Un lío gordo II: Andanzas

Así pues, continuó la charla.

Yo estaba algo contrariado por el último de sus comentarios así que pregunté:

¿Cómo es eso? 

“usted debe saber bien, que en los grandes hospitales los médicos tienen la posibilidad de realizar especializaciones – yo asentí con un movimiento de cabeza como pidiendo que no tenía que perder tiempo en eso – el caso es que en el hospital en que estuve recluido es bien conocido en México por la escuela en cuidados intensivos y al tratarse de un hospital privado de nombre los médicos que se especializan tienen, vamos no se… tienen algún atractivo especial.

Silvia me comentó en una plática que poco venía al tema en aquella ocasión, sobre la importancia que tiene para un médico la presencia física.

Era bien sabido que mi médico en aquel momento era el mejor en medicina intensiva. Pero su facha daba muy poca seguridad en el tema.

En cambio ese chico… doctor, perdón, te hacía sentir tranquilo aunque sabías que solo seguía instrucciones del otro. Silvia, aunque nunca lo dijo doctor, no le quitaba de encima el ojo desde que entraba a mi habitación hasta que salía.

Una vez luego de la visita nocturna, es bien sabido que luego de que el médico se hace responsable de un paciente deben acudir tres o más veces en el día a valorar su estado, el chico regresó luego de unos minutos. Me hizo algunos comentarios, escuchó mi corazón miró los monitores que permanentemente daban registro de la funcionalidad de mi corazón y le dijo a mi esposa.

Señora me gustaría hablar unos minutos con usted…

“Era ya tarde y siempre se retiraba a más tardar a las 21:00 horas pues en Unidad de cuidados intensivos no se permiten acompañantes de noche. Le dije: … ve y luego te vas a casa, al fin y al cabo estoy bien. Y así era. Para mi había sido una noche normal. Dormí profundamente a causa de los medicamentos y al día siguiente ahí estaba mi mujer como sucedía cada mañana desde que estaba hospitalizado.

Ni por mi mente ni de la de nadie pasó que una noche antes , luego de salir de mi habitación fue con el médico residente a tomar un café en la misma cafetería del hospital , hablaron un poco del tema y luego el simplemente se le lanzó , sin decir agua va. No es que yo crea cada palabra de mi esposa, pero si ella me dijo que no había podido responder y se había puesto nerviosa al grado de vaciar el café sobre su blusa, le creo, y no por ella, sino por los años que llevo de conocerla. Luego él le tomó la mano y… en fin, antes de dos horas estaban en mi propia casa haciendo el amor, aunque ella lo niega, en mi propia cama. Al día siguiente se arrepintió y lo primero que hizo al ver al médico fue decirle que había sido un error. También lo creo, no me pregunte como pero lo creo. «

Se había agotado el café , Anita entró con una jarra lista en no más de dos minutos luego de que le llamé y la plática siguió como hasta el momento , aunque tuvo que retrasarse mientras yo contestaba una llamada telefónica de un paciente .

“Durante el viaje tuvo tres amantes más. Una noche sin planes de grupo, libre para hacer lo que se quisiera y con las amistades decididas a conocer los mejores antros de Mónaco – que en realidad es el lugar más lujoso del mundo – hicimos planes con ellos. Pero por la noche de frente a todo el mundo, para no causar sospechas sobre nuestro trato, fingí no sentirme muy bien, con el fin de que ella pudiera ir sola. Al despedirme le dije que no se preocupara, esa noche yo no dormiría en el hotel así que podía sentirse tranquila.

Así lo hice, tomé un taxi y le pedí me llevara a un lugar donde hubiera chicas desnudándose. Solo así podría olvidar que mi mujer – esa noche vestida con un vestido ceñido al cuerpo en color blanco sin sostén ,y solo una minúscula tanga color carne , mostrando sus pechos y sus pezones solo un poco marcados bajo la tela del vestido – esa misma noche estaría seguramente en brazos de otro . Gasté unos cuantos pesos en el lugar, bailes privados, copas, más bailes y más copas y al salir, simplemente pedí ir a un hotel al chofer del primer taxi que encontré. No desperté demasiado temprano y aun fui a comer algo antes de ir al hotel.

Cuando estuve en la puerta del cuarto y abrí la puerta jamás pensé ver lo que vi, y menos a esa hora de la mañana. Vaya ya había visto a mi mujer tener sexo con otro hombre pero verla en cuatro patas ensartada por un tipo negro – con cuerpo atlético como actor de cine – y gritando suspiros como película pornográfica además de confirmaciones de lo que yo ya estaba descubriendo: que verga tienes, que verga, no dejes de metérmela por favor, dame más ¡¡¡¡¡¡¡¡ y cosas de esas. 

Entré sin ningún disimulo y el negro me vio. Puso cara de enojado y sin dejar de cogerse a mi esposa me dijo en un español muy malo:

Vete, aseo no, vete – pensó que era servidumbre, el muy cabrón, y disculpe que lo diga de esa manera.

“Mi esposa me volteó a ver como sorprendida y sin moverse ni evitar que la viera solo atinó en decir:

Déjalo, es mi esposo.

“El negro en un principio se inhibió pero nunca dejó de clavarle su enrome falo a mi mujer que tampoco dejó de gritar como posesa. Pronto tuvo el orgasmo más grande que había escuchado en mi vida, quizá tres minutos continuos gritando hasta que de pronto el negro empieza igual a gemir y antes de correrse sacó su verga de la vagina de mi esposa y le eyaculó en la espalda chorros y más chorros de leche.

Solo así vi la real dimensión del tolete del negro que literalmente perforaba a mi esposa, no puedo decirlo milimétricamente pero excedía el tamaño normal digamos 22 cms. «

“Me abrí paso entre la ropa que, al menos en el caso del vestido blanco de mi esposa, y la tanga, estaba desgarrada, y diciendo «con permiso» fui al baño y me senté unos instantes en el borde de la tina. 5 minutos después mi mujer le decía al negro que se fuera, que había sido todo. Luego vino conmigo. «

Lo siento – dijo.

Que sientes? , 

Esto……

Debería sentirlo yo por estimularte a hacerlo. 

Yo nunca debí tomarte la palabra – dijo ella y me abrazó. Yo contesté su abrazo y al tiempo que la rodeaba con mis brazos me embarré del semen que el negro le dejó a mi esposa como recuerdo. Estuve a punto de echarme a llorar, pero ella si lloró.

El resto del viaje no vale ni la pena recordarlo. Pasáramos por donde pasáramos, estuviésemos donde estuviésemos, estábamos tristes y profundamente apenados, el uno con el otro.

“Los siguientes dos meses luego de regresar a casa fueron tan normales que incluso creí que esa era en realidad la felicidad, que el sexo solo daba problemas, que el amor es mucho más que meter y sacar y gritar como desaforados.

Eso quizá sea cierto. Yo salía al trabajo temprano y regresaba a medio día a comer, por la tarde hacía lo mismo antes de cenar. Mi esposa estaba siempre ahí para acompañarme. Hoy es tiempo que aún está siempre que le es posible sentada en la mesa conmigo, y solo situaciones extremas o ciertos compromisos intransferibles la han obligado a no estar.

En el sexo era igual, hacíamos el amor hasta que ella simplemente estaba tan cansada de tenerme encima – 5 minutos máximo – y luego se metía mi miembro en la boca hasta hacerme eyacular – eso no puede llamarse orgasmo.

Se hacía la dormida hasta que yo me dormía para luego poder masturbarse. Además de que eso no ocurría muy a menudo 1 vez cada dos semanas. «

“Una vez ocurrió que por exceso de trabajo me llevé papelería para terminar en casa, así que ella se adelantó a la habitación y yo trabajaba en el despacho. Le aclaré que no había manera que terminara antes de dos horas.

Pero a los 30 minutos subí a ponerme ropa algo más cómoda y la encontré en la cama semidesnuda con la vagina al aire, gimiendo y suspirando con respiración entrecortada, con los ojos cerrados metiendo y sacándose un pene de plástico. «

“Yo había cometido otro error doctor, pensando que nuestro defecto era la calidad en el sexo, descubrí que otro problema no menos grave era la cantidad. Por ese entonces ella tenía ya 24 años y luego de explorar una sexualidad premarital se casó, disminuyó su actividad y luego volvió a tener otro periodo de desenfreno sexual para volver a disminuir.

Además mi esposa no es de esas zorras que cuando quieren acostarse con alguien se visten para que todo el mundo lo note, pero si es muy sexual, muy muy muy sexual en sus conductas cuando quiere tener sexo, pero sabe controlarse de acuerdo al lugar y al momento. Y por esos días yo notaba esa carga sexual hasta por su manera de tomar el tenedor durante la comida.

Quiero decir que era una bomba activada, solo le hacía falta un detonador. Por fortuna, y lo digo solo por lo que a ella respecta, encontró uno sin que yo me diera cuenta e hizo detonar la bomba creo que numerosas ocasiones. 

Tal como le comenté doctor, siempre que llegué a casa estaba ella. Nunca faltó ni dejó de ser una esposa buena pero en dos ocasiones encontré bragas desgarradas en los cestos para ropa sucia , otras tantas descubrí que salía a la calle sin ropa interior pues al prepararse para dormir se desvestía y no llevaba nada debajo , no sé si quería que yo lo notase o simplemente no se había dado cuenta , y sobre todo descubrí una evidencia muy clara un día que por curiosidad al buscar cigarrillos en su bolso encontré 2 paquetes de preservativos abiertos sin el contenido y uno más cerrado . «

“Nunca dije nada al respecto. Me parecía de lo más tonto llegar un día y preguntarle: ¿has vuelto a acostarte con otro, vedad? , hasta un día, que realmente estuve a punto de, incluso, dejarme morir.

Silvia había encontrado un amante que la ayudaba a dejar su «afición por los juguetes sexuales. ¡Ya no más a los penes de plástico ¡pensé. Eso era malo pero lo peor es que lo estaba haciendo en casa, en mi cama y a la luz de toda la servidumbre que hacía un tiempo – aunque yo no lo notaba – me miraban de forma extraña ya no solo por mis grandes proporciones sino por las aventuras explícitas de mi mujer.

Ese día tomé la decisión de tomar al toro por los cuernos y sacar esa pena que me quemaba dentro y me hacía pensar en dejarlo todo. Seguro luego de hacerlo tendría una perspectiva mejor de si debía o no dejarme morir. Pero entonces ocurrió lo que más me causa vergüenza en toda esta historia, pues aunque hice cosas peores los siguientes años ahí descubrí una parte de mí muy morbosa. No es que eso sea malo, pero nunca lo imaginé en mí.

Ese día subí las escaleras de la casa luego de cerciorarme que en el piso de abajo no estaba mi mujer, algunas veces al llegar yo, ella estaba en cama mirando televisión, frente a la computadora escribiendo o buscando algo en internet o solo durmiendo. Entré a la habitación y ahí estaba ella recostada, completamente desnuda en una cama sin ropa salvo la sábana cajón.

Estaba profundamente dormida ya que – aunque en ese momento no lo sabía – había estado varias horas teniendo sexo. A la distancia no lo veía pero conforme me acerqué a ella le vi la cara bañada en semen el cual ya había escurrido hasta la almohada en la cual reposaba su cabeza y en su pelo endurecido se formaba una costra blanca – para la mayoría de los hombres esa costra blanca nos es muy familiar.»

El licenciado Diego hizo un silencio largo y bebió de nuevo un trago de café agachó la cabeza y tardó en volver a alzarla y cuando lo hizo sus ojos estaban humedecidos y algo rojizos. Su voz empezaba a quebrarse pero nunca del todo así que le permitía seguir hablando, aunque antes de hacerlo casi devoró media taza de café que le quedaba luego de la segunda ronda.

“Me apena comentarlo doctor, pero en ese momento frente a ella desabotoné mi pantalón y comencé a masturbarme hasta que eyaculé aumentando la cantidad de semen que en su cara había. Desde luego la desperté y con gran sorpresa. Solo me miró pensando en la que había armado, incluso por el recuerdo que tengo de sus ojos aquella noche, creo que esperaba que la golpeara, la corriera de la casa, no sé, algo.

Pero siento en decirle que nunca me pasó por la cabeza y aunque mi reacción al mancharla de semen fue de desprecio, se convirtió primero en comprensión hacia ella y por último en morbo o deseo o que se yo, el caso es que deseé haberla visto cogiendo como poseída con el dueño de ese semen en mi propia cama tal como la había visto con el negro y el guía en el viaje por Europa. Y lo deseé tanto como deseaba poder tener sexo normal con ella, vaya, como me imagino que desea un enfermo de SIDA que de un momento a otro aparezca la cura para su mal. ¿Me entiende doctor?”

Yo hasta el momento no había participado como «auditorio» en una conferencia magistral. Ni voz ni voto ni modo de cambiar las cosas. En realidad no importaba demasiado si hablaba o no pero si resultaba importante no desentonar demasiado con el momento y dar tranquilidad y sobre todo seguridad a mi paciente, ya que esa era en si mi mejor terapia: dejar que hablara. Mi respuesta fue salomónica…

“Lo entiendo licenciado, definitivamente lo entiendo. Más no puedo responder que tan de acuerdo esté yo con usted en ese caso. Solo sepa que comprendo sobremanera su situación y que me interesa seguirle escuchando. «

Con los años he aprendido a conocer el tipo de paciente que puedo curar con mis oídos sin importar tantos años de estudios, ni mi pluma ni mis recetas.

» También me apena comentarle doctor – dijo con aire solemne como si fuera a decir otra cosa que requería mi mayor atención – que su secretaria no es muy buena preparando café pero me apetece una tercera taza , a pesar de todo . «

Luego de que entre risas llamé por el interfon a Anita y esta rellenó de nuevo nuestras tazas y hubo salido del consultorio, el licenciado volvió a hablar.

“No nos dijimos nada finalmente doctor, ella se levantó tomó una ducha, una muy larga ducha a decir verdad, al salir se vistió para dormir y no dijo nada. Yo me fui al día siguiente, como de costumbre cuando ella aun dormía, regresé a comer como de costumbre y no había sucedido nada, al parecer, que valiera la pena comentar. Demostramos indiferencia incluso cuando después de llegar por la noche a la casa y cenar solo, subí a la recámara y un chiquillo de 18 o19 años la tenía en posición perruna dándole por detrás.

Ella chillaba como loca y yo simplemente observaba – de nuevo con gusto – Luego el boca bajo y ella montada, luego ella boca arriba y el envistiéndola de frente y luego ambos recostándose de lado el detrás de ella y mostrando ampliamente la penetración, como película pornográfica.

Ella se las arreglaba cada vez que apreciaba que el chico, obviamente inexperto, estaba a punto de correrse para detenerlo y poderlo disfrutar más hasta que luego de dos buenos orgasmos – no los mejores pero orgasmos finalmente – se acomodó para que en la corrida le manchara la cara e incluso abrió la boca con la intención de que algo le cayera en la misma aunque no lo logró.

Se recostaron y luego de que la agitación pasó el chico dio muestras de que intentaba irse pero Silvia no lo dejó.

Lo trajo hacia sí y le tomó el pene en sus manos y comenzó a lamerlo poco a poco hasta que logró una nueva erección.

Me sorprendió que de pronto me volvió a mirar a mí, que estaba escondido tras la puerta y me llamó, de pronto no supe que hacer pero igualmente acudí.

El chico se asustó tanto que incluso perdió la erección mientras Silvia me daba una buena mamada a mí. 

Luego lo miró y le dijo: ¿se lo has metido a alguien por el culo?

¿Qué te ha parecido el relato?