teniente Gutiérrez. Tenía la tanga completamente empapada, la tela fina pegada a mi conchita hinchada y caliente. Caminaba con cuidado para que no se notara, pero por dentro solo era una puta cachonda.

Al salir al canchon principal del Regimiento de Policía Militar, me quedé impresionada. Era enorme, como una pequeña ciudad militar. Había soldados trotando en formación, gritando al unísono mientras corrían con sus uniformes camuflados pegados al cuerpo por el sudor.

Sus brazos fuertes y piernas musculosas se marcaban con cada paso. Algunos hacían flexiones en el suelo, otros cargaban troncos o practicaban orden cerrado. Varios vehículos militares pasaban a nuestro lado, jeep y camiones llenos de soldados. Había edificios por todos lados, un comedor, dormitorios, una pista de obstáculos y un campo de tiro a lo lejos. El ambiente olía a tierra, sudor masculino y combustible.

Yo caminaba al lado de mi mamá con cara de niña buena, casi santa. Miraba todo con ojos grandes e inocentes, como si estuviera admirando el lugar por pura curiosidad. Pero mi mente era una perra sucia: “Mierda… todos estos hombres sudados, con vergas seguramente duras debajo de esos pantalones. Me imagino arrodillándome en medio del canchon y chupándosela a varios al mismo tiempo mientras el teniente me mira…”Un grupo de soldados pasó trotando cerca de nosotras. Uno de ellos, moreno y de cuerpo marcado, me miró directo al culo y sonrió. Bajé la mirada sonrojada como una niña tímida, pero por dentro mi conchita soltó más jugo.—Qué grande es esto, mamá… — dije con voz inocente—. Parece una ciudad.

— Sí, hija. Es impresionante. Pero recuerda portarte bien —respondió ella.

“Si supieras cómo me estoy mojando solo de verlos sudar…”, pensé mientras apretaba los muslos.

Llegamos a la salida principal. Antes de cruzar la puerta, el teniente Gutiérrez apareció caminando hacia nosotras.—Jessica —llamó con esa voz grave que me recorría entera—. No olvides que mañana viernes tienes que venir temprano para el chequeo médico. Te van a sacar sangre, hacerte examen físico completo y ver que estés apta. Preséntate a las 07:30 en el puesto médico. Yo estaré pendiente.

—Sí, teniente —respondí bajando la mirada con timidez, mordiéndome el labio—. Aquí estaré.

Él me miró una última vez el culo antes de girarse. Mi mamá no se dio cuenta de nada. Durante todo el camino de regreso a casa en el bus solo pensaba en vergas. En cómo sería estar rodeada de tantos hombres fuertes, sudados y autoritarios. Llegué a casa con la tanga chorreando, me cambié y me senté en mi cama con las piernas abiertas, todavía cachonda. Era jueves. Mañana viernes tendría que volver sola para el examen médico: sangre, peso, revisión física… Me preguntaba si el teniente o algún sargento estaría presente mirándome mientras me revisaban.Por fuera seguía siendo la Jessica inocente y buena chica. Por dentro, solo quería que me usaran como su puta del regimiento.

Llegamos a casa pasadas las 11 de la mañana. Apenas crucé la puerta, le dije a mi mamá que subía a descansar. Cerré la puerta de mi habitación con llave, me tiré en la cama y abrí las piernas como una puta en celo.

Estaba empapada. Me quité los jeans y la blusa con prisa. Solo me quedé con la tanga negra fina, que estaba completamente destruida de tanto jugo. La tela se me pegaba a la rajita hinchada.

—Mierda… estoy muy puta — gemí bajito.

Me quité la tanga y la tiré a un lado. Abrí bien las piernas frente al espejo y empecé a masturbarme como una puta sucia.

Con dos dedos separé mis labios delgados y mojados. Mi conchita estaba roja, hinchada y chorreando crema espesa. Empecé a frotar mi clítoris hinchado en círculos rápidos mientras recordaba a todos los soldados.

—Quiero verga… quiero muchas vergas… —susurraba como una perra barata.

Metí dos dedos dentro de mi conchita caliente y empecé a cogerme fuerte, haciendo ruidos mojados y obscenos. Con la otra mano me apretaba las tetas y me pellizcaba los pezones duro.

Me imaginaba arrodillada en el canchín, rodeada de soldados sudados sacándose la verga. Al teniente Gutiérrez metiéndome su verga gruesa por la boca mientras otros me miraban.

—Cógeme la boca, teniente… méteme toda esa verga… —gemía mientras metía tres dedos en mi conchita, bombeando rápido.

Mi crema blanca me corría por el culo y mojaba la sábana. Me di la vuelta, me puse en cuatro y seguí cogiéndome con los dedos, moviendo el culo como si me estuvieran culeando por detrás.

—Así… rómpeme la conchita… soy la puta del regimiento… ¡lléname de leche!

El orgasmo me pegó fuerte. Me corrí temblando, soltando chorros de jugo que salpicaron la cama. Mi conchita se contraía violentamente alrededor de mis dedos mientras gemía ahogado contra la almohada. Me corrí tan rico que quedé temblando varios minutos, con la cara roja y la rajita palpitando.

Viernes – Día del chequeo médico

Me desperté a las 6:00 de la mañana. Estaba nerviosa pero muy cachonda. Me duché rápido y me vestí bien recatada, como una niña buena. Me puse un calzón grandecito rosa de Hello Kitty, bien amplio y de algodón, y un sostén normal blanco de algodón, nada sexy. Encima unos jeans holgados y una sudadera amplia.

Bajé a la cocina. Mi mamá ya estaba despierta.

—Jessica, ¿vas al chequeo médico hoy? —me preguntó mientras me servía desayuno—. ¿Quieres que te acompañe?

Me mordí el labio y respondí con voz inocente:

—No mamá, voy sola. No quiero que pierdas tiempo. Es solo un chequeo rápido, me sacan sangre y me revisan… vuelvo temprano.

Mi mamá me miró un segundo pero aceptó.

—Está bien, hija. Pero cualquier cosa me llamas. Y compórtate eh.

—Sí, mamá —respondí con cara de santa.

Salí de casa sola hacia el Regimiento. Por fuera parecía una chica decente y tímida. Por dentro, mi cabeza ya estaba llena de vergas y suciedades mientras caminaba.

Espero que les haya gustado la primer parte, estaré escribiendo la segunda parte, le puse mucho mucho empeño, gracias por leer.

Mi correo y mi telegram se los dejaré en mi perfil.

Besitos de su putita de closet