Capítulo 2

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Tanto Ramón pero, sobre todo, Juan se quedaron atónitos cuando Tadeo terminó de contar su historia. Un silencio se apoderó de ellos; un silencio que parecía el ojo de la tormenta y estuviese apunto de volver a estallar otra vez, en cualquier momento. Tadeo, compungido, miraba a uno y a otro sin saber que decir, ni cómo reaccionar ante lo qué pudiese pasar a continuación. Como respuesta a la historia, Ramón se levantó de su asiento, se fue hacia un árbol y, de espalda a sus amigos, orinó gimiendo del gusto por evacuar por fin; parecía que llevase tiempo queriendo hacerlo pero, por respeto a Tadeo, se esperó hasta que terminase su perorata.

Con parsimonia, regresó a su sitio observando a Juan y Tadeo. Juan parecía estar apunto de echarse a llorar. El hombre sorbió, se tragó las lágrimas y sonrió de forma extraña a Tadeo.

-Vaya… -logró articular.

-Ya… -intervino Tadeo. No sabía que más decir, así que calló.

-Esto es fuerte -comentó Ramón-. Bastante fuerte.

-Pero ya es pasado -continuó Juan con esa extraña expresión de sonrisa-. Ya no se puede recriminar nada. Además -siguió, valiente-, parece que ambos lo disfrutasteis, así que…, me quedo con que mi madre lo pasase bien contigo y ya está, Tadeo.

-¿Estás seguro, Juan? -quiso saber Tadeo.

-Sí. Y más cuando ha sido idea mia el hacer esto. Toca apechugar. Si no quería saber, no tendría que haber preguntado. Pero tranquilo, me sirve para conocerte mejor y ver qué eres un buen amigo, después de todo. Más que nada porque no sé cómo habría reaccionado si lo hubiese sabido antes. Es mejor así, créeme.

Pero Tadeo no sabía qué pensar ante las palabras de Juan. Dichas palabras decían una cosa, pero el rostro decía otra muy distinta.

Fue Ramón el que puso punto y final al tema comentando que deberían esperar un poco más para continuar con el «juego» de Juan, y los instó para que se diesen un pequeño chapuzón en el río. Éste no era muy profundo, así que debían echarse casi por completo si querían que, el agua, también les tocase más allá de las pantorrillas. Al principio parecía que ambos amigos no iban a moverse, pero Juan fue el que le pidió a Tadeo su mano para ir juntos. Como de costumbre, se quedaron en ropa interior y disfrutaron de un pequeño baño de tarde.

Poco a poco, el sol se fue poniendo y necesitaron encender el fuego, siempre de forma controlada para que no se diese caso de incendio. La relación de Juan y Tadeo no parecía estar dañada para nada, incluso se hacían las bromas de siempre. Aunque necesitaron un fuerte abrazo para volver a la normalidad. Y es que, como Ramón pensaba, el descubrir que uno de tus mejores amigos perdió la virginidad con tu propia madre, era una noticia bastante explosiva.

Riendo y disfrutando del viaje, los tres amigos regresaron a sus sitios cuando fue la hora de la cena (sendos bocatas como al mediodía), todos con sus costumbres. Tadeo sacando de quicio a Ramón a expensas de su cuerpo musculado y Juan disfrutando viendo los chascarrillos de sus amigos, riendo con ellos. Los amaba. Y, sí, aún sabiendo el mayor secreto de Tadeo, seguía amando a su amigo, más que antes si cabe. Los tres, igual que en la comida, se deshicieron de lo que no era necesario en la bolsa de basura y, con interés, fue Tadeo el que comenzó:

-Bien, bien, bien. Faltan dos. ¿Quién será el gran afortunado de seguir jugando? ¿Será el escuálido Ramón?

-Que te den -argulló éste.

-¿O será mi buen amigo Juan? -continuó como si no hubiera habido alguna interrupción.

Juan reía divertido, aunque también tenía miedo. Después de conocer el secreto de Tadeo, ahora también estaba incómodo ante su «juego». Sí, lo había ideado todo él y era necesario para lo que les tenía que contar, pero si, por un casual, Ramón les decía que su mayor secreto era que había mantenido relaciones con su abuela, por ejemplo, Juan no sabría dónde meterse. Aún así, sacó de nuevo la gorra con los dos papelitos que quedaban y se dispuso a coger uno, pero Tadeo lo interceptó diciendo:

-No, no, nene. Yo soy la mano inocente, recuerdas -y cogió uno tras hacer el paripé de estar barajándolos-. ¡Uuuuuuuuoooooooooooooh! Ja, ja, ja, ja.

-¿Qué pasa? -quiso saber Juan.

-Que me toca a mí, Juanito -sentenció Ramón.

-¿Y por eso te pones tan contento? -le preguntó a Tadeo.

-Obvio -se río aún más.

Sin que se dieran cuenta, Juan suspiró aliviado tras saber que tendría que ser el último en contar su secreto. Más que nada porque, si ya le hubiese tocado, es muy probable que los dos hombres ya le hubieran dejado de lado. O tal vez no, quién sabe. Pero tal y como están las cosas hoy día…, es más probable que sí, que hasta lo hubiesen dejado ahí solo tirado a su suerte. De esa forma tenía una oportunidad de seguir más tiempo con ellos.

-¡Venga! ¡Ya estás cantando! -el júbilo de Tadeo sacó a Juan de su ensimismamiento-. !Va, nene, es para hoy!

-ya va, !ya va! -se quejó Ramón.

Los miró. No sabía por dónde comenzar pero sabía qué debía contarles.

-Es fuerte.

-¿Más que saber que mi madre desvirgó a Tadeo?

-No sé el grado pero sí, es fuerte.

-Esto se pone interesante -celebró Tadeo picando los dedos como el Sr. Burns de Los Simpsons.

-Tambien tiene que ver con mi virginidad -expuso Ramón-. Y no, Juan, tranquilo, no la perdí con ningún miembro de tu familia, fue un regalo de mi padre por mis dieciocho.

-¿¡Quééééé!? -se extrañaron los dos amigos de Ramón.

-No penséis cosas raras, no tiene nada que ver con el incesto -los tranquilizó viendo las caras que ambos ponían-. Pero sí, fue mi propio padre el instigador. Y… -tragó saliva-, para colmo, estaba en la misma sala… Conmigo.

-Ostia puta -soltó Tadeo.

Juan no sabía que decir sobre aquello. ¿Cómo que su amigo había probado las delicias del sexo junto a su padre como regalo? ¿No se supone, según palabras del propio Ramón, que fue a sus veinte y con la novia de entonces, una tal Esperanza? Aquello no tenía mucho sentido para él, y vio que para Tadeo tampoco. Ramón, más que intranquilo, estaba sereno, aunque con el ceño algo fruncido en una expresión que Juan no supo cómo descifrar. Alentado por sus amigos, Ramón suspiró hondo y comenzó su relato.

_Doce años antes_

-¡Cumpleaños feliz…! -iban cantando todos los presentes cuando la madre de Ramón sacaba la tarta, la cual llevaba dos velas, un uno y un ocho, encima del glaseado.

Una vez terminada la canción, Ramón pensó un deseo y sopló las velas aclamado por los aplausos de sus padres y familiares. Estaba feliz, radiante. Ya lo había celebrado con sus amigos un par de días antes, y también se lo pasó muy bien, pero aquellos momentos con su familia le llenaban de dicha.

Besado por su abuela, encontró un billete de mil pesetas en su mano. El resto de regalos fueron más de lo mismo, algunos más generosos que otros. Salvo el de su madre, que fue un reloj Casio que agradeció dando un fuerte abrazo a la mujer. Entonces, su padre se le acercó y le susurró al oído que, su regalo, debía esperar hasta la noche porque era algo que debía enseñarle. <<El coche>>, le susurró como respuesta, lleno de euforia. La sonrisa pícara de Roberto descolocó al muchacho y solo tuvo un escueto <<Te gustará>> del hombre.

La velada fue maravillosa. Comieron el pastel -fresas y nata, el favorito de Ramón-, jugaron a juegos de mesa, rieron, bailaron música y, uno de los tíos del joven, acabó roncando sobre la mesa a causa de no tolerar bien el alcohol. Roberto, como de costumbre, cogió un rotulador permanente y le dibujó un pene en la frente a su hermano. Todos, incluyendo las mujeres, aunque algo cohibidas, rieron la broma del padre de Ramón.

Otro hermano de Roberto se ofreció a llevar a su casa a su extasiada madre y, con un fuerte abrazo, Ramón se despidió de ella pensando que ojalá le durase toda la vida. !Ay, las yayas, que gran consuelo para el alma de los nietos! Aquello fue el pistoletazo de cierre de la fiesta. Todos, menos la familia Gutiérrez, se fueron a sus casas. Mientras Marina recogía un tanto lo que se había ensuciado, Roberto cogió a su hijo por el hombro y lo llevó aparte.

-Tenemos que irnos -soltó sin más-. No hace falta que cojas mucha cosa, solo la cartera y ya.

-Vale, papá -y corrió como alma que se lleva el diablo para coger su billetera y, dándole un beso a su madre, salió por la puerta junto a su padre-. ¿Adónde vamos? -quiso saber con el corazón en un puño, mas tenía la intuición de que subirían pronto tras dar una vuelta con su coche nuevo.

-Ahora los sabrás, hijo, no seas impaciente.

Cuando salieron a la intemperie y vio como Roberto iba decidido hasta su coche, la desilusión se apoderó del muchacho. Hasta se le escapó una lágrima que se limpió rápidamente ocupando el sitio del copiloto. Su padre le dio una palmada en el mismo izquierdo tras observar el rostro triste de Ramón.

-Hijo, donde te voy a llevar te van a quitar las penas en un santiamén.

Ramón no me hizo ni caso. Le importaba un rábano adónde lo llevaba su padre, él deseaba algo con creces y, otro año más, se le había negado. Y no es que él mismo no pudiera dárselo, ya lo intento una vez, pero el tiro le salió por la culata y, por si fuera poco, acabó en el paró. Ha ido trabajando y ahorrando pero, de momento, el coche se le sigue escapando. Por eso, justo el mismo año que cumplía la mayoría de edad, pensó que tal vez, y solo tal vez, su padre sí hiciera uso de las tradiciones de su familia y le regalase el ansiado vehículo. Pero no, por alguna extraña razón, se lo llevaba vete tú a saber dónde a unas horitas muy poco apropiadas para dar ningún paseo. ¿A qué venía todo aquello? ¿A qué tipo de sitio podría llevarlo a casi las dos de la mañana? ¿Qué tipo de regalo de cumpleaños era ese que necesitaba un lugar concreto a una hora concreta y que, además, «quitaba las penas»? Miraba el perfil varonil de Roberto mientras este conducía con un leve sentimiento de rabia e, incluso, odio. Pero solo un poco. Al fin y al cabo, Roberto es un padre, por lo general, bueno y ejemplar.

Resignado, Ramón no podía hacer otra cosa que dejarse llevar allá donde su padre quisiese. Ya estaban dentro del coche y, además, en plena carretera fuera de la ciudad. No sabía adónde iba pero, por el camino que iba cogiendo Roberto, veía que podría ser la ciudad de al lado. Aquello sí logró que se interesase por el lugar específico del regalo pero, en ningún momento, le haría saber a su amado padre que necesitaba comprenderlo; prefería morderse la lengua. Lo que no se esperaba era la pregunta que Roberto lanzó al aire sin preámbulos:

-Hijo, ¿eres virgen?

Ramón no sabía donde meterse. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué se interesaría su padre por algo así? A ver, en parte lo entendía, Roberto lo amaba y lo había visto salir con un par de chicas pero…

-Ah… -balbuceó.

-Eso responde mi pregunta.

El joven se miró las manos sin saber cómo proceder. Quería preguntarle por qué le interesaba ahora aquello, pero no le salían las palabras a causa de la vergüenza. No solo se había puesto el rostro colorado ante la situación, sino que su cuello también se tornó rojo, las orejas le ardían y sus ojos demandaban liberar lágrimas a mansalva. Pero, no lo hizo.

Sin darse cuenta, por estar todo el trayecto con la cabeza gacha, el coche llegó a su destino y Roberto lo instó a salir de él. Cuándo alzó la vista, no sabía muy bien qué pensar de donde estaban. Era la parte más alejada del pueblo, una carretera con campo por una parte y algún edificio que otro al otro lado. Habían aparcado justo delante de uno que tenía unas luces que bailaban y parpadeaban dando aire de fiesta íntima. En el nombre, que Ramón leyó como «Femme lllll», había un dibujo de una mujer sentada de perfil hecho con luces de neón. El aspecto del edificio parecía elegante y atractivo. Ramón lo sabía, sabía hacía donde lo había llevado su padre: un burdel.

-¿Qué hacemos aquí, papá?

-¿Tú qué crees? Acabas de cumplir dieciocho, ya es hora de que te conviertas en hombre. Y un hombre, folla.

Ramón se puso muy nervioso.

-Papá, por favor…, no…

El hombre lo cogió por un hombro y lo arrastró hacia el antro. Llamó a la puerta y un gorila la abrió con cara de pocos amigos. Aún así, sin decirles nada, más bien no le dio tiempo porque Roberto le enseñó el carné de identidad, instó a su hijo a que hiciera lo mismo para que, el guarda, comprobase que ambos eran legales, y los dejo entrar. La estancia era oscura. Un ambiente elegante, íntimo, con cierto toque que le causaba algo de claustrofobia a Ramón. Primero había un pasillo con paredes decoradas con terciopelo negro. Llegaron a una zona amplia de iluminación tenue donde ya había una ristra de hombres de todo tipo y edades; jóvenes de una edad parecida a la de Ramón; hombres curtidos que flirteaban con las muchachas en enaguas y camisones sexis. Una barra decoraba la parte de atrás de todo el espacio, con alguna mesa que otra, sobre todo, rebozando las paredes con asientos en círculos tapizados con terciopelo rojo. A cada lado de la misma barra -donde dos jóvenes, un chico y una chica, servían copas descamisados- había dos puertas. Una tenía un letrero que decía «WC», y la otra era una entrada con una cortina negra abierta por la mitad que, según el criterio de Ramón, debía dar a las habitaciones donde tener más intimidad.

-¿Papá…, qué hacemos aquí?

-No sé, tú qué crees -rió Roberto.

Con la mano de su padre todavía en su hombro, Ramón fue llevado hasta la barra donde el chico se los comió, a ambos, con la mirada. Pero fue la chica quien los atendió y les puso delante sendos cubatas que Roberto acababa de pedir. Por el rabillo del ojo, el chico vio como, en una mesa cercana, un hombre de unos sesenta años manoseaba las piernas delgadas y sedosas de una chica muy joven, de unos veinte. Ella reía una gracia que el hombre le susurraba al oído, como si de un secreto se tratase. Justo casi enfrente, en la misma barra, otra joven masturbaba a un treintañero con sendas sonrisas llenas de intención. Ramón se estaba poniendo cada vez más nervioso y Roberto, en lugar de apiadarse de su muchacho, le dio unas palmadas en la espalda.

-Tranquilo. Vas a pasarlo muuuy bien -argumentó.

-¿Tú crees?

-Ya lo creo. Mira, ya vienen a tentarnos.

Y así era.

Dos muchachas, una pelirroja y otra mulata, se les acercaron de forma melosa. Una llevaba un salto de cama rosado que desentonaba con su tez blanca; la otra tan solo llevaba una braga y enseñaba las tetas. Más que eso, se las iba manoseando pícaramente y mordiéndose los labios carnosos. Ramón no sabía donde meterse cuando la mulata le acarició la espalda. Por el contrario, Roberto cogió bruscamente a la pelirroja por la cintura y la besó; un beso sonoro que hizo que muchos volviesen las caras para ver y disfrutar.

Ramón estaba atónito. Nunca, en sus dieciocho años de vida había visto a su padre besar a otra mujer que no fuese Marina. Y, sin embargo, allí estaba él dándose el lote con una chica super joven, la cual no cesaba de acariciar la entrepierna al hombre. ¿Cuántas veces habría hecho aquello su padre? ¿Sería por algo así que era hijo único? ¿Sabría su madre lo que hacía su marido, que era un putero? Esas y más preguntas pasaban por la mente de Ramón, la cual tuvo que dar un respingo cuando, la mulata, le tocó las partes. Fue tal el susto que tiró la copa de forma que rompió el vaso de tubo y Roberto, bastante molesto, tuvo que abonar dinero por las molestias.

-Esto me va a salir más caro de lo que creía. ¡Contrólate!

-Vamos, vamos -comenzó la pelirroja-. No riñas al pobre chaval. Si no ha venido nunca, es normal que esté desubicado.

Roberto miraba con el entrecejo fruncido a su hijo, y este miró al suelo evitando llorar.

-¿Podemos irnos, por favor? -pidió con un susurro.

-Oh, cariño -lo consoló la mulata-. Pero si lo vamos a pasar en grande, ya verás.

-Cierto -añadió Roberto-. De aquí no nos movemos hasta que folles.

Ramón hipó sin saber cómo proceder. Estaban tan lejos de casa, y él no tenía su cartera -solo le había dado tiempo de coger la billetera con el carné- para poder buscar algún tipo de transporte. Estaba entre la espada y la pared.

-Vamos -sentenció Roberto, tanto a su hijo, que no tuvo más remedio que obedecer, como a las dos chicas-. Ya sabéis dónde queremos ir.

Y cambiaron de pareja. La mulata se besó con Roberto antes de caminar juntos, cogidos por la cintura, y la pelirroja se amarró al brazo escuálido de Ramón. Éste, sin escapatoria alguna, se dejó llevar.

Entraron por donde había la cortina y siguieron caminando por un pasillo que estaba lleno de gemidos y gritos de mujeres. Si el chico hubiese levantado la vista, habría visto que el pasillo era de color blanco y las puertas, cada una de ellas, rojas. Además, en algunas de ellas, había un letrero con temáticas escritas en tinta negra; temáticas como: dominación, de dónde salían los gritos más desgarradores, incluso de hombres; trogloditas; y, por alguna razón, extraterrestres. En la que llegaron ellos no había nada escrito, pero sí que se llevó Ramón una sorpresa más cuando vio, dentro de la sala, a dos muchachas más: una morena y otra rubia.

-Hola, queridas -saludó Roberto complacido.

-Hola, papuchi -respondieron las otras dos.

La sala era amplia, con una gran cama con sábanas de satén y una ducha en una esquina. Lo primero que hicieron las chicas fue poner a los hombres sobre el colchón y bailar sugerentemente. Poco a poco, entre besos y caricias, se iba desnudando la una a la otra. Roberto se tocaba la entrepierna, excitado. Ramón acabó observando el espectáculo y, tal vez fuera por la lujuria con que bailaban, que también comenzó a empalmarse. Las muchachas, ya desnudas, fueron a la ducha, abrieron el grifo y se metieron bajo el chorro de agua, bailando. Ramón se relamía viendo aquello y Roberto le dio una palmada llena de orgullo a su hijo. Y más cuando el muchacho iba perdiendo el miedo y también se manoseaba su entrepierna.

-Joder -susurró.

-Sí, joder -corroboró su padre-. Ves como vamos a pasarlo bien.

Y, sin más, Roberto se levantó, se desnudó y fue con ellas, se metió bajo la ducha, cogió un poco de jabón y comenzó a lavarle la vagina a las cuatro, además de lavarse él también su polla dura. Observando, Ramón se desabrochó el tejano y se la sacó. La pelirroja vio el miembro del muchacho y saltó hacia él extasiada. Sin reparo, lo cogió, lo desvistió y lo metió, también, bajo la ducha. Todos, se lavaron bien y jugaban lujuriosamente. La pelirroja y la mulata masturbaban a Roberto mientras él les chupaba los pezones y metía sus dedos en sus coños. Ramón no se quedaba atrás y, de forma torpe, mordisqueó los pezones de la morena y la rubia, también penetrando sus dedos en sus vaginas. Todos gemían, gruñían, disfrutaban.

La mulata tuvo una idea que gustó a las demás chicas. Puso a padre e hijo uno frente al otro, les juntó las pollas y se las masturbó. Ramón no sabía que hacer pero, tras ver el rostro de disfrute de su padre, se dejó llevar y, a causa de la inexperiencia, acabo eyaculando un gran chorro de semen sobre las manos de la mulata y el rabo de Roberto. Roberto sonrió orgulloso de su hijo. Como el fregoteo de cuerpos siguió adelante, Ramón estuvo a punto de nuevo. Una vez todos desenjabonados y secos, se echaron sobre la cama en un revoltijo de cuerpos desnudos. Roberto, experto en el tema, cogió a una por la cintura, la puso en la posición de perrito, se puso el condón y la penetró duramente. La pelirroja, la víctima del hombre, gritaba a causa del placer y el dolor que le ocasionaba el tener la polla de Roberto en su vagina. Las otras tres se dedicaron a Ramón. El chaval ya no tenía nada de miedo como antes, estaba cómodo besándose con ellas y sintiendo algo que nunca había hecho con nadie, ni siquiera con ninguna de sus novias: la mulata, la rubia y la morena se turnaban chupándole la polla.

-¡Joder! -logró articular.

-Mola, eh -le dedicó su padre con esa sonrisa orgullosa y llena de lujuria.

Ramón no pudo más que asentir.

Era húmedo, extraño, placentero, indescriptible; todo bueno y raro a la vez. Le gustaba, no podía decir lo contrario. Aquello se estaba convirtiendo en su mejor regalo de cumpleaños. Agradecido a su padre, vio como este ponía a la pelirroja bocarriba y se la follaba por la boca. Así que él hizo lo mismo con las otras tres, quienes obedecieron gustosas. Las cuatro, una al lado de la otra, se encontraban con la cabeza en el borde de la cama y abrían la boca cada vez que alguno de los dos introducían sus miembros en ellas. Ramón probó la de la pelirroja, por fin, y fue un gustazo. Para él, todas lo hacían muy bien -claro, que iba a saber él si era su primera vez-, pero la pelirroja la chupaba de fábula.

Roberto observaba a su hijo disfrutar de las chicas, tal y como hacía él, sorprendido del aguante que tenía ante el placer sexual. Recordó la primera vez que él lo hizo y no duró más de dos minutos con la novia de entonces. Y, sin embargo, Ramón ya llevaba varios minutos dale que te pego, y ahí seguía sin eyacular. Todo un campeón, según el criterio del hombre. Entonces recordó que, minutos antes, su hijo le manchó su polla con su semen.

Y ya era hora de que, el chico, perdiese la virginidad por completo. Puso a las prostitutas en modo perrito, con el pandero bien en pompa, y las penetró para que Ramón lo imitase y descubriese las delicias de una vagina húmeda y bien adherida a su falo. Las chicas gemían y gritaban cuando el hombre las follaba fuertemente, no fue muy caballeroso con ellas, pero parecía que a ellas les gustaba que Roberto fuese así. Ramón, algo indeciso, se dedicó a la rubia, la cual meneaba el culo demandando ser follada por él. Poco a poco, y con el corazón en un puño, la fue introduciendo -no sin antes ponerse un condón- y, a cada paso, abría más la boca de la sorpresa. Si la mamada le fue indescriptible, aquello aún lo era más. El coño de la rubia abrazaba todo el pene con cierta presión. Su excitación ayudaba a que el chico deslizase su miembro allí dentro. Y entonces ocurrió. Tras las mamadas y la poca experiencia con las partes íntimas femeninas, Ramón eyaculó de nuevo un buen chorro de lefa que fue cayendo muslos abajo de la rubia; parecía que el preservativo se había roto. Todos, excepto Ramón, confuso, se pusieron a reír, y Roberto palmeaba la espalda de su hijo.

-Ya sabes lo que es el sexo, hijo -le dijo.

Ramón respiró hondo, se quitó el látex roto, lo tiró al suelo y se fue a la ducha a aclararse las ideas. Bajo el chorro de agua fría, volvió a su respiración normal con el corazón, y todo su cuerpo, en calma. Así que aquello era lo que se ganaba tras llegar al orgasmo con otra persona… Era diferente, muy diferente a cuando se corría tras masturbarse en la soledad de su cuarto, o de la ducha de su casa. No era la misma tranquilidad. Y, si con una prostituta era así, ya tenía ganas de hacer el amor con la próxima chica de la que se enamorase. Seguro que sería más intenso, arroparía más su corazón. Observando a su padre y las chicas, no podía parar de cavilar en aquello con una sonrisa tierna en el rostro.

Cerró el grifo y se acercó a ellos, con parsimonia. No quería perder tan pronto dicha calma pero, sabiendo donde estaba, era inevitable que volviese a eyacular de nuevo. Y nunca lo había hecho más de una vez seguidas y ya llevaba dos. La rubia sustituyó a Ramón en la ducha y se lavó bien toda su entrepierna. <<Seguramente para quitarse todo rastro de mí>>, pensó el muchacho. Mientras, Roberto seguía dominando de forma bruta a las otras tres, que se dejaban hacer gritando y disfrutando. La rubia cogió a Ramón por la polla flácida, la cual volvió a despertar tras el agarre, y se lo llevó a la cama. Y todos, de nuevo, volvieron a disfrutar del sexo hasta que no pudieron más. Ramón folló con ellas en todas las posturas, a veces más amable, otras de forma más brusca que el propio Roberto. Ambos hombres llenaron una friolera de cinco condones, cada uno, seis para Ramón si contamos el roto. Las prostitutas quedaron extasiadas de tanto ajetreo, y eso que las doblaban en número. Ambos, padre e hijo, fueron uña y carne ante el sexo. Dispusieron de las cuatro como les daba la gana, ahora encima, ahora ellas encima.

-Gracias, papá -susurró Ramón ya en el coche de vuelta a casa-. Ha sido un gran regalo. Te quiero.

-Te quiero, hijo.

Y dicho esto, ambos congeniaron en que nunca deberían contarle nada a nadie de lo sucedido aquella noche.

El Secreto en el Recuerdo

El secreto en el recuerdo I: MILF