Capítulo 2

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El viernes por la mañana el morbo ya era una fiebre que no bajaba ni con agua fría. Dejé a Carla en la oficina con un beso rápido en los labios, pero mi cabeza estaba en otro lado: en la propuesta de Ana, en esa frase colgando como una promesa sucia: «Trae a Carla… quiero verla mirar».

Llegué al edificio antes de lo habitual. Ana me había mandado un mensaje a las 7:32: «Gym terminado. Estoy empapada. Sube directo al 204. No toques el timbre, la puerta está entreabierta. Y si la traes… mejor.»

No la traje. Aún no. Pero el solo pensarlo me tenía la verga medio dura mientras subía las escaleras.

Empujé la puerta. El apartamento olía a sudor reciente, coño excitado. Ana estaba en la cocina, de espaldas, solo con una camiseta vieja de entrenamiento que apenas le cubría el culo. Los leggings grises del día anterior tirados en el suelo como evidencia del delito. Se giró despacio, con una botella de agua en la mano, el cuello sudado brillando. Sus pezones se marcaban duros bajo la tela fina.

«¿Solo tú?» dijo, con esa voz ronca que parecía siempre estar a punto de gemir. «Cobarde.»

«Mejor así por ahora,» respondí, cerrando la puerta detrás de mí. «Primero quiero ver hasta dónde llega esto antes de meterla a ella en el juego.»

Ana sonrió, dejó la botella en la encimera y se acercó caminando lento, como si cada paso le rozara el clítoris. Se paró frente a mí, tan cerca que sentía el calor que desprendía su cuerpo. Metió la mano dentro de la camiseta, se tocó un pezón y lo pellizcó fuerte, sin apartar la mirada.

«Entonces úsame tú primero. Haz lo que quieras. Pero grábalo en tu mente, porque cuando Carla venga… va a tener que verlo todo en vivo.»

Me agarró de la muñeca y me llevó al sofá. Se sentó a horcajadas sobre mí, sin bajarse los shorts deportivos que llevaba puestos ahora —unos negros, aún más cortos, con la tela tan delgada que se transparentaba la raja—. Empezó a frotarse contra mi bulto, despacio al principio, luego más rápido, marcando el ritmo con la respiración.

«Mírame a los ojos mientras me corro encima de ti sin que me metas nada todavía,» susurró. «Quiero que sientas cómo me mojo solo pensando en que tu esposa va a verme así… abierta, chorreando, pidiéndote que me folles mientras ella mira desde la puerta.»

Sus caderas aceleraron. La tela se oscureció en el centro, empapada. Metí las manos por debajo de la camiseta, le agarré las tetas con fuerza, pellizcando los pezones hasta que arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Bajé una mano, aparté la tela a un lado y metí dos dedos directo en su coño. Estaba hinchado, caliente, resbaladizo. Los curvié hacia arriba, golpeando ese punto que la hacía temblar.

«Sí… justo ahí… cojame con los dedos hasta que me venga en tu regazo. Quiero mancharte antes de que vayas a casa con ella.»

Aceleré el ritmo, el sonido chapoteante llenando la habitación. Ella se agarró de mis hombros, clavándome las uñas. Su cuerpo se tensó de golpe, un chorro caliente salió disparado, empapándome los jeans, goteando al suelo. Gritó mi nombre entrecortado, temblando entera.

No le di tregua. La levanté, la puse de rodillas en el sofá, culo en pompa. Le bajé los shorts de un tirón. Su ano todavía marcado, rosado e invitante. Escupí en mi mano, lubricé mi verga y empujé lento contra el anillo. Ella empujó hacia atrás, tragándomela centímetro a centímetro.

«Que rico… me abres entera,» jadeó. «Cojame el culo fuerte. Quiero sentirte hasta el fondo mientras pienso en Carla entrando y viéndome así… con tu verga enterrada en mi culo, gimiendo como puta.»

Embistí sin piedad, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo su ano me apretaba con cada golpe. Metí una mano debajo, frotándole el clítoris hinchado. Volvió a correrse rápido, esta vez sin squirting, pero convulsionando tan fuerte que casi me saca de dentro.

Eyaculé profundo, llenándola, sintiendo los chorros calientes rebotar dentro. Cuando me retiré, el semen goteó lento por su perineo, mezclándose con sus jugos.

Se giró, se arrodilló frente a mí y me limpió la verga con la lengua, saboreando todo: semen, sudor, su propio culo. Me miró desde abajo, con los ojos brillantes.

«Mañana sábado. Trae a Carla después del almuerzo. Dile que es para tomar algo… o inventa lo que quieras. Pero cuando entre por esa puerta, quiero que me encuentre ya desnuda, abierta en el sofá, tocándome. Y tú… vas a cogerme delante de ella hasta que no sepa si llorar, gritar o unirse.»

Se levantó, me dio un beso salado en la boca y susurró contra mis labios:

«El morbo no para, vecino. Solo crece. Y Carla… tarde o temprano va a querer probarlo también.»

Salí del apartamento con el olor de Ana pegado a la piel, el corazón latiendo fuerte y la certeza de que al día siguiente todo iba a explotar.

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