Capítulo

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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

Como comenté en la entrega anterior, recibí un mensaje de Andrea proponiéndome festejar el “Día del Trabajador” (1ro de mayo en Argentina), con una buena cena casera. A cambio de cocinar para ella, le pedí que trajese el postre. Ella aceptó, pero jamás me dijo cuál sería, por lo que debería esperar para saber lo que tendría en mente.

El jueves 30 de abril, me dediqué a comprar lo necesario para cocinar, alguna bebida para la espera y un buen vino para la cena.

Obviamente el platillo no debería ser pesado: un buen trozo de carne de cerdo braseada con vegetales, me parecía lo adecuado.

Mientras ordenaba la casa y dejaba todo listo, durante la tarde, recibí un llamado de Luchito, para ir a tomar un par de tragos aprovechando que al día siguiente él no trabajaba.

Luchito: negro, ¿vamos al bar nuevo a tomar unas cervezas artesanales?

Alejo: ¿a tomar un par de birras? ¿Nada más? Te conozco…

Luchito: bueno… necesito que me hagas la gamba, hay una clienta que me quiero tirar, pero solo sale con una amiga

Alejo: unas cervezas, la apurás y te dejo a solas con ella. Mañana tengo joda.

Luchito: me contás en el bar, quiero saber. Pasa a buscarme a las 8 ¿sí?

Cortamos la llamada, me di una ducha, me puse algo informal y lo fui a buscar. En el viaje, le conté de la noche con Andrea y la propuesta que me hizo.

Luchito: ¡¡ojo viejo!! A ver si te engancha…

Alejo: nada que ver, lo tenemos re claro. ¿Y vos? ¿Tu minita?

Luchito: una clienta. Divorciada, tiene un drugstore bien surtido y viaja 2 veces al mes a las ferias de Buenos Aires, me invitó a acompañarla el finde.

Alejo: ¿está buena?

Luchito: y… está muy interesante, 57 años. Tiene una carita de turra…

Alejo: dale que te conozco…

Luchito: ya me la apreté un poco en el local, pero siempre aparece alguien y me quedo con las ganas. Si hoy me la llevo a casa, me espera un finde terrible.

Lo miré y no pude más que reírme. Luchito es un caso perdido, le gustan todas y si le dan algo de calce, terminan siempre en la cama. Llegamos al bar, trató de ver si ya habían llegado las mujeres, como no las vio, nos ubicamos en una mesa para 4 y pedimos un par de cervezas, que luego fueron 4, después 6 y las mujeres sin aparecer. Cerca de las 22:30, recibió un mensaje. La amiga de su clienta no podía venir y lo invitaba a su casa. La respuesta fue afirmativa obviamente. Pagamos la cuenta y nos fuimos: el en UBER a la casa de la mujer y yo a la mía.

Llegué y me puse a ver una película en TV y revisar los mensajes en el celu. Cerca de la medianoche, un mensaje de Andrea: “Veo que estás despierto, ¿aburrido?” preguntaba. “Un poco, mirando una peli” respondí. “¿Está buena? ¿de acción, de terror, picante, cómica?” volvió a preguntar. “Nada del otro mundo” le dije.

Demoró unos minutos en volver a hacerse presente, ahora con un audio.

Andrea: yo estoy igual, aburrida, con frio y mirando una serie

Alejo: no soy afecto a las series, me cansan

Andrea: depende como sean, esta está bastante áspera, hay mucho sexo

Alejo: ¿te estás motivando? No me vengas cansada mañana…

Andrea: me estoy calentando bastante, ya tengo la conchi mojadita

Alejo: me imagino que vas a calmarte en breve

Andrea: no sé, no es lo mismo un par de dedos que una verga

La temperatura de lo audios subía y podía escucharse de fondo el sonido de la tv de ella, sin duda era muy caliente.

Unos minutos de silencio y un nuevo mensaje.

Andrea: ¿qué hacés mañana a la mañana?

Alejo: dormir supongo

Andrea: ¿solo?

Alejo: claro, ¿con quién sino?

Andrea: conmigo ¿te gustaría?

Alejo: podría ser, no tengo nada más importante que hacer.

Andrea: ok, en 15 estoy ahí. Esperame.

Los mensajes terminaron y yo pensé que era una bravuconada típica de Andrea. Un rato después sentía como se detenía un auto en la puerta de casa, una puerta que se cerraba y el vehículo que se iba. Suavemente tocaron la persiana y la voz de ella “Abrime que hace frío”.

Me levanté de la cama, fui a la puerta de frente y ahí estaba. Con una bolsa de compras en una mano, una mochila al hombro, envuelta en un tapado largo de color oscuro. Pasó rápido adentro de la casa, dejó en la mesa del comedor la bolsa de compras, la mochila sobre una silla y se comenzó a desprender el tapado. Una vez desprendido lo echó hacia atrás y se lo quitó: estaba tan solo con un camisón y sandalias.

Andrea: ¿te sorprendo? Te dije que estaba en la cama mirando tele

Alejo: estás re loca, ¿Cómo vas a salir en bolas a la calle?

Andrea: dale, que me estoy helando, vamos a la cama y dame calorcito.

Me agarró de la mano y buscó una puerta que pudiera ser la de la habitación. Entró rápidamente y se metió en la cama, temblando, se cubrió con sábanas y el acochado, acurrucándose en uno de los lados.

Me tumbé en la cama junto a ella, la abracé y le empecé a frotar la espalda y brazos para que tomara algo de temperatura. Lentamente se fue estirando mientras recuperaba calor, se acomodó un poco mejor y colocó un par de almohadas para poder ver las imágenes más erguida.

Se acercó y cruzó una de sus piernas frías sobre mi cuerpo.

Andrea: guau, que calentito estas, así da gusto ver tele

No hizo siquiera un ademán o movimiento para provocar roces íntimos, solo se dispuso a ver la película. Cuando su cuerpo estuvo más caliente, me abrazó y se fue durmiendo lentamente. Al cabo de 20 minutos, la respiración acompasada avisaba que se había dormido profundamente. Apagué el televisor y me acomodé junto a ella, rodeándola, para darle calor y contención.

Así permanecimos hasta las 10 de la mañana en que nos despertamos. Me dio un beso corto y se levantó al baño, sentí la descarga de agua y luego como se abría y cerraba el grifo del lavamos. Pasó por la cocina, tomó algo de la mochila y volvió a la cama. Se metió y se apegó a mi cuerpo.

Andrea: está lloviendo y hace mucho frio.

Alejo: nos quedamos acá, tapados hasta la cabeza.

Andrea: me dormí como tronco anoche, ni me tocaste

Alejo: estabas helada, como para destaparte y desnudarte…

Andrea: ¿ves? Por eso me gusta estar con vos, no es solo coger

El aliento fresco de su boca se acercó mucho a la mía. Entonces llegó el primer beso, tímido, delicado, se despegó apenas como para poder verme bien y volvió a bajar buscando uno más intenso y profundo. Aprovechó el movimiento y se subió sobre mi cuerpo, apoyando las tetas sobre mi pecho, abriendo las piernas para quedar calzada, rozando su concha con mi verga.

Andrea: mmm… qué lindo despertar así

Se frotó un poco, haciéndome notar las ganas de tener algo de acción durante la mañana. Bajó sus manos, buscó el elástico de la tanga y la desprendió desde un costado, liberó su cuerpo y buscó un roce más intenso. La humedad de su intimidad se hizo presente muy rápido y comenzó a mojar mi bóxer.

Andrea: sacate eso que quiero sentir la verga entre las piernas.

Como pude, lo hice y le serví en bandeja lo que quería; arqueó apenas el cuerpo y la ubicó entre sus labios. Se fue hamacando y distribuyendo el flujo por toda la raja, haciendo que cada tanto el glande se hundiera en su cuerpo, pero no lo dejaba avanzar mucho más, disfrutaba del juego hasta que la calentura la desbordó y se dejó caer, clavándose totalmente, quedándose quieta, sintiéndola por completo en su interior.

Andrea: qué bien se siente, que lindo es tenerla adentro, me encanta.

Alejo: bueno, hacé lo que tengas ganas, voy a dejarte el mando.

Sonrió, y me besó mientras se movía muy lentamente, tomó mis manos y las llevó a su culito. “apretame mientras me muevo, para que no se salga de adentro” dijo antes de iniciar el movimiento algo más intenso. Por momentos circulares, por momentos de ascenso y descenso, se irguió afirmando sus manos en mi pecho y comenzó la cabalgata, los gemidos eran intensos y profundos, mis bufidos también. Seguí apretando su culo con la mano izquierda, mientras la derecha se apropiaba de las tetas, amasándolas, apretando los pezones que se endurecían más y más.

Andrea: si mi guacho, apretame que estoy acabando, te voy a bañar en flujo

Fueron las últimas palabras antes de dar un grito que coronó su orgasmo. La concha le latía desbocada mientras despedía flujos y recibía leche en varios disparos.

Se dejó caer sobre sobre mí, chocando su rostro con el mío. Cerró las piernas y aprisionó me verga para evitar que saliera de su interior.

Así se quedó un buen rato, hasta que lentamente se retiró hacia un lado, acomodó su cabello y se tocó los labios, pues en la caída se había golpeado.

“Qué buen polvo, de esos que me das cada vez que nos encamamos” dijo con un lenguaje desprejuiciado, caso vulgar.

Permanecimos en la cama casi hasta el mediodía, hablando y disfrutando del calor del cobertor. Me contó había estado casi toda la tarde esperando verme en línea en el Face, pero al no hacerlo, optó por mantenerse conectada con el celular, si bien habíamos quedado en encontrarnos el viernes por la tarde, una llamada de su abogada le había informado que debía viajar a Buenos Aires por temas judiciales y estar allí el lunes a primera hora.

Su abuela había sobrevivido a sus 4 hijos (tres varones y una mujer), de los dos tíos solo uno había tenido hijos, mientras la mujer falleció soltera y sin descendencia. Eso la convertía junto a su primo en los únicos herederos universales de los bienes familiares que había en aquella ciudad. Completados los trámites sucesorios, debía presentarse ante un escribano para recibir la información sobre lo heredado. Acompañada por su abogada, viajaría el sábado por la noche y estar en tiempo y forma para concluir todo el día lunes y eventualmente el martes.

De ese modo, se caía la idea de compartir conmigo viernes, sábado y mañana del domingo.

Andrea: ¿me vas a cocinar algo rico ahora o deberé esperar hasta la noche?

Alejo: lo pensado lleva algo de tiempo, quizá algo liviano ahora y el principal a la noche ¿te va?

Andrea: mmm… no tengo mucha alternativa. Eso sí el postre especial irá tras el almuerzo, porque también lleva su tiempo…

Nos levantamos, y mientras yo empezaba con la preparación del almuerzo, ella se dio una ducha, aunque permaneció allí algo más de lo que suponía para solo un baño, pero lo tomé como algo posible.

El almuerzo estaba en marcha, preparé un mate para matizar la espera y alguna tostada con jamón cocido y queso.

Apareció en la cocina con la típica bata blanca, esta vez ajustada por un lazo que realzaba su cintura y elevaba un poco los pechos. Se sentó a la mesa, y empezó a cebar los mates y probar los entremeses.

Me extendió un mate y siguió contando lo que le esperaba en su próximo viaje. Serían horas de visitar juzgado, estudios de abogados y finalmente el escribano que les informaría el reparto de bienes. Estaba claro que no quería nada que no estuviese en nuestra ciudad, pero parecía que debería ponerse de acuerdo con su primo porque las tres propiedades diferían bastante en valores. Ya algo habían conversado con su abogada y llevaban una propuesta y solo restaba esperar escuchar las cifras y datos que el escribano presentaría.

No consulté nada al respecto, solo la dejé hablar y me limité a escuchar su descarga. Cuando ya comenzaban a abundar los silencios de su parte, le cambié el tema y traté de indagar sobre “el postre”.

Andrea: ja ja ja ja, interesado el muchacho, ya lo verás, seguro va a gustarte

Alejo: vamos, dame una pista…

Se puso de pie e hizo presión sobre la mesa, como probando su resistencia, sacudió la cabeza de manera afirmativa y volvió a sentarse.

Estaba más que claro que no sería en la cama la acción, pero ¿en la mesa? Se presagiaba algo incómodo, aunque podía darme varias ideas.

Cuando el almuerzo estuvo listo, levantamos todo y preparamos la vajilla y nos sentamos a compartir los alimentos. Probaba bocados y hacía gestos de aprobación, mientras seguía comiendo, compartimos un vino blanco frío que caía justo para el plato.

Una hora más tarde, habíamos concluido e inicié el retiro de la vajilla, ella se hizo cargo del lavado, momento que aproveché para fumar un cigarrillo.

Habiendo terminado, limpio bien la mesa y se sentó a mi lado.

Andrea: bien caballero, lo invito a retirarse unos minutos de aquí, así me permite preparar su postre.

Me empujó para que me levantara y aproveché el momento para ir a la habitación, ordenar la cama y luego pasar por el baño, ya que me imaginaba que si ella se había duchado y perfumado, pediría algo similar a cambio.

Traté de no demorar demasiado, elegí vestirme con un bóxer y una remera, aprovechando que había dejado la calefacción a buena temperatura en la cocina. “¿Ya está listo el postre? Pregunté desde la puerta del baño. “Un minutito más, por favor” respondió. Busqué un preservativo que había dejado en el botiquín del baño por si era necesario, lo escondí en el lateral del bóxer. “Caballero, la mesa está servida. Puede venir por su premio” la escuché decir. Entonces si, me fui acercando despacio a la cocina y la vi sentada en el centro de la mesa, desnuda, de espaldas a mí, con sus manos apoyadas en los bordes y sus pies afirmados en la punta, dejando las piernas bien abiertas. Llegué a la altura donde ella estaba sentada y ví que sus pechos estaban cubiertos con crema batida y a modo de flecha, bajaba una línea rumbo a su raja, allí ubicado entre sus piernas un pote de helado.

Alejo: literalmente, ¿queres que me coma todo ese postre?

Andrea: y con una sorpresa más, que voy a darte cuando estés sirviéndote

Alejo: bien señora, empecemos antes que la decoración se caiga.

Ella cerró los ojos y me dejó hacer. Acerqué mis dos dedos centrales a la línea de crema que llegaba a su raja y metiéndolos entre los labios, los fui subiendo lentamente, levantando la crema hasta el canal de sus pechos, pero no lo comí, sino que se lo distribuí en la boca, abrió los labios, sacó la lengua y retiró la crema de mis dedos: “Sabrosa la crema con gustito a concha caliente” dijo mientras se relamía. Tentado por esa frase, también la probé, era un sabor extraño, mezcla de dulce y salado. Interesante, aunque no de lo más me agradaba: la crema es dulce y la concha caliente salada, lo agridulce no es lo mío.

Desplacé el pote de helado a un costado y la acerqué más al borde de la mesa, ya ahí pude dedicarme plenamente a comerle las tetas y la crema que había en ellas, mientras ésta desaparecía, emergían los pezones durísimos de excitación. Por momentos me metía casi entera la teta en la boca y me retiraba dando un chupón que las estiraba, alternaba entre un pecho y el otro, aplicando el mismo tratamiento.

Andrea: así negrito, cómeme bien las tetas, pero no desatiendas mi conchita, que se va a enfriar…

Alejo: te voy a meter la crema adentro…

Andrea: después la lavo bien, no te hagas problemas, pero pajeame mientras me chupas las tetas…

Traté de retirarle la mayor cantidad de crema antes de hundirle dos dedos dentro y empezar a sacudirlos entre sus entrañas. Se aferró firmemente a la mesa y entregada, se dedicó a gozar, emitiendo gemidos fuertes cuando los dedos entraban a tope y mucho más si era acompañado con el chupón en las tetas.

Resistió tal vez unos 20 minutos hasta caer rendida al orgasmo, se recostó en la mesa buscando reposo. El espacio que había quedado entre la concha el final de la mesa, estaba cubierta de un líquido blanquecino, mezcla de flujo y crema. Las piernas le temblaban por la excitación y demoraron un rato en relajarse y permitirle bajar de la mesa. Lentamente se fu al baño, se metió en la ducha, abrió el grifo y dejó caer el agua caliente por su cuerpo. Podía sentirse como se frotaba con intensidad al quitarse los restos de la crema. Luego unos minutos donde solo un chapoteo que imagino fue cuando hundía sus manos en la concha para higienizar profundamente el sector, un suspiro profundo, el cierre del grifo, desplazar la mampara y salir de la ducha. Se secó rápidamente y se enfundó en su remera que oficiaba de camisón. Asomó a la cocina y me vio limpiando, aún con la verga bastante erguida que reclamaba atención.

Andrea: date una ducha y te espero en la cama, tengo frío.

Alejo: sos tramposa, me comí la crema pero vos te llevaste el postre.

Andrea: ¿quién dijo que terminamos? Nos queda la tarde y la noche, ansioso

Desapareció camino a la habitación, y mientras yo entraba en el baño, pude oír como encendía la televisión y seleccionaba un canal de películas.

Me duché, saqué el pegote de los vellos de mi pecho, el sudor provocado por la actividad y aproveché a masajearme un poco la verga, para que no perdiera vigor. Me sequé, enrosque un toallon alrededor de mi cintura y seguí sus pasos.

Cuando me aproximé a la cama, desplazó un poco el cobertor y las sábanas y me invitó a acompañarla, mientras seleccionaba una película.

Me acosté a su lado, podía sentir su perfume, cítrico, suave y su piel que aún estaba algo fría. Se acercó a mí, me abrazó y se dispuso a mirar el video seleccionado.

Andrea: ¿Cuántas veces no hemos acostado? ¿5, 6 o más?

Alejo: no las conté nunca.

Andrea: te lo decía por un detalle: ¿Cuántas veces te chupe la verga? ¿recordás?

Alejo: mmm… la primera vez, cuando me contaste que sabías lo mío con Antonia y Nelly, pero fue algo muy breve, como para darle buen tamaño y no más que eso.

Andrea: exactamente. Voy a confesarte algo, fue la única vez que chupé una verga sin forro. No niego que mamé varias, pero la tuya fue la única sin forro y no sé por qué. ¿Te acordás de los viajes que organizaba mi viejo en su colectivo?

Alejo: claro, íbamos varias familias, generalmente a balnearios familiares, lagunas cercanas, lugares tranquilos.

Asintió con la cabeza y recordó uno de aquellos viajes, en que ella tendría unos 11 o 12 años. Éramos unas 30 personas que ocupábamos los asientos del ómnibus urbano de su padre, casi siempre los mismos: sus padres y ella, mis abuelos y mis hermanas (a veces también mi madre), sus tíos con sus parejas del momento y su tía con su novio, un empleado del padre que lo reemplazaba en el manejo del bus durante la semana (Pino) que era el encargado de cocinar y casi siempre terminaba ebrio y durmiendo en el asiento del fondo de bus, sus amigas Virginia y Natalia, y algún otro familiar. Un par de amigas que tendrían unos 14 o 15 años siempre vestían mallas provocativas y generaban disturbios con los hombres del tour, que aprovechaban los juegos en el agua para tocarlas íntimamente, ellas se dejaban y hasta lo disfrutaban. Pero en ese viaje sucedió algo que marcó la vida de Andrea.

Como siempre Pino, borrachísimo, se fue a dormir al bus. Cuando estábamos por volver, las mujeres del grupo improvisaron entre dos asientos una pequeña tienda donde se cambiaron las mallas por ropa seca y Antonia y Andrea fueron las última en hacerlo.

Cuando Antonia bajó del bus, dejó sola a Andrea en la tienda y en ese momento Pino despertó y la vio desnuda. Se abalanzó sobre ella, la manoseó, trató de besarla, le metió un dedo fuertemente en el culo y la obligó a agacharse para que le chupara la verga. Ella luchó y apenas logró escaparse y unirse al grupo de mujeres y niñas, jamás dijo nada, pero con el tiempo se supo que una de las mujeres casadas, también había sido víctima de abuso por parte de Pino, que fue despedido y jamás supimos nada de él. Dicen las malas lenguas, que el marido de la abusada le dio tal paliza que estuvo al borde de la muerte, y que como vivía ebrio, la policía nunca le creyó la denuncia y terminó por irse.

“Desde aquella vez, sentí repulsión a chupar una verga. Cuando empezaron a fabricarse saborizados, y para cumplir con el pedido de mi ex marido, volví a chupar, pero siempre con forro. Lo hacía pensando en comer un helado de fresa, de chocolate o del sabor que trajeran mis amantes. Además, Iván era un experto mamándome la concha y me daba vergüenza no poder retribuirle su delicadeza y habilidad” contó mientras observaba en la película como un chico le pedía a su novia que le retribuyera el tratamiento.

“Aquella tarde, con vos, estuve a punto de romper con ese bloqueo, pero algo me detuvo. Quizá fueron tus pelos, que eran bastante largos y tupidos o encontrarme con que la verga tenía el sabor de mi concha, no sé” finalizó su recuerdo.

Alejo: yo no te pedí que hicieras nada, jamás. Me conformo con que me entregues tu culo, cosa que no muchas se animan a hacer y a mí me encanta.

Andrea: pero no es justo, o al menos eso pienso y vine decidida a romper con ese bloqueo. Si me tenés paciencia y colaborás, dejándome hacer, pienso terminar con lo único que me falta probar: una buena mamada completa.

Debo asegurar que me sorprendió la confesión y solo atiné a levantarle la cara y darle un beso de agradecimiento, dulce y delicado.

Me levanté de la cama, encendí el calefactor del living, tratando de darle un lugar cálido y cómodo para que pudiese intentarlo. Volví a la habitación y me quité el bóxer, mostrándole que la verga estaba preparada. Abrí la cama, extendí mi mano y la invité a seguirme, la llevé al sillón de dos cuerpos que tenía una alfombra mullida donde podría arrodillarse y colocarse a la altura justa. Me senté, abrí las piernas y la atraje para que empezara su labor.

“Esperá un poco, seguís teniendo los vellos muy largos y no quiero detenerme una vez que empiece, por ninguna razón.” Dijo esto y fue en busca de la bolsa que había traído, extrajo una tijera de peluquería, un rociador, un peine y una toalla para dejar caer allí los vellos que cortaría. Encendió la luz principal para tener buena iluminación y lentamente comenzó a recortarlos. Movía poco la verga para evitar que se pusiese más dura e irrigada, cortaba con paciencia, dejando apenas un centímetro como máximo, no quería provocar un corte en la piel. Le llevó al menos unos 10 minutos la tarea, observó con detenimiento la tarea y creyó que estaba bien, llegó el momento de probar si era lo necesario para cumplir con su deseo.

Se aproximó a la verga, la tomó entre sus dedos y lentamente la aproximó a la boca, dio una primera chupada y notó que habían quedado restos sueltos después del corte, algunos vellos se habían pegado a su lengua.

“Andá a lavarte y que no quede nada suelto, ¿si? Enjuágala bien que no queden pendejos por ahí.” Pidió mientras se levantaba de la alfombra. Me puse de pie, fui al baño y con el duchador apuntando directamente a la zona, descargué un chorro fuerte que arrastró todo lo que había libre. Me sequé y volví al living, ella estaba sentada en la alfombra, seguía con su remera colocada pero se la veía bastante acalorada.

“Bien negrito, déjame hacer, no me fuerces. Sé cómo comerme una verga, pero jamás a cuero limpio, ¿ok?” murmuró mientras volvía a acomodarse y se preparaba para empezar.

Tomó la verga con la mano derecha y la llevó a sus labios, primero la besó varias veces, después recorrió el tronco con la lengua, finalmente suspiró, abrió la boca la llevó a su interior, lentamente cerró la boca y dio su primer chupada, fuerte, intensa. Sintió como la verga dejaba escapar jugos que se depositaban en su lengua, aflojó los labios, la retiró un poco y volvió a llevarla al interior de su boca, algo más adentro. Le provocó una pequeña arcada, que superó retirándola, la ubicó en sus labios y la besó otra vez, la vi mover una de sus manos al costado del sillón, como buscando algo que rápidamente encontró: el pote de helado ya casi derretido. Lo destapó a duras penas y levantándolo, dejó que cayera algo del líquido sobre mi verga. Un profundo olor a dulce de leche invadió el lugar. “Me voy a comer una porción de Banana Split, bien cremosa” dijo y volvió a meterse la verga en la boca. Ahora, ayudada por el helado derretido, se dedicó a comerse la verga con ganas y deseo. Cuando el sabor se atenuaba, volvía a volcar helado y seguía con la mamada, rápida, intensa, profunda, pasando la lengua por la cabeza y besando el tronco para evitar que el helado cayera al sillón. Realmente era una maestra de la mamada, tenía muchísima experiencia, pero estaba rompiendo con el bloqueo de que no hubiese un forro protector. Aceleró las chupadas, la presión con los labios, y sus manos oprimiendo los huevos para demorar la explosión de semen.

Debió sentir que mis huevos ya no resistían y se preparaban para llenarle la boca de leche: una última carga de helado y se hundió la verga al máximo, aferrándose a mi cintura para que no me retirara y le dejara toda la leche dentro. Dos, tres, cuatro chorros directos a su garganta, un esfuerzo por tragar todo, sin desperdiciar nada.

En un acto reflejo, le tomé la cabeza y no la dejé salir del lugar, forzando la tragada. Aflojó sus manos y permaneció allí, pegada a mi verga que ya no descargaba nada.

Unos segundos después, se enderezó y me miró a los ojos: “Mi primera tragada de leche, tiene un sabor extraño, pero con el helado se puede sobrellevar, ya veremos si la próxima será sin helado y con sabor puro” se puso de pie, y rápidamente fue al baño, se enjuagó la boca y volvió a buscarme. “A la cama Negrito, tenes que reponerte para cocinarme y hacerme el culito esta noche, antes de que me vaya a casa”, me dejó en la puerta del baño y se fue a la cama otra vez.

Nueva ducha y lavado de verga y a acostarme a su lado, ahora si ambos desnudos, solo cubiertos por sabanas y frazadas.

Eran las 4 de la tarde, nos abrazamos y dormimos así, pegados.

Desperté primero, habíamos cambiado de posición mientras dormíamos, una cucharita perfecta. Mi verga entre sus piernas, mis brazos sobre sus tetas y mi boca en su nuca, dándole mi aliento.

“Mmm… alguien despertó calentito y dándome calorcito… ¿te bancas uno más? Mirá que mi culito es exigente…” dijo mientras extendía una de sus manos a su entrepierna para acariciarse y tocar la punta de mi verga.

La respuesta fue un beso en el cuello y ayudarla a acariciarse, estirando mi mano y guiándola al lugar indicado: el clítoris que se inflamaba a cada roce.

Movió un poco la cola ayudándome a ubicarme mejor, abriendo los labios vaginales para lubricarlos. Unos minutos de roce y ya estaba mojada otra vez.

Andrea: déjame acomodarme y te lo abro.

Destapó la cama, se acodó en el colchón, levantó la cola y se puso en posición abriendo las piernas, me levanté y me ubiqué detrás, le froté un poco la raja y dejé caer saliva en la zanja del culo.

Andrea: no seas ordinario, en la mesa de luz hay un pomo de gel afrodisíaco, échame un poco que no solo lubrica, también calienta.

Estire la mano, tomé un pequeño frasco, quité la tapa y vertí un poco del líquido en el centro del agujero; tomé la verga y la pasé de arriba abajo, lentamente. En segundos sentí un calor intenso en la punta y ella parecía haber metido un enorme tubo en su culo: se dilató al segundo y me permitió entrar en ella con suma facilidad.

De ese momento a bombear como desaforado, fueron milésimas de segundo: una dilatación espectacular y un calor abrazador que me llevó a acabar en dos o tres minutos. Ella sabía bien cómo funcionaba el gel, por lo que llevó una de sus manos a la raja y se pajeo intensamente, para acabar en simultáneo. La poca leche que me quedaba, terminó alojada en sus intestinos y los dedos de Andrea perdidos adentro hasta concluir con una paja intensísima.

Caí destruido sobre ella, la aplasté con mi peso y no pude contenerme.

Quedamos montados hasta que ya no hubo más erección, me quite de encima de ella y me dispuse a descansar.

Dos horas después, nos levantamos, yo fui a cocinar y ella a acomodar sus cosas. Cenamos tranquilos y charlando de los dos días pasados y quedamos que cuando volviera y ordenara un poco su vida volveríamos a juntarnos para organizar otra cena.

Eran las 23 horas cuando el UBER se estacionó en la puerta de casa, ella tomó sus cosas, me dio un beso de despedida, se subió al auto y partió. Cerré la puerta y me dispuse a ordenar todo, limpié, cambié sábanas y tras fumarme un cigarrillo, llené un vaso con un trago y me fui a la cama: estaba cansadísimo.

Bebí el trago, dejé el vaso en la mesa de noche y cuando estaba por apagar la luz, sonó un mensaje en el celular. “Gracias por un excelente par de días, ojalá se repitan pronto. Andrea”

Dejé el teléfono en la mesa, apagué la luz y me dormí rápidamente.

 

Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.

Saludos,

Alejo Sallago – [email protected]

 

En noches frías, el otoño se hace notar

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